22 diciembre 2012

trapicheos

ocho días sin llamarle. a algunos les parecerá poco, un tiempo insignificante comparado con los que llevan limpios meses o incluso años, cierto, pero a ella le parece una eternidad. la última vez que le vio le aseguró que era la última, que había terminado con toda esa mierda y que empezaba de nuevo. no supo muy bien por qué se molestaba en darle explicaciones, si ni tan siquiera sabía su nombre. su nombre real, el que aparecía en su dni o por el que le llamaba su madre, si es que tenía una. él, sin embargo, la escuchó y esperó a que terminara con su palabrería. luego la observó con cierta sorna, bajó la mirada hacia sus labios y sus hombros. se guardó de bajar un poco más, no era lo apropiado en esos momentos, y se guardó los billetes en el bolsillo de la chaqueta con expresión indiferente, como si todo eso no fuera con él. 
-bueno, - dijo poniéndose la capucha para ocultar su rostro a los vecinos curiosos – pues suerte y que te vaya bien. ya tienes mi número por si cambias de opinión. 
ella asintió. 
-no será necesario. ya te lo he dicho, lo dejo. 
ella cerró la puerta despacio, sin hacer el menor ruido y se tumbó en el sofá, intentando todavía convencerse de que esa había sido la última vez. 
los dos primeros días los pasó tranquila. se aseguró de mantenerse ocupada y lo consiguió con más o menos éxito, pero al despertar el tercer día supo que mantener su promesa iba a ser mucho más difícil de lo que creía. supuso que tantos años de malos hábitos no podían borrarse en unas horas. eso se repetía a si misma para apaciguarse y mantenerse firme, pero se notaba exaltada, mal humorada, no conseguía concentrarse con nada, tenía el pulso acelerado y cogió el móvil un par de veces, tentada, aunque no llegó a marcar su número, que por algún motivo inexplicable, no había borrado todavía. tal vez para ponerse a prueba. tal vez a modo de red salvadora, como un último recurso, como sucede con los intrépidos trapecistas de un circo, sólo que esto no era un entretenimiento, ni su vida un espectáculo. luego vinieron una sucesión de días borrosos. un recuerdo vago. una neblina espesa y asfixiante. cuando se miraba al espejo no se reconocía y al andar por la calle notaba la mirada de los transeúntes clavada en su cuerpo huesudo y frágil. terminó por no salir de casa e ignorar el reflejo de su propio rostro en el espejo. 
el jueves, al volver a casa después de bajar al estanco a por tabaco se cruzó con ahmed. “coca, marihuana, hachís”, susurró él al pasar por su lado. de su boca salió un hilillo fino de vaho que desapareció en el aire helado. ella agachó la cabeza, rehuyendo sus ojos oscuros, y aceleró el paso. abrió la puerta con dificultad y al meterse en el ascensor notó un mareo y náuseas, pero no fue allí cuando se acordó de él. fue un poco más tarde. después de salir de la ducha y fumar tres cigarrillos, uno detrás de otro, a oscuras, en la cama. 
solía venir los jueves. una visita rápida y precisa. no era necesario que él le preguntara qué quería ni que ella regateara el precio. los dos conocían bien las normas y los dos se atenían bien a ellas. pensó que no debía pensar. puso la radio y después la televisión, pero se cansó enseguida y escuchar voces extrañas le provocaba aún más ansiedad. salió al balcón. ahmed, abrigado con su gorro de lana, atendía a unos chavales impacientes en uno de los portales de enfrente. billetes a cambio de bolsitas blancas bien selladas. todo parecía tan fácil, tan cómodo y tan sencillo. al abasto de cualquiera que quisiese un poco de diversión aquella noche de jueves. sólo hacía falta un poco de dinero.
entró en el piso y se tumbó de nuevo en la cama, tiritando de frío. no debía pensar. no pensar. no debía. no podía. y cuanto más se esforzaba en poner la mente en blanco, más vívidas eran las imágenes que le venían a la cabeza y la sensación de bienestar de después. era inútil. no iba a conseguirlo. al menos no ese día. tampoco hago daño a nadie, se dijo con asombrosa facilidad. al menos yo no me pincho, ni tengo que robar para conseguir lo que quiero. tal vez pueda hacerlo una sola vez. una vez más y lo dejo. esta vez sí, en serio.
“hola, te contactaré en cuanto pueda” 
tiró el móvil al suelo, con las manos temblorosas, no tanto por el mensaje impreciso de él, miles de veces en el pasado había escuchado las mismas palabras, sino por su patética debilidad. sólo habían pasado ocho días. quedaba claro quién había ganado. quién conocía bien su papel. quién se llevaba qué. pero tampoco desconectó su móvil. sentada en un rincón de la cama, esperó. como hacía siempre que le había telefoneado. llamó diez minutos después. 
-hola.
-hola. - contestó él.
no la había olvidado y se alegró.
-necesito que… necesito… ¿podrías…? – balbuceó nerviosa. 
-lo tengo complicado. estoy en la otra punta de la ciudad. está siendo una noche... 
él no terminó la frase. no solía hablar de sus negocios con nadie. mucho menos con su clientela. 
-será rápido – aseguró ella. 
-veré lo que puedo hacer. las antiguas clientas tienen preferencia – bromeó.
pero ella no se rió. 
llegó dos horas después. ella corrió a abrir la puerta cuando escuchó el timbre y los pasos de él subiendo los escalones de dos en dos. al llegar al piso estaba sin aliento. pasó sin saludar y cuando se quitó la capucha ella vio una costra reseca en su frente. no preguntó. sabía que no iba a contarle la verdad ni tampoco era de su incumbencia. le ofreció una cerveza y rozó su brazo al pasar por su lado. olía a colonia barata, de esas que venden en cualquier supermercado de barrio por menos de diez euros. antes de que hubiera tenido tiempo de terminar la lata desabrochó su camisa arrugada.
-¿aquí, en la cocina? – preguntó él. 
ella no contestó y se limitó a cerrar los ojos y a subirse la falda. él la cogió por los brazos y la detuvo. tenía las manos frías. con experta diligencia le bajó las medias y de reojo miró el reloj de la pared. las dos y veinte. 
esta es la última vez, pensó ella cuando él recogió el dinero de encima de la mesilla del pasillo. 
 

2 comentarios:

  1. Qué vicios más caros. Y los peores son los que nacen de una carencia afectiva. No digo yo que no se lo pase bien con la polla alquilada pero si tiene que pelear con ella misma por no hacerlo, malo. Me ha recordado a cierto conocido mío que se enamoró de una puta hace años y me pedía dinero para continuar su idilio. Yo no se lo dejaba porque era "pa putas". Ella le acabó dejando a pesar de las promesas. Bueno, que me enrollo, gracias por el relato magnífico de los de este blog (sin cincuenta sombras cursis ni nada que se le parezca).

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  2. Querida hilia, vengo lenta, pero quiero decirte que uno de los placeres, una de las cosas que más me ha gustado este año que se va, es haber disfrutado de tus relatos, de tus letras, de ti...
    Eres muy especial para mi, no lo olvides nunca, por favor.

    Te abrazo mucho

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