09 junio 2012

si kerouac levantara la cabeza

al señor villasuso le gusta conducir. siente una tranquilidad difícil de describir cuando se pone al volante y deja la mente en blanco, sólo atento a la carretera. le gustan especialmente los viajes largos en los que -¿es que no vas a frenar? ¿quieres que nos matemos? 

reconoce que tal vez ahora, a sus sesenta y tres años, se cansa más rápido y que a veces se despista en trayectos que ha hecho miles de veces, pero aún así esa sensación de libertad y 
-por el amor de dios, ¡en qué estás pensando! ¿es que no ves que hay un stop? 

el señor villasuso se asusta, pisa el freno de golpe y al comprobar que no hay peligro inminente, se tranquiliza y continua a menos velocidad. 
-¿y ahora qué te pasa? a ese ritmo no llegamos ni mañana. 
acelera de nuevo y respira hondo. su mujer, al lado, atenta y en tensión, pone los ojos en blanco y suspira. en realidad no tienen ninguna prisa. nadie les espera en su segunda residencia, un pequeño apartamento en la costa que compraron a muy buen precio hace ya años y que les sirve para desconectar los fines de semana. quizá el sábado por la noche salgan al cine. hay una película que estrenaron la semana pasada, con ese actor tan famoso, cómo se llama, intenta recordar él, aunque también podrían invitar a los vecinos del sexto que hace tiempo que no ven y 

-¿esa curva la vas a hacer en cuarta? el señor villasuso disminuye a tercera. pone el aire acondicionado. empieza a hacer calor y el hombre del tiempo ha pronosticado un fin de semana soleado y temperaturas casi de verano. estaría bien, piensa, tomar el primer baño de la temporada, ahora que todavía no hay mucha gente en la playa y el agua está limpia. aunque por otro lado, 
-¿ahora tienes calor? no ves que pillarás un resfriado. 

el señor y la señora villasuso se casaron hace casi cuarenta años. se conocieron en la panadería donde él trabajaba y donde ella iba a comprar el desayuno de sus hermanos los domingos por la mañana. comenzaron a salir a los pocos días de conocerse y celebraron su boda un año más tarde. tuvieron dos hijos que nunca dieron muchos problemas y que ya les han hecho abuelos y, a su particular manera, todavía se quieren. hoy sin embargo parece que 

-¿ahora no me hablas? ¿se puede saber qué te pasa? ¿por qué no me cuentas nada? ¿te encuentras bien? ahí hay un ceda al paso. 

el señor villasuso conduce unos metros más, callado, poniendo mucha atención a la vía. al ver una zona para estacionar, al lado de la carretera, aminora la marcha y detiene el coche. 
-¿qué haces ahora? ¿por qué has parado? ¿qué sucede? 
el señor villasuso abre su puerta, baja del coche y a paso lento se dirige hacia la puerta de su mujer. la abre y amablemente informa: 
-cariño, prefiero que conduzcas tú. 
-¿yo? ¡qué mosca te ha picado ahora!
-es mejor que conduzcas tú. – repite con la misma amabilidad. 
-es por lo que te he dicho, ¿verdad? no se te puede decir nada, cada día estás más raro. 
sin embargo al ver que él se mantiene en sus trece, la señora villasuso se traslada al asiento del conductor y cierra la puerta con una intensidad proporcional a su enfado. farfulla algo en voz baja y espera a que el señor villasuso entre en el coche para continuar el viaje. 
arranca deprisa y se incorpora a la carretera sin apenas mirar. conduce rápido, pero el señor villasuso se cuida mucho de hacer cualquier observación. de sobra sabe que no es el momento y que, así, en silencio, se está mucho mejor. algunas veces también olvida señalizar con el intermitente y al acercarse a la rotonda, el señor villasuso espera que su mujer se haya dado cuenta del coche que, un poco despistado, está dando la vuelta por segunda vez. ella, pero, no se da cuenta. de hecho la señora villasuso confiaba con que el coche de delante seguiría la marcha, pero contra todo pronóstico, se ha parado de repente y, sin tiempo de frenar ni escuchar la voz de su marido pronunciando su nombre en alto, le golpean por detrás. aunque ha sido un choque de poca importancia, la señora villasuso empalidece y mira a su marido en busca de ayuda. él se cerciona de que ninguno de los dos se ha hecho daño y a continuación sale del coche. examina la parte delantera y pasa la mano por encima de la carrocería abultada. después examina la del otro vehículo, un modelo viejo, destartalado y abollado en otras zonas, del que también sale el conductor. 
-lo siento mucho. ha sido culpa nuestra, ¿se encuentra usted bien? – pregunta el señor villasuso. 
el otro conductor, un chico joven, despeinado, con la camisa sudada y con cara de estar agotado, le asegura que todos están bien. el señor villasuso mira dentro del coche accidentado y ve a una chica todavía más joven y a dos pequeños lloriqueando en el asiento de detrás. el chico parece nervioso, con prisas para marcharse y no deja de mirar a su alrededor. 
-¿está seguro? – insiste él. 
-sí, sí. no estaba atento. - balbucea el chico. 
quisiera preguntar si tiene los papeles para hacer el parte, pero de repente teme que la inquietud del hombre se deba precisamente a que dichos papeles no existen. espera unos segundos, deseando que sea el otro quien pregunte, pero el otro permanece en silencio, mirando intermitentemente al suelo y a su coche y al suelo otra vez. 
-bueno… yo sólo tengo un rasguño de nada – afirma finalmente, esperando que sepa aprovechar la vía de escape que le ofrece. 

al regresar a su coche el señor villasuso ve que su esposa ha vuelto al asiento del copiloto. en silencio se ajusta el cinturón de seguridad, gira la llave, revisa por el retrovisor y arranca. 
el sol está poniéndose y el cielo ofrece un bonito espectáculo de tonalidades amarillentas, violáceas, rojizas y anaranjadas. 
a señora villasuso observa por el rabillo del ojo a su marido y después de dudar unos instantes, con voz suave, pregunta si se nota mucho el golpe en el coche. él responde que no y avanzan unos metros más. falta poco para llegar a casa. 
el señor villasuso intenta recordar. diría que la semana pasada dejó un par de cervezas en la nevera. espera que así sea porque le apetece tomarse una en cuanto llegue, tranquilo, en su terraza, regando las plantas y 
-no irás a adelantar a ese camión, ¿no? – inquiere ella en su tono de voz habitual. 

2 comentarios:

  1. Así me imagino todas las historias de amor de más de cuarenta años o incluso menos. Ese cariño que apenas se ve porque todo parecen gruñidos y molestias y pequeñas pero molestísimas disputas. Aunque siempre me queda la duda de si todo eso no es producto de la edad y el cansancio de la vida. Más que el cansancio de la propia pareja.
    Gracias por tu delicia que hoy he leído relajadamente, para mí es Domingo. Buena semana.

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  2. villasuso couple sounds very familiar to me...

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