08 agosto 2013

otra

no era a mí a quien besaba. de eso me di cuenta un tiempo después, cuando habíamos pasado dos días y cien noches en esa habitación estrecha, repleta de libros usados y tazas vacías, con una ventana pequeña que daba a un muro herrumbroso por el que se colaba el viento fresco de principios de otoño. 
al principio dejé de escuchar su risa. se reía, sí, pero de forma distinta, silenciada, escueta, como si hubiera olvidado los motivos, como si fuera algo de lo que podía prescindir, como si su propia risa le recordara momentos que no quería revivir. luego dejé de escuchar su voz. algunas veces le sorprendía mirando una esquina, el techo o una hoja arrugada en el suelo. ¿qué te pasa? preguntaba, y él se encogía de hombros. la mayoría de veces respondía nada. no era verdad. no era nada, los dos lo sabíamos bien, pero esa nada era el único hilillo deshilachado que nos unía. poco después vinieron los no lo sé. comenzó a no saber. no sabía qué hacía yo abrazada a su cuerpo, ni que hacía él escudriñándome con sus ojos opacos cuando yo arrancaba otra flor seca del rosal muerto del balcón. pero no era a mí a quien miraba. 

no era a mí a quien miraba. también de eso me di cuenta más tarde, cuando habíamos temblado de gusto y ganas y nos había faltado aire, horas, tacto y piel. cuando sobraban las preguntas y no temíamos las respuestas. cuando nos limitábamos a respirar el aire condensado de esa minúscula estancia y a caer consumidos en el suelo, en el colchón, en la mesa coja donde amontonábamos la ropa y los planes. 
no era a mí a quien susurraba por las mañanas, ni era mi nombre al que dirigía esas cartas largas que luego escondía en el último cajón de un mueble viejo. ni tampoco eran mis huellas húmedas en las baldosas las que rastreaba afanoso al salir de la ducha, ni mi pelo, enmarañado y oscuro como el miedo a quedarse, el fracaso a marchar, el que peinaba por entre sus dedos antes de dormirse en un rincón de la cama. y no, no eran mis palabras las que escuchaba por encima de esa melodía que evocaba reencuentros eternos y ajenos, en puentes que hubieran cedido a nuestro paso inseguro y errante. 

no era yo. 
era otra. 

otra más risueña, más afín, otra que vivía entre nosotros y se filtraba por las grietas de las paredes y los huecos de los silencios, apremiándonos, apremiándole, a una decisión, a un desenlace, a un redoble de tambores que acompañara los créditos de una pésima película mal doblada, cuyos protagonistas era él y otra. otra que era yo. yo que no era otra. 

1 comentario:

  1. La otra vida de las parejas no siempre es una o un amante. A veces es la corriente oscura y subterránea de pensamientos de cada uno. Esas dudas y esas reflexiones que sorprenderían al otro si pudiera verlas. Estamos siendo juzgados en todo momento y por quién menos pensamos porque con ese-a hemos bajado la guardia. Y claro, pensamos que amamos a alguien cuando en realidad sólo amamos un fragmento de ese alguien, el que nos deja ver.

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