28 abril 2013

tercera división

-¿preparados, chicos? 
diana, que en realidad no se llama diana pero se hace llamar así, está sentada en el sofá con un conjunto de lencería blanca y unas botas de tacón que le aprietan las pantorrillas, asiente. yo, con la camiseta todavía puesta y fuera de plano, asiento también. 
-pues, ¡aaaación! 
se hace silencio absoluto en el plató y diana mira a cámara, se estira, tal y como le han indicado previamente, y comienza a manosearse las tetas con la misma delicadeza con la que rellenaría un pavo para el asado del domingo. 
venga, tío, me digo yo mientras observo los pechos lechosos, arrugados y caídos de la abuela por debajo del encaje del sujetador, venga. jenna jameson, alexis texas, gabriella fox, eso, la fox, gabriella fox. va, tío, en esa, piensa en esa, en la fox. 

todo empezó en los vestuarios, después de una clase de gimnasia en la que el profesor nos había obligado a correr por el patio durante más de treinta minutos. lo llamaban prueba de resistencia. yo odiaba las pruebas de resistencia, aunque también odiaba las matemáticas, la historia y la literatura. nunca fui un buen estudiante, y mi madre siempre se aseguró de recordarme que no llegaría a ningún lado, pero a mí no me preocupaba no llegar a ningún lado, ni tampoco entendía esa necesidad que tenía todo el mundo de llegar a algún lado. en cualquier caso, esa fue la primera vez, ahí en los vestuarios, cuando uno de los estudiantes un par de cursos más avanzados se fijó en mí, le dio un codazo a su compañero y dijo: 
-¿has visto eso? 
yo era muy pequeño todavía. no sé, tendría unos diez o once años, pero se me quedó grabado en la cabeza hasta que unos años más tarde, cuando me acosté con la primera chica, vero se llamaba, me pidió que parara porque le estaba haciendo daño. yo creí que era porque los dos éramos vírgenes y alguien me había contado que a ellas les podía doler la primera vez. días más tarde, cuando vero me había dejado, me enteré de que yo no había sido el primero y que el dolor no era por ser su primera vez, sino por el tamaño. eso también lo confirme por la que conocí después, que venía de parte de vero. y por las que fueron desfilando más tarde, que ya no sé si venían de parte alguien. 

pasados unos segundos, diana desliza la tira del sujetador de sus hombros caídos y coquetea con el supuesto futuro espectador humedeciéndose los labios y sonriendo con una mueca que debería considerarse sensual o algo parecido. el director hace una señal con la cabeza para que se desabroche el sujetador y ella obedece. sus tetas se bambolean como dos enormes flanes y cuando se incorpora para desprenderse de las bragas, me doy cuenta de que le llegan casi a la cintura. una vez desnuda, se abre de piernas y juguetea con un dedo metido en el coño mientras emite una especie de gemidos tan falsos que sería más convincente si se callara, pero parece que a los demás no les molesta y seguimos grabando. 

en realidad mi primera vez no fue así, claro. si hubiera sido así es muy probable que ahora mismo no estuviera aquí, sino reponiendo las estanterías de un supermercado, o podando rosas, o limpiando los baños de un hotel. mi primera vez fue con nancy, que tampoco se llamaba así y que se parecía un poco a la fox. no estaba nervioso porque eso de follar ya lo había hecho antes y se me daba bien. alguien podría decir, bueno, pero había focos y cámaras y otra gente mirando y no es lo mismo, pero a mí no me importaba nada de eso. yo sólo pensaba en nancy, que se paseaba por el estudio medio despelotada y tenía un culo firme y unas tetas enormes y que me la iba a chupar y, en definitiva, que eso era sólo el principio de lo que iban a ser muchas más chupadas y chicas. así que no, no estaba nervioso y no tuvimos que repetir ninguna secuencia. al terminar todos me felicitaron por mi actuación y por el tamaño de mi polla, algo que tampoco era nuevo. luego nancy y yo fuimos a tomar un par de copar a un local de moda que conocía y ella, que ya llevaba un tiempo metida en eso, me aseguró que acabaría hartándome, que todo este mundillo era una mierda y que mejor saliera de allí antes de que fuera demasiado tarde. yo contesté que lo haría, pero sólo para tranquilizarla porque quería acostarme de nuevo con ella, esta vez sin cámaras, ni directores que decidieran cuando me tocaba terminar. mi estrategia funcionó. pero ella tenía razón.

cuando diana ha acabado con el dedo, coge un pequeño vibrador de color morado de la mesita de al lado del sofá que el ayudante ha tenido que poner en plena actuación porque se había olvidado. ha sido el momento en el que diana ha dejado de gemir y ha mirado un tanto desconcertada al director, sin saber si debía continuar o abalanzarse sobre el ayudante en un inesperado cambio de planes. puede que deban de cortar este trozo, aunque yo qué sé, hay gente para todo, seguro que a alguno le pone cachondo ver a la vieja espatarrada y sin saber por dónde tirar. me pregunto de dónde la habrán sacado. o mejor no. también me pregunto qué tipo de persona estará interesada en vernos a nosotros dos, teniendo a otros muchos mejores, aunque quizá mejor no saberlo tampoco. 
es una suerte que el vibrador se haya encendido a la primera porque al hacer las pruebas había fallado un par de veces y temíamos que tuviéramos que improvisar una escena para sustituir ésta, lo cual hubiera supuesto tener que quedarme una o dos horas más. diana no pierde el tiempo y una vez sabe qué debe hacer, se mete el vibrador por el coño sin ningún preámbulo y prosigue con sus jadeos. si por lo menos hubiera alguna ventana que diese al exterior, pero no, la única que hay está en el pasillo de la entrada y además alguien ha corrido las cortinas para que la iluminación de la escena sea más tenue y misteriosa. yo creo más bien que es por las estrías de diana. 
-¡coooorten! 
la abuela se recoloca la peluca y el ayudante le trae un vaso de agua y una toalla amarillenta y agujereada con la que cubre su cuerpo rechoncho. 
-¿cómo lo he hecho? – le pregunta al director inmediatamente. 
-estupendo, cielo. ¿estás bien? 
-sí, claro. 
-bien, perfecto. ¿y tú estás listo? – me pregunta. 
-yo nací listo. 
él baja la mirada y se detiene en mi polla. 
-pues, las he visto en mejor estado, la verdad. ¿estás seguro que podrás? 
-por supuesto. soy un profesional. 
-ya... en fin, quítate la camiseta y continuamos. 
-cielo – anuncia el director – ponte a cuatro patas y ábrete un poco más de piernas. ¿alguien podría cerrar un poco más las cortinas? vamos, vamos, seguimos rodando. todo el mundo a su sitio. ¡y aaaación! 
gabriella fox, tío, gabriella fox, me repito mientras me arrodillo detrás del culo celulítico de diana y coloco mis manos sobre sus nalgas fofas. 

supongo que no vale simplemente con tener una buena polla. esto lo sé ahora. y supongo que por esto tengo a diana como compañera de reparto y no estoy en un plató con calefacción central, con más de una cámara y donde el ayudante no te trae una toalla sucia, sino un albornoz con tu nombre cosido a mano, ni te sirve un vaso de agua del grifo sino champán del bueno. supongo que algo se torció a medio camino, aunque no sé muy bien qué o quizá es que llegué donde tenía que llegar: a ser un mediocre del porno, uno de tantos, a grabar escenas con señoras mayores de tobillos hinchados y a esperar, todavía hoy, a que algún día algún productor famoso se fije en mí y me diga “eso es justo lo que estaba buscando”. todavía soy joven, me repito cuando salgo de los rodajes, cabizbajo y cansado, con el regusto del chicle de menta en la boca que acabo de escupir y que me recuerda al coño de diana, de marlene, de bianca o de quien sea. todavía hay tiempo y si comienzo a entrenar en serio, y no como hasta ahora, a contactar con las personas adecuadas, a dejar de aceptar la primera mierda que me propongan, seguro que podría conseguirlo. 

-¡coooorten! – grita de nuevo el director. 
abro los ojos y me sorprendo de que ya haya terminado todo. hoy ha sido rápido. otros días no lo es tanto. 
-¿cómo lo he hecho? – pregunta de nuevo diana mientras se levanta del sofá y se limpia la cara con la misma toalla amarillenta. 
-habéis estado muy bien los dos. muy salvaje y real. 
-¿en serio? – dice ella un tanto incrédula o más bien esperando un segundo reconocimiento a su actuación. 
recojo mi camiseta del suelo y me visto deprisa. el director dice que espera volver a vernos pronto y yo me marcho dejándolos a los dos hablando de futuros proyectos. 
son apenas las cuatro de la tarde. está nublado y ya casi no hay luz natural en la calle. me abrocho la chaqueta y comienzo a andar no sé muy bien hacia dónde. hasta dentro de diez días no tengo otro rodaje y no me apetece llegar a casa, ni mucho menos ir al gimnasio que no he pisado en los últimos tres meses. de repente oigo a alguien gritar mi nombre, el artístico no el otro, y me sobresalto. hasta ahora nadie me había reconocido por la calle, pero cuando me giro compruebo que es diana, saludándome efusiva y corriendo hacia mí. se ha quitado la peluca y con el pelo corto y morena parece un poco más joven. 
-¡que no me había despedido de ti! – dice. 
en realidad he sido yo quien no me he despedido de ella, pero respondo: 
-ah, no pasa nada, mujer - ella sonríe. 
-sólo quería decirte que ha sido un placer trabajar contigo. 
-vaya, muchas gracias – contesto un tanto confuso.
-¿tienes prisa? ¿te apetece tomar un café? 
no me apetece en absoluto, pero no se me ocurre ninguna excusa y diana se apresura en señalar una cafetería que está a pocos metros. entramos, ella decidida y yo detrás suyo. es un local pequeño y poco acogedor, sin ni un solo cliente y con la música de una conocida emisora comercial demasiado alta. la camarera, una muchacha joven y muy guapa que me recuerda a una tal susi, que tampoco se llamaba susi, nos da las buenas tardes y nos asegura que nos atenderá enseguida, aunque al final tarda más de diez minutos en aparecer y en los que diana me habla de detalles del rodaje que preferiría no recordar. 
-bueno… ya estoy aquí – dice cuando por fin llega la chica a nuestra mesa - ¿qué os pongo? 
-para mí un café solo – respondo primero. 
-un café solo, perfecto. ¿y para la madre? 
ni diana ni yo hacemos el amago de corregir a la camarera, aunque por un momento veo que su rostro se ensombrece. rápidamente se recompone y le pide una coca-cola light. está a dieta, nos informa a los dos, y debe vigilar lo que bebe y lo que come, resalta, mirándome de una forma que me hace enderezar la espalda. 
la conversación gira entorno del porno, como no podía ser de otra forma. al fin y al cabo es lo único que nos une. con interés fingido, escucho la historia que no quería escuchar, sólo interrumpida cuando se acerca la camarera con las bebidas. con un tono divertido y despreocupado mi compañera de reparto me cuenta que comenzó con su carrera justo después de que su marido muriera de un infarto en la cocina. 
-vaya, lo siento mucho. 
-¡no, no! en realidad fue lo mejor que me podía haber pasado. de haber estado vivo, yo no hubiera descubierto nunca mi verdadera vocación. 
-¿vocación? – repito a punto de escupir el café y recordando un fugaz plano en el sofá de hace menos de una hora. 
-por supuesto, esto es una vocación. si no lo llevas dentro, nunca llegarás a ningún lado. 
-bueno, tampoco es que seamos… 
iba a decir el nombre de alguno de los grandes, de los verdaderamente admirados, aunque dudo de que ella haya oído jamás sus nombres, pero en cualquier caso me corta sin darse ni cuenta de que estaba hablando y continúa con una verborrea incontenible sobre el bien que estamos haciendo a centenares de miles de personas que nos ven como a sus verdaderos héroes. en algún momento llego a dudar de la cordura de esta mujer y me pregunto cuánto deben cobrar los aprendices del taller de debajo de casa. al menos aquí hay ventanas por las que de vez en cuando descanso la vista. 
-bueno, - dice por fin cuando lleva hablando más de media hora sin interrupciones y le da el último sorbo a su coca-cola – creo que debería irme ya. tengo que prepararme para mañana. me toca trabajar con este nuevo chico del que todo el mundo habla… juan no sé qué… no sé si te suena. 
-no, no me suena de nada. 
-ah, pues dicen que es de los mejores y que va a llegar lejos. 
-estoy seguro de que lo hará – garantizo, deseando que se dé cuenta de que no hablo en serio y de que seguramente éste juan no sé qué llegará tan lejos como nosotros dos. 
-en fin, me ha encantado hablar contigo y conocerte. a ver si tenemos suerte y volvemos a trabajar juntos otra vez. de verdad que me encantaría. mira, te dejo una tarjeta mía por si algún día… 
yo sonrío. sonrío mucho y cojo la tarjeta y hago como que la leo antes de guardármela en el bolsillo del pantalón. ella se saca un billete de cinco de su monedero y lo deja encima de la mesa.
-la próxima vez me invitas tú – dice, probablemente convencida de que habrá una próxima vez. 
nos despedimos en la puerta, después de mentirle y afirmar que voy en dirección contraria a la suya. la veo alejarse a paso rápido, con las botas de tacón dentro de una bolsa de plástico de unos grandes almacenes y sujetando su bolso donde imagino llevará el resto del uniforme. recupero la tarjeta y la rompo sin haberla leído. los trozos de papel caen al suelo formando un curioso tapiz de color rosa pálido, letras plateadas y gris asfalto. 
en el interior de la cafetería, la camarera, que nos ha seguido con la mirada, habla por teléfono y me sonríe a través del cristal. en cualquier otra ocasión volvería a entrar, me tomaría otro café amargo y le preguntaría cómo se llama y a qué hora sale de trabajar. le diría incluso que soy actor, pero hoy no me veo capaz de seguir mintiendo y sé de sobras que cuando me preguntara mi nombre y a qué me dedico, tendría que mirar por alguna de las ventanas.

6 comentarios:

  1. Me da la sensación de que aquí la tercera división se siente más dura y cruel que en otras profesiones. El detalle de ella a la que toman por madre de él es el momento más cruel. Y que todo el mundo se pasa la vida esperando tiempos mejores y subir pero esto casi nunca llega. Qué bien contado este cuento de derrota sin esperanza(yo desde luego no la veo por ningún lado y aunque la haya).

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  2. Querida Hilia.
    Sólo vengo a dejarte un abrazo muy especial, disculpa que no lea y comente, como tanto me gusta hacer siempre en tu casa, mañana intervienen a mi hija, una pequeña operación, y estoy un poco nerviosa.

    Solo a ti te lo digo, porque de alguna manera, eres muy especial para mi.

    Un beso grande

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  3. ¿Esto va de porno o de relaciones sentimentales? A lo mejor soy yo, pero encontraba metáfora en prácticamente todo.

    Hace poco me topé por ahí una serie de fotografías de los escenarios porno, sólo que sin los actores. El fotógrafo se encargaba habitualmente de preparar todo el atrezzo y harto de que nadie se fijara en ello, alegando que era bastante importante, decidió hacer una exposición sólo del escenario. Cama, alguna silla y tal y cual.

    Sin dar la oportunidad al espectador de pajearse un rato mirando un coño o una polla.

    El caso es que a mí los escenarios me parecieron bastante sórdidos, todo me daba la impresión de ser frío, pegajoso y artificial. Algo así como un consolador después de usar, aunque no sé cómo debe sentirse un consolador después de usar. Lo que sí sé es de caras de actrices porno y por lo general -antes o después de usar- me resultan un poco tristes, como si no quisieran estar ahí. Tristes, untadas en alguna mierda pegajosa del Mercadona y como buscando una ventana.

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  4. Qué bueno, que genialidad, como nos llevas de un lado al otro, cómo fascinas, que decadente esta historia, cuánta frustración en el aire de toda la "novela" que nos relatas, qué original elegir de star a una mujer con esas características, no sé, me bebo tus letras, soy tan pesada... ¿dónde esta el libro Hilia? de verdad querida, eres muy buena.

    Te abrazo (respondí en Houellebecq)

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  5. Leerte es tan desesperanzado como leer a Galdós. Obviamente, también mucho más entretenido.

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