28 marzo 2014

repara el daño en cinco minutos


“Repara el daño en cinco minutos” leo en la etiqueta de ese bote anaranjado de champú que alguien debió dejar en casa. Aunque también puede ser que lo comprara yo y no me acuerde. Desde hace unos días no tengo la cabeza muy centrada y a veces hago cosas, tonterías o algo trascendental, y tres segundos después olvido que las hice. Como ir a comprar el pan dos veces en una misma mañana. Eso me ocurrió hace un par de días y cuando fui a guardar la barra en el cajón y vi la otra barra, quemadita como me gustan, me desmoroné en el suelo de la cocina y me puse a llorar como una idiota. Nunca había llorado por tener dos barras de pan en casa. Cuando me serené, un buen tiempo después, llamé a mi madre y se lo conté. Dijo que era normal y que se me pasaría. También dijo que tuviera un poco de paciencia conmigo misma, que me mantuviera ocupada y que si quería ir a pasar el fin de semana al pueblo, con ella. Pensé que sería aún peor, la verdad. Al menos aquí, en mi piso, puedo llorar lo que me dé la gana y por el motivo que quiera, por las dos barras de pan o porque me dejó. En casa de mi madre tendría que reprimirme para que no se diera cuenta de lo triste que estoy ni de lo mal que lo llevo. Ella puede imaginarlo, claro, pero al menos no me ve con esta cara de muerta, ni con esta cabeza olvidadiza y tampoco quiero que se preocupe más de la cuenta. Dije que me lo pensaría y que la llamaría el jueves o el viernes para terminar de confirmarlo.

“Repara el daño en cinco minutos”, leo de nuevo y, sentada en el wáter, con las bragas en los tobillos, el pelo enmarañado y los ojos hinchados de otra noche sin dormir, pienso que por qué no, ya he probado todo lo demás, todo lo que me han aconsejado mis amigos que debería hacer y nada ha funcionado. Así que me desnudo y sin mirarme al espejo para no asustarme de mi propio reflejo, me meto en la ducha, vierto la mitad del contenido viscoso en mi mano y a continuación me enjabono el cuerpo y la cabeza. Enseguida la espuma espesa me cubre de arriba abajo y se me mete en los ojos. Lloro de nuevo, aunque esta vez es por el picor y no por voluntad propia. Luego me aclaro con agua helada porque el calentador dejó de funcionar hace una semana y no me he molestado en llamar al técnico para que venga a echarle un vistazo. Al secarme noto que toda yo huelo a aguacate. Tampoco es que me moleste mucho.  
El resto de mañana lo paso vagando por casa, sin hacer nada en concreto: ir a la cocina y prepararme un té que luego no me apetece tomar, salir a la terraza y recontar, como cada día, los metros que puede haber hasta el pavimento gris y duro, tumbarme en la cama y encender un cigarrillo que se consume tristemente entre mis dedos o releer la misma página del libro porque soy incapaz de mantener la atención. Pero luego, al mediodía, a eso de la una, noto cómo las tripas comienzan a rugir y advierto unas inusitadas ganas de comerme un bistec bien grueso con patatas, un trozo de tarta de queso y un café con un chorrito de anís. Me sorprendo. Hacía días que me alimentaba a base de pan seco y, con el chándal puesto, y sin molestarme a ponerme algo un poco más elegante, bajo al bar de debajo de casa.
-¡Benditos los ojos! -exclama una de las camareras al verme.
Saludo y le pregunto si tiene alguna mesa libre.
-Para ti, las tenemos todas. ¿Dónde te habías metido todo este tiempo? ¿Y qué te has hecho en el pelo? Estás guapísima ¿Y en la piel? ¿Qué crema usas?
Yo me toco un mechón de pelo y sonrío tímidamente. Luego, sentada en una mesa del rincón, pienso que sin duda tiene que estar cachondeándose de mí, que no hablaba en serio, pero cuando viene otra camarera para tomar nota y repite los comentarios de lo guapa que estoy, me recrimino haber bajado con estas pintas, sean las que sean. Pido el bistec, poco hecho, las patatas, la tarta de queso, el café con anís y lo devoro todo avidez, sin derramar ni una lágrima, incluso olvidándome de que la mesa de delante de la ventana era donde nos solíamos sentar a desayunar todas las mañanas. Cuando termino y estoy en la puerta, la camarera, la primera, insiste en lo bien que me sienta lo que esté haciendo ahora y uno de los clientes, un anciano que estaba leyendo el periódico en la barra, se gira expresamente y asiente al verme. Regreso a casa con cierta prisa y voy directa al baño. Me planto delante del espejo y me sorprendo tanto al ver lo que veo que tengo que tocar el reflejo con la punta de mi dedo índice para asegurarme de que soy yo. No tengo cara de muerta, mi pelo está brillante, huelo a aguacate fresco. Las camareras sin duda tenían razón, muy a pesar del chándal que me queda grande.
El resto de la tarde la paso ordenando los armarios, canturreando y tirando a la basura lo poco que había dejado en las estanterías del salón antes de marcharse. Cuando termino llamo a mi amiga Elisa por si quiere salir a tomar algo. Un poco sorprendida y asustada, me pregunta si ha pasado algo y tengo que repetirle dos veces que no, que no ha sucedido nada en especial y que me apetece salir un rato, divertirme y que me cuente cómo le va la vida. Ella dice que sí, que por supuesto y quedamos en su casa a las nueve. Corro a probarme vestidos y peinados y por una vez en la vida, todos me sientan bien.
Vuelvo seis horas después. Subo las escaleras a gatas, borracha, mareada, con muchas ganas de mear y con el número de teléfono de un anestesista y del camarero, que se ha acercado a nuestra mesa para invitarnos a no sé cuántos chupitos de tequila. Elisa no parado de reiterar lo bien que me ve y lo fantástico que estoy llevándolo todo, teniendo en cuenta cómo estaba la última vez que habló conmigo, es decir, hace tres días, en la que no pude parar de sollozar y quejarme. Yo he pedido otra ronda de vodka con limón y he propuesto un brindis, aunque ahora no me acuerdo muy bien el motivo del brindis. Sólo recuerdo que alzamos las copas y la mitad del líquido cayó encima de mi vestido floreado. Nos reímos todos. Cuando consigo abrir la puerta de casa, tiro el bolso y la chaqueta al suelo y corro hacia el baño. Sentada en el wáter, con las bragas en los tobillos, oliendo a humo y a sudor, detengo la mirada en el bote de champú. “Repara el daño” leo en voz alta, con la voz ronca de tanto fumar y sintiendo la primera arcada subir desde el estómago. “Cinco minutos”, susurro con menos aplomo, agachando la cabeza para no manchar el vestido floreado. Justo antes de vomitar la bilis, no puedo evitar pensar que alguien, algún justiciero anónimo, tendría que denunciar a toda esa panda de farsantes e ilusionistas por hacer publicidad engañosa. 

8 comentarios:

  1. Me ha dolido. Otras veces, otros textos tuyos, en otras entradas, también me han provocado esta sensación. Pero ahora lo noto de otra forma. Igual se trata de la nefasta semana, de la sensibilidad a flor de piel, o el insistente insomnio.

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  2. Es curioso pero he sentido esa angustia en momentos de bajón con otros reclamos publicitarios. La vida tiene muy mala leche o un sentido del humor muy cruel. A veces lees o ves algo en el momento que no debes o para que lo interpretes mal. O simplemente somos nosotros que nos gusta hurgar en la herida y cualquier cosa es excusa.

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  3. más quisiera yo algo que reparase el daño en solo cinco minutos.

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  4. a veces, al leerte, siento como si me dejaras asomarme por un pequeño agujero por el que poder visualizar la sucesión de los hechos, los lugares y las personas de tus relatos. sin dar apenas detalles ni descripciones de los mismos, haces que mi mente cree una sucesión de imágenes tan realistas, que siento aflorar en mí las emociones de las que hablas. gracias, por toda la imaginación que me despiertas.

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  5. Pensé que Albert exageraba, pero no. Su relato es extraordinario. Felicidades.

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  6. Magnífico, para variar.

    Nunca hago publicidad engañosa, como esa panda de malnacidos. Sólo es una muestra, Perro, créame. Como este, y mejores, los hay a decenas en el blog. Y vuelvo a no exagerar.

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  7. Bueno, humildemrnte yo ya lo sabía, desde el principio, aunque ahora, ya no te pueda ver. TQ

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  8. Si la publicidad vendiese lo que dice, éste sería otro mundo. Pero bueno, alegrémonos, ya que a cambio de un anuncio engañoso hemos recibido este brillante relato.

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