08 julio 2013

una voz (I de II)

marcus michaud no era un gran escritor. ni tan siquiera era un escritor mediocre, a pesar de que al principio de su carrera había conseguido que le aceptaran algunos artículos en el periódico local y logró publicar su primer y único libro, del cual se vendieron cincuenta copias, la mayoría a amigos y familiares. sin embargo, sus habilidades escritas sí funcionaron para enamorar a vera, que joven e inocentona, vio en él a un hombre de futuro brillante y prometedor. a las pocas semanas de conocerse, marcus se declaró al estilo clásico, de rodillas y con un anillo fino que compró en una tienda de liquidación, y en menos de un año decidieron que no valía la pena esperar más y se casaron, con la aprobación de ambas familias que veían en él a un muchacho ilusionado y en ella a la perfecta esposa y madre. 
los primeros años de matrimonio fueron tranquilos. marcus encontró trabajo como profesor de literatura en el instituto y vera aprendió a cocinar y a hacerse cargo de una casa destinada a llenarse de niños. cuando marcus volvía a casa por la noche, se encerraba en su despachito y se dedicaba a escribir lo que a lo largo del día, entre clase y clase, se le había ido ocurriendo. la mayoría de veces eran manuscritos que versaban sobre el amor, la felicidad y vera. cuando unas horas después, sentados en la mesa de la cocina delante de una cena exquisitamente bien preparada, él le mostraba lo que había hecho, a ella se le ponían los ojillos lacrimosos y corría a abrazar a su marido, orgullosa no sólo de su técnica y estilo, sino de ser el centro de todas esas bellas palabras. 

la primera crisis creativa de marcus fue al año de matrimonio. por supuesto que el año de vida en común no fue el motivo, y así quiso que le quedara claro a su mujer que, preocupada, se pasaba el día cabizbaja e inquieta al ver la frustración de él cada vez que salía del despachito con las manos vacías y falto de tramas y personajes. el joven responsabilizó su sequía creativa a sus horarios inflexibles y a los alumnos bulliciosos que no le permitían centrarse en lo que él creía que había nacido para hacer. fue entonces cuando vera tomó cartas en el asunto y decidió buscar un trabajo para que marcus tuviera más tiempo libre para su auténtica vocación. a pesar de las reticencias de su él, que no quería que los demás le vieran como un marido incapaz de mantener a su propia familia, acabó cediendo y poco a poco las cosas volvieron a su cauce. ahora las cenas eran menos exquisitas y algunas noches vera estaba demasiado cansada como para escuchar los textos de su marido, pero al menos a él le habían vuelto las ideas a la cabeza y desde su habitación se escuchaba el alegre e incansable repiqueteo del teclado. fue en esa época cuando vera quedó embarazada y a marcus le comunicaron que su primera novela sería publicada. la feliz pareja celebró en menos de un mes ambas noticias con la misma ilusión. 
-eres la mujer más maravillosa del mundo – le dijo él al saber que sería padre – dime, ¿te encuentras bien? ¿has notado algo diferente? ¿te duele algo? ¿cómo te sientes? cuéntamelo todo, por favor. 
vera, tumbada en la cama, acariciando su vientre aún plano, se reía. 
-pues estoy bien. no me duele nada. es muy temprano todavía para notar algún cambio. 
-¿nada? ¿no te notas diferente? ¿estás segura? 
-bueno… no… quizá un poco… 
-¿un poco qué? 
-no nada, sólo tengo sed. 
-¿sed? ¿sólo eso? ¿nada más? ¿pero es una sed normal, como la que sentías antes o es algo distinto?
ella rió de nuevo. 
-¿pero qué mosca te ha picado ahora? 
esa fue la primera vez que lo hizo. tal vez inconscientemente, ni él ni ella se dieron cuenta. se podría decir que fue simple curiosidad ante un hecho novedoso del que ninguno de los dos tenía experiencia previa. marcus no indagó más, al menos ese día, y vera permitió que esa noche fuera él quien preparara una cena que más tarde ella vomitó en el baño de arriba. 

el libro de marcus salió a mediados de diciembre. la editorial organizó una pequeña celebración en la que se reunieron algunos otros escritores noveles junto a los familiares de la pareja y vera, que lucía ya una tripa prominente. muchos de los asistentes felicitaron a la mujer no sólo por su estado, sino por lo mucho que su esposo la adoraba. ella asentía y sujetaba entre sus manos uno de los ejemplares del libro, titulado “mi vera”. sí, el libro era una oda de más de trescientas páginas dedicada a su mujer, alternando pasajes imaginarios, que coincidían con ser los más flojos, con pasajes que reflejaban la vida al lado de su amada, sus pensamientos, sus charlas y sus anécdotas más insustanciales. aunque vera había escuchado bastantes fragmentos y había opinado sobre ellos, le chocó saberse protagonista principal y única. un tanto abrumada, intentó pasar desapercibida en la fiesta, aunque sin demasiado éxito.  
-me encantó ese pasaje en el que marcus te pregunta qué tipo de sed sentiste, que si era el mismo tipo de sed. cómo si hubiera más de un tipo, ¿verdad? cómo me reí. – le comentó uno de los amigos de él cuando ella notó la primera contracción y se apoyó con disimulo a una de las columnas de la sala – esa necesidad imperiosa que tenemos de saber siempre los escritores, ¿eh? bueno, qué voy a contarte a ti, que estás casada con uno de ellos y lo debes sufrir a diario. 
esa noche, de regreso a casa, vera se cuidó mucho de hacer ningún comentario y cuando él insistió en que le explicara detalladamente cómo de intenso era el dolor que sentía con las primeras contracciones y que fuera precisa en su descripción, ella se limitó a emitir un gruñido y a apremiarle para que condujera más rápido hacia el hospital. 

la segunda crisis creativa fue más severa. con su mujer más ausente y atareada que nunca, marcus se vio desprovisto de protagonista para poder usar en sus textos. aunque hizo el intento de probar a escribir prescindiendo de lo que vera hacía y sentía a todas horas, los resultados fueron pésimos y se desanimó aún más. en esta ocasión, sin embargo, su esposa no tuvo tiempo para notar el decaimiento de su marido y cuando alguna vez, aprovechando que su hija dormía, él le pedía que le contara qué le había sucedido a lo largo del día, ella suspiraba y de buenas formas al principio, y no tantas poco después, le rogaba que no molestara más y que intentara no hacer ruido al teclear o despertaría a la niña. las malas caras se volvieron frecuentes. marcus estaba convencido de que a su esposa ya no le importaba el éxito o el fracaso de su obra y cada vez que vera corría a la habitación de hope para alimentarla o bañarla, él se sentía más excluido, más inútil y menos inspirado. pero lo peor vino poco después. la casa se sumió en un silencio extraño. marcus dejó de preguntar y de teclear, visto que tampoco servía para nada, y en cambio comenzó a pasearse por la casa, sigilosa y calladamente, con una pequeña libreta donde anotaba todo lo que vera hacía. la primera vez que ella le vio, se sorprendió. 
-¿qué haces? – preguntó su esposa, más bien poco interesada. 
-nada. 
-¿y este bloc de notas? 
-nada. 
-¿ahora escribes a mano? 
-no. 
-pero te acabo de ver escribiendo algo. 
-no lo creo. 
-¿qué te pasa? 
-nada. 
-¿estás de mal humor? 
-no. 
-sinceramente querido, últimamente estás muy raro. 
esa noche marcus pudo transcribir casi media página, algo inaudito en los últimos tiempos y se fue a dormir convencido de que a partir de entonces, con su nuevo método, con sus notas y sus observaciones, las cosas volverían a ser como antes y de que su segunda novela estaba en marcha, por fin. 

“vera, con el semblante serio, cogió un libro y lo abrió por la primera página”. 
-¿has dicho algo? – preguntó vera a su marido, que sentado delante de ella garabateaba en su libreta. 
-¿eh? 
-¿has dicho algo? – repitió. 
-no. 
“la pequeña miró a su madre, curiosa y expectante, y a continuación volvió su mirada a las ilustraciones de su libro. tenía los ojos brillantes y grandes, como los de su madre.” 
-¿qué? 
-¿uh? 
-¿no has dicho nada? 
-no. 
“con voz suave y pausada ella comenzó a leer la historia a su hija: -érase una vez, un dragón…” 
-érase una vez, un dragón… 
vera interrumpió la lectura y miró a su alrededor. su marido, un poco más apartado, anotaba, distraído y ensimismado, en su pequeña libreta. su hija señaló el libro para que la madre continuara con el cuento de los dragones. ella cogió de nuevo el libro, esta vez escuchando solamente su propia voz. no quiso darle importancia y de hecho, a los pocos minutos se había olvidado por completo del episodio, pero pocos días después, hablando con su vecina olivia en el porche de la casa de ésta, escuchó exactamente la misma voz por encima de la de olivia. 
“mientras olivia parloteaba despreocupada, vera se fijó en los geranios secos de la maceta y a punto estuvo de comentarle que necesitaba cambiarlos de lugar si no quería que se secaran.” 
vera apartó la mirada de las flores.
-¿te pasa algo? – preguntó olivia al notar la repentina palidez de vera – parece que de pronto hayas visto a un fantasma. 
“vera notó la boca seca y el pulso acelerado. se sentía mareada y por un momento creyó que iba a caerse y se apoyó en la barandilla del porche.” 
-cielo, ¿estás bien? siéntate, voy a por un poco de agua. este calor nos va a matar a todos – dijo su vecina preocupada y sujetándola por el brazo. 
vera se sentó en las escalerillas y a pesar de la brisa de la tarde, notó las gotas de sudor resbalando por su espalda. 
“olivia reapareció pocos minutos después con un vaso de agua helada en su mano derecha y un paño húmedo en la izquierda.” 
vera alzó la visa al oír la puerta y los pasos de su vecina. efectivamente, olivia llevaba un vaso de agua y un paño. se asustó y sintió deseos de taparse las orejas hasta que se hiciera el silencio absoluto, pero no quiso inquietar a su amiga y reprimió sus ganas. cogió el vaso y bebió un sorbo de agua despacio. 
-¿te encuentras mejor? - preguntó la mujer.
-sí, creo que sí. debo tener la presión baja.
-es este maldito calor, ya te lo digo yo.
-sí, seguramente tengas razón.
al volver la vista al frente, vio a su marido dentro de su casa, sentado en la mesa de delante de la ventana, observando con atención a las dos mujeres. a pesar de su mareo, vera se levantó de repente. 
-¿a dónde vas? – preguntó la vecina sin obtener respuesta alguna. 
“vera apresuró el paso. sintiendóse aún aturdida llegó a casa, empujó la puerta y dio un portazo. llamó a su marido un par de veces, aunque sabía exactamente dónde encontrarlo. sus gritos despertaron a la pequeña, que dormía en la habitación de arriba, y ésta comenzó a llorar. 
"-¿qué estás haciendo? – le preguntó a marcus al entrar al comedor” 
-¿qué estás haciendo? – le preguntó a marcus al entrar al comedor. 
-ah, hola, cariño. estaba escribiendo, ¿va todo bien? 
-¿de qué estabas escribiendo?
-¿qué quieres decir? 
-¿era sobre mí? ¿estabas escribiendo acerca de mí?
-sí, claro. casi siempre escribo sobre ti, ya lo sabes. 
-marcus, esto no puede continuar así. 
-no te entiendo, cielo ¿qué no puede continuar así? 
-esto – dijo ella sin poder precisar mucho más.
-no sé qué quieres decir, vera. siéntate un rato, pareces nerviosa y tienes mala cara. voy a acunar a la niña y luego te prepararé algo de comer, ¿te parece? 

vera se sentó en el sofá y se secó las gotas de sudor con la mano. la niña seguía llorando en su habitación. durante unos instantes agradeció que este fuera el único sonido que podía escuchar y deseó que duraran unos minutos más, pero marcus consiguió calmarla pronto y la casa volvió a estar en silencio. poco a poco la mujer recobró el ritmo pausado de sus pulsaciones y la respiración tranquila. suspiró un par de veces y se recogió el pelo con un moño alto. inmediatamente después vio la libreta de su marido. abierta, encima de la mesa, con media página cubierta de palabras, notas y garabatos y sin pensarlo dos veces se levantó y fue hacia ella. 
-¡aquí está mamá! -escuchó decir a su esposo, detrás de ella- ¡dile hola a mamá!¡hola, mamá! 
vera se detuvo, sin llegar a la mesa donde estaba la libreta de marcus y sin ni tan siquiera a atisbar una sola letra. su hija, despeinada y soñolienta, la miraba aturdida y su marido sonreía con la niña en brazos. 
-¡hola, mamá!- repitió marcus moviendo la manita inerte de la niña. 
durante el resto de tarde padre e hija jugaron en el jardín mientras vera descansaba en la cama. marcus había insistido en hacerse cargo de todo y a pesar de que ella aseguró estar bien, él persistió hasta que ella aceptó a regañadientes y fue a estirarse un rato. consiguió dormir un par de horas, aunque mal, y cuando se despertó ya había oscurecido.  
-¿te encuentras mejor? – preguntó marcus al verla, mientras preparaba la cena para los tres.
-sí, mucho mejor. yo… - intentó justificarse, pero no encontró las palabras exactas para explicar lo que estaba sucediendo -no sé qué me está pasando, marcus. 
-estás cansada, cariño. eso es todo. 
-no, no es eso. oigo, oigo… es como si oyera… 
-cariño, es sólo cansancio. últimamente no paras, entre el trabajo y la casa… yo estaría igual, es normal. debes descansar más. mira, he estado pensando que, si quieres, el próximo fin de semana podríamos hacer una escapada tú y yo solos, sin la niña. podríamos dejarla con tus padres, ellos estarían encantados y a nosotros nos vendría muy bien pasar un par de días solos. pasearíamos, dormiríamos. tú te relajarías y yo escribiría.
vera dudó unos instantes. miró a la niña y luego a marcus. 
-cielo, por un fin de semana no pasará nada – aseguró él, anticipándose a los temores de ella por dejar a la niña sola por primera vez. 
-no sé… puede que tengas razón. 
-pues claro que la tengo - contestó él, complacido.

durante la siguiente semana vera y marcus estuvieron haciendo los preparativos del viaje. marcus apenas tuvo tiempo para sentarse a escribir y vera estuvo más tranquila y animada.
uno de los amigos de marcus les cedió su casa en las montañas, a cinco horas en coche, y aunque vera hubiera preferido algo más cercano, su marido la convenció prometiéndole que todo lo que se ahorraban con el dinero del alquiler para un apartamento, lo gastarían en cenas románticas a la luz de la luna.
-me ha dicho que la terraza es lo mejor de toda la casa, que tiene unas vistas espectaculares que dan a las colinas y que de noche, con la luna llena, no hacen falta ni velas. también me ha explicado las excursiones que podemos hacer. hay varios lagos en los alrededores y un refugio en una de las cimas. será magnífico.
-ya, pero está tan lejos… ¿y si pasa algo?
-¿qué quieres que pase?
-no sé, puede pasar cualquier cosa.
-no seas tonta. también puede que no pase nada y que sea un fin de semana perfecto.

2 comentarios:

  1. Pues a esperar la siguiente. De momento el retrato del escritor mediocre también sirve para los que no lo son. Martín amis decía que cuando tenía que acunar a su bebé sentía que perdía el tiempo porque estaba lejos del escritorio y no escribía. Salman Rushdie y otros han asegurado lo mismo. La obsesión por las letras es casi otra religión. Y aquí está bien como todo, que es aparentemente inocente, genera muy mal rollo. Porque esto puede acabar mal aunque sólo tú sabes cómo.

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  2. Como dice Sergio, esperaremos al próximo, que conociendo tus finales, cualquier cosa puede suceder, sea la que sea, será brillante, e momento, su vida me parece mediocre, un muermo vamos... pero bueno, la mayoría de la gente se monta en esa noria, luego busca los escapes y los laberintos.
    Hilia, siempre cerca, muy cerca, te sé y me sabes... seguro.
    Beso x 2

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