01 febrero 2014

cuando sea vieja voy a comenzar a fumar 
un paquete diario, mínimo 
del tabaco más negro que me venda la estanquera 
horrorizada por mi tos seca y persistente. 
“son cuatro con treinta”, me dirá la chica 
y yo le entregaré un billete, sin esperar el cambio 
y encenderé el cigarrillo al lado de la puerta acristalada de su pequeña tienda 
y aprenderé a hacer aros de humo que se dispersarán con el viento 
y mentiré al médico cuando me mire, desconfiado, 
y pregunte si he comenzado a fumar. 
cuando tenga el cabello blanco 
iré todos los viernes a la peluquería y me sentaré entre las otras mujeres
y contemplaré con más pena que envidia 
su pelo liso vuelto rizo 
su afán para esconder, retocar, simular 
y obviar esa evidencia que seré yo, 
esperando mi turno,
adormilada y senil. 
puede que también calva. 
me desagradará mi nuera por ser tan flaca 
y luego tan gorda 
una descarada y años después, una pánfila recatada. 
mi hijo merecía alguien mejor, pensaré al verlos abrazados 
y es probable que inmediatamente recuerde a mi madre 
susurrando eso mismo a tía inés, en un rincón de la cocina 
cuando yo salía por la puerta, deprisa, las tardes de los domingos 
deseosa del mismo abrazo 
igual de flaca 
igual. 
y tendré un bastón de madera oscura y mango metálico 
que soportará mi peso infantil, mi espalda encorvada 
mi mente lenta, oxidada
un chal negro de segunda mano y una cruz cromada. 
también una cruz cromada 
yo, que nunca había creído en dioses ni cielos 
ni salvación ni paraíso 
rezaré a quien sea 
todas las noches 
por si acaso: 
“espérate unos días. déjame ir a benidorm 
comer lo que no debo de un buffet hipercalórico
remojar mis pies en el agua tibia
bailar al son de una orquesta que desafina
unos días sólo, 
¿lo harás?” 
cuando sea una anciana me colaré en la cola del supermercado 
pretenderé no saber cuando los impacientes 
me acusen de no respetar 
ni orden ni normativa ni instrucción 
y cuando suba a cualquier vagón de tren 
y nadie me ceda su asiento 
señalaré el reglamento con mi palo, 
ese palo más fiable que esas dos piernas 
huesudas, endebles, flácidas y agrietadas 
y despotricaré como los impacientes del supermercado 
“esta juventud 
esta educación 
esta falta de respeto. 
yo a su edad ya había”. 

cuando sea muy mayor. 

pero mientras tanto, bebo dos litros de agua al día. 

5 comentarios:

  1. Me ha sorprendido mucho el final. Para nada lo esperaba. Genial.

    Siempre saboreo en tus textos ese cóctel entre cínico y brutalmente honesto. Esa clarividencia de la que siempre haces gala hilia. Y también, y es con lo que más suelo empatizar, la resignación, un tema recurrente en tus poemas y narraciones.

    Vamos, que yo también bebo dos litros de agua al día.

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  2. Cuando seas mayor difícilmente seras o harás eso porque ya has alejado de ti la tentación mencionándolo con ironía, desmenuzando la decadencia de las que envejecen mal. Vaya repaso les has pegado. Es curioso pero ya encuentro amigos que se quejan como tu entrecomillado y no llegan a viejos. No, no voy a caer en el viejo encanto de la lucha intergeneracional. Lo miraré con ironía like you.

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  3. Tus escritos me enganchan. Hacen que lea cada palabra, lentamente para imaginar bien la historia, pero a la vez mi cabeza quiere leer rápidamente para saber qué ocurre.

    Nunca había leído algo parecido relacionado con la vejez.

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  4. La tercera edad es bonita, a su manera, con toda esa imagen de experiencia adquirida y caramelos de contrabando.

    Después los conoces, y ya.

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  5. UN RELATO EXCELENTE. UN TEMA IMPROPIO DE LA EDAD, PERO CON UNA RELEVANCIA MAGNIFICA.
    UN ABRAZO

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