25 mayo 2013

los niños que lloran de noche


la mujer se despierta con los lloros del bebé del piso de arriba. es la segunda vez que rompe a llorar esta noche. la primera vez, hace tres horas, se ha despertado de repente, aturdida y confusa. por un momento el subconsciente le ha jugado una mala pasada y durante unos segundos ha dudado. casi al mismo tiempo, ha sentido la mano de su marido acariciándole la nuca y se ha calmado. ha apartado las sábanas y ha bebido un poco de agua del vaso que tiene en la mesilla de noche, al lado de un libro que empezó a leer por recomendación de una amiga. “es muy divertido”, dijo la amiga, pero a ella le cuesta reírse, con el libro y con todo lo demás, y casi preferiría leer a uno de esos autores rusos cuyas extensas obras se recrean tan precisamente en guerras y dramas. aunque claro, su marido no la dejaría. como tampoco la deja dejar de comer, ni dejar de tomar las dos pastillas diarias, la azul por las mañanas y la blanca por las noches. 
a diferencia de algún otro vecino que se ha quejado ya del alboroto de los de arriba, a ella no le molestan los lloros del recién nacido, todo lo contrario. son como una melodía, con notas y ritmo que dicen mucho más que cualquier canción que escucha por la radio en el coche de su marido rumbo a una escapada relajante de fin de semana. esas son las únicas veces que escucha música, otro tipo de música, claro, porque para la mujer, música es ese lloro incansable y monótono, que la despierta dos o tres veces por la noche y que espera impaciente a lo largo del día. por eso ahora, con la cabeza escondida debajo de las sábanas, imagina al niño en su cuna, con los pañales mojados, hambriento o simplemente con ganas de que alguien meza su cuna. qué fácil es imaginarlo, adivinar sus rasgos aunque no los haya visto nunca y suponer, por sus persistentes gimoteos, qué dolencia padece. sólo una vez vio a la madre, una mujer joven que arrastraba los pies y que no la saludó cuando mantuvo abierta la puerta del ascensor para que pasara. no la culpó. parecía cansada y harta de esos nueve meses que llegaban a su fin. la mujer quiso preguntar algo. las típicas preguntas que se le hacen a una embarazada, cuánto te queda, cómo te encuentras, niño o niña, pero recordó lo mucho que le agotaban a ella en su día y permaneció callada, con la mirada clavada en la punta de sus zapatos negros, apretando las mandíbulas con fuerza. al llegar a su planta fue ella quien se marchó sin despedirse, no tanto por falta de educación, sino por no poder disimular su indiferencia ni un segundo más. 

su marido sigue durmiendo, ajeno a lo que sucede en la casa de arriba, y también se alegra por ello. es más difícil para ella cuando él también se desvela, como ha ocurrido hace unas horas. es más difícil cuando le acaricia la espalda o cuando ninguno de los dos dice nada y en silencio, observando el techo, esperan que los padres consigan serenar al bebé. y sobre todo es más difícil volver a conciliar el sueño después, sabiendo que los dos están pensando en la misma persona, aunque ya nunca hablen de ello. así que ahora, escuchando la respiración pausada del hombre que duerme a su lado, puede recrearse en recordar esas escenas que tiene prohibidas por médicos, amigos y familiares. puede también permitirse el lujo de llorar un poco, sin montar un escándalo, y repetir ese nombre que les costó más de dos meses en acordar y si se levanta con cuidado, lentamente y sin hacer ruido, puede incluso llegar hasta la cocina, abrir la cajita donde guarda las pastillas azules y las pastillas blancas, alinearlas y tragarlas unas detrás de otra, mientras el bebé, en el piso de arriba reclama otro tipo de alimento. por qué no, se dice. por qué no probarlo de una vez por todas. y nota como tiembla un poco, no de frío, sino por la excitación de esta idea que no es la primera vez que cruza su mente, pero sí la primera vez que toma en serio. y sin darse más tiempo, con el cadencioso lloriqueo del niño, aparta de nuevo las sábanas, pero esta vez no es para beber agua. esta vez no necesita calmarse, ni necesita pensar en otra cosa. y ya de pie, al lado de la cama, mira a su marido y podría asegurar que no siente pena por él. él se arreglará, sabrá rehacer su vida, puede que al principio lo pase mal, pero tarde o temprano conocerá a otra mujer y seguramente tendrán el hijo que no pudo tener con ella. salimos todos ganando, se dice. y mientras avanza por el pasillo, con el gemido infantil cada vez más desquiciante, se pregunta por qué ha tardado tanto en encontrar una solución a los problemas de todos. 

la luz azulada de las farolas de la calle se cuela por la ventana de la cocina. es suficiente para que la mujer ubique el armario y los frascos de las pastillas, que abre con torpeza. los comprimidos caen desperdigados por la encimera y el suelo. por unos instantes se asusta y teme que su marido haya despertado con el ruido de las píldoras rodando alrededor de sus pies desnudos. aguanta la respiración y estira el cuello hacia el pasillo. aparte de los retumbantes berridos del bebé y del castañeo de sus propios dientes, la casa permanece en silencio. no sabe si alegrarse o entristecerse. nadie parece que vaya a socorrerla en el último minuto, al fin y al cabo eso es lo quiere, ¿no? poner punto y final, piensa con la primera pastilla, azul, entre sus dedos.
es con la cuarta cuando se da cuenta. tal vez porque ha tenido que detener sus planes para rellenar el vaso de agua otra vez. o tal vez porque ahora la casa sí está en absoluto silencio. o tal vez porque alguien sí tenía que salvarla. o tal vez porque alguien sí tenía que seguir condenándola. los padres han conseguido acallar al bebé después de lo que a ella le ha parecido una eternidad y lo único que escucha desde la cocina son los pocos coches que atraviesan la ciudad de madrugada. le duele un poco la cabeza, se siente mareada y tiene ganas de mear. deja el vaso encima de la mesa y como ha sucedido con la decena de pastillas, también éste se estrella contra el suelo y se rompe en pedazos minúsculos y punzantes. 
-cariño, ¿eres tú? ¿estás bien? 
la mujer intenta responder con normalidad. respira un par de veces y se apoya en la pared. 
-sí, todo bien. se me ha caído un vaso, sólo esto. ahora voy. 

atraviesa la cocina y, sin darse cuenta, aplasta los diminutos cristales con sus pies. tampoco se da cuenta cuando la carne se abre y comienza a sangrar. sus pasos de vuelta al dormitorio quedan perfilados en rojo oscuro sobre el parqué claro del pasadizo. al verla, su marido sonríe y la abraza. justo antes de cerrar los ojos, aún temblando, piensa en el bebé de arriba y reza para que, al menos esta noche, no vuelva a llorar. 

2 comentarios:

  1. Lo siento pero a mí me reconfortan los pequeños o grandes dramas cotidianos si son ajenos porque me sacan de los míos o por lo menos me los relativizan. Y me ha gustado en este que otra vez casi he podido sentir con palabras escritas cómo se siente esa mujer con sus pastillitas y oyendo la vida berreando a lo lejos y la muerte por dentro. En cuanto a lo de adivinar el final, contigo renuncié hace tiempo.

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  2. Tengo una amiga que cayó en algo parecido, y es muy duro. Estremece este texto Hilia y tengo que remitirme otra vez al comentario de Sergio, siempre tan acertado, de que los finales contigo, son tan imprevisibles, que yo ya aprendí, a no especular mientras te leo (y mira que me cuesta hacerlo...) pierdo siempre.

    Besos preciosa

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