24 enero 2012

autónomos

primero empezamos con cantidades pequeñas, dos o tres libras, cuatro algún día. si no había mucho trabajo, que era lo habitual de lunes a jueves, nos turnábamos y salíamos a media mañana para comprarnos un café y una chocolatina y volvíamos a la caja a por dos o tres libras más, pensando en la merienda. era muy fácil y sabíamos que las cámaras todavía no estaban conectadas a ninguna red central. un ticket para el visitante, que pagaba encantado para ver cuadros que un niño de dos años hubiera pintado igual de bien, y un par de monedas para nuestros bolsillos, que para eso trabajábamos hasta las diez de la noche y pasábamos horas aislados en la tercera planta. nadie quería ir a la tercera planta. lo mejor era la primera donde al menos podías hablar con la gente y responder amablemente a la pregunta estrella:
-¿dónde están los baños, querida? 
-al fondo a la derecha. 
-¿cómo dices? 
-al fondo a la derecha. 
-¿perdona? tú no eres de aquí, ¿no? 
-no, no soy de aquí. 
-ah, lo he notado por tu acento. ¿de dónde eres, querida? 
y así cada día que abría la boca. 
un día vino kate moss. era tarde ya. estábamos a punto de cerrar y apareció ella, divina, estilosa y fumando. ningún guardia de seguridad la reprendió porque el humo que echaba kate moss no era perjudicial para los óleos de rothko. aunque chris casi se desmaya al verla, a mí no me pareció nada del otro mundo; creo que era esa época en la que había dejado las drogas y se le había puesto culo, pero yo no me atreví a decir nada porque no quería parecer una criticona. por suerte no me preguntó dónde estaban los baños y al final sólo cerramos dos horas más tarde. fue una suerte que prefiriera las vistas del restaurante de la quinta planta y no las obras de la galería porque de ser así hubiéramos terminado bastante más tarde. gracias kate, eres un sol.

la cuestión es que cuando descubrimos que vendiendo tickets en la tercera nos podíamos sacar un sobresueldo, chris y yo no dudamos en ofrecernos como voluntarios para pasar los días allí. vicky, la supervisora, una mujer con bastante mala leche a pesar de su voz dulce y pausada, estaba encantada con nosotros no sólo por nuestra plena disponibilidad, sino porque al final de la jornada, cuando tocaba recoger los nuevos carnets de socios, organizar los días libres, preparar las sillas para las conferencias del día siguiente y mil tareas más, nuestras cajas cuadraban a la perfección. nunca un céntimo de más, ni de menos. era sólo cuestión de tiempo llegar a la conclusión de que tres libras no daban para mucho y comenzamos con los billetes; diez y veinte. una entrada para el cliente, dos billetes para nosotros. cambiamos las chocolatinas del desayuno por menús de mediodía y un par de cervezas en el pub y luego repetíamos la acción de sanear la caja por la tarde, una, dos, doce veces. alguna noche habíamos salido con doscientas libras extras, que comparado con los grandes profesionales del robo no era mucho y eso nos ayudaba a creer que nuestros pequeños hurtos carecían de importancia. al fin y al cabo, la galería contaba con ayudas y donaciones millonarias de acaudalados mecenas, que, de haberlo sabido, se habrían burlado de nuestras rapiñas insignificantes. en esa época chris se apuntó a un curso de interpretación y yo aproveché para comprarme una cámara de fotos que con mi mensualidad y el desorbitado alquiler de la habitación donde vivía, hubiera sido imposible de adquirir. amábamos el arte, los visitantes, la tercera planta y nuestro sobresueldo, pero una noche en la que habíamos cerrado con seiscientas setenta y nueve libras extras, sucedió algo inesperado. 
vicky nos esperaba en su despacho, haciendo tamborilear sus dedos rechonchos y sobre alimentados de fish and chips con vinagre en el apoyabrazos de su silla. saludamos como siempre, volcamos el dinero en la mesa y antes de comenzar a contarlo, nos pidió que nos sentáramos un momento. aunque chris parecía tranquilo, yo me inquieté. notaba el bulto de los billetes en mi bolsillo y cuando intenté aplastarlo con la mano para disimular, vi un trozo de un papel de veinte libras que se asomaba. comencé a sudar. 
-¿cómo os ha ido el día hoy, chicos? – preguntó ella. 
-vicky, yo estoy reventado. – contestó chris, mucho más proclive a despistar al enemigo con quejas, observaciones y comentarios superficiales. – hoy ha venido un grupo de americanos imposibles, uno de ellos me ha dicho de quedar esta noche, imagínate. menudo morro, aunque no estaba nada mal el muchacho. no sé, quizá me lo peinse. también se ha montado una cola impresionante, todos pagando con american express y luego cabreados cuando les decía que sólo aceptábamos visa o mastercard. eso deberíamos arreglarlo con un cartelito, por ejemplo, así me ahorraba todo el rollo de explicarlo una vez y otra y otra. más tarde nos hemos quedado sin cambio tres veces, el de seguridad es un incompetente que se queda dormido en las salas, la calefacción no ha funcionado en todo el día y yo creo que voy a pillar una gripe. ella está bien. 
vicky me miró. 
-¿tú estás bien? 
-sí. – acerté a pronunciar. 
había conseguido dibujar una media sonrisa en su cara y eso me tranquilizó un poco. 
-¿y cuánto os habéis sacado, chicos? 
-umm… - chris cogió la hoja de cuentas que habíamos rellenado unos minutos antes minuciosamente – tres mil noventa y seis libras con cuarenta céntimos.
-no chris, vosotros. ¿cuánto os habéis sacado vosotros? 
-¿a qué te refieres? 
era inútil. ella lo sabía, yo lo sabía y chris lo sabía. dar vueltas mareando la perdiz no tenía demasiado sentido. le dije la cantidad exacta y chris me lanzó una mirada con la que podría haberme matado allí mismo. vicky estuvo pensando unos instantes que se hicieron eternos y luego, sin apartar la vista de los billetes de encima de la mesa, sentenció:
-no está mal, muchachos. esto es lo que vamos a hacer a partir de mañana: la mitad para mí, la otra para vosotros. 
-¿qué? 
-chris, no te hagas el ofendido. ya no corresponde. nos vemos mañana, chicos. 
salimos del despacho derrotados. no sólo nos habían pillado, sino que además ahora debíamos compartir beneficios con una jefa corrupta que a partir del día siguiente tendría todavía más poderes sobre nosotros. nuestro pequeño negocio autónomo se había ido al garete y nos sentíamos desgraciados, prostituidos, desvalijados. 
chris propuso ir al pub y yo, que seguía temblando de frío y de terror, pensé que era la mejor idea que había escuchado en años. 
-no voy a trabajar para esa maldita zorra – resolvió él al tercer whisky – me niego. a la mierda. que se consiga a otro para sus trapicheos, yo paso. 
le sonreí, fascinada. en realidad, al tercer whisky la vida era maravillosa y todavía nos quedaban seiscientas noventa y nueve libras para terminar la noche.
no volvimos al trabajo ni al día siguiente, ni al posterior. vicky nos llamó una veintena de veces, pero después imagino que se cansó porque el teléfono dejó de sonar. una semana después chris encontró trabajo en un mcdonalds de charing cross y yo en un starbucks de marble arch a dos minutos de hyde park. nos pagaban una mierda, no lidiábamos con famosos y mi acento pasaba desapercibido entre los demás hispanos y nigerianos, pero cuando nos veíamos por la noche, malolientes y agotados, chris me obsequiaba con patatas fritas frías y yo con frapuccinos de caramelo que habíamos obtenido sin aprobación ni consentimiento. 

3 comentarios:

  1. Hace tiempo escribí una historia practicamente autobiográfica sobre corrupción y choriceo en la empresa a todos los niveles. Arriba y abajo. Los de abajo robando menos que los de arriba pero sólo por no tener mejores medios o posibilidades. Aquí vuelve a ocurrir pero con una historia muy distinta y con sabor muy distinto pero curiosamente y casi involuntariamente te pones del lado de los pequeños chorizos antes que de la jefa corrupta. El relato me gusta porque avanza imprevisible hasta el final dónde el giro es perfectamente coherente. Siguen haciéndolo pero con esos pequeños hurtos de poca monta que cualquiera hace. Y hasta caen simpáticos los personajes.
    P.D. Me gusta una vez más el conjunto del relato y cómo está escrito, lo bien que mides los tiempos.

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  2. Me gusta cuando muestras la parte oscura del ser humano, esas aristas oscuras que todos tenemos. Los personajes parecen títeres de sus miserias y al leer tus relatos esas miserias bullen en nuestro interior.

    Delicioso leerte, como siempre.

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  3. -no voy a trabajar para esa maldita zorra – resolvió él al tercer whisky.

    No sé qué me parece mejor, si la decisión o el whisky. Tendrías que verme a mí después de tragarme una botella de vino enterita, la de sensateces que digo, lo bien que hago las cosas :)
    olé por la gente con valor(es) aunque necesite beber!

    ainamatopeya

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