09 abril 2014

-¿Qué harías si pudieras modificar el sistema de enseñanza? -preguntó ambiguamente-. ¿Has pensado en eso alguna vez?
-Tengo que irme, de veras... - dijo Teddy.
-Contéstame sólo a esa pregunta -dijo Nicholson-. De hecho, la enseñanza es mi obsesión..., es en lo que me ocupo. Por eso te pregunto.
-Bueno..., no estoy muy seguro de lo que haría -dijo Teddy-. Lo que sé es que no empezaría con las cosas con que por lo general empiezan las escuelas. -Cruzó los brazos y reflexionó un instante-. Creo que primero reuniría a todos los niños y les enseñaría a meditar. Trataría de enseñarles a descubrir quiénes son, y no simplemente cómo se llaman y todas esas cosas... Pero antes creo que les haría olvidar todo lo que les han dicho sus padres y todos los demás. Quiero decir, aunque los padres les hubieran dicho que un elefante es grande, yo les sacaría eso de la cabeza. Un elefante es grande sólo cuando está al lado de otra cosa, un perro, o una mujer, por ejemplo -Teddy recapacitó un instante-. Ni siquiera les diría que un elefante tiene trompa. A lo sumo, les mostraría un elefante, si tuviera uno a mano, pero les dejaría ir hacia el elefante sabiendo ellos tanto de él como el elefante de ellos. Lo mismo haría con la hierba y todas las demás cosas. Ni siquiera les diría que la hierba es verde. Los colores son sólo nombres. Porque, si usted les dice que la hierba es verde, van a empezar a esperar que la hierba tenga algún aspecto determinado, el que usted dice, en vez de algún otro que puede ser igualmente bueno y quizá mejor. No sé. Yo les haría vomitar hasta el último pedacito de manzana que sus padres y todo el mundo les han hecho morder. 
-¿No se correría el peligro de formar una generación de pequeños ignorantes?
-¿Por qué? No serían más ignorantes que un elefante. O un pájaro. O un árbol -dijo Teddy-. El hecho de que se sea de cierta forma en lugar de comportarse simplemente de cierta forma no significa que alguien sea un ignorante.

Nueve cuentos, J. D. Salinger

4 comentarios:

  1. Exacto, magnífico Salinger. O como diría Einstein "todos somos ignorantes solo que ignoramos cosas distintas". O como me diría J. con una frase que no es suya y vete a saber de dónde la sacó "no juzgues a un pez por su manera de subir a los árboles". En cualquier caso, yo como Pedagogo les daría algo de la cultura consensuada y habitual para no volverlos inadaptados al medio y cultura de la otra, la de Salinger. No existen saberes innecesarios salvo tal vez la clasificación de la liga de fútbol.

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  2. Salinger, siempre Salinger. Y si tienes a mano Franny y Zooey, ni un instante pierdas.

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  3. No hace falta saber sobre teorías conductistas o chomskianas para darse cuenta que los sistemas educativos deben cambiar. Y Salinger lo decía mejor y más bonito.

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  4. Suscribo lo que dice P. de "Franny y Zooey", y creo que un día de estos voy a volver a leer "El guardián". "Nueve cuentos" y "Levantad, carpinteros..." también son obras extraordinarias que contienen destellos magníficos como el que acabas de reproducir, aunque para mí no son obras tan perfectas como las dos primeras. Pero en lo que se refiere a educación, coincido también con el texto y las opiniones. Nadie nos enseña las cosas más importantes. Se nos adiestra para sacar rendimiento práctico de la inteligencia, lo que de alguna forma nos hace posibles "útiles" de un engranaje. Pero nadie nos explica en qué grado nos pertenece nuestra propia inteligencia. Nadie nos enseña, por ejemplo, a confrontarnos a nosostros mismos y a ser verdaderamente críticos y reflexivos. A comprender conceptos esenciales (partículas elementales de la existencia) como qué es ser honesto o en qué consisten realmente la justicia o la verdad. Nos pueden enseñar a nadar pero nadie nos explica cómo funciona el mar, y nadie nos cuenta cómo funciona el mar porque apenas hay gente que sepa cómo es. Es un sistema y como tal, supone un mecanismo que funciona a su manera, pero es un sistema demasiado defectuoso. Basta mirar alrededor y observar un poco. Incluso puede bastar con intentar mirarse hacia dentro y comprobar lo difícil que resulta.

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