03 junio 2013

Me aventuré en sus heridas, quise introducirme, sumergirme en ellas para procurarle algún alivio y, al mismo tiempo, impedir que sanaran, para que así tuviera siempre necesidad de mí, de mi existencia en la suya. Como una caja china: se la abría a ella, y dentro de ella se me encontraba a mí, agazapada y feliz. Si me hubiesen abierto a mí... habría estado ella, agazapada y feliz. Y así hasta el infinito. Y así hasta siempre. Agazapadas y felices. Pero... pero, todo. Todo se pierde en un instante. Ocurre de repente y de repente pasa. Así son las cosas. Has estado años, años, viendo la misma pared absurda y vacía y de pronto un día, un día cualquiera, que podría haber sido otro, le ves el agujero, la incisión, el desperfecto, y así descubres, sin más, la grieta por la que se han ido esfumando, imperceptibles, todos tus sueños, todas tus locuras y tus deseos, toda tu vida, esa herida que te abrió un día para siempre. Y ese agujero es la nostalgia, el whisky solitario, el cenicero repleto de colillas malolientes, la aguja al final del disco, que tropieza insistente y olvidada, el buzón lleno de propaganda y el teléfono muerto y los cajones llenos de humedad y de recuerdos que ya no prenden. Es el cansancio, el desencanto y la impotencia todo junto. La confesión repentina del fracaso acumulado que ha ido lastimándote en su goteo conocido. El llanto del alcohol, la ropa mojada tendida ante el espejo, que no es que nos distorsione, no, sino que al fin nos muestra tal cual, fiel a su misión de reproducir lo que ve para obligarnos a mirar cuanto hemos querido ignorar. El mundo es también eso. Y tantas otras cosas que nos están vedadas. Yo ya no quiero pensar más en todo lo que no puedo ni pude. Algo me ha hecho comprender que no tiene sentido. O al menos no el que quería yo darle. Lo cierto es que me torturaba. Hay veces que el cerebro no para, y da vueltas al mismo asunto con fruición, como si el hecho de pensarlo más y más fuera a abrir alguna puerta de alivio, cuando el único posible sería cambiar las cosas. Una utopía. Más aún cuando esas cosas dependen de otras personas.

Dame placer, F. Company

3 comentarios:

  1. No relaciono el título del libro con el texto. Imagino que el placer despegará en otros lugares. Aquí hay mucho dolor psíquico. Y enfermedad.

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  2. Sí, una tortura de la que acabas huyendo, bien lejos.

    Besos Hilia, muchos

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  3. Si te paras a pensarlo, cada paso que damos, no digo metafóricamente sino cada paso, un pie y luego otro; cada cloc cloc de los zapatos, en fin, se sucede de utopía en utopía. Nunca sabemos a golpe de ciencia si el suelo puede hundirse al siguiente paso. O si seremos nosotros quienes se hundan en el vacío. O si aparecerá o no una puerta al alivio. Sin la utopía no se camina.
    Y cuando te caes y te haces daño en el culo, tampoco.

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