17 mayo 2012

dos kilos y ochocientos gramos

helena estaba embarazada de seis meses y dos días. su gestación estaba siendo complicada, primero con las náuseas matutinas y los mareos, luego la hinchazón de las manos y los tobillos y en el último mes, al ver que no remitían las molestias, su médico le recomendó descanso y le dio la baja laboral. andaba por casa desanimada y aburrida de no hacer nada y de pensar en el bebé las veinticuatro horas del día, así que julián pensó que sería una buena idea adelantar un mes sus vacaciones y marcharse al pueblo ahora que ella todavía podía viajar. a helena le encantó la idea y aunque no pudo colaborar demasiado con los preparativos de las maletas, su humor cambió radicalmente y dejó de sentirse tan fatigada. 

el pueblo era pequeño y todavía no había demasiados veraneantes en esa época, lo cual era una ventaja para la pareja que quería aprovechar el mes que tenía por delante para dormir y descansar antes del nacimiento de su hijo. llegaron a última hora de la tarde, después de un viaje largo en el que ella tuvo que ir al baño seis veces y en el que él no protestó en ningún momento. sabía que helena no solía quejarse por gusto y que lo estaba pasando mal. 
se hospedaron en un apartamento que ella había encontrado por internet. era pequeño pero acogedor y bien amueblado, con una habitación de matrimonio en la que apenas cabía la cama doble, un baño todavía más minúsculo, un salón luminoso y un balcón que daba a una placeta poco concurrida. 
nada más llegar helena dijo que necesitaba una ducha y echarse un rato antes de cenar. julián aprovechó para abrir las ventanas, airear el piso, salir al balcón y sentarse en una de las sillas de plástico para contemplar las vistas del pueblo y de un trozo de playa, que estirando un poco el cuello, podía divisar. enseguida se fijó en ella. era difícil no fijarse. sería de la misma edad que su mujer, tal vez un poco más joven y sin duda alguna estaba en el tramo final. sentada en uno de los bancos de la plaza, con las piernas un poco separadas y un abanico en su mano, la mujer parecía estar esperando a alguien ya que de vez en cuando levantaba la cabeza y miraba a su alrededor. pero este alguien no aparecía y pasados unos minutos julián concluyó que sólo estaba tomando el fresco. helena le asustó cuando por sorpresa y calladamente puso su mano fría en su hombro. 
-¿estás mejor? – preguntó él acariciando su mano. 
-sí, mucho mejor. pensaba que no llegaríamos nunca. - dijo a modo de disculpa 
-vaya, parece que no soy la única, ¿eh? – también ella se había dado cuenta de la prominente tripa de la mujer. 
-no, aunque a ella le falta menos que a nosotros. 
-todo llegará. no te impacientes. voy a echarme un rato. 
-de acuerdo. ¿qué te apetece cenar? 
al final decidió no despertarla. acurrucada en un rincón de la cama y oyéndola respirar pausadamente, decidió cerrar la puerta del dormitorio con cuidado y dejarla dormir. se preparó un bocadillo y lo comió en el balcón, observando el trajín de los vecinos y de los primeros turistas que, quemados por el sol y oliendo a crema solar, arrastraban las toallas y las palas hacia sus casas.

pasaron una semana tranquilos. se levantaban tarde, desayunaban a la una, paseaban por la playa, comían en cualquier restaurante que sirviera un menú decente, dormían la siesta y por la tarde leían en el balcón hasta que alguno de los dos sugería un helado o un paseo. también se acostumbraron a la compañía lejana de la otra mujer, que cada tarde se sentaba en el mismo banco de la placeta y permanecía allí con la única compañía de su abanico.
-¿por qué vendrá siempre sola? – preguntó helena al sexto día. 
-su marido estará trabajando. 
-¿y no tendrá amigas o una madre? ¿no se aburre? 
-tal vez le apetezca estar sola. tal vez este par de horas sea el único momento que tenga para escapar de ellas. 
-mmm… sí, quizá, pero es extraño. 
-¿qué tiene de extraño? 
-bueno, no sé… uno puede tener ganas de estar solo un rato, ¿pero cada día? ¿todas las tardes? ¿con este calor que empieza a ser insoportable? además, ¡va a parir de un momento a otro! 
 -¿y qué? ¿por ese motivo debe quedarse en casa, al lado del coche con las llaves puestas y el canastillo en la mano? -déjalo, no me entiendes. -no, no te entiendo, helena. dejaron de hablar de ella hasta que, al día siguiente, la volvieron a ver. -ahí está de nuevo. hoy no tiene buena cara. habrá pasado mala noche. julián levantó la cabeza de su libro y observó a la mujer durante un rato. le pareció que tenía el mismo aspecto que el día anterior: cansado, serio, triste pero esta vez no quiso contradecir a su mujer. no quería otra discusión estúpida por un tema que le era completamente indiferente. -así voy a estar yo dentro de poco: gorda y agotada. y a punto de tener nuestro primer hijo. notó el temor de helena en sus palabras. 
-todo va a ir bien, ya lo verás. 
-¿cómo lo sabes? también puede no ir bien, que el niño esté enfermo o que sea una mala madre o que no sepa hacer nada o yo qué sé, cualquier cosa. 
cada vez eran más frecuentes los comentarios de helena que denotaban ese nerviosismo típico de las madres primerizas. julián intentaba calmarla, aunque algunas veces sólo conseguía acentuar más sus dudas y su inquietud. en esos casos la abrazaba y dejaba que su esposa se tranquilizara entre sus brazos, en silencio. 
-creo que voy a echarme un rato.
helena besó a su marido y él acarició su cintura ancha. 
en realidad helena tenía razón. las cosas podían torcerse en cualquier momento, pero prefería mantener una actitud optimista. faltaban sólo tres meses, en la última ecografía todo estaba correcto y julián no era de los que disfrutaba barajando fatalidades. aunque por algún motivo, mirando a la mujer de la placeta, allí sentada con su enorme tripa, mirando al suelo, sí percibió que había algo de fatídico en ella. algo que no sabría explicar y que sin embargo notaba cada vez que aparecía y pesadamente se sentaba en el banco y extendía su abanico. 
dejó pasar diez minutos. el tiempo necesario para que helena se durmiera. después se levantó, cogió las llaves y el libro y bajó los escalones de dos en dos. de cerca parecía más joven. tenía los ojos claros y la cara delgada y pecosa. se sentó a pocos metros, pero ella siguió mirando al suelo y no se inmutó a pesar de ser los dos únicos que estaban en la plaza a esas horas. julián hubiera querido hablar con ella. preguntarle de cuánto estaba, cómo se encontraba, si tenía los mismos temores que su mujer o si ya había pasado por todo esto anteriormente, pero prefirió no asustarla con esas preguntas, quizá demasiado indiscretas para una completa desconocida. tal vez, pensó, lo haría al día siguiente, cuando ella se hubiera acostumbrado a ese nuevo acompañante que de vez en cuando la miraba con curiosidad y preocupación. abrió su libro y dejó pasar otra tarde tranquila. 

el día siguiente amaneció nublado. helena agradeció la tregua climática y la brisa fresca. al salir a dar su paseo matutino observaron los nubarrones negruzcos y amenazantes en el horizonte y que se acercaban poco a poco. apresuraron el paso de vuelta, aunque al final ese día no llovió. por la tarde no vieron a la mujer de la plaza. ni al siguiente. helena sacó el tema al cuarto día. 
-¿crees que habrá tenido ya a su hijo? 
-seguramente. le faltaba muy poco… 

helena sonrió y apoyada en la barandilla del balcón, masajeó su tripa unos minutos. 

empezó a encontrarse mal después de cenar. había notado molestias y por ese motivo apenas había comido por la noche, aunque a julián sólo le comentó que no tenía mucha hambre. tampoco quiso molestarlo cuando dos horas después seguía dando vueltas en la cama, pero con las primeras contracciones se asustó. sudaba de frío y de calor y notaba que las piernas adormecidas, como si la sangre no corriera por ellas. le despertó cuando no pudo reprimir un grito de dolor durante una de las contracciones. julián se vistió deprisa, ayudó a su mujer a bajar las escaleras y llegaron al hospital después de un viaje que a los dos les pareció interminable y angustioso. las palabras de julián para atenuar la congoja de ella no ayudaron en absoluto y helena lloraba y tiritaba sin entender qué estaba sucediendo. las enfermeras se la llevaron en volandas cuando las puertas correderas se abrieron y vieron su palidez y su panza. no pudo despedirse de ella, ni asegurarle que las cosas saldrían bien. ahora también él empezaba a dudarlo. esperó minutos que le parecieron horas y horas que parecieron años. paseó por los pasillos vacíos y fríos de ese hospital desconocido, con médicos que no estaban al tanto del historial de helena, se sentó en las sillas de plástico incómodas y quemadas con marcas de cigarrillos y preguntó a cada una de las personas que vestían con el uniforme del hospital, fueran o no médicos. al final recurrió a hacer promesas a un dios con el que nunca había tenido mucho trato, suplicándole que se quedara todo en un simple susto y sólo cuando, cinco horas después, le comunicaron que su esposa y el niño estaban bien, rompió a llorar como un niño pequeño. los médicos le informaron que estaba durmiendo y que en un par de horas podría entrar a verla. decidió tomarse un café en el bar del hospital. sólo cuando se sentó en una de las mesas, notó el cansancio y el sueño de la noche anterior, aunque se sentía afortunado y en deuda con el mundo. 
-¿ha sido niño o niña? – preguntó la camarera que le traía el desayuno. él sonrió. 
-todavía no lo sabemos. 
-ah, discúlpame. a estas horas sólo vienen los que acaban de ser padres. 
-a nosotros nos faltan todavía tres meses. 
-tres meses no son nada, aprovéchate que después se acabó lo bueno, nada de cenas románticas, ni vacaciones, ni coche nuevo. te lo digo yo que llevo tres, como tres soles, eso sí. el mayor ya va por los veinte y parece que fue ayer. 
julián miró a la mujer, ya mayor, con el delantal manchado y el rostro soñoliento, pero alegre. al salir dejó un par de monedas de propina y compró flores para helena. 

la reconoció enseguida. recordaba bien su cara, sus ojos claros y sus pecas, aunque su mirada triste y vacía era todavía más exagerada que cuando la había observado desde el balcón del apartamento. no le estremeció su tripa poco abultada, ni sus pasos desorientados, ni su cara demacrada, ni su canastillo intacto que sostenía sin apenas fuerza. no fue nada de eso. fue esa turbadora soledad a la que creía se había acostumbrado y que sin embargo, en ese pasillo de hospital, una resplandeciente mañana de principios de verano, no supo justificar de ninguna forma. a paso lento y vacilante, como si se resistiera a salir del edificio, como si allí dentro hubiese algo la atara más que ahí fuera, se dirigía hacia la salida y por un momento quiso acompañarla en el último tramo, sujetarle la puerta y asegurarle que todo iba a salir bien, que tendría otras oportunidades. pero tampoco esta vez se atrevió y acabó perdiéndola de vista cuando las puertas se cerraron detrás de ella. 

tres meses después nació la primera hija de julián y helena. pesó dos kilos y ochocientos gramos. 

3 comentarios:

  1. A veces me quedo sin palabras cuando tengo que decirle algo a alguien que tendrá un hijo. Al padre, a la madre. Sí, felicidades por descontado porque se supone que lo tienen porque quieren pero no porque yo lo vea como una bendición. He visto padres con problemas psicológicos ante la llegada de un bebé y miedos varios. Personalmente sería incapaz de excribir un relato tan intenso sobre la paternidad a punto de realizarse porque no sabría ni cómo empezarlo. Se me escapa por completo. Por eso confío y creo tu ficción como si fuera real. Puedo ser más crédulo cuando desconozco el terreno. Y me gusta que como siempre no haya un color negro o blanco y que se vean distintas motivaciones, impresiones, miedos...

    ResponderEliminar
  2. congratulations bisu..

    ResponderEliminar