10 diciembre 2012

caso clínico: la vida en la oficina

con los tiempos que corren, no están las cosas como para despotricar demasiado sobre el trabajo. imagino que bastante es tener uno y poder agradecer a los cielos o a quién sea, el seguir recibiendo una paguita cada treinta días. sin embargo, vamos a dejarnos de historias. aún sabiéndonos afortunados, todos en algún momento u otro hemos despotricado con los madrugones, la depresión de un domingo por la noche, las horas extras no remuneradas, el compañero experto en excusas y escaqueos y toda una retahíla de incordios más que vienen incluidos en el pack laboral. 
en fin, que sí, que voy a renegar un poco y que ya que todo está tan mal, pues no vendrá de otro tema más, digo yo. así que sin más dilación, maldita sea: 

la voz del jefe. sólo dos personas en toda la galaxia tienen la capacidad de llamarme y aparecer yo al instante con la cabeza gacha, las manos sudadas, la voz temblorosa y una actitud dócil y mansa, una mezcla de “mierda, ya se ha enterado” y “por dios que sea breve”: mi madre y mi jefe. de mi madre, o de las madres en general, hablaremos en otro momento porque ellas bien valen un caso clínico. pero volviendo a la oficina, esta es la sensación correcta cuando nuestro jefe vocifera nuestro nombre, con su voz rotunda, amenazante, grave y con aplomo. con un vozarrón que debe extenderse por los pasillos, retumbar en las paredes del despacho, colarse por entre las rendijas y explosionar en nuestros oídos. y tres horas después, cuando todo el asunto parece haberse apaciguado, debe seguir tronando en nuestra pobre cabecita de servil asalariado. así debe ser la voz de un jefe. y quien dice voz, dice actitud. porque no nos engañemos, un jefe-colega, que se ríe de nuestras bromas, nos pide opinión sobre temas decisivos y se preocupa por si llegamos a fin de mes no sólo no existe, sino que si existiera acabaría siendo engullido por otro menos amable. lo que se conoce como ley evolutiva del más fuerte, el rey de la jungla, el ciclo de la naturaleza, aquí mando yo y punto que, como no, tanto puede aplicarse a la selva como a la oficina, aunque en muchos casos apenas existan diferencias entre lo uno y lo otro. 

las reuniones. las reuniones laborales están muy bien porque en ellas se llegan a grandes acuerdos y conclusiones que cambiarán el rumbo de la empresa, y del mundo si me apuran, y porque uno puede pensar en qué cenar cuando llegue a casa o organizar planes para el fin de semana sin que los demás se percaten de su total y absoluta falta de interés. para que una reunión resulte efectiva es importante convocar a mucha gente, que todos lleven traje, intercambiar muchas tarjetas y amigables golpecitos en la espalda, proyectar centenares de powerpoint con letras grandes y gráficos y estadísticas basadas en suposiciones, conectar (a la primera) con algún cliente internacional via skype y sobre todo, no desconectar los móviles para poder salir al pasillo de vez en cuando a pretender ser una persona ocupada y muy muy muy imprescindible. también es importante que al final de dichas reuniones, los altos cargos, los que han batallado hasta el final mientras usted intentaba recordar el nombre de esa vecina del pueblo de la que se enamoró perdidamente hace veinte años, se vayan a comer y continúen hablando de lo bien que se les da arreglar el mundo. a su regreso, es posible que sus caros trajes apesten a puro, alcohol y a chalet en los suburbios con servicios las 24 horas. si es así, las negociaciones han sido un éxito, el trato está cerrado y su jefe permanecerá feliz durante un par de horas. y si el jefe está feliz, todos estamos felices y la tierra es un lugar maravilloso.

los emails internos. el día a día en una oficina puede ser muy duro y solitario. horas delante de una pantalla, mirando cifras, emails, gráficos, diseños, porno… en fin, un interminable, espinoso y árido desierto sin oasis. ante este desolador panorama, nada como un poco de distracción con el siempre bienvenido intercambio de emails personales, intransferibles y subidos de tono con el muchacho de la segunda planta o la rubia de exportación para rebajar la presión del ambiente y evadirse un poco de la realidad. es de vital importancia cerciorarse de que no haya cruces de informaciones y de que antes de darle a enviar aparezca el nombre correcto. no queremos que x se entere de que también flirteamos un poco con y, ¿eh? así que para que no haya disgustos ni lamentaciones, mi consejo es que lo dejen todo de lado. sí, todo. los informes, los gráficos, las estadísticas basadas en suposiciones, las videoconferencias a hong kong, los pedidos pendientes, los gritos del jefe y se centren en lo esencial: ¿el muchacho o la rubia? 
si desafortunadamente usted no tiene la suerte de tener a alguien en el edificio que le despierte algún especial interés, no se preocupe. hay formas igual de válidas a la hora de reducir tensiones. ¿para qué creen pues que se inventó internet? con sus redes sociales, su prensa digital, sus vuelos baratos a lugares tropicales a media mañana, sus páginas porno de por la tarde y el estado de las carreteras antes de abandonar la oficina. recuerde de estudiar bien la posición de su mesa y de su ordenador respecto al resto de compañeros y/o clientes y acuérdese de reprimir carcajadas, mejillas sonrojadas y/o erecciones que no vengan a cuento con el entorno no virtual si no quiere levantar sospechas ni broncas innecesarias. 

la climatización. ¿qué sería de una oficina con un sistema de climatización operando correctamente? ¿para qué ser moderado y coherente con las temperaturas exteriores pudiendo estar a cuarenta grados en invierno, evitando a toda costa una deshidratación mortal y a menos diez en verano, pendientes de la congelación y posterior amputación de las extremidades? ¿para qué, si podemos pasarnos el día poniéndonos y quitándonos capas de ropa y mostrar así a los demás nuestro bonito fondo de armario? sería del todo absurdo, evidentemente, y por este motivo el tema de la temperatura permanecerá como uno de los grandes misterios de la humanidad sin resolver. no se molesten en esperar que algún día alguien descubra un remedio, un alivio, una solución. no. moriremos con el desasosiego de saber que el ser humano consiguió volar, llegar a la luna, encontrar una cura contra el cáncer, hacer música y literatura, inventar el pijama, la depilación láser y el vodka con limón, pero que sin embargo, jamás logró ajustar la temperatura en la oficina. 

el comedor. toda empresa que se precie y ame a sus trabajadores dispone de una estancia de reducidas dimensiones, luz artificial, sin calefacción, ni aire acondicionado y con un microondas por cada cien empleados, para que éstos puedan comer allí si no les queda más remedio, también conocido como comedor. el comedor no deja de ser un micro mundo dentro de la empresa, regido por normas no escritas, pero reconocidas por todos los que suelen hacer uso de sus precarias instalaciones: las sillas y las mesas están asignadas según la antigüedad de sus usuarios, de manera que sentarse en un sitio que no corresponde puede crear el caos y la confusión más absoluta. algo a evitar, claro. es importante, de hecho es casi lo más importante de saber el primer día, qué lugar está ya ocupado y cuál queda libre si uno quiere empezar con buen pie con los demás compañeros. si las altas esferas son generosas, es probable que la sala tenga un televisor, lo cual es una ventaja a la hora de esquivar conversaciones tediosas y repetitivas. al fin y al cabo si ya con nuestra media naranja, escogida libre y felizmente, nos cuesta mantener una conversación interesante después de seis meses, imagínense ustedes con un compañero de trabajo con el que no tienen nada en común y conoce desde hace más de diez años. si por el contario no hubiera tele y se niegan a reunir un fondo común para dicho aparato, lo más recomendable es no levantar la vista del plato, evitar el cruce de miradas, terminar pronto y subir cuanto antes al despacho para comprobar si nos ha contestado ya el muchacho de la segunda o la rubia de exportación. 

los becarios. no me digan que no les dan penica los becarios. ahí, con su cara sonriente por las mañanas, su ilusión y sus ganas de aprender a hacer funcionar la fotocopiadora y a preparar los mejores cafés de la oficina, su afán para impresionar a todos con sus conocimientos y por aportar nuevas ideas a la empresa, con su frescura y su inocencia. ay. yo, es ver un becario y querer abrazarle suavecito y desearle lo mejor en la vida porque tanta candidez es lo mínimo que se merece. la vida del becario sí que es dura y desagradecida. y ya no hablo sólo del sueldo mísero que reciben, que sí, que también, sino por las tareas anodinas que deben realizar a pesar de sus tres masters y cinco idiomas nivel avanzado, la invisibilidad de su pobre ser y la temporalidad frugal de su vida laboral en la empresa. así que por favor, cuando se topen con un becario en los pasillos de su empresa, salúdenle, apréndanse su nombre, halaguen ese brillante plan que ideó para reducir los gastos en rollo de papel higiénico y que fue totalmente ignorado e invítenle a un café algún día que no noten ese brillo especial en sus ojos, conocedor, tal vez, finalmente, de que la vida no era tal y como la habían imaginado, que las oportunidades son todas unas putas y que los reyes magos son… bueno… ya nos entendemos. 

evolución anímica. de hecho la evolución anímica de una empresa no difiere mucho de la evolución anímica de una clase de primero de eso, siendo lunes el equivalente a “morir aplastado por una apisonadora no podría ser peor que ésto” y viernes a “jiji, jaja, juju, por fin viernes”, pasando entre medio por toda una serie de estados tales como la-vida-es-una-mierda, el-día-menos-pensado-me-monto-un-chiringuito-en-la-playa-y-a-tomar-por-culo-todo, faltan-tres-meses-para-el-próximo-puente, voy-a-por-lotería-que-tengo-una-corazonada, ojalá-una-epidemia-mortal-que-nos-aniquile-a-todos, y así hasta que pasa otra semana y vuelta a empezar. mi recomendación aquí es olvidarse del día y agradecer estar vivos, tener trabajo y un sueldo a final de mes. así como agradecer también la mierda de vida, la mierda de trabajo y la mierda de sueldo a final de mes. 

y ya. a trabajar (los que puedan) y feliz semana (a todos).
 

2 comentarios:

  1. Qué angustia, aún relatado con ironía y humor, me has recordado todos esos aspectos de la vida laboral que desprecio profundamente, y a los que no sé si soportaría volver.

    ResponderEliminar
  2. Más allá de una oficina también se repiten muchas de las situaciones que has enumerado tan exhaustivamente. Hasta el microondas(aunque en ciertos lugares se lo pagan los empleados si quieren tener uno). Y me encanta la ironía de no quejarse porque trabajas. Como si tener trabajo ya fuese tocar la felicidad. Hay dos tragedias acutales. O trabajas y vives así de mal o estás en paro y vives mal de otra manera. Te diría que siempre nos quedará el humor pero no cuando estamos en mitad de una rutina, desde luego. Ayyy

    ResponderEliminar