01 enero 2012

conseguir una coca-cola la noche del uno de enero a las tres de la mañana es una tarea complicada. estaba en casa, no podía dormir gracias a la conga de los vecinos y a la última raya que me había metido a las doce, por eso de celebrar otro año que a mí me parecía que iba a ser igual de desolador que el anterior. la coca además era una mierda, lo cual no ayudó a mejorar mi agitación. había dejado la calefacción encendida todo el día y en la casa hacía un calor sofocante. me molestaban las sábanas, la música, el sabor agrio en la garganta y quería una coca-cola. me levanté de la cama y como era de esperar al abrir la nevera sólo encontré vino blanco y chocolate. me enfadé conmigo misma por no prever este tipo de cosas y por mantener una alimentación tan restringida que sólo me aportaba anemia en las analíticas anuales de la empresa.
me puse las botas, el abrigo por encima del pijama, cogí las llaves y diez euros. como era de suponer la calle estaba desierta, aunque en la mayoría de los pisos las luces permanecían encendidas y se oían voces, risas y música de dudoso gusto. pensé que la mejor dirección sería la que conducía al centro de la ciudad, donde con seguridad habría algún 24 horas abierto, aunque no me apetecía la idea de lidiar con los primeros borrachos sobones que después de dos copas y un par de vómitos renunciaban a más celebraciones esperpénticas. di un par de vueltas por el barrio, lo cual solo sirvió para cerciorarme de que debía ir al centro. hacía una noche bastante agradable para estar ya en el mes de enero. se agradecía un poco de fresco, pero dentro de los parámetros que mi cuerpo podía tolerar. del bolsillo del abrigo saqué los auriculares y me aseguré de que el volumen del reproductor estaba al máximo. si hay algo que consiga ponerme de buen humor casi siempre es caminar de noche con música y si además llevo el mechero encima ya es como si fuera dios, aunque seguramente dios tendría coca-cola en su nevera. death in vegas, natja. encendí un cigarro. pasé por delante de la pista de básquet donde tres chavales de no más de trece años quemaban una china y les sonreí. esa era una buena manera de empezar el año, sin duda. algunos conductores saludaban o hacían sonar la bocina cuando pasaban por mi lado. era todo muy previsible, menos encontrar una puta tienda abierta. caminé media hora, intentando visualizar algún lugar que no fuera un concurrido bar donde servían whisky de garrafón o un restaurante donde los precios del menú de la noche equivalían a un par de sueldos. cuando empecé a pensar que mi primer propósito del año nuevo iba a quedarse sin cumplir, vi, en una esquina al final de una callejuela, una tiendecilla con su luz de neón rosa y azul parpadeante. aceleré el paso y al llegar a la puerta y ver a un chino joven, medio dormido detrás de la caja, pensé por un momento que quizá ese sería mi año de suerte. me saludó muy amablemente y yo hice lo mismo. por su cara de sorpresa imaginé que lo había hecho usando un tono de voz demasiado alto y bajé el volumen de los auriculares. massive attack, black milk.
en la nevera había una veintena de coca-colas y estuve tentada de cogerlas todas y no pasar nunca más un fin de año con antojos estúpidos que me hacían salir a la calle malhumorada y en pijama, pero me contuve y cogí tres. al pagar el chino me deseó un feliz año, aunque ya había subido de nuevo el volumen y no lo oí. the black keys, lonely boy. el camino a casa fue más rápido y sólo me topé con un par de chicas que se pararon para pedirme fuego y prosiguieron su marcha riéndose de mi cara poco maquillada y de mi pelo sin peinar. no fui lo suficientemente ágil de mente como para desabrochar el abrigo y mostrarles el vestuario que había escogido para una noche tan especial.
al abrir la puerta de casa me vino una oleada de calor. de nuevo había olvidado apagar la calefacción. me desnudé. los vecinos habían optado por abandonar la conga e irse a dormir y ya sólo se escuchaba algún coche que cruzaba la ciudad. eran las cuatro y veinte de la mañana. del congelador saqué hielos en forma de pez, abrí una lata y vertí el líquido. preparé una raya y me senté en el comedor, a oscuras. el portátil se había quedado hibernando y al mover el ratón apareció la página en blanco y el cursor, desafiante. apagué la música. marsen jules, oeillet en delta. me apetecía escribir las primeras líneas de una novela.

2 comentarios:

  1. Me gustaría empezar el año así aunque la coca tiene el problema de los bajones y yo eso lo llevo mal. Pero lo de la novela es genial. Yo decidí que el año nuevo comenzaría mi propia novela y lo pienso hacer. De momento tú no has dejado los relatos. Pero puedes hacer una novela. Este sería un principio muy bueno. Feliz año.

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  2. año de novelas, entonces. ánimo y a por ella. y feliz año para ti también.

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