17 junio 2012

dime algo

conocí a lucien en una fiesta que organizó un compañero de clase de francés. por aquel entonces yo tenía dieciocho años y hacía apenas dos semanas que vivía en parís, con mi tía y su gato. mis padres dedujeron que un verano fuera de casa me vendría bien y ya de paso aprendería francés, algo que yo creía totalmente innecesario. en las dos semanas que llevaba en la ciudad había aprendido cuatro palabras mal pronunciadas y había conseguido hacer creer a mi tía que adoraba parís cuando en realidad pasaba los días contando las horas que me faltaban para volver a casa y me vencía la nostalgia cuando hablaba con mis padres y me contaban lo que habían cenado. 
el día de la fiesta estaba nerviosa y me sudaban las manos, no tanto por tener que socializar con gente que no conocía, sino por mi maldito nivel de francés que no había progresado en lo más mínimo. fue max, mi compañero de clase, quien abrió la puerta del piso. se alegró al verme, dijo que estaba muy guapa, me dio un abrazo y me llevó hasta el salón donde me presentó a todos los que ya habían llegado. 
- y éste con pintas de acabarse de levantar es lucien, mi compañero de piso. 
- hola lucien, encantada. – dije ofreciéndole mi mejilla derecha y topándome con su nariz puntiaguda y fina. 
- tú tampoco eres de aquí, ¿no? 
- ¿tanto se me nota? 
pasamos prácticamente toda la noche hablando, o más bien haciendo el intento de entendernos a base de palabras, gestos y dibujos en un bloc que lucien fue a buscar a su habitación. creo que no tardé más de una hora en enamorarme de él, aunque supuse que el sentimiento no podía ser mutuo. él era nueve años mayor que yo e imaginé, por lo que había contado y lo que había entendido, que tendría a centenares de hermosas y delicadas francesas revoloteando a su alrededor. aún así, cuando al final de la velada sugirió volver a vernos, sospeché que tal vez había alguna posibilidad. intercambiamos los teléfonos y prometió que me llamaría.
pasé los siguientes cinco días pendiente del teléfono y estudiando con más ahínco que nunca con la esperanza de que mi nivel de francés mejorara antes de volver a verle. cuando llamó al sexto día, tuvo que ser mi tía quien al final se pusiera al teléfono y terminara ultimando los detalles de nuestra cita para la semana siguiente.
acabamos saliendo de forma oficial. yo seguía sorprendida. no podía comprender qué veía en mí, pudiendo tener a otras mucho más guapas y sobretodo más comunicativas. mi enamoramiento, sin embargo, iba en aumento y cada vez que nos veíamos, durante un instante, me temblaban las piernas y notaba un cosquilleo ahí abajo. lucien era atento, educado, inteligente, divertido y tremendamente atractivo. tenía los ojos oscuros y el pelo claro, las manos grandes y los dedos finos, las piernas fuertes, el estómago plano, los labios gruesos y la piel morena. verle desnudo compensaba todas las horas de estudio que había impartido durante el día. por cómo se movía y hacía moverme deduje que tenía larga experiencia y aunque no quise preguntar, reafirmé mi teoría de que antes que yo había habido muchas otras, algo que me molestaba y me fascinaba a partes iguales.
una noche, al salir de ver una película del cine en la que yo había entendido un tercio de los diálogos, nos pilló la lluvia. la gente corría en busca de taxis o la parada de metro más cercana, pero él y yo continuamos andando ajenos al agua, cogidos de la mano y parloteando como si nada. al pasar por un portal, me estiró del brazo y me condujo escaleras arriba. no entendía nada, hasta que se detuvo entre el segundo y el tercero piso, se giró, me besó y deslizó su mano dentro de mis bragas. pensé que sería divertido y busqué la cremallera de sus pantalones, pero antes de poder continuar me apartó la mano, me miró muy serio y dijo: 
- dime algo.
no entendí lo que quería decir. había comprendido sus palabras, pero no su significado. 
- pardon? – respondí, deseando haber usado la forma correcta. él, con el mismo tono y la misma mirada intensa, repitió:
- dime algo. 
y luego, como si se hubiera dado cuenta de mi ignorancia, añadió:
- ya sabes, algo… 
inmediatamente pasaron por delante de mis ojos las miles de chicas que habían conocido a lucien antes que yo, susurrándole al oído con un francés perfecto y un acento impecable, haciéndole llegar al clímax con una sintaxis coherente y una riqueza de vocabulario digna de balzac. me sentí acorralada. ya no se trataba de ser imaginativa, cosa que tampoco era, sino de hacerme entender, de crear tensión, de, al fin y al cabo, hacerle eyacular con unos medios de los que carecía por completo. no era capaz y noté que empequeñecía todavía más a su lado. me salvó el ascensor. escuchamos risas y pasos de algún vecino que llegaba a esas horas y respiré tranquila. lucien se apartó, me ordenó el pelo, soltó una carcajada y corrimos hacia la calle, donde la lluvia caía con más fuerza que antes. esa noche, mientras lucien dormía abrazado a mí, noté un peso cargante. no era su brazo encima de mi pecho, ni su pierna encima de las mías. era otra cosa menos palpable, menos precisa, pero más molesta. 
a la mañana siguiente lucien me despertó con su lengua deslizándose por entre mis muslos. hacía calor y las ventanas estaban abiertas de par en par. olía a café y a domingo de no salir de la cama. separé un poco más la piernas y él continuó tanteando, sumergiendo y rozando hasta que, minutos después, notó mi ligero temblor. 
- buenos días – dijo cuando descansó su cabeza en la almohada. 
- buenos días - contesté yo todavía con los ojos cerrados. 
hubo unos minutos de silencio. 
- al final ayer no me contaste nada. 
y cogió mi mano y la colocó encima de su erección. abrí los ojos y de nuevo visualicé a otras miles de mujeres, en esa misma cama, riéndose, coqueteando y musitando palabras fuera de mi alcance. esta vez supe que no me salvaría ningún ascensor, ni ningún vecino trasnochador y quise decirle a lucien que abandonaba, que él merecía algo mejor, alguien que pudiera usar las preposiciones acertadamente. pero él seguía esperando y su erección también y con todo el valor que pude juntar esa bonita mañana de domingo, abrí la boca para balbucear mis primeros vocablos, débiles, tímidos y descorazonadores. poco a poco, aunque mi mano acariciaba con la esperanza de compensar lo que mi boca pronunciaba, noté que se impacientaba y su miembro se encogía. no iba a salir bien y los dos lo sabíamos. empecé de nuevo, pero me equivoqué con el tiempo verbal y al querer rectificar advertí que ya no quedaba nada de esa erección mañanera. lucien tosió y yo aparté mi mano. me quedé mirando el techo de su habitación, en silencio, incómoda y deseando no haber entrado en su estúpido juego. 
- dímelo en tu idioma. – quiso arreglarlo él. 
- pero no vas a entenderme. – protesté yo. 
- da igual, pruébalo. 
lejos de animarme, ese gesto me bloqueó todavía más. era como un premio de consolación; la niña pequeña que queda última en una carrera de sacos y a la que sin embargo le regalan una piruleta, de sabor más amargo que dulce. lo estaba haciendo tan mal que lucien prefería no entenderme.
- ¿no quieres hacerlo? – preguntó. 
sentía el dedo apuntándome, el foco justo encima de mí, sus ojos escudriñando un atisbo de inseguridad, miedo e inexperiencia, todo lo que yo deseaba ahuyentar. de nuevo en mi mente aparecieron todas esas mujeres, desinhibidas, libertinas y alegres, sin problemas para hacer algo tan básico como era hablar. 
- cierra los ojos – le ordené intentando transmitir algo de seguridad en mí misma. 
él los cerró y sonrió. tragué saliva, recordé a mi abuela y le di las gracias.
- para preparar una buena tortilla de patatas – dije en mi lengua materna - es necesario, ante todo, una buena sartén. 
lucien se corrió cuando después de terminar con la tortilla había comenzado con los ingredientes para un bacalao a la vizcaína. otro plato que mi abuela me había repetido hasta la saciedad. se le notaba feliz y relajado y sólo cuando despabiló, se interesó por mi historia. 
- qué más da. – dije intranquila – lo importante es que te haya gustado.
- cuéntame más.
las cosas cambiaron. a menudo lucien me pedía que le susurrara en mi idioma y yo lo hacía maquinalmente. sentía que, de otra forma menos convencional, le estaba engañando. eran unos cuernos idiomáticos, pero unos cuernos al fin y al cabo. dejé de estudiar francés. seguía yendo a clases, más que nada para que mi tía no alertara a mis padres, pero ya no me interesaba aprender, ni conocer nuevas palabras, ni poner atención en la pronunciación. ahora dedicaba mi tiempo a memorizar parrafadas para que lucien no me pillara desprevenida. le hablé de la normativa del manual de conducción, de las instrucciones para programar los canales de la televisión, de los hábitos de reproducción sexual del rinoceronte blanco y una vez, incluso de cuando mi padre me dio con su zapatilla por haber robado en una tienda de chucherías. cada vez que terminaba, él me sonreía, se acurrucaba a mi lado y yo me sentía un fraude de persona. 
no hizo falta que me dejara. yo seguía enamorada de él, más que al principio, si es que esto era posible, pero sabía que una vez volviera a mi casa, al final del verano, no volveríamos a vernos. él había agotado los recursos conmigo y yo sabía que había otras esperando su turno, con nuevas historias que contar, en su idioma o en otro, ahora ya daba igual. en los últimos días tampoco me pidió que le hablara y pensé que tal vez se había dado cuenta de mi engaño, pero no me atreví a preguntar. la humillación hubiera sido demasiado difícil de soportar y creí que era mejor no saber. 
el día de mi regreso a casa me acompañó al aeropuerto. convencí a mi tía para que no viniera ella también y así poder estar solos en los últimos minutos. lucien estaba animado y tranquilo. me contó los planes que tenía para el día mientras yo aguantaba como podía las ganas de llorar, abrazarle y suplicarle que no se olvidara de mí. prometimos que nos escribiríamos y que nos veríamos pronto, durante algún puente o en las próximas vacaciones, pero yo dudaba de que eso fuera cierto. cuando después de media hora de retraso anunciaron mi vuelo en el panel digital, sujetó mi cabeza con sus dos manos, me dio un beso en los labios y otro en la frente y desapareció entre la marea de turistas que iban y venían.
me senté al lado de la ventanilla para no perderme detalle del despegue y poder ver la ciudad desde el cielo y recordar los lugares dónde habíamos estado y, en definitiva, hacer mi despedida más agónica y desmesurada. la azafata nos informó de que el vuelo duraría dos horas y treinta minutos y de que el tiempo en el lugar de destino era soleado con una temperatura de veintinueve grados. los viajeros, la mayoría franceses, resignados a un verano corto y fresco, loaron el parte meteorológico, ansiosos por aprovechar los últimos días de sol y playa. a mi lado, una chica de mi misma edad sacó de su mochila unos auriculares y un libro. era un manual de conducción, pequeño y desgastado. fue entonces cuando no pude evitar sonreír unos segundos y luego rompí a llorar.

5 comentarios:

  1. nice and intense...I love it!!

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  2. Amour, love, amor..AMOR ES AMOR
    Me ha encantando, gracias Hilia ;)

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  3. Y a la que me despisto hilia ha escrito dos relatos. Y mañana tengo un examen bastante importante, son las 2 y no puedo dormir. Y leo esto y hace 6 meses que yo no escribo. Y escribes los mejores relatos que leo, y aunque yo no los lea todos ni de cerca todos los relatos de este país, me parece que puedan ser de los mejores, con facilidad.

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    1. Lo que más me gusta del relato es la sensación de extrañeza y una vez más esa tensión que se crea con algo tan cotidiano. Me ha recordado a mi querida P. una persona muy referida en mi propio blog cuando me decía "háblame en inglés que me pone". Y yo sabía algo de inglés pero no lo suficiente como para sentirme cómodo ni honesto hablándolo. Los caminos hacia el orgasmo son casi ilimitados y algunos bastante sorprendentes. Pero después de este rollo insisto, brillante relato.

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  4. Brutal¡ eres un prodigio de imaginación, originalidad y buen gusto, jamás dejo de leerte, lo hago cuando dispongo de tiempo para recrearme, sí, contigo Hilia.

    Besos

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