10 julio 2013

una voz (II de II)

el viernes por la tarde, con el maletero cargado de comida preparada, mantas, abrigos y ropa de deporte, los michaud partieron hacia la casa de las montañas. marcus se despidió de su hija con un beso en la frente para no despertarla y vera la acomodó en la cama de la casa de sus padres después de entregarles una lista pormenorizada con los hábitos de la niña. a medida que iban recorriendo kilómetros vera sentía como iba despreocupándose de todos los asuntos y terminó por convencerse de que el plan de su marido había sido una gran idea. 
llegaron a la una y media de la noche. marcus estaba agotado, con la vista cansada y la espalda dolorida, y se metió en la cama de sábanas húmedas sin reparar en la terraza, ni en las vistas, ni en los demás detalles de la casa. ella sin embargo, después de colocar la ropa en los cajones y la comida en la nevera, se cubrió con una manta gruesa y salió al exterior. efectivamente las vistas eran espectaculares, y aunque esa noche no había luna llena, podía vislumbrar sin dificultad la silueta de las gigantescas cumbres que les rodeaban. se sorprendió del impresionante silencio que lo cubría todo y durante unos minutos ese mismo silencio se convirtió en la melodía más exquisita que había escuchado jamás. cuando se metió en la cama, tiritando de frío, marcus la rodeó con su brazo y apretó su cuerpo velludo contra el suyo. sí, había sido una gran idea. 

“por la mañana vera se despertó de repente, sobresaltada por un sueño que acababa de tener y del que no recordaba nada. al abrir los ojos los rayos de luz que entraban directos por la ventana la cegaron durante unos segundos. se tapó los ojos con las manos e hizo una mueca de desapruebo. el otro lado de la cama estaba vacío y frío. apartó las sábanas y su cuerpo se encogió al poner los pies en el suelo.” 
por la mañana vera se despertó de repente, sobresaltada por un sueño que acababa de tener y del que no recordaba nada. al abrir los ojos los rayos de luz que entraban directos por la ventana la cegaron durante unos segundos. se tapó los ojos con las manos e hizo una mueca de desapruebo. el otro lado de la cama estaba vacío y frío. apartó las sábanas y su cuerpo se encogió al poner los pies en el suelo. en el salón marcus había encendido el fuego y escribía encorvado en su libreta.
-buenos días, cariño. vístete rápido que salimos de excursión en media hora – exclamó al verla. 
-marcus… ¿estabas escribiendo? 
-sí, claro. quiero aprovechar todo el tiempo posible, pero ahora lo que importa es llegar al refugio. 
-yo… me he despertado y… ¿salgo yo en tu escrito? 
-¿a qué viene tanto interés ahora? no quiero contarte nada esta vez. sólo decirte que estoy muy animado. creo que ahora sí, que por fin tengo algo realmente brillante. confía en mí, ya verás. date prisa, cariño.
vera tardó más de la cuenta en levantar la vista de esa libreta y para cuando comenzaron la travesía, a pesar de parecer una locura, el mayor sinsentido de su vida, sabía exactamente lo que estaba ocurriendo entre ellos dos. 
marcus caminaba por delante. andaba a paso rápido y de manera ágil, sorteando las piedras del camino angosto. de vez en cuando se detenía para esperar a su esposa que rezagada y acalorada, resoplaba continuamente. en medio de un paraje espectacular, vera sólo podía pensar en cómo proceder. debía hablar con su marido, explicarle lo que estaba pasando aun sabiendo que él la tomaría por una loca. aunque tal vez debería esperar, ser condescendiente. para marcus escribir lo era todo y quizá, como había afirmado él esa misma mañana, por fin había dado con algo realmente importante. no era justo para él. aunque tampoco lo era para ella. 
-vamos, vamos, que no estamos ni a la mitad del trayecto. 
-no puedo andar tan rápido. 
-si disminuimos la marcha no llegaremos nunca. además, aquí oscurece temprano y no me gustaría que tuviéramos que bajar de noche. sería peligroso. vera asintió e intentó sonreír, aunque su gesto se quedó más bien en una mueca poco convincente. marcus acarició suavemente el hombro de su mujer y de nuevo se adelantó unos pasos. poco a poco fue alejándose hasta convertirse en un punto minúsculo del camino. no era justo, pensó vera. no era justo para nadie ni tampoco valía la pena tanto sacrificio. y luego estaba la niña. nadie podía asegurar que tarde o temprano la niña acabara también formando parte de las novelas de su padre y eso no podía permitirlo. tenía que hablar con él. 
el refugio era una caseta maltrecha y destartalada, con goteras y sin cristales en las ventanas. en las paredes mal pintadas muchos se habían dedicado a escribir sus nombres y las fechas que señalaban cuándo habían llegado a la cima. a pesar de ser un lugar poco acogedor, se alegraron de llegar, quitarse las botas y poder descansar un rato. vera cortó rebanadas de pan y queso y sacó la fruta de su mochila. comieron en silencio, escuchando los soplidos del viento que se había levantado. marcus parecía inquieto. 
-habría que darse prisa, no me gusta nada este viento ni esas nubes. 
-marcus... 
-¿sí? 
-querría hablarte de algo. él la miró sorprendido, como si de repente, no reconociera a la mujer que tenía delante. 
-¿pasa algo, cielo? – preguntó preocupado. 
-no lo sé. quiero decir, creo que sí lo sé, pero no sé cómo explicarlo. puede que parezca una tontería. es algo que llevo ya un tiempo sintiendo y bueno, me da miedo que vaya a más. o que afecte a la niña. eso sería terrible, por eso necesito contártelo. 
-por el amor de dios, vera, me estás asustando. ¿qué sucede? 
con las primeras sombras de la tarde, las montañas parecían aún más gigantescas y escarpadas. el sol había dejado de calentar y el viento, cada vez más fuerte, se colaba por las ventanas del refugio y hacía volar las bolsas de plástico y la basura. 
-verás, cada vez que escribes, yo… yo escucho una voz. 
-¿una voz? 
-sí, una voz. de lo que escribes. es como si alguien narrara constantemente todo lo que estoy haciendo. a todas horas. como si pudieras anticiparte y leer mis propios pensamientos. es desquiciante. sé que parece increíble, que es de locos, pero puedo escucharlo todo, cuando voy al baño, cuando me despierto, cuando hablo con la vecina, cuando leo un cuento a la niña. es como… ¡es como si no pudiera tener mis propios pensamientos porque los tienes tú!
marcus soltó una carcajada, pero al ver la cara de su mujer, preocupada y exaltada, tosió disimuladamente. 
-esto es lo más ridículo que he escuchado en la vida. ¿cómo no vas a tener tus propios pensamientos? esto no tiene ni pies ni cabeza. estás cansada, ya te lo dije, por eso hemos venido hasta aquí, para descansar y olvidarnos de los problemas. eso eso es todo. 
-sabía que no lo entenderías. y no, no es cansancio. es algo más. no puedo pensar, ¿lo entiendes? no puedo pensar en nada y tampoco puedo continuar así.
-¿qué me estas queriendo decir exactamente? – preguntó, menos tranquilo.
-no lo sé. 
-sí, sí que lo sabes. lo sabes perfectamente. yo mismo te voy a decir lo que estás insinuando: creo que has perdido la esperanza. eso es lo que creo. y que no piensas que vaya a escribir esa maldita segunda novela y que en realidad te da igual si la escribo o no. de hecho, creo que te alegraría mucho que dejara de escribir y perder el tiempo con mis notas y mis ideas porque eso es lo que crees que hago, que pierdo el tiempo, ¿no? pues te diré una cosa: voy a continuar escribiendo y voy a escribir ese libro. cueste lo que cueste voy a seguir y si no te gusta, pues tendrás que buscarte a otro, a otro que te deje pensar en paz. 
vera, temblaba de frío y de rabia. 
-esto que acabas de decir no es justo – dijo, apretando los puños y aguantando las ganas de llorar. 
-lo que no es justo, vera, es que a estas alturas, después de todo lo que he pasado, cuando por fin tengo algo, algo importante entre manos, me vengas con esta chorrada tuya de una voz en la jodida cabeza. 
-sabía que no me entenderías. 
marcus comenzó a recoger los restos de comida. 
-¿qué haces? – preguntó ella. 
-yo voy a bajar antes de que anochezca. no me apetece estar aquí, pero tú puedes hacer lo que te dé la gana. 
de nuevo marcus se adelantó en el recorrido de vuelta, dejando a vera rezagada y furiosa. con cada paso que daba se arrepentía de haberle contado a su marido lo que ocurría, pero se arrepentía aún más de haber vivido tantos años con él, con ese ser egoísta y falso que prefería anteponer sus anodinos libros a su propia esposa. y lo peor de todo, a su propia hija. por qué, ¿cuánto tardaría la cría en escuchar dentro de su cabeza las letras de su padre? ¿cuánto tardaría él en incorporarla a sus tramas previsibles? ¿y cuánto tardaría en volverlas locas a las dos? vera apresuró el paso hasta que visualizó la espalda de su marido. había sólo una forma de evitar que eso sucediera. ya había aguantado lo suficiente; podía hacer que pareciese un accidente, un tropiezo casual, una caída al vacío con la que compadecerse durante un tiempo prudencial, y ya luego, vivir tranquila junto a su hija, sin voces.
-no vas a salirte con la tuya, ¿sabes? – gritó ella antes de empujarlo con todas sus fuerzas. marcus no tuvo tiempo de reaccionar, perdió el equilibrio y cayó al suelo, muy alejado de cualquier despeñadero. 
-¿es que te has vuelto loca? – gimió él, con la palma de una mano ensangrentada. 
al ver la sangre ella pareció despertarse de un extraño trance y se asustó. 
-lo siento. lo siento mucho. perdóname. no sé lo que me ha ocurrido. 
-estás loca. estás completamente loca. 
ella se agachó y abrazó su marido. 
-lo siento de verdad, marcus – susurró. 
el la apartó, se levantó con dificultad y siguió caminando, esta vez más lentamente, arrastrando su pierna derecha y maldiciendo en voz alta, mientras sujetaba la mano hacia arriba para parar la hemorragia. 

esa noche cenaron dentro de la casa, uno en la mesa del comedor y el otro en el sillón. ninguno de los dos estaba de humor para poner las copas de cristal, ni encender velas en la mesa de la terraza. cuando marcus terminó, retiró el plato y abrió su libreta. releyó lo que había escrito esa misma mañana y tachó un par de párrafos que ahora le parecían nefastos. le dolía la herida de la mano pero esa noche, más que nunca, quería escribir y avanzar en lo que, a pesar de muchos, sería su segunda novela.
“mientras vera recogía los platos, se acordó de su pequeña. encerrada en la cocina no pudo evitar llorar silenciosamente. nada tenía sentido. odiaba a su marido, su escritura, echaba de menos a hope y no podía esperar a abandonar ese lugar inhóspito y volver a su casa. pero ahora tocaba ser fuerte, no podía venirse abajo. su hija la necesitaba. se secó las lágrimas. debía pensar en cómo solucionar ese embrollo. cómo deshacerse de marcus y recobrar de nuevo su libertad.” 
vera observó a su marido desde la cocina. temblaba de miedo. 
“vera observó a su marido desde la cocina. temblaba de miedo. con determinación se dio la vuelta, abrió el cajón de la cocina y cogió el cuchillo más grande que encontró.” 
marcus dejó de escribir y levantó la vista del papel. 

4 comentarios:

  1. Qué bueno. Metaliteratura, escritores y lectores se meten tan dentro de la historia que le damos codazos a los personajes. A mí, es totalmente subjetivo, me ha hecho pensar en la forma en que los escritores nos tomamos la vida, como si fuese una simple excusa para escribirla. Hasta tal punto que me he enfadado con vera. ¿Egoísta por tener una pasión? Egoísta ella por querer que el otro renuncie a su pasión.

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  2. Niña... me ha subido un escalofrío de arriba abajo...

    Realmente se puede llegar a eso? han de ser muy diferentes, porque si no, no entiendo el egoísmo de Vera, aunque sí, su paranoia.

    Aplauso y beso

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  3. ¿Por qué soy el único que no encuentra egoísta a la chica?

    Creo que uno puede escribir de lo que le dé la santa gana. Yo también escribo mucho acerca de la gente que me rodea. Pero oye, el momento en que una persona se te convierte en personaje, bueno.
    No me gustaría estar en una relación de pareja sólo como personaje.

    Ladrón de mandarinas

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  4. También me preguntaba mientras leía: ¿quién debería llevarse aquí el mérito, el anotador de segunda fila o la chica que da vida a esa literatura?

    Ladrón

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