19 abril 2011

hábitos

piedad y milagros tienen setenta y cuatro y setenta y cinco años respectivamente. las dos son viudas, vecinas y buenas amigas desde hace años. el marido de piedad murió atropellado por un autobús de turistas británicos que iba camino a albacete. sus vacaciones estuvieron bien, aunque el tiempo no acompañó demasiado. el de milagros, por otro lado, falleció por un fulminante ataque al corazón en la cocina de su casa mientras preparaba una sopa de cebolla de sobre. las dos mujeres se ven casi a diario. por la mañana van a caminar entre una y dos horas, en función de la cadera de milagros, que desde que se cayó hace un tiempo, le molesta de vez en cuando. por las tardes, cuando el sol no es tan abrasador, toman un té o una agua en el bar de la placeta y observan a los vecinos que vienen y van. a veces piedad tiene que quedarse con su nieto y en esos casos deben cancelar la merienda. a milagros no le importa mucho, porque aprovecha esas horas largas y aburridas para atiborrarse de bollería industrial, algo que el médico le tiene completamente prohibido y que ella se salta de vez en cuando porque considera que no hace mal a nadie. el día oficial para ir a bailar es el domingo por la tarde y así lo han hecho desde los últimos seis años. justino, el marido de milagros, solía acompañarlas cuando todavía estaba vivo. era un excelente bailarín y solía alternar los bailes con ambas mujeres, sin ni tan siquiera despeinarse. ellas, agradecidas y con las mejillas ligeramente rosadas, le compraban agua y le animaban a beber de vez en cuando para que pudiera mantener el ritmo hasta que la orquesta tocaba la última canción. después de su muerte, milagros decidió que no quería pisar más la sala de baile porque le recordaba a su pobre justino, enterrado bajo tierra, y estuvieron un tiempo sin ir. pasado un tiempo prudencial, y con mucho tacto y sutileza piedad sacó el tema de volver a sus bailes y milagros, que para entonces ya estaba realmente harta y aburrida de estar encerrada en casa, accedió rápidamente. ahora las dos mujeres bailan juntas.
milagros mira con cierta envidia las parejas entre hombre y mujer, aunque se cuida mucho de sugerir cambios. no quisiera molestar a su amiga y además sabe que la tomaría por lo que no es. en estas ocasiones echa de menos a su justino. aunque también lo echa de menos cuando se estropea la lavadora o cuando la compra semanal pesa demasiado. las dos amigas suelen quedar a las cuatro y media en el portal de piedad, que está un poco más cerca de la sala de fiestas. se arreglan con vestidos guardados especialmente para ese día, pero sin pintarrajearse mucho porque piedad considera que es de mal gusto y puede dar señales equivocadas. a milagros, sin embargo, le gustan los labios bien rojos, el colorete subido de tono y la sombra de ojos azul eléctrico, pero se suele conformar con un poco de rímel en sus cortas pestañas y un poco de brillo en los labios. como piedad nunca se ha pronunciado sobre el tema del perfume, milagros aprovecha para echarse medio bote encima. justino la hubiera reprendido, más que por el intenso olor, por el gasto, pero han pasado ya muchos años y milagros cree que tampoco con esto hace mal a nadie. hoy, a medio camino, se les ha unido úrsula que también se dirige a la sala de fiestas, como todos los domingos y jueves y viernes. úrsula, un par de años mayor, las pone al corriente de sus ajetreados días, de sus ganancias en el bingo y de sus fines de semana entre benidorm y torremolinos. las dos amigas sonríen y la felicitan por lo que parece ser una vida llena de aventuras y sorpresas. al llegar a la cola de la sala, úrsula se despide de las dos con sonoros besos al aire. 
-menuda furcia está hecha – se apresura a decir piedad, justo cuando úrsula se une a su acompañante, un poco más adelante, y le da un beso en la boca. 
-ni que lo digas – asiente milagros. 
las dos mujeres se instalan en su mesa de siempre y piden dos aguas sin hielo. desde ese rincón hacen un repaso rápido de quién ha venido y quién no, mientras esperan a que la pista se llene un poco y así no llaman la atención. aunque estando úrsula en ella es algo totalmente impensable. a la mujer, acompañada de su pareja, le han faltado los segundos para colocarse en el centro y estrenar la pista de baile. los dos bailan pegados, ajenos a los demás y al propio ritmo de la música. 
-vergüenza me daría a mí, ofrecer semejante espectáculo. – espeta piedad sin quitarle el ojo de encima. 
esta vez milagros permanece callada y observa a úrsula con atención. si tiene que ser sincera consigo mismo, debe admitir que le gusta su vestido apretado con lentejuelas en la parte superior, sus uñas fucsias, su pelo rubio y sí, también su sombra de ojos verde a juego con los zapatos y el bolso. le gusta su actitud desenfadada, su desparpajo, su risa estridente y su voz gritona. le gusta que vaya al bingo y que, a diferencia de ella, haya pisado más allá del barrio y de la ciudad. le gusta incluso esta nueva pareja que se ha echado, que es como mínimo veinte centímetros más bajito que ella y un poco gordo, pero que sin embargo, la agarra con deseo y ganas. y además, ahora que se fija bien, úrsula sostiene en una mano una copa medio vacía ya de gin tónic, mientras milagros le da vueltas a su botellín de agua tibia. 
pasada media hora piedad determina que es hora de salir a bailar. milagros la sigue a unos pasos de distancia hasta que piedad encuentra un lugar no muy céntrico ni muy lleno de gente. las dos mujeres se agarran por la cintura e inician unos pasos repetitivos, monótonos y sin gracia alguna hasta las ocho de la tarde, hora en que piedad considera que es suficiente. al salir del local úrsula sigue en la pista y se despide de ellas alzando su brazo al aire. ellas le devuelven el saludo y salen a la calle con los pies y la espalda adoloridos. 
-ha estado bien, verdad? – dice piedad. 
-sí, muy bien. 
-aunque sigo pensando que úrsula da vergüenza ajena. ¿te has fijado en cómo flirteaba con el marido de dolores? 

al llegar a casa, milagros se desnuda con lentitud. dobla la ropa cuidadosamente y se pone el camisón de algodón, regalo que le hizo piedad el año pasado para su cumpleaños. se mira al espejo y acaricia sus arrugas. después se mete en su cama de matrimonio y justo antes de quedarse dormida, se promete a sí misma que mañana sin falta se comprará sombra de ojos y una botella de ginebra. si lo guarda en el armario del pasillo, detrás de las fotos del difunto justino, no tiene por qué enterarse nadie.

2 comentarios:

  1. Vivir la vida con contención, empujada por los comentarios (por el pensar) de los otros.

    Tanta gente deja de hacer lo que le apetece por las decisiones a las que les empujan "quienes les quieren".

    Magnifico relato, cuando llegue a esa edad, seguro e irremediablemente solo, elijo llamarme Ursula.

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  2. Muy bueno el cuento (relato)con un final emotivo.

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