12 abril 2013

ya no tengo confianza en mí mismo

a medio trayecto apagué la música y me quité los auriculares. ¿sabéis de esos días en los que no soportas ni una canción y por mucho que le des a la siguiente no hay forma de encontrar una puñetera melodía acorde con tu humor? pues eso es lo que me pasaba y por eso opté por escuchar el traqueteo del tren. no acababa de comprender mi malestar. había madrugado y madrugar no suele sentarme bien, especialmente cuando estoy de vacaciones, pero el hecho de dirigirme al aeropuerto y marcharme unos días fuera tendría que haber compensado cualquier madrugón. y sin embargo no era así. tenía sueño, me dolía la cabeza, hacía frío y todavía me faltaban tres horas de vuelo para llegar a copenhague. 
el vagón iba bastante lleno. la mayoría eran turistas que volvían a su país. de todos ellos, no pude evitar fijarme en una mujer rubia de pelo largo y bien cuidado, ojos azules y piel morena. iba acompañada de un chico joven, que por la edad que tendría, imaginé que era su hijo. inmediatamente le busqué una historia. es algo que suelo hacer a menudo, cuando me aburro o cuando estoy esperando a alguien o en el metro. veo una cara que por algún motivo me llama la atención y le busco una historia detrás. con ella lo tuve fácil: había venido unos días a visitar a su hijo que estaba estudiando de erasmus. por la forma que tenían de hablar entre ellos parecía que se llevaban bien y que ella era una de esas madres modernas, de las que no se escandalizan al ver la colilla de un porro en el cenicero del piso de estudiantes de su supuesto hijo. los dos parecían estar enfrascados en una interesantísima conversación, como si a pesar de los días que habían pasado juntos, todavía les quedasen centenares de anécdotas pendientes para contarse. la mujer me pilló un par de veces mirándola como una boba, como si nunca hubiera visto antes a un ser humano, y diría que el chico también, pero pareció no importarles porque continuaron con su charla y sus risas. supongo que también estaban acostumbrados a las miradas de los demás ya que el chico había heredado la belleza de su supuesta madre y era inevitable no fijarse en tanta belleza, concentrada en tan poco espacio. distraída, buscándole un nombre a ella, algo que sonara suave y con muchas eses porque creí que era lo más adecuado a ese rostro juvenil y fresco, escuché una frase que hizo que me olvidara de la mujer por completo. 
“es que ya no tengo confianza en mí mismo”. 
dejé de mirar a la mujer rubia, pero reprimí las ganas volver la mirada hacia la persona, un hombre, supuse por la voz, que acababa de pronunciar esas palabras, sentado en el asiento de al lado. mantuve la mirada baja, a la altura de sus piernas cortas y rechonchas, justo para ver cómo una mano femenina se posaba con ternura encima de la suya y la apretaba con suavidad. los dedos de ambos se entrelazaron, pero no hubo ni respuesta, ni continuación a su frase. 
“es que ya no tengo confianza en mí mismo”, repetí dentro de mi cabeza una decena de veces antes de atreverme, con disimulo, a levantar la cabeza. sabía que el hombre se daría perfecta cuenta de que estaba observándole, pero me podía la curiosidad y tenía que ponerle cara a una frase tan rotunda pronunciada en un vagón de tren a las ocho de la mañana dirección al aeropuerto. calculé que tendría más o menos mi edad, quizá fuera un poco más joven, un par o tres de años, pero no mucho más. llevaba el pelo muy corto, rapado casi y tenía la piel morena, las orejas pequeñas y puntiagudas y las cejas frondosas. al contrario de lo que había imaginado, mantuvo la mirada fija en la ventanilla de delante y apenas reparó en mi escrutinio fugaz, pero minucioso. por un momento creí que su mandíbula ancha y robusta comenzaba a temblar, pero en ese momento aparté la mirada. si iba a llorar, no quería ser yo quien le hiciera sentir incómodo. pero no lloró. tal vez ni tan siquiera tuvo intención de hacerlo, ahí, en ese vagón poco íntimo, cargado de pasajeros. me molesté conmigo misma por prestar atención a una rubia que no entendía cuando hablaba y no al hombre sin confianza sentado a mi lado, que de repente me parecía mucho más interesante. pero no hubo más conversación durante el resto del trayecto y tanto él como la mujer de su lado se limitaron a acariciarse las manos hasta que una maquinal voz femenina nos anunció en tres idiomas que habíamos llegado al destino y que no olvidáramos nuestras pertenencias antes de bajar. la mayoría de viajantes se apiñaron delante de las puertas que tardaron unos segundos en abrirse. la pareja esperó a que se bajara prácticamente todo el mundo y yo hice lo mismo, no tanto porque no tuviera prisa, que tampoco la tenía, al fin y al cabo todavía faltaban dos horas para la salida de mi avión, sino con la esperanza de poder escuchar un último comentario, una pista, cazar al vuelo un gesto, una mirada, lo que fuera. 
-deja, ya cojo yo la maleta – dijo él, con un tono resuelto. 
eso fue lo único que salió de su boca antes de bajar la escalerilla y avanzar unos metros justo delante de mí. apresuré mis pasos. cogidos de la mano, en silencio y mirando hacia delante, caminaban poco a poco, como si quisieran retrasar el momento de una despedida. me fijé en su única maleta, vieja y no demasiado grande, así que inmediatamente pensé que sólo uno de ellos se marchaba y que no sería por mucho tiempo. por un extraño motivo me alegré por los dos. o más bien me alegré de mis propias conclusiones, positivas y esperanzadoras, a pesar de la nefasta frase del hombre que todavía retumbaba en mi cabeza. en ese momento sonó el móvil. me paré un segundo para rebuscarlo en el bolso y mientras contestaba a mi madre y escuchaba su retahíla de consejos y advertencias antes de partir de viaje, vi alejarse a la pareja, arrastrando su maleta gastada, su silencio y su misterio.

la cola del mostrador para hacer el check in parecía interminable y aunque seguía teniendo tiempo suficiente, comencé a impacientarme. daba la impresión de que no avanzábamos y el grupo de delante, imaginé que con menos tiempo disponible, empezó a despotricar sobre la mala organización, la compañía y la poca previsión. 
-hay que ver – decía uno – lo que tenemos que aguantar. nos tratan como si fuéramos ganado. llevamos más de cuarenta minutos esperando y son incapaces de poner a más gente. es que no hay derecho, de verdad. 
-qué razón tienes. y espérate porque todavía no hemos terminado. 
-seguro que acabamos corriendo, o perdiendo el avión. ya lo veréis. – dijo un tercero que me miró deseando que me uniera, o al menos asintiera, a sus protestas. 
yo sin embargo recuperé mis auriculares del bolsillo del abrigo y aunque ninguna canción siguiera pareciéndome la adecuada, me alegré de por lo menos no escuchar sus cansinas quejas. 

pasados todos los trámites obligatorios todavía me quedaba media hora larga. localicé la puerta de embarque y a continuación busqué una mesa apartada en la cafetería menos concurrida y pedí un café al camarero, que por descuido o por pereza, lo trajo frío y demasiado cargado, justo todo lo contrario de lo que había solicitado. mientras me debatía en volver a la barra y pedirle que lo recalentara o tomármelo sin más, divisé a mi derecha la espalda corpulenta de un hombre junto a una maleta gris y vieja. estiré el cuello para verle mejor, deseando que fuera el mismo hombre del vagón de tren. tenía sin duda la misma cabeza pequeña y rapada, pero no conseguía verle la cara. en cualquier caso, pensé, aunque fuera él, el hombre que había perdido la confianza en sí mismo, ahora solo, tomándose un café y a punto de coger un vuelo a saber dónde para hacer no sé qué ¿qué iba a hacer yo? 
me tomé el café frío, abrí el monedero y estudié las nuevas monedas con las que tendría que familiarizarme en breve. las dispuse encima de la mesa y las intenté memorizar sin éxito alguno. decidí dejarle al camarero una propina de cuarenta coronas, sabiendo que no haría nada con ellas, ni sin tener idea de si era un dineral o un insulto.

a medida que íbamos subiendo al avión, la azafata nos recibía a todos con una cara sonriente que supuse había ensayado bien a lo largo de sus viajes y un “buenos días” que probablemente habría repetido un millón de veces en lo que llevábamos de semana. aun así le agradecí su buen ánimo y le sonreí igualmente porque nunca se sabe quién podría salvarte la vida en un accidente aéreo. mi asiento estaba en la mitad del avión, al lado de la ventana. cuando lo divisé, a escasos centímetros, vi también a una mujer, sentada ya al lado del mío. no me costó reconocerla. ahora ya no sonreía, ni tenía a su hijo al lado. le pedí permiso para pasar y ella levantó la vista y apartó las piernas. cruzamos nuestras miradas apenas un segundo. tenía los ojos enrojecidos de haber llorado y en una de sus manos vi un pañuelo de papel arrugado y húmedo. me quité el abrigo y miré por la ventana. un par de chicos jóvenes cargaban con nuestras maletas y en el avión de al lado otros dos las descargaban con la misma diligencia. cuando la voz de la azafata anunció que teníamos que abrocharnos los cinturones y que despegaríamos en breve, la mujer rubia volvió a secarse las lágrimas que tímidamente resbalaban por sus mejillas. me acordé de esa mano que se había posado encima de la del hombre que no tenía confianza en sí mismo, pero cuando alargué la mía sólo fue para alcanzar el cinturón de seguridad. 

4 comentarios:

  1. Debo decir que yo también tengo dias dónde la música no me llega y es por culpa de mi humor no de la música. Y otros días dónde las tragedias ajenas se filtran a través de la cercanía en los transportes públicos y me asomo a los otros gracias a fragmentos de conversación que me resultan interesantes y me hacen olvidar de lo mío un rato. A veces entiendo que yo también habré estimulado la imaginación de los otros al hablar más alto con alguien u olvidar o no percibir que me observaban. Puede que frases nuestras vivan ahora en las neuronas de anónimos que nos escucharon y las reflexionaron hace tiempo.

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  2. Como una nana, como un cuento, lo he leído mientras escuchaba una preciosa melodía, y me ha parecido suave, bello y triste, lleno de matices, de pequeños detalles, que hacen de tus textos, una auténtica delicia, de principio a fin.

    Besos Hilia, mil besos

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  3. Yo también, yo también leí el texto con una melodía en la memoria que me asaltó inevitablemente desde el primer párrafo, desde que aparece el nombre de la ciudad a la que se dirige la viajera con dolor de cabeza. “Aeropuerto: unos vienen, otros se van, igual que Alicias en la ciudad. El valor para marcharse, el miedo a llegar. Dejarse llevar suena demasiado bien, jugar al azar, nunca saber dónde puedes terminar o empezar. Un instante mientras los turistas se van. Un tren de madrugada consiguió trazar la frontera entre siempre o jamás”.

    Muy cierto, es inevitable no fijarse en tanta belleza concentrada (reconcentrada e incluso ensimismada, diría yo) en tan poco espacio, en apenas unos párrafos. Es un placer leerte.

    http://www.youtube.com/watch?v=Mw2cy_7rWF0

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  4. Me ha encantado. Y además me ha recordado a un texto corto que escribí de similar comienzo, a propósito de esos de inventarse historias para los desconocidos que habitan el vagón. Me he sentido identificado. Muchísimo.

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