23 mayo 2012

anotaciones

pasé por delante de la biblioteca del barrio y decidí entrar. tenía algunos libros esperando en casa, pero no me apetecía empezar ninguno de ellos y creí que sería una buena idea escoger uno o dos al azar, por su portada o por su título. tal vez sea un criterio poco fiable, y de hecho, la mayoría de veces termino con el libro a medio leer, pero que otras pocas me ha dado resultados sorprendentes. estuve dando vueltas en la sección de biografías, pero no tenía ganas de leer sobre miserias humanas. la mayoría de las biografías de personajes que han llegado a algo en esta vida, tarde o temprano, tienen un capítulo miserable y triste. algunos lo superan y aprenden de ellos, otros, sin embargo los arrastran hasta el final de sus días. no tenía ganas de saber de esos capítulos. decidí que bastante tenía con los míos. subí hasta la planta de viajes y cogí un par de guías de la india que ojeé con ilusión, pero recordé que mi presupuesto para ese verano probablemente no me llegaría ni para una semana en la costa y al final terminé devolviendo las guías a su lugar y me encaminé hacia la sección de novelas, donde suelo terminar siempre. estuve un buen rato dando vueltas. de la a a la z y vuelta a empezar. es uno de los pocos paseos que repetiría una y mil veces sin cansarme. repaso los nombres de los autores, las cubiertas de los libros, los títulos, la letra del interior, evitando las muy pequeñas, y finalmente hago memoria para recordar si el ejemplar que tengo entre las manos lo he leído anteriormente o no. me decidí por un autor del que ya había leído algo en el pasado y me había gustado y otro de relatos breves, pequeño y con pocas páginas que imaginé que leería en un par de horas. al llegar al mostrador el bibliotecario, un hombre joven y con cara de cansancio, me pidió el carnet con desgana. siempre espero que alguno de ellos despierte de su letargo y haga algún comentario sobre mi elección “oh, muy bueno” o “yo lo leí también y me pareció un poco flojo, pero claro, sobre gustos, ¿verdad?”, pero al final sólo dijo “para el día 27” y me devolvió el carnet y los libros sin mostrar ningún interés ni por los libros ni por mí.
al llegar a casa me preparé un té con miel, coloqué los cojines adecuadamente y me estiré en el sofá con la taza humeante y los libros. decidí comenzar con el de los relatos breves, por ser el de menos páginas y el que terminaría antes. en la solapa del libro aparecía una fotografía del autor en blanco y negro, un hombre de mi misma edad, con una sonrisa comedida y una expresión complaciente. tenía un nombre impronunciable y justo debajo de su foto, aparecía un breve texto a modo de biografía: había nacido ahí, se había mudado allá, había estudiado en la universidad de tal, había sido profesor de literatura allí y también allí, había publicado media docena de obras y había ganado un par de premios de poco prestigio. nada excepcional. me desilusioné un poco y pensé que sería otro libro mediocre de otro escritor mediocre. aún así, decidí darle una oportunidad. giré la página. dedicaba la obra a una tal astrid que imaginé sería su madre, su mujer o su hija. aunque también hubiera podido ser su editora, aunque por mi carácter romántico preferí pensar en alguna de las tres primeras opciones. el primer relato se titulaba “un pequeño susto”. era la historia de una pareja joven, recién casada, que tenía su primera discusión como marido y mujer. la trama me enganchó desde el principio. estaba escrita con un estilo divertido y ligero, los diálogos eran reales y la historia muy creíble. me identifiqué con los personajes, la relación entre ellos, las descripciones de sus gestos y reacciones y sobre todo el final, inesperado y sorprendente. sin embargo, al terminar la última frase observé que en la misma página, escrito en lápiz, con un trazo fino y una letra pequeña pero legible alguien había anotado su propia opinión: "una narración totalmente absurda, nadie se comportaría de esta forma en una situación similar. las cosas no funcionan así." no me molestó tanto el hecho de que alguien no compartiera mi opinión acerca del cuento, algo muy lógico y totalmente lícito, sino que este alguien hubiera tenido la desfachatez de escribir en un libro prestado de la biblioteca. ¿por qué la gente tiene tan poco cuidado con las cosas que no son suyas? ¿qué sentido tiene poner una crítica anónima a un libro que leerán otros lectores anónimos a los que nunca se llegará a conocer? ¿o es que quizá ahí radicaba la gracia del asunto? le di un sorbo al té, que se había enfriado durante la lectura, y comencé el segundo relato: “en la guerra”. no suelen gustarme los relatos bélicos. es un tema que me aburre, que no comprendo, que, por suerte, me suena muy lejano y no suelo prestar atención a las estrategias militares, ni a los rangos, ni me gusta la sangre, ni entiendo sobre armas. sin embargo también esta historia me gustó desde el principio hasta el final. quizá hubiera eliminado algunas descripciones de las batallas que se me hicieron largas y que aportaban poca información al relato, pero en general me pareció también una buena crónica, original y totalmente diferente a la anterior. con un ritmo más acelerado y directo y unos personajes menos amables y humanos. pero por los comentarios manuscritos deduje que al otro lector tampoco le había gustado: "si todas las guerras fueran así, la paz mundial sí existiría. base muy poco sólida. falta información más exacta sobre el tema". me enfadé. si ya llevaba dos historias leídas y ninguna de las dos le había gustado ¿por qué insistía leyendo y criticando y no buscaba otro libro más afín a sus preferencias? qué ganas de perder el tiempo y sobre todo, de hacerse notar. sospeché que en cada una de las narraciones aparecería su preciado veredicto y no pude reprimir las ganas de echar una ojeada rápida al final de cada una de las historias. efectivamente, en todas ellas se exhibía su caligrafía, pequeña, inclinada hacia la derecha, con un círculo redondo encima de las ies y las o sin cerrar. su dictamen estaba en cada uno de los finales, a modo de comentario de texto superfluo, negativo y del todo innecesario, y aunque me despertó la curiosidad saber qué pensaba del tercer cuento que me disponía empezar, decidí esperar antes y leer el relato antes para tener mi propia opinión y prescindir de sus resabidas nociones sobre la vida en general. sorprendentemente, esta vez, coincidimos. era una narración de ciencia ficción donde unos alienígenas con medio cuerpo humano y otro medio de serpiente invadían la tierra y sólo unos poco habitantes sobrevivían al ataque. no había por dónde cogerlo. la historia era rocambolesca, sin sentido, ni gracia, ni base. se perdía en medio de miles de detalles secundarios que no venían al caso, descripciones que sólo parecía que estuvieran allí para alargar el relato y con unos personajes que desde el principio me parecieron que merecían morir bajo el ataque alienígena. en esta ocasión su valoración fue contundente: "vaya mierda. ¿y éste ha publicado?". yo, menos radical, hubiera utilizado una expresión más diplomática y neutral. imagino que debe ser realmente complicado escribir un relato de ciencia ficción, además, a su favor hubiera dicho que los primeros relatos me gustaron, pero debo reconocer que el comentario me arrancó una carcajada repentina que casi hizo que me tirara el té encima. al recolocar la taza en su sitio vi el reloj. eran casi las nueve de la noche y maldije mi despiste. había quedado con sara en menos de media hora. no sólo iba a llegar tarde, sino que, pensándolo bien, no me apetecía en absoluto salir e interrumpir la lectura. sin pensarlo dos veces marqué el número de sara y esperé a que contestara. tenía la excusa, o eso me dije a mí mismo para hacerme sentir mejor, de que sara y yo teníamos una relación poco seria y que por lo tanto, cada uno podía cambiar los planes en función de si surgía un plan b mejorable. sé que no es una justificación demasiado lógica, pero en ese momento me sirvió. cuando contestó su voz sonaba alegre y risueña, pero al escuchar mi falsa explicación se molestó “ya me había vestido y estaba a punto de salir”, dijo. “lo siento de verdad, sara. si no te llamé antes es porque confiaba en que esta dichosa jaqueca desaparecería, pero es que no hay forma. llevo todo el día en la cama sin ni tan siquiera poder moverme”, mentí yo. ella se ofreció para venir a casa y cuidarme y aunque en otras circunstancias hubiera accedido, esta vez contesté un no precipitado y rotundo. “es mejor que esté solo e intente dormir de una vez por todas. seguro que mañana estaré mejor y si te va bien podemos hacer algo”, contesté. “bueno, ya veremos”. estaba claro que no se lo había tomado demasiado bien y no la culpo. antes de colgar le mandé un beso, que ella no me devolvió, como solía hacer normalmente. a continuación puse el móvil en silencio, me levanté del sofá, bajé las persianas, encendí la luz de la mesilla, fui a la cocina, busqué algo para comer, volví a mi sofá y recoloqué los cojines antes de tumbarme de nuevo.
volvimos a coincidir con un veredicto negativo en el cuarto y el quinto relato, aunque en ambas ocasiones, moderó sus opiniones. en el sexto de nuevo me sorprendieron sus palabras: "la pequeñez del ser humano". ya sé que tampoco dijo nada del otro mundo, que era una frase hecha y que no rebozaba sabiduría, pero llevaba razón. o es que yo ya había perdido el criterio y la objetividad. con el séptimo, busqué, ávido, su comentario antes de leer el cuento. o hice con atención, poniendo especial cuidado en el significado último de sus observaciones, por muy obvias que fueran. como digo, creo que perdí mi capacidad de ecuanimidad. y al terminar la historia estaba, otra vez, totalmente de acuerdo con ella. sí, a estas alturas, ya había decidido que tenía que ser una mujer quien anotaba sus impresiones. esa caligrafía tenía que ser de una mujer. demasiado fina y bien trazada para ser de un hombre, sentencié, convencido de mi olfato y mi buen sexto sentido.
el libro dejó de interesarme, para qué engañarnos. leía las historias en diagonal, sin prestarles atención y esperando llegar a su parecer, que me obligué a dejar para el final, a pesar de mi impaciencia, como el delicioso y sabroso postre de una cena mediocre. una vez leído me quedaba unos minutos saboreándolo y reflexionando sus evaluaciones y el por qué habría dicho eso y no lo otro y cavilando sobre qué tipo de vida y experiencias habría tenido para pensar de esa forma y no todo lo contrario. mentiría si dijera que, tal y como había comenzado a imaginarla mentalmente, también lo hice de forma física. la figuré como yo, recostada en un sofá como el mío, con su taza de té, aunque quizá ella fuera más de café, con el libro reposando en su regazo y un lápiz bien afilado entre sus delicadas manos. una cabellera rojiza, unos ojos vivarachos, una risa fácil y contagiosa, unas piernas largas y una cintura estrecha. era perfecta.
 muy a mi pesar tres horas después terminé el último relato, que ni recuerdo de qué trataba. hubiera deseado continuar toda la noche con ella, o al menos prolongar el final del libro hasta un par de horas más tarde, pero me pudo la excitación y no pude dejar de leer hasta la última página, y por lo tanto, su último comentario: "yo podría continuar.” me quedé helado. miré a mi alrededor esperando encontrar una respuesta, al libro y a la contundencia de la frase escrita. yo también hubiera podido continuar. ¿no era todo eso muy extraño? demasiadas coincidencias. primero con nuestros gustos lectores y luego con nuestro deseo de seguir leyendo y comentado los relatos hasta bien entrada la noche. sin ni tan siquiera conocernos. era demasiado, sin duda. volví a leer su frase final y de repente me vino una idea a la cabeza: ¿y si realmente había continuado? ¿y si había escogido otro libro al azar y había seguido leyendo y escribiendo? ¿y si sólo era cuestión de dar con ella? miré al reloj sobresaltado y esperanzado, pero sólo eran las doce y veinte de la noche. era una idea descabellada, una tontería, una pérdida de tiempo, pero no por eso iba a dejar de intentarlo. mil ideas sin sentido se atropellaban dentro de mi cabeza. faltaban nueve horas para que la biblioteca abriera de nuevo. ¿cuántos libros podría haber en esa biblioteca? ¿cómo dar con los que había cogido a continuación? ¿y quién me aseguraba que lo había hecho en esa misma biblioteca y no en otra, en la otra punta de la ciudad, o peor aún, en una ciudad distinta?
me levanté del sofá, nervioso y de mal humor. comencé a ver la imposibilidad de mi gesta. nunca daría con ella. era imposible. si al menos hubiera dejado más datos, alguna pista que me indicara por dónde comenzar a buscarla… aun así me fui a la cama con la firme idea de intentarlo. al menos, si no la encontraba podría estar tranquilo al haberlo intentado. era lo mínimo que podía hacer. tumbado en la cama, incapaz de ponerme a dormir, empecé a idear mi plan: iniciaría con los demás libros del mismo autor. pensé que eso era lo más lógico. luego continuaría con otros de relatos cortos de otros escritores, o tal vez con los ejemplares de la misma estantería. me esperaba una tarea ardua e interminable, pero decidí concentrarme sólo en el placer de reencontrarme con ella. esa noche dormí mal y soñé con que me quedaba encerrado en la biblioteca del barrio y moría sepultado por libros y no la encontraba jamás. me desperté sudado y nervioso y no pude volver a conciliar el sueño. aproveché para empezar el segundo libro que había cogido, pensando que eso me distraería y evitaría que me obsesionase más con el dichoso tema, pero no funcionó. allí sólo había las palabras del escritor, sin más, sin segundas interpretaciones, sin comentarios, sin apreciaciones. me pareció aburrido y soso y terminé por cerrarlo, levantarme de la cama y tomar una ducha caliente que me relajara. antes de salir de casa y dirigirme a la biblioteca volví a leer su última frase y eso me animó a no desfallecer a la primera de cambio.
fui el primero en llegar. de hecho. los bibliotecarios apenas se habían sentado en sus mesas y me miraron extrañados al ver mis prisas para entrar. les ignoré por completo y corrí hacia la segunda planta, repitiendo los movimientos que había hecho un día antes. el corazón me dio un vuelco y la vista se me nubló cuando al detenerme en la misma estantería comprobé nervioso e impaciente que había otro libro más del mismo autor y que también era de relatos breves. tenía que estar allí. de nuevo, las coincidencias eran demasiadas y la suerte estaba de mi parte. no me cabía ninguna duda. lo cogí y lo abrí con un temblor de manos inusual en mí. la misma foto en blanco y negro, la misma biografía y distinta dedicación. pasé unas páginas más al borde de un ataque de ansiedad. primero vi algunas palabras subrayadas en lápiz, con el mismo trazo irregular y creí que iba a ponerme a llorar de un momento a otro. fui hasta el final de primer cuento, esperando encontrar esa letras conocidas y familiares, pero no había nada escrito. miré en las demás hojas. más palabras y alguna frase señalada, pero ningún comentario. pensé que tal vez la conexión entre vocablos y oraciones marcadas aportaría alguna pista más sobre la misteriosa mujer y sin dudarlo cogí el libro y fui hacia la mesa donde estaba el mismo bibliotecario del día anterior, todavía con cara soñolienta. al entregarle el carnet me miró de una forma un tanto extraña. pensé que era porque se acordaba de mí del día anterior y le sonreí amigablemente.
-¿así que le gusta este autor? – preguntó.
-sí, no está mal. - contesté de forma apresurada y un poco tajante.
 esta vez no tenía ganas de conversaciones triviales. quería llegar a mi casa cuánto antes y leer. leerla.
-yo lo descubrí hace poco. es maravilloso, la verdad. el libro que cogió usted ayer lo leí la semana pasada en menos de cinco horas. hay algunos relatos realmente magistrales, aunque también hay otros… y bueno… éste – dijo señalando el tomo que todavía sostenía en mis manos – lo terminé hace un par de días.
-¿ah sí? – respondí.
él afirmó distraídamente mientras pasaba el libro por la banda magnética y le ponía un punto de lectura con la fecha de devolución.
-aquí tiene, para el día 28.
-gracias. – murmuré.
-y disfrútelo.

cuando llegué a casa, diez minutos después, tiré el ejemplar de malas maneras encima de la mesa. no me molesté ni en leer el primer cuento, ni en mirar las frases subrayadas, ni si éstas significaban algo, ni en si había comentarios escritos. quizá no había sido él. tal vez era sólo una casualidad, pero ya me daba igual. estaba harto de las malditas casualidades, había perdido la ilusión y no me apetecía saber nada más de ella. o de quién fuera.

5 comentarios:

  1. Me veo...soy adicta a la lectura.

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  2. No tengo tiempo ni ganas, la verdad, de hacer comentarios de texto o análisis sobre lo que escribes, bastantes hice en la carrera, pero si quiero decirte que te leo siempre, que ya te lo dije en otra ocasión, que me quito el sombrero ante tu imaginación, ante tu riqueza de vocabulario y originalidad y es que, con una cosa tan simple como ir a la biblioteca a buscar un libro, desarrollar un texto tan brillante como éste, no es, ni fácil, ni habitual. Chica... aplausos y gracias por hacerme vibrar, qué mira que me cuesta, solo lo hago ante el talento, ese que tú derrochas...

    Saluditos

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  3. No sé si te lo puedes imaginar pero me ha enganchado el relato desde la primera frase(y han habido también motivos personales). Lo he leído en una biblioteca, ahora que me miran poco y no tienen mucho trabajo que darme. Estoy en la sección infantil dejado de la mano de todos pero muy entretenido con esta maravilla de historia que cuentas.
    Los que antendemos en préstamo hablamos con los usuarios según tengamos el día y si el usuario nos comenta algo ilusionados pues... en mi caso ya casi he quedado con dos chicas(y no por querer nada con ellas sino porque compartiamos intereses literarios y hasta tebeísticos). En cuanto a los que escriben en el libro los perseguimos, sí, no se puede hacer y si se pilla se ponen notas en el ordenador avisando de su comportamiento pero yo siempre he adorado los libros marcados. Son como formas de cotillear muy sanas. Ves lo que otros han pensado sobre el libro que tienes entre manos y te subrayan frases que a lo mejor nunca hubieses visto por tí mismo. En fín, me has recordado que tengo algunas cosas que contar(muchas)sobre bibliotecas. Y me has hecho vibrar como a Calma. Porque el relato es ideal para los que nos gustan los libros, sí, pero si encima trabajamos en eso...

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  4. Pues no yo no tengo nada que decir, porque me borran. Pero bueno, ya se imagina usted lo que estoy pensando... o no?

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  5. we share a good taste for the picture...

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