23 agosto 2013

décimo séptima planta

puede que lo leyeran en el periódico. salió unos días después de que ocurriera, cinco o seis, no lo recuerdo bien. la noticia ocupó apenas diez líneas, con una falta de ortografía en el nombre de ella y una foto del edificio en el que sucedió todo. se llamaba jennifer, aunque yo la conocí bajo el nombre de mariposssa. le gustaban las mariposas, me dijo cuando le pregunté a qué venía ese nombre. le gustaban sus colores, sus formas y sobretodo cómo aleteaban grácilmente alrededor de las flores. me contó también que durante muchos años su padre las había coleccionado y que muchas veces ella había salido por el campo con él para ayudar a cazarlas y luego, ya en casa, disecarlas y catalogarlas. 
-teníamos una treintena de paneles con especímenes increíbles. 
-vaya - escribí yo sin saber si eso era algo que me gustaba o no. 
-aunque tuvimos que deshacernos de ellas. a mi madre no le gustaba verlas ahí, muertas, atravesadas con una aguja. 
-sí, bueno, creo que puedo entenderla. 
-¿tú nunca tuviste una mascota de pequeño? – preguntó. 
contesté que no era muy amigo de los animales. de hecho soy alérgico a los gatos, los insectos me dan asco y los perros me parecen unos animales terriblemente torpes, siempre con la lengua fuera y ladrando ante cualquier estupidez. mariposssa contestó que a ella le encantaban los animales y que si no fuera porque vivía en un piso pequeño tendría como mínimo dos. le dije que tal vez cuando se mudara a otro piso más grande y ella contestó que en realidad le gustaba su piso. y cambiamos de tema. aparte de los bichos, teníamos bastantes cosas en común. supongo que por eso me fijé en su perfil: 
“soy mariposssa. tengo treinta y cinco años y me gustan los animales, viajar, leer novelas de terror, el cine, cocinar tartas, pasear y salir con mis amigos.”

bueno, sí. tal vez no era una información demasiado detallada de ella. había centenares de chicas más prácticamente con la misma descripción poco detallada, así que sí, puede que también me fijara en la foto que había elegido y me llamara la atención su escote y sus piernas largas. 
sea lo que fuera, le envié un mensaje. creo que fue un “hola, qué tal” o un “a mí también me gustan las novelas de terror” (aunque tampoco era cierto), o un “me encantan las tartas”. ya saben, algo casual para iniciar una conversación y no quedar como un pringado en el caso de que te ignoren. sin embargo, a diferencia de otras, mariposssa contestó casi inmediatamente y comenzamos a hablar de esto y de aquello, lo típico, vamos. cuando dos horas después me dijo que tenía que marcharse porque tenía que preparar una tarta para el cumpleaños de su octogenaria abuela, supe que querría volver a saber de ella. y ella de mí. 
se puede decir que esa semana estuvimos los dos enganchados a la pantalla. pasamos a darnos los correos personales y era frecuente que en las horas de trabajo recibiera un email suyo preguntándome si estaría en casa por la noche para hablar un rato. hombre, claro, me empecé a hacer ilusiones. supongo que les hubiera pasado lo mismo a ustedes: una chica interesante y con un buen escote que quiere saber de ti. y no es que yo me considere feo ni aburrido. y si en el último año antes de conocer a mariposssa no había echado ni un puñetero polvo fue porque estaban todas locas, pero esto ya es otra historia que no tiene nada que ver con ésta. 

propuse de quedar. cara a cara. era lo más lógico después de una semana de perseguirnos mutuamente. accedió encantada y nos encontramos un par de días después en un bar pequeño y tranquilo que sugirió mariposssa. 
llegué diez minutos antes. no quería hacerla esperar y además me gustaba la idea de verla llegar y adivinar si era ella o no. sí, ya había visto la foto de su escote y sus piernas largas, pero no había visto ninguna más y todos sabemos que la realidad siempre supera la ficción. y no precisamente a mejor. fue a peor, claro. a ver, no era fea, ni mucho menos, pero era obvio que la foto era de hacía unos cuantos años, de cuando en vez de preparar, y catar, tartas hacía un poco de ejercicio. mantenía, eso sí, el escote, más vistoso y generoso que en la foto, así que me abstuve de hacer ningún comentario sobre la vigencia de la dichosa foto. ella sin embargo pareció muy contenta al verme y comprobar que sí, que yo era el mismo de la foto, con mis ojos claros y vivarachos, mi pelo rubio y frondoso y mis dientes alineados y blanqueados. mentiría si dijera que al principio había más silencios incómodos que conversación fluida. no me pareció preocupante, al fin y al cabo era la primera vez que nos veíamos y los dos nos sentíamos como bajo un foco, observados y juzgados por el otro. afortunadamente, soy un hombre de recursos y comencé a sacar temas de los que ya habíamos hablado antes y con los que sabía que ella se sentiría cómoda y parlanchina. y así fue. también ayudaron los gin tonic que nos sirvió un camarero alto y delgadurrio al que mariposssa miraba insistentemente y con sospechoso interés. por suerte, para el segundo gin tonic habían cambiado el turno y nos sirvió una muchacha tatuada hasta el cuello que ella ignoró por completo. para el tercer gin tonic, que llegó dos horas después, yo me había cambiado de silla y me había sentado a su lado, con mi mano en su rodilla y nuestras caras lo suficientemente cerca como para besarnos. 
el primer beso fue un poco raro. no es que besara mal, pero parecía que no sincronizáramos bien: cuando yo sacaba la lengua para entrelazarla a la suya, ella la retiraba y cuando yo la retiraba la sacaba ella. así pasamos cinco minutos, intentando ponernos de acuerdo hasta que ella se apartó y bajó un poco la cabeza. pensé que estaba arrepentida o avergonzada, pero no, sólo cogió un poco de aire para preguntarme si me apetecía ir a su casa. para qué engañarnos, me olvidé de su lengua rasposa y comencé a fantasear en la noche que me esperaba en su casa, con ese escote que cada vez me parecía más deseable y atractivo y esas piernas que quizá no eran tan largas, pero eran piernas al fin y al cabo. contesté que sí, claro. pagué la cuenta y salimos del bar. 
su casa no estaba demasiado lejos y andamos hacia allí. hacía una noche agradable y las calles estaban transitadas por turistas que fotografiaban cada rincón de la ciudad. aproveché para hablar de los países que habíamos visitado, puesto que mientras caminábamos volvimos a quedarnos callados, de nuevo ese silencio incómodo, y temí que cambiara de idea con lo de ir a su casa. mariposssa había salido poco, así que terminé haciendo un monólogo sobre los lugares en los que había estado yo. ella escuchaba, o eso parecía, y de vez en cuando se reía y me hacía preguntas. nos relajamos y pasé mi brazo por encima de su hombro. no lo retiró y de esta forma llegamos a su edificio. 

vivía en la décimo séptima planta, aunque a mí me pareció más bien la tercera. el ascensor subía rápido y además lo pasamos besándonos, esta vez un poco más acompasados, y metiéndonos mano. a estas alturas ya les puedo garantizar que sentía unos deseos irrefrenables de arrancarle la ropa nada más entrar en su piso, tumbarla en el suelo, o en el sofá o donde fuera y follármela como nunca la hubieran follado. habían pasado más de tres horas, más de una semana, más de un año. pero mis planes quedaron truncados cuando al entrar, encendió la luz y se empeñó en tomar una copa en la terraza. su piso era minúsculo y con cierta reticencia comprobé que en una de las paredes había conseguido salvar de las garras de su madre una decena de paneles con mariposas disecadas de todos los colores y tamaños. no quise hacer ninguna observación acerca de ellas, aparte de porque no era un tema que me fascinara precisamente, porque sabía que eso sólo implicaría un retraso en mi objetivo. llámenme interesado si quieren, pero más de tres horas, más de una semana, más de un año. no estaba para hablar de mariposas a esas horas. su casa tenía, sin embargo, una terraza enorme, casi el doble de lo que era el interior, con unas vistas impresionantes de la ciudad. 
-caray, -dije- tienes la ciudad a tus pies. 
-me quedé el piso sólo por la terraza. además, con la barandilla acristalada, parece que estés volando. sal y verás. 
-no sé, tengo un poco de vértigo… 
-¿en serio? sal, sólo un poco ni que sea. es que vale la pena, ya lo verás. 

mientras ella desaparecía en la cocina a por hielo, yo abrí la puerta hacia el exterior y muy lentamente avancé unos centímetros. me quedé con la espalda pegada a la pared y encendí un cigarrillo. mariposssa tenía razón: se estaba muy bien allí. di un par de pasos más y alcancé una de las sillas para sentarme y relajarme. no había de qué preocuparse y además, pensé, ahora venía lo mejor. apareció al poco rato, con dos vasos en la mano. sonreía y me preguntó si estaba bien. respondí que sí. me dio uno de los vasos y en vez de sentarse a mi lado, fue hacia la barandilla y se apoyó en ella, justo delante de mí, con la ciudad a sus espaldas. se había quitado los zapatos y vi sus pies menudos y graciosos con las uñas pintadas de un color rosado pálido. 
-¿tú no sientes vértigo? 
-¡no! 
me ponía nervioso verla allí. 
-¿por qué no te sientas aquí, conmigo? 
-porque estoy bien aquí – contestó, divertida ante mi inquietud. 
y a continuación se subió el vestido a la altura de la cintura. también se había quitado las bragas. creo que fue en ese momento cuando me olvidé del vértigo, de las vistas y de todo lo demás. también fue justo en ese momento cuando escuché un crujido seco y extraño y cuando la baranda cedió. fue todo tan rápido que ni tan siquiera me dio tiempo a entender qué había sucedido. en menos de un segundo me encontré sentado delante de la nada. la ciudad seguía a mis pies, sí, con sus lucecitas parpadeantes y sus gigantescos edificios, pero a mí me dio más la sensación de estar enfrente de un espectáculo macabro. luego, supongo que fue inmediatamente, aunque a mí me pareció que habían pasado horas, escuché un grito escalofriante y agónico, cada vez más lejano hasta que se hizo el silencio de nuevo. 

no recuerdo de dónde saqué las fuerzas para volver al interior del piso. no recuerdo si fui yo quien llamó a la policía, ni qué me preguntaron cuando llegaron, ni cómo salí de esa casa y me dirigí a la mía. lo único que recuerdo bien, todavía hoy, la única escena con la que me despierto a veces en mitad de la noche, es la imagen de ella moviendo los brazos inútilmente cómo si fuera a echar a volar grácilmente de un momento a otro. 


basado/plagiado (vilmente) de aquí: http://www.lavanguardia.com/sucesos/20130802/54379082079/mujer-primera-cita-muere-piso-17-edificio-nueva-york.html

3 comentarios:

  1. Bueno, la mayoría de los escritores lo hacen copiando más y no lo llaman plagio. Esto es un basado en... Y además muy bien lo del punto de vista del hombre que vuelve a pasar el test de tus personajes machos creíbles. No siempre pasan ese test las mujeres escritoras. Y por supuesto sucede lo mismo al contrario. Saludos

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  2. Qué bueno Hilia, cada paso que has dado en el relato, es canela en rama, tan creíble y real como ese tipo de relaciones que acostumbran a acabar en el vacío, por suerte no como el de tu historia, que es tuya, déjate de plágios, como siempre, al máximo nivel.

    Mi beso querida, te siento siempre.

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  3. Yo sigo con la impresión de que te burlas tiernamente de tus personajes.

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