20 mayo 2013

camas

mi madre nos había preparado bocadillos de nocilla para merendar y nos había advertido veinte veces de que tuviéramos cuidado y esperáramos la media hora que nos quedaba para terminar de hacer la digestión. también dijo que ella iría más tarde, cuando hiciera menos calor y hubiera acabado de fregar los platos y otras veinte tareas más que enumeró pero que no escuchamos porque estábamos demasiado impacientes para bajar. 
-¡y haz el favor de cuidar de tu hermana! – me pidió desde la cocina cuando cruzábamos ya la puerta. 
al llegar a la piscina, a quince minutos de la casa, estábamos sudadas y fatigadas y nos metimos en el agua sin esperar el tiempo prudencial que nos había repetido hasta la saciedad y que ninguna de las dos recordaba. sara se tragó agua cuando se tiró en plancha y se asustó tanto que a pesar de que ya había aprendido a nadar ese año, corrió a buscar sus manguitos naranja y no se los quitó hasta que apareció mi madre, mucho más tarde, con la bata de estar por casa y el semblante serio. la vi hablar con maite, la panadera que nos guardaba una barra de pan tostada para los bocadillos, y después con otras tres mujeres que se arremolinaron a su alrededor. mientras las mujeres se llevaban las manos a la cabeza y le acariciaban el hombro y la espalda con gestos suaves, ella nos buscaba impaciente con la mirada. fue sara quien la vio primero. ella nos hizo señas para que nos acercáramos y mi hermana corrió a su encuentro, después de tropezar con una anciana que no había visto por no haberse quitado las gafas de buceo. adiviné que algo no iba bien porque sara rompió a llorar casi de inmediato, negando con la cabeza, cruzando sus diminutos brazos y haciendo pucheros como cuando la mandaban a dormir antes que a mí. mi madre, que no estaba de humor, me gritó que nos íbamos. ella no solía gritar y eso me puso en alerta. recogí las toallas desperdigadas, los trastos de sara y mi revista para chicas que escondí al fondo de la bolsa. 
-¿qué ha pasado? – pregunté cuando llegué al grupo. 
-tenemos que irnos – contestó ella, ignorando mi pregunta. 
-pero ¿por qué? 
-mamá, déjanos quedar un rato más – suplicó sara que seguía con las gafas y los manguitos puestos. 
-no, tenemos que irnos, por favor, berta… 
por la forma con la que me miró comprendí que no deseaba que fuera lo que fuera sara se enterase, así que cogí la mano de mi hermana pequeña, bajamos a los vestuarios y dejé que mi madre continuara con una conversación cuyos detalles me moría por saber. 
-se ha muerto alguien – me informó mi hermana ya en la ducha. 
-¿qué estás diciendo? 
-lo ha dicho mamá. ha dicho: "se ha muerto", yo lo he oído. 
-¿pero quién? 
-ah, cuidado ¡tengo champú en los ojos! no lo sé. sólo ha dicho que se ha muerto. ¿crees que mañana podremos volver a la piscina? 
-¿y no ha dicho ningún nombre? 
-berta, ¿por qué tú tienes pelos ahí y yo no? 
aparté su dedo apuntándome y cerré el grifo de la ducha. tener una conversación coherente con mi hermana de siete años era algo todavía imposible. 
al salir del recinto mi madre nos estaba esperando apoyada en un árbol. se estaba abanicando y al vernos se acercó y pasó sus dedos largos por el pelo mojado de sara. 
-¿no os habéis peinado? 
-yo no – contestó mi hermana, orgullosa – berta no lo hace bien. 
y era verdad, yo no tenía tanta paciencia como mi madre para desenredarle los nudos de esa melena larga y siempre terminaba llorando o enfadada conmigo. 
-bueno, da igual. subíos al coche, rápido. 
tan pronto nos sentamos detrás notamos el aire sofocante y los asientos ardiendo debajo de nuestras nalgas. sara emitió un chillido exagerado y luego colocó sus pequeñas manos debajo de las piernas y comenzó a canturrear una melodía inventada mientras yo intentaba adivinar la magnitud de la tragedia observando el perfil serio de mi madre. no entendía a qué venía tanto secretismo. al fin y al cabo yo ya tenía catorce años y sara tampoco era una cría. sin embargo, no me atreví a preguntar, supongo que por miedo, y seguí escudriñando su rostro crispado y nervioso. al llegar a casa nos encontramos a mi padre, junto a su hermana y mi primo iván, sentados alrededor de la mesa del salón. sara se alegró de verlos y corrió a abrazar a su padre, que no pudo evitar una sonrisa franca, a pesar del silencio y la penumbra que reinaban en la sala. yo, más retraída, respiré aliviada porque en algún momento de ese trayecto en coche, pensé que el muerto era él. 
-papá, papá – vociferó mi hermana después de que mi padre la devolviera al suelo – se ha muerto alguien. 
mi padre miró a mi madre extrañado. 
-¿se lo has contado a ella también? – preguntó. 
-¡no, claro que no! – respondió ella un poco molesta. 
-¿y cómo lo sabe? 
mi madre se encogió de hombros. 
-¿quién se ha muerto? – pregunté finalmente, harta de tanto misterio. 
-la abuela amalia – contestó por fin mi padre. 
-¿quién es la abuela amalia? – interrumpió sara. 
iván, que tenía dos años más que sara, se rió e inmediatamente se tapó la boca con ambas manos. 
-la abuela amalia, sara – prosiguió mi padre – era mi mamá. ¿no te acuerdas? fuimos a verla hace un tiempo, en la resid… era ya muy viejita y estaba un poco enferma. ahora duerme. 
sara siguió negando con la cabeza. 
-¿duerme? – repitió un tanto confusa por la importancia que se le daba a algo que ella hacía habitualmente - papá, ¿mañana podremos ir a la piscina? 
-ya veremos, hija. ahora tenemos un poco de trabajo porque con la abuela… 
-¡pero la abuela duerme! 
-sí, pero, verás… no es exactamente eso. 
-hija, - intervino mi madre temiendo que esa conversación se alargara innecesariamente - ¿por qué no le enseñas a iván los juguetes nuevos de tu cumpleaños? y tú berta… ¿podrías quedarte con ellos un par de horas mientras nosotros vamos al tanatorio? 
no me dio tiempo a responder que en realidad prefería no hacerlo, que ya llevaba todo el día con sara y que estaba cansada, que prefería ver a mis amigas o meterme en mi habitación, pero era una situación extraordinaria y pensé que tarde o temprano podría reclamarle el favor de vuelta. los tres se marcharon enseguida y como era de esperar, sara e iván se alegraron de estar bajo mi supervisión, mucho más laxa que las de los mayores. en media hora habían jugado con todos los juguetes nuevos de sara, se habían peleado, se habían reconciliado, habían pedido merendar por segunda vez y cuando ya no me quedaban más recursos ni paciencia, opté por una película para que al menos se callaran un rato. absortos los dos con los dibujos animados, aproveché para encerrarme en mi habitación y continuar con la revista que había dejado a medias en la piscina. a los veinte minutos salí para comprobar que no se habían matado entre ellos. sólo escuchaba la voz estridente de unos de los personajes de la película y al llegar al salón me encontré con un monstruo verde y un gato con sombrero en la pantalla y a nadie más. llamé a sara un par de veces y luego a iván, pero ninguno de los dos contestó. fui a todas las habitaciones, abrí todos los armarios, revisé debajo de todas las camas y finalmente, con el corazón latiendo a mil por hora, me di por vencida. no estaban en casa. sin saber qué hacer, ni a quién acudir, llamé a la vecina con la esperanza de que estuvieran allí o los hubiera visto, pero nadie abrió la puerta. comencé a sudar a borbotones. sara era lista y estaba segura de que no iba a subirse al coche de ningún desconocido. iván era dos años mayor y aunque a veces parecía más pequeño, era espabilado y sabía qué debía y qué no debía hacer, o eso me repetía una vez y otra mientras abría la puerta del portal y miraba a ambos lados de una calle totalmente desierta. se me ocurrió que podían estar en el parque, que quedaba a pocos minutos de casa. al fin y al cabo, no había pasado tanto tiempo y por lo tanto no habían podido marcharse muy lejos, pero cuando comprobé que en el parque tampoco estaban y que habían pasado cuarenta minutos o más, comprendí que ya les había dado tiempo a llegar a la otra punta de la ciudad. creo que fue allí cuando comencé a llorar. caminaba sin saber muy bien hacia donde iba y sin que las lágrimas me dejaran ver más allá de unos pocos metros. me crucé con un par de señoras del barrio que me pararon y que me preguntaron si me podían ayudar, pero yo no me detuve, apenas las escuché, y seguí andando en círculos durante no sé cuánto tiempo más. angustiada, nerviosa y sin saber dónde más mirar se me ocurrió, como último recurso, volver a casa. quizá ellos, también agotados y aburridos de su expedición, habrían decidido regresar y en el caso de no ser así, esperaba al menos que hubieran vuelto mis padres para ayudarme con la búsqueda. intentando buscar una excusa plausible para disminuir mi castigo y mi culpa, reconocí a mi tía, aparcando su coche a pocos metros. me sequé las lágrimas y apresuré el paso hacia ella. estaba seria y concentrada, midiendo el espacio entre el capó de su coche y el vehículo de delante. en los asiento de detrás, sonriéndome y saludándome, asomaban dos cabecillas familiares. por un momento creí que iba a caerme al suelo. 
-¿qué ha pasado? – gritó mi tía cuando hubo bajado del coche - ¿por qué les has dejado marchar? ¿sabes lo que les podía haber ocurrido? 
rompí a llorar, no tanto por la bronca merecida sino por ver a los dos niños correteando por la acera, peleándose de nuevo, totalmente ajenos a mi pequeño gran drama. 
subimos a casa en silencio. yo incapaz de levantar la vista y mi tía recreándose en una escena que quizá en otro momento me hubiera parecido divertida; sara e iván, habían visto a mi madre en la entrada de la funeraria, que quedaba no muy lejos de casa, y habían decidido entrar, jugar despreocupados por los pasillos e incluso visitar la sala donde la abuela amalia yacía muerta, hasta que mi tía les había visto y les había metido en el coche de vuelta a casa. mis padres, por suerte, no habían coincidido con los críos y visto mi tremendo disgusto aceptó no contar nada de lo sucedido. creo que en ese momento lloré otra vez. 
-sécate las lágrimas y deja de llorar – dijo ella – que ya ha pasado todo y todos estamos bien. bueno, menos tu abuela. 

esa noche mi hermana se coló en mi habitación. lo hacía de vez en cuando, cuando no podía dormir o quería espiar mis actividades de adolescente para luego contárselas a mi madre. la mayoría de veces la mandaba de vuelta, pero esa noche, al ver su carilla de preocupación dejé que se metiera en mi cama. 
-berta… 
-¿qué? 
-la abuela duerme en una caja, no como nosotras. lo he visto hoy. dentro de una caja de madera. iván me ha dicho que es porque la gente mayor duerme en cajas de madera, pero yo creo que cuando sea mayor seguiré queriendo dormir en mi cama. ¿berta? 
-¿qué? 
-¿tú querrás dormir en una caja cuando seas más mayor? 
-a lo mejor es una caja muy cómoda. 
-no, berta, no. yo la he visto y es muy pequeña. 
-bueno, ya veremos lo que hacemos cuando seamos mayores, ¿vale? 
sara asintió y poco después de quedó dormida abrazada a la almohada. 

me desperté en un rincón de la cama, con la pierna de sara encima de mí y con una temperatura asfixiante en la habitación. salí de puntillas y ella aprovechó para extender más aún su cuerpecillo a lo largo y ancho del colchón. mis padres, en la cocina, susurraban algo que interrumpieron en cuanto me vieron. 
-el funeral de la abuela es a las doce– dijo mi padre. 
la abuela amalia hacía años que vivía en la residencia y tanto mi hermana como yo habíamos dejado de visitarla cuando dejó de reconocernos. sara no lo pasaba bien, se sentía incómoda con esa anciana demacrada, ausente y olvidadiza, que comenzaba las frases pero no las terminaba. mi padre siguió visitándola todos los miércoles y domingos, aunque en los últimos meses tampoco a él lo reconocía y terminaban los dos callados y sin saber hacia dónde mirar. 
a pesar de sus esfuerzos para demostrar lo contrario delante de sus dos hijas, a mi padre se le notaba abatido y triste. la noche anterior no había cenado con nosotras y esa mañana, al verle encorvado en la silla, apesadumbrado delante de una taza de café frío, hubiera querido darle un beso, pero pensé que tal vez eso sería el detonante para que rompiera a llorar y no quería ver llorar a mi propio padre. 
-pero podéis hacer lo que queráis – puntualizó mi madre. 
-¿de qué? – pregunté sin saber muy bien a qué se refería. 
-de venir a la ceremonia o quedaros en casa. 
-¡yo quiero ir! 
los tres nos giramos. sara, en la puerta, se abalanzó sobre su padre. 
-¿adónde quieres ir tú, pequeñaja? 
-¡adónde vayas tú! 
en realidad fue una suerte que sin saber de lo que hablábamos, decidiera que íbamos al funeral. no me apetecía quedarme de nuevo sola con ella, aunque sabía que esta vez no se me iba a escapar, tampoco quería tentar a la suerte.  
-no tenéis que entrar, si no queréis – susurró mi madre, cuando nos quedamos a solas – será poco rato y luego iremos a la piscina, si os apetece.
yo asentí. lo que menos me importaba era entrar a la iglesia. 

al ver a su primo sentado en el segundo banco, sara corrió hacía él. mi madre resopló y mi tía abrazó a mi padre y me dio dos sonoros besos en la mejilla. no parecía tan decaída como mi padre, ni tampoco vestía con tonos tan apagados como mi madre. el ataúd, de madera oscura barnizada y con dos grandes coronas de flores rojas a los pies, presidía el centro del pasillo. a pesar de los ventiladores hacía un calor bochornoso y a los pocos minutos de empezar la misa, algunos asistentes sacaron sus coloridos abanicos. sara e iván se divertían cuchicheando e intentando descifrar los textos del librillo de cánticos que estaba en los bancos, hasta que sus risas dejaron de pasar desapercibidas. mi tía les reprendió, pero su silencio apenas duró un minuto. mi madre, más pragmática y con menos paciencia, cogió a sara del brazo y la sentó entre ella y yo, pero algo demasiado importante había sucedido como para que los dos niños permanecieran quietos. 
-berta - murmuró mi hermana. 
-sara, por favor, quieres hacer el favor de callarte – intervino de nuevo mi madre. 
-pero es que mamá… 
mi madre me miró. 
-hija, por favor, ¿por qué no salís fuera? 
-pero es que mamá… - repitió sara esta vez suficientemente alto como para que el cura interrumpiera su discurso y levantara la vista. 
ya en la calle nos sentamos en las escaleras de la iglesia. eran las doce pasadas y el sol caía de pleno en nuestras cabezas. tenía ganas de volver a casa y terminar ese día. 
-berta. 
miré a mi hermana. me sorprendía que a todas horas tuviera tanta energía y tantas ganas de hablar. justo lo contrario que yo. 
-eh, berta. 
-¿qué? 
-ésa no era la cama de la abuela. 
-no, berta, ¡no lo era! – reiteró mi primo desabrochándose los botones de la camisa – era otra cama. 
miré a los dos críos con incredulidad. 
-¿no era la cama de la abuela? ¿de qué estáis hablando? – pregunté sólo para confirmar que no sabían lo que estaban diciendo. 
-no lo era, berta, no era la misma que vimos ayer. la de ayer no era tan oscura y además… además sara… 
-no, fuiste tú. 
-no fui yo. 
-lo hiciste tú. 
-¡parad los dos un momento! ¿qué hicisteis? 
-¡él pegó un cromo en la cama de la abuela! - acusó rápidamente mi hermana a iván. 
-sí, pero hoy ya no estaba. 
-¿en serio? 
los dos afirmaron divertidos. 
-bueno, seguro que alguien quitó el cromo. 
-da igual berta. el cromo da igual, pero la cama no era la misma – sentenció iván, ya con la camisa abierta de par en par y secándose las gotas de sudor de la frente. 

esa tarde fuimos a la piscina. sara consiguió nadar sin sus manguitos y mi madre me dio veinte euros. dijo que me había portado como una persona mayor y que ya podía confiar en mí para lo que fuera. yo me limité a sonreír y a guardarme el dinero antes de que lo viera sara. más tarde, mi madre, que parecía seguir en deuda conmigo, me dejó salir con mis amigas hasta una hora más tarde de lo que tenía estipulado. mi hermana se enfadó por no poder venir conmigo y la dejé en casa, lloriqueando y reclamando a todos un poco de atención. de camino al cine, me desvié un par de calles hasta llegar a la funeraria. había pasado por ahí centenares de veces, pero jamás se me había ocurrido entrar. se estaba fresco, aunque era un fresco desagradable, no como el del cine o el de casa. el pasillo estaba vacío y la mayoría de puertas estaban cerradas. empujé la primera con suavidad. la sala sólo contenía sillas de plástico dispuestas en semicírculo y unos cuantos pétalos de flores resecos en un rincón. la cerré inmediatamente. decidí salir de allí. tenía que encontrarme con mis amigas en diez minutos y estaba perdiendo el tiempo en un lugar que me producía escalofríos y malestar. fue entonces cuando un hombre mayor, vestido con traje oscuro y ayudado de un bastón para caminar, salió de la sala contigua. me miró apenas un segundo mientras mantenía la puerta abierta. una mujer más mayor aún le seguía a paso lento y tambaleante. 
-qué tragedia, - susurró la anciana al hombre del bastón – tan joven... toda la vida por delante y míralo ahora. 
apenas pude entrever el ataúd de madera clara, las velas y los lirios blancos. pero lo que sí pude distinguir, en la esquina de la derecha, tocando casi a la base, fueron los restos blanquecinos de una pegatina que en algún momento de distracción alguien había pegado a modo de regalo póstumo.

2 comentarios:

  1. Se dice que todo buen cuentista debe mantener una sensación de peligro durante el cuento, de amenaza. Creo que era Raymond Carver, un cuentista legendario. No importa que no se resuelva esa amenaza. Tampoco importa que no exista. O que como en este caso se traduzca en un equívoco y en humor negro(posiblemente marca de la casa). Yo cambiaría lo de amenaza por tensión. Hay una tensión en todo el cuento. Un "vamos a ver qué pasará" y a pesar de todo un gusto por los detalles que hace el recorrido interesante.Sólo el clásico de no entrar en el agua hasta que no hagas la digestión con el que se empieza ya me ha hecho sonreír. Y los giros de las hermanas y sus cuestiones sobre la "cama" de la abuela y ese gusto por el eufemismo y el punto de vista de los menores frente a esos eufemismos(evidentemente, el narrador es una de las hermanas así que el punto de vista de lo que se narra es el del lado ingenuo). Me gusta leer algo que puedo creer. Aunque luego sea mentira.

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  2. Me uno a todo lo que dice Sergio, que además es un gran comentarista, o comentador, lo bueno de la historia, es que es creíble, yo, me identifico siempre o muchas veces con lo que leo, y como tengo una hermana mayor, me veía reflejada en muchos momentos, también en muchos otros detalles, y el final, como siempre, de diez Hilia, qué puedo decirte, si sabes que eres una de mis grandes debilidades, que te admiro, y te aprecio un montón, y que no pares de escribir, eso...

    Besos

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