04 mayo 2015

una cucharilla de café

que la señora dorotea garro lleve tres minutos mirando fijamente la pared blanca que tiene delante es algo poco habitual. en su bolso lleva dos gruesos libros: uno se lo recomendó su marido. es la biografía de un exitoso y famoso hombre de negocios que murió recientemente después de sufrir una penosa y larga enfermedad. el otro lo compró ella la semana pasada para fines laborales aunque todavía no lo ha empezado y sin duda ahora sería un buen momento para hacerlo, si no fuera porque está mirando la pared blanca. también lleva en su bolso el móvil, una libreta sin estrenar y las notas que su secretaria le ha impreso para la conferencia a la que asistirá esta tarde. pero la pared blanca es más poderosa que todos los libros, apuntes y aparatos tecnológicos. 
la idea es tan ridícula que no entiende cómo ha llegado a ella ni cómo puede ser que haya dedicado tres minutos exactos pensando en cómo proceder: una cucharilla de café en la mesa, junto a su tacita blanca, pequeña y sucia, ni tan siquiera bonita, con los gérmenes y bacterias de un cliente anterior que no ha visto ni mucho menos conoce. en eso está pensando mientras mira la pared blanca. una cucharilla que seguramente no cuesta más de dos euros y que podría hacerle pasar el ridículo más espantoso de su vida. una cucharilla que, inesperadamente, se ha convertido en un trofeo. es muy ridículo. es muy ridículo porque con su sueldo podría comprar un centenar de cucharillas no como esa, sino de plata, con el escudo de la familia grabado si así lo deseara. es muy ridículo porque en su vida se le ha ocurrido sustraer algo de alguien porque sí, sin motivo ni justificación. porque desde pequeña le enseñaron que este tipo de cosas no se hacían y nunca lo había cuestionado. es muy ridículo porque debería estar usando este poco tiempo libre que tiene, entre llamadas y emails y reuniones, para hacer algo más que observar la pared blanca y pensar en que lo más conveniente sería envolver la cucharilla con una servilleta de papel y luego, rápidamente, meterla en su bolso. sí, eso sería lo mejor. sobre todo rapidez, sin titubeos, pero sin llamar la atención. es todo tan ridículo que alarga la mano, alcanza el servilletero metálico y de él extrae tres servilletas finas, se pone el bolso en el regazo, lo abre de par en par y mira a su alrededor. 
-¿me llevo todo esto? –le sorprende un chico, justo a sus espaldas, con marcas de acné en las mejillas y delantal verde, sujetando una enorme bandeja con algunas tazas y platos. dorotea reprime dar un saltito sobre su silla. 
-sí, por favor. llévate todo. 
el chico recoge la cucharilla de café y la taza del cliente anterior, pasa la bayeta y mira la taza de dorotea aún medio llena que termina también por colocar encima de la bandeja. la mujer, nerviosa, saca un par de monedas de su monedero y las deja en la mesa. el chico dice algo del cambio, pero ella ya se ha levantado y se dirige a la puerta, a paso rápido, recordando todos los temas pendientes que debería estar terminando ahora mismo en la oficina y que menuda ridiculez, menuda tontería. ¿cómo se le ha podido ocurrir algo así? una cucharilla de café. es para morirse de risa. 

al llegar a su amplio despacho, su secretaria, la tercera en un año, le pone al corriente de lo que ha ocurrido mientras estaba fuera. se hace evidente que la chica está incómoda, que la teme incluso, porque apenas le mira a los ojos, carraspea y le tiembla ligeramente la voz al transmitir los mensajes, ordenados de urgentes a innecesarios según su propio criterio, que no suele coincidir con el de su jefa. la señora garro es consciente del temor que provoca, especialmente a los nuevos, y reconoce que no le disgusta en absoluto causar esta reacción a los que dependen de ella. alguna vez ha declarado ante sus colegas más cercanos que con su actitud fría y cortante consigue que el trabajo se desarrolle de una manera eficaz y en silencio, algo, esto último, que siempre ha considerado un verdadero regalo y que algunos, menos diplomáticos, dirían que roza la obsesión. mientras la secretaria le recuerda la reunión de consejo de esta tarde, garro la interrumpe y le dice que puede marcharse y que no le pase ninguna llamada. la secretaría quisiera asegurarse de que ha dicho ninguna llamada, pero teme una contestación airosa, o peor aún enfurecerla, de modo que cierra la puerta con suavidad y se dirige a su mesa de trabajo esperando que en toda la tarde nadie vaya a llamar a la puta ésa, como suele llamarla en sus círculos más cercanos cuando debe referirse a ella. dorotea garro saca de su bolso el móvil y los apuntes de la conferencia. al mirar la pantalla comprueba que pelayo, su marido, ha llamado dos veces e imagina que es para recordarle la cena de esta noche con uno de los socios de él y su tercera esposa. antes de devolverle la llamada se sienta encima de la mesa de roble oscuro y mira por la ventana de ese décimo piso en el que se ubica su despacho. un piso más arriba se encuentra el despacho del director general con quien mantiene una relación excelente y quien ha reconocido en más de una ocasión, en medio de cualquier reunión o delante de cualquier accionista, sin pudor alguno, que garro es la directiva más brillante de toda la compañía. el móvil vuelve a sonar. 
-te he llamado dos veces, ¿dónde estabas? 
-fui a tomar un café. 
-¿y no podías contestarme? -estaba ocupada –miente la mujer cuando pelayo le pregunta. 
-he reservado mesa a las diez. ¿te va a dar tiempo? 
-sí, supongo, y en el caso de que la conferencia se alargara me marcharía antes. 
-¿estás segura? 
-claro, no es importante. ¿dónde has reservado? 
-en el mismo sitio que la semana pasada. dijiste que te había gustado y pensé que… 
-¿al que fuimos con jaime? 
-no, al otro. al que fuimos a cenar, cerca de mi trabajo. césar y herta nos esperan allí. 
-de acuerdo, nos vemos allí pues. tengo que colgar, estoy muy liada. 
la mujer pone el móvil en silencio y mira su reloj. falta todavía una hora y media para la reunión, tres para la conferencia y tres para la cena. teniendo en cuenta, asume, que la reunión de consejo será una gran pérdida de tiempo donde hablarán los de siempre sobre temas vagos y sin interés, no es necesario preparar ningún resumen de cuentas ni informe y podrá limitarse a repiquetear su estilográfica encima de la mesa y a poner en duda las disparatadas propuestas de los que todavía tienen que probar que su puesto en la empresa es imprescindible. esto le deja un generoso margen de tiempo libre y sin darse un minuto más para pensarlo de nuevo, coge su bolso y sale del despacho. la secretaria, al verla, cuelga el teléfono y espera indicaciones pero garro pasa por delante de ella a toda prisa, sin mirarla ni tampoco detallar adónde va a estar o cuándo va a volver. 
-la puta ésa, qué harta estoy de ella, en serio –continúa diciendo la chica cuando vuelve a coger el teléfono y su interlocutor pregunta por qué ha tenido que colgar tan de repente. 

con la misma seguridad con la que ha salido del edificio dorotea descarta un par de locales que le parecen demasiado próximos a su oficina -y por lo tanto con la posibilidad de encontrarse con alguna cara familiar- demasiado pequeños o demasiado llenos. caminar sin rumbo fijo tampoco es algo a lo que esté acostumbrada, a no ser que se encuentre de vacaciones y tenga todo el tiempo del mundo disponible, y quizá por eso empieza a dudar y a sentir esa sensación de estar haciendo el más bochornoso ridículo. a su edad. con un nivel avanzado en inglés y alemán, un máster, un divorcio, un ático recién reformado y un apartamento en las montañas, treinta y seis años de ascensos y promociones, todos los continentes visitados y una suma de kilómetros viajados que bien podrían equivaler a dos vueltas al mundo. y por fin lo encuentra. en una esquina entre dos calles poco transitadas. desde fuera parece grande, pero al entrar se siente decepcionada o más bien enfadada consigo misma por no haber sabido escoger un sitio mejor. el sonido de la campanilla encima de la puerta de entrada hace que la camarera levante la cabeza de la revista que está leyendo y saluda a su clienta alegremente, con un tono de voz que garro considera demasiado alto. la mujer le devuelve el saludo, menos efusivo, y gira la cabeza hacia las mesas vacías y limpias, sin restos de tazas ni cucharitas de café. 
-siéntese donde quiera- grita la chica desde el otro lado de la barra. dorotea vuelve a mirar el local. ahora quisiera marcharse y seguir buscando otro sitio, pero la chica vuelve a hablar y sabe que su sentido del decoro, heredado de su madre, va a hacer que se quede. 
-¿qué va a tomar? –pregunta- la especialidad de hoy es la sopa de cebolla. aunque quizá es muy tarde para eso pero nunca se sabe. aquí hay gente que almuerza a las cuatro y media y otros a las doce. por eso yo pregunto, por si acaso. 
dorotea se limita a contestar que tomará un zumo de naranja, sin saber si la camarera espera que ella aporte algún dato más acerca del variado horario de almuerzo de la clientela de la cafetería. 
-ahora mismo se lo llevo –dice la chica, sin muestras de decepción por la escueta contestación de garro. 
opta por la mesa del rincón, con dos sillones marrones en vez de las sillas de madera. considera que los respaldos altos de los sillones van a ser una ventaja, como mullidos escudos que la harán invisible de los posibles consumidores que ahora mismo brillan por su ausencia. una vez sentada, abre el bolso y mira su móvil. no hay llamadas y todavía falta una hora para la reunión de consejo. todo bien. pero las cosa no salen bien. tres chicos que dorotea supone deberían estar en la universidad o trabajando entran al poco rato y se sientan en la mesa contigua y aunque ninguno de ellos repara en la mujer, ella presiente que lo harán justo cuanto coja la cucharita para introducirla en su bolso. cucharita que, por otra parte, no viene con el zumo de naranja que ha pedido y que debe reclamar expresamente a la camarera, junto a un sobrecillo de azúcar para disimular. 
-perdone, es que casi nunca me piden azúcar para el zumo y una se acostumbra a que todo el mundo lo tome igual, como si a todos nos gustara lo mismo, ¿sabe? aunque estas son unas naranjas muy dulces. nos las traen directas del campo, sin intermediarios. ya verá cómo el sabor no tiene nada que ver con las del supermercado, pero aquí tiene –dice entregándole dos sobres de azúcar- por si no se convence el sabor. oh, y aquí tiene la cucharilla. espere, le daré otra. esta veo que está muy ennegrecida. qué raro, no sé de qué puede ser. 
garro regresa a su mesa vencida. ha pasado de ser una anónima clienta a la propietaria temporal y exclusiva de una cucharilla escogida especialmente por una camarera que no aprueba el azúcar en el zumo de naranja. bajo estas circunstancias se hace imposible pasar desapercibida y mucho menos llevarse una cucharilla. el insignificante hurto sin importancia llevaría su cara y de vuelta a la mesa reconoce que sentiría demasiada vergüenza cuando por la noche, entre sus sábanas de seda de la china, se acordara de esa desgraciada que comparte el secreto, la debilidad, puede que la enfermedad -si esta actitud permanece- con ella. así que dorotea termina por tomarse el zumo de naranja mirando la pared asalmonada que tiene a su derecha, escuchando la conversación de los tres chicos que de vez en cuando nombran las virtudes de un equipo de fútbol o las excelencias de una chica y cuando se marcha de la cafetería, agotada y sin ganas de volver al despacho, la camarera recupera los dos sobrecillos de azúcar sin abrir y la cuchara limpia y piensa que el mundo sería un lugar mucho mejor si la gente supiera lo que quiere, al menos a la hora de tomarse un simple zumo de naranja. 

-lo siento muchísimo –se disculpa- me entretuvieron, no hubo forma de poder escabullirme y para colmo intentar aparcar en esta zona... he estado dando vueltas quince minutos. ¡quince minutos! es imposible. al final he tenido que meterme en un párking. 
-dorotea, esta es herta –la corta el marido de garro que cree una falta de educación que su mujer esté hablando de aparcamientos sin haber hecho antes las presentaciones con la nueva esposa de su socio. 
-¡herta! -exclama ella efusivamente para compensar el descuido -¡cuántas ganas tenía de conocerte! he oído hablar tanto de ti. y tan bien. 
herta sonríe y se levanta para darle dos besos. es una mujer alta y corpulenta, de mejillas rojas y rizos rubios que le caen por encima de una frente ancha y ligeramente húmeda de sudor. dorotea la había imaginado más joven por el mero hecho de ser ya la tercera esposa y porque césar siempre le ha parecido un tipo superficial, aunque ahora, con los rechonchos brazos de herta rodeándole la cintura, se arrepiente de haber tenido esta impresión del socio de pelayo. 
-espero que no te importe, pero has tardado tanto que ya hemos pedido el vino y los primeros –bromea césar que también se acerca para besarla. 
dorotea sonríe y se sienta al lado de su marido que sin mucha convicción le pregunta qué tal le ha ido el día. la mujer ignora la pregunta y desea que el camarero no se demore mucho trayendo el vino. 
herta habla por los codos. al principio su marcado acento nórdico, enfatizando las erres y alargando las eses, le parece divertido, pero cuando después de media hora la mujer ha contado sólo la mitad de esa divertida historia que sólo resulta divertirla a ella y a césar de aquella vez que perdió un avión en vietnam y tuvo que pasar una noche en un hostal de mala muerte con chiches en las sábanas y arañas y ratas paseando por la habitación, garro pide otra botella de vino al camarero. herta celebra la excelente idea y antes de que el chico se aleje de la mesa, pide otra más, para luego. 
cuánto más bebe la tercera esposa de césar más imposible parece que vaya a callarse en algún momento. pelayo no ayuda en absoluto, preguntando a la mujer acerca de detalles que ella aprovecha para enlazar con otras vivencias que no tienen nada que ver pero que resultan, en su opinión, igual de hilarantes. para cuando llegan los segundos humeantes y con un aspecto delicioso, su marido también ha advertido que no hace falta animar mucho a herta para que les cuente su vida y tanto él como su mujer se limitan a cortar los bistecs al punto en silencio, un poco hundidos en sus sillas, asintiendo cuando ella pregunta si esta o aquella palabra está bien pronunciada y sonriendo cuando césar aconseja a su esposa que coma o se le enfriará el lenguado con salsa de setas que ha pedido y que permanece intacto. 
-ay césar, cómo eres. siempre pendiente de mí. ojalá hubieras estado conmigo esa vez que me rompí la clavícula cuando me caí del caballo, en el rancho de mi abuelo, y tuve que quedarme dos semanas en la cama. ¿césar no os lo ha contado? eso sí que fue buena –contesta ella clavando el tenedor a un trozo de seta que tardará tres minutos en llevarse a la boca. 
cuando aparece el camarero y les pregunta si tomarán postres y todos coinciden que no, que están muy llenos y que van a pasar a los cafés la pareja se anima un poco, como si empezara a intuir el fin de esa velada. puede que pelayo haya disfrutado con herta, su frescura, sus eses alargadas y sus pronombres incorrectos, pero la patada que su esposa le ha propinado por debajo de la mesa cuando estaba a punto de pedir una cuarta botella de vino, no deja lugar a dudas de que dorotea no estará dispuesta a pasar otra noche como esta en mucho tiempo. 
-aquí están los cafés –les interrumpe el camarero- dos solos, uno con sacarina. los coloca delante de césar y herta. pelayo y dorotea no suelen tomar café por la noche porque les desvela y terminan dando vueltas en la cama hasta que uno de los dos, normalmente pelayo, se levanta y va al salón a ver alguna película que echen por la televisión. herta arrastra la tacita hasta tenerla casi al borde de la mesa, coge su cucharita y empieza a remover el líquido con suavidad. garro clava su mirada en el pequeño objeto de metal. 
-¿te gusta? –le pregunta herta creyendo que está admirando su alianza. 
-es preciosa, sí –contesta la otra mientras nota cómo le sube un calorcillo incómodo por las mejillas. 
-césar tiene muy buen gusto. desde que nos conocimos no he cambiado ninguno de sus regalos. siempre da en, en el… 
-clavo. 
-en el clavo, eso. 
-muy bonita –repite dorotea sin dejar de observar la cucharilla moviéndose en minúsculos círculos, bajo la rechoncha mano de herta. 
-tendríamos que ir pidiendo la cuenta –interrumpe pelayo, esperando que con su intervención la pareja de recién casados se dé por aludida y aligeren con el café. su esposa le echa una mirada reprobadora que él no comprende. ¿no parecía tener las mismas ganas de llegar a casa que él? parece estar inquiriendo. ella pone los ojos en blanco. la pareja de recién casados sin embargo no ha pillado la intención de pelayo. esta vez es césar quien tiene una historia que contar acerca del anillo de boda y herta, encantada de escucharla de nuevo, va añadiendo comentarios jocosos, anécdotas sin importancia y muchas risotadas que procovan que los comensales de la mesa vecina giren la cabeza hacia su dirección. dorotea también está encantada, participa de la conversación, se interesa por el relato y en ningún momento desvía los ojos de la cucharita que encima del mantel blanco ha dejado una pequeña mancha de café a su alrededor. de vez en cuando, cuando la crónica de césar lo permite, apoya todo su torso encima de la mesa mostrando de esta forma más interés y curiosidad, pero en realidad lo que está haciendo es medir la distancia entre ella y el objeto. si alargara un poco el brazo, apenas unos centímetros, podría alcanzar la cucharilla con facilidad. imagina que una vez en sus manos, césar detendría su narración y todos la mirarían, esperando una explicación a su gesto poco habitual. puede que de todas las historias que se han contado esta noche la suya terminara siendo la más inverosímil. pues veréis, les diría sujetando bien la cucharita y abriendo la cremallera del bolso, llevo todo el día intentando robar una cucharita de café y me ha sido imposible hasta ahora. la suya no sería una historia demasiado larga y al terminarla todos esperarían unos segundos antes de echarse a reír por semejante ocurrencia absurda. pelayo, creyendo que su mujer ha bebido demasiado y que ya es hora de marcharse, aprovecharía para levantar la mano y hacer ese inequívoco movimiento de quien está pidiendo la cuenta al camarero. luego césar se apresuraría a sacar su billetera de cuero y pelayo negaría con la cabeza y diría que no, que es su turno y que de ninguna manera permitiría que pagara su socio. herta, en medio de la discusión entre los dos hombre, se reiría bien alto y sugeriría de ir a tomar unas copas al bar de enfrente y el camarero tendría que ser finalmente quien decidiera quién de los dos pagaría la cena escogiendo al azar, o según quién aborreciera más, una tarjeta de crédito u otra. podría intentarlo, sí. podría adelantar un poco más su torso, apoyar los codos, alargar el brazo y hacerse con esa cucharita de café que ensucia el mantel.

2 comentarios:

  1. Esta es la mejor explicación que he tenido sobre la mente de una cleptómana alguna vez. He entendido un poco mejor a Wynnona Ryder. Y he disfrutado de los pequeños detalles de humor aquí y allá como la camarera que piensa en un mundo mejor si la gente supiera lo que quiere pedir o la mujer parlanchina de la cena que tarda tres minutos en llevarse la cucharilla a la boca. Deliciosa narración en el detalle y en el tiempo y en el todo. A estas alturas tan elevadas es difícil ya saber si te superas. Lo que no es difícil es saber que no bajas. A lo mejor algún día se me ocurre algo con otro tipo de cleptómano, el que que se ve impelido a robar versos, ocurrencias o argumentos de otros escritores. Por ejemplo.

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