28 julio 2013

-Todo fue según el patrón habitual: doy la luz, me asomo, abro media cortina, me asomo. Sin embargo, ella, esta vez, no se limitó a girar la cabeza y observar. Se levantó. ¡Y cómo! La expresión "como un resorte" se queda corta para calificar la velocidad y determinación con que mi vecina se incorporó sobre la cama. Tuve una erección inmediata, total, puramente filosófica.
Me estoy cubriendo los ojos con la mano. Otra vez me sobrecoge el rubor. No sé qué hacer.
-Entiende, Olga: ella me dejó claro que le interesaba, y me dejó claro que despertaba deseos sexuales en su joven cuerpo. Me lo dejó claro sin palabras, con el simple gesto de levantarse de la cama y, según pude ver luego claramente, correr a pegar su naricilla a la persiana de cañas: no quería perderse detalle. Imagina: ella no sabe que la veo, no comprende que todo está teledirigido, programado y prefabricado, y actúa con toda naturalidad en lo que ella cree su espacio privado, de modo que yo, desde la rejilla, veo su instinto en estado puro, quintaesenciado, y su instinto es que el vecino va a desnudarse otra vez y yo quiero verlo, y aparto de un manotazo el edredón y corro de rodillas por el colchón de mi cama para observarle lo mejor posible. ¡Imagina! Eso es un halago, Olga, eso es una fisura en mi visión del mundo; eso, en definitiva, me desconcierta.
-No te entiendo. Ya sé que probablemente no te entiendes a ti mismo, pero creo que podrías explicar de manera más solvente estas estupideces finales.
-A tu servicio. Lo que quiero decir es sencillo: saber que me desean, que me miran, me excita mucho más, muchísimo más, que mirar yo, aunque lo que viera, en el caso de la joven japonesa, fuera a esa preciosa muchacha acostándose salvajemente con un compañero, o con dos, o haciendo el número más exótico o morboso o inverosímil del mundo. Nada se puede comparar a la sensación de dominio, de poder. "Tengo lo que tú quieres": ésa es la idea.
-El mirón pasa a ser mirado, podemos resumir, y le gusta. Si no fuera porque no creo, como tú, en los clichés, tendría que decirte que esa actitud es muy "femenina".
-Yo, como has dicho, creo en los clichés y, por supuesto, considero que el adjetivo exacto para mi comportamiento de entonces era: femenino. Dejarse mirar es femenino. Por lo menos es lo que hace la mayoría de mujeres, y me importa un pimiento si lo hacen forzadas por la sociedad machista o por pulsión genética: lo que me incumbe es el reconocimiento de la superioridad de esa forma de ser, lo que me apasiona es la inteligencia fundida con el instinto que encontramos en exhibirse con sabiduría, porque la excitación que te produce no es realmente orgánica, animal, no tiene unos motores sensoriales (la vista, el tacto, el olor), sino que es excitación puramente intelectual. Y eso es maravilloso.

Tatami, A. Olmos.

2 comentarios:

  1. A menudo me he mordido la lengua o he bloqueado las teclas para no hablar sobre ese tema pero leerlo aquí y tan bien escrito por A. Olmos(i dont know) ya lo deja todo bien claro. No sé si el exhibicionismo es puramente femenino, algo de eso hay. El oficio de escritor también lo es. Nos gusta mostrar todo el tiempo. y lo nuestro es más grave porque enseñamos incluso más que la piel o los genitales. Saludos.

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  2. Somos todos exhibicionistas, aunque luego haya una segunda opción, y es querer pasar desapercibido, yo nado siempre entre esos dos ríos, depende del día.

    Muy buen texto.

    Beso grande Hilia ¿haces vacaciones?

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