12 abril 2014

fue durante la adolescencia de ana cuando su madre, adela, se dio cuenta de que su hija no iba a ser una belleza. de pequeña, los ojillos hundidos y apenas separados el uno del otro, la nariz torcida y unos dientes amarillentos y mal alineados le habían conferido a la niña un aire gracioso, de niña traviesa incluso, pero ahora todos estos rasgos se habían acentuado y esa inocente fealdad había dejado paso a un aspecto desaliñado y repelente, causante de mal disimuladas miradas cada vez que salía a la calle. por no nombrar un insistente acné que se resistía a desaparecer a pesar de los mil y un jabones, cremas, geles y medicamentos que le habían recetado, un pelo grasiento y escaso que se pegaba a su penosa cara, una frente abultada y un cuerpo huesudo y deforme. su carácter retraído y tosco tampoco ayudaba a que ana tuviera demasiados amigos y que la mayor parte del tiempo lo pasara recluida en su habitación con la excusa de que debía estudiar. aunque tampoco en eso brillaba: sus notas eran mediocres, destacando sólo en asignaturas que no auguraban ningún éxito profesional ni, por supuesto, ningún tipo de bonanza económica. adela se preocupaba a menudo y no dudaba en compartir su incertidumbre con su marido que, más centrado en su colección de monedas antiguas, tranquilizaba a su mujer asegurando que la niña era del todo normal y que mejor que pasara las noches en casa que no haciendo botellón en la calle con vete a saber quién. el tiempo demostró que el marido de adela tenía un poco de razón: ana terminó los estudios, consiguió un trabajo de administrativa adjunta en una compañía de seguros para el hogar con el que podía pagar el alquiler de una habitación tan minúscula que apenas cabía una cama y su acné desapareció, aunque no los surcos y las rojeces en su piel apagada, ni los párpados hinchados, ni esa personalidad anodina que la mantenía aislada del resto del mundo. algún domingo se acercaba a comer a casa de sus padres. empezaban con un vermut mísero de aceitunas y cortezas de cerdo en el que rápidamente agotaban los temas de conversación. adela, poco amiga de los silencios incómodos, insistía en preguntar a su hija sobre cualquier nimiedad, cualquier cosa le valía, pero viendo que las contestaciones se reducían a monosílabos casi inaudibles y a un tic nervioso que iba en aumento, terminaban comiendo en silencio, cada uno en su mundo, muy alejado de ese almuerzo familiar. ana terminó espaciando las visitas y ninguno de los tres pareció demasiado afectado con el cambio. 
fue en una de esas llamadas a mitad de semana para confirmar que todo seguía igual en la vida de su hija, cuando ana comunicó a su madre que el próximo domingo iría a comer con su novio. al colgar, la madre tuvo la impresión de que esa había sido la conversación más larga que había tenido con su hija, aunque estuvieron hablando apenas tres minutos, y tuvo que morderse la lengua en varias ocasiones para no avasallar a su hija con la decena de preguntas que le surgían a colación del muchacho que iban a conocer. 
-ha dicho novio, paco. novio – repitió por segunda vez a su marido mientras terminaban de cenar. 
-¿te hubiera gustado más que hubiera sido “novia”? – contestó él tratando de quitar importancia al asunto, aun sabiendo que su esposa tenía razón y que todo aquello los cogía totalmente por sorpresa. 
-ay, paco, no me refiero a esto. es sólo que… bueno… ya lo sabes. ana es un poco.... nunca ha sido una niña muy… muy… bueno… - y dejó la frase sin terminar porque sabía que no encontraría un adjetivo que se ajustara a su hija sin que, de un modo u otro, saliera más perjudicada. 
-pero eso era antes, cuando era pequeña y no hablaba con nadie y tenía la cara llena de granos. ahora las cosas han cambiado – y titubeó antes de afirmar – ahora ya es todo una mujer, una mujer normal y corriente. 
ella lo miró sorprendida y a punto estuvo de puntualizar ese “normal y corriente” con el que no estaba de acuerdo, pero se guardó su opinión para no ensombrecer un acontecimiento que, en teoría, iba a ser motivo de alegría para la familia. 
el resto de días adela los pasó organizando un menú fuera de lo común, lavando los manteles que habían quedado relegados a un rincón del cajón a falta de celebraciones e intentando convencer a su marido de que necesitaban un nueva cubertería. también llamó a ana para confirmar si su novio comía de todo, o tenía alguna alergia o le gustaba eso o lo otro, pero al comprobar que la hija volvía a sus gruñidos breves y malhumorados, entendió que no debía molestar más. 

y llegó el domingo. 

los invitados llamaron al timbre a las dos en punto, tal y como habían anunciado que harían. adela, que llevaba levantada desde las siete de la mañana, limpiando lo que ya había limpiado el día anterior, corrió a abrir la puerta. paco, más calmado, se acercó con el periódico a medio leer en la mano. delante de sus narices apareció su raquítica hija, con el pelo un poco más corto, pero igual de grasiento, y un chico alto, bronceado, de ojos claros, pelo oscuro, sonrisa perfecta y dientes blancos sujetando un bonito ramos de flores variadas. adela no pudo evitar asomar la cabeza por la puerta a la espera de toparse con un segundo chico, un poco menos agraciado, que fuera el novio de su hija, pero en el rellano no había nadie más. 
-no saben las ganas que tenía de conocerlos. soy john. – se presentó el chico acercándose a adela para darle dos besos y a continuación alargar la mano a paco. 
-por favor, john, tutéanos, que no somos tan mayores. 
-en eso tiene, tienes, toda la razón, adela. podrías pasar tranquilamente por la hermana de ana. – resolvió, abrazando a ana que, dócilmente, le devolvió el abrazo y no lo soltó hasta llegar al salón. los cuatro rieron y al darse la vuelta, adela repasó la espalda ancha y musculada de john. 
la mesa estaba puesta y el vermut, con una decena de platos nuevos, servido. adela, que no había conseguido la nueva cubertería y aún seguía un poco molesta con paco, tuvo que recurrir a la vecina del sexto con quien tomaba el café algún que otro día y que, cómo no, estaba al tanto de la comida del domingo. 
-todo esto tiene una pinta estupenda. – dijo john al ver la mesa - ana me ha dicho que eres una excelente cocinera, adela. 
-¿en serio te ha dicho esto mi hija? – inquirió ella sin terminar de creerse la buena voluntad del chico. 
-y un gran coleccionista de monedas, paco. 
-esta hija nuestra… - intervino el padre – es toda una caja de sorpresas, ¿verdad, adela? 
los dos se miraron e inmediatamente miraron a john que con su sonrisa perfecta esperaba órdenes de los anfitriones para poder sentarse y empezar con los mejillones al vapor. 

la comida fue un éxito, aunque en realidad la comida fue lo de menos. el novio de ana encandiló a todos con sus historias de cuando vivía en australia, sus proyectos futuros, su sentido del humor, sus buenas maneras y, cómo no, su insultante belleza. cada vez que adela se levantaba para cambiar los platos, él se adelantaba y la ayudaba en la cocina. se interesó por las monedas de paco e incluso le aconsejó un par de tiendas que paco desconocía para que fuera a visitarlas. y cada vez que podía, besaba a su novia en la frente abultada o en el dorso de la mano esquelética o le acariciaba el pelo grasiento sin que sus atenciones llegaran a ser empalagosas. incluso ana había encadenado algunas frases seguidas, se había servido tres copas de vino y se había reído a gusto mostrando sus dientes amarillentos y mal alineados, aunque sus padres, pendientes de john, no repararon en ella en ningún momento. a las siete de la tarde se levantaron de la mesa. la madre recalcó algunas veces que no podía creer que el tiempo hubiera transcurrido tan rápido y paco hizo un último intento para que la pareja se quedara a cenar. 
-tenemos jamón y queso y podemos hacer una tortilla de patatas en un momento. ¿verdad, adela? ¿a ti te gusta la tortilla, john? 
-por supuesto. 
-no, papá. no podemos quedarnos más.
-por un día que venís. qué os costará. ¿a saber cuándo volveréis a venir? ¿cuándo os va bien volver? venga, pongamos fecha, john, entre tú y yo. ¿qué te parece el próximo sábado? 
y así estuvieron un buen rato hasta que los jóvenes consiguieron recoger sus abrigos y despedirse en el ascensor. 
al cerrar la puerta de casa paco volvió al periódico que había dejado a medio leer y adela recogió lo que quedaba en la mesa. antes de entrar en la cocina y secar la cubertería de la vecina no pudo evitar pensar, de nuevo, en lo guapo que era john y en qué habría visto en su hija. 
-paco, - soltó sin poder aguantarse más - ¿qué crees que john habrá visto en…? 
paco levantó la vista del periódico y esperó a que su esposa terminara la frase. ella calló. 
-¿qué decías? 
-oh, nada importante. estaba guapa ana, hoy. ese corte de pelo le favorecía bastante, ¿no crees? 
él no se molestó en contestar y volvió a su periódico. 

cuando esa noche llamó ana para agradecer a su madre el trabajo que había dedicado en ese almuerzo, adela sintió un nudo en la garganta y a punto estuvo de dejar ir una lagrimilla. 
-no es nada, hija. lo hice con mucho gusto, de verdad. y john… john es encantador. 
luego se calló y durante unos segundos permanecieron las dos en silencio. 
-bueno… – dijo ana, a punto de despedirse. 
adela hubiera querido decir que el nuevo corte de pelo le sentaba muy bien y que estaba muy guapa, pero ana había colgado ya y, bien pensado, sabía que eso tampoco era cierto. 

7 comentarios:

  1. Dejando de lado esa maravillosa capacidad para crear perfiles y dominar los arquetipos, que aquí se vuelve a demostrar, debo decir que a veces temo llegar al final de la lectura, y no encontrar ningún tipo de alivio. Una moraleja, una conclusión que arroje luz a este mundo que tan a menudo, me parece feo.

    Empatizo más con tus personajes, que con algunas personas que veo a diario.

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  2. Has conseguido que quisiera que llegase el Domingo tanto o más que la madre de Adela. Y a pesar de la tristeza de todas esas mentiras bienintencionadas y la reflexión(mía) sobre el mucho bien que le hace la fealdad al intelecto, ha sido un placer leer una historia tan bien contada. Siempre me creo lo que cuentas mientras lo leo. No se puede pedir más.

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  3. Qué manera tienes de enganchar a la lectura sin pausa, hilia.

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  4. Adictivas. Creo que no hay mejor calificativo para tus historias. Hace que las devore, como quien tiene hambre y devora un bizcocho de chocolate.

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  5. Perfecta. Me encanta esta historia, y sin embargo no quiero leer el final, creo que un final cambiaría a los personajes que tan bien has caracterizado. Creo que más de una persona se identificaría con Ana, pero ¿y con su madre? Desde mi punto de vista, Ana es Adela para sí en sus peores momentos.

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  6. Me ha llamado la atención tres pequeños detalles: el primero, esa descripción tan realista del acné y las marcas que produce. Segundo, cómo se configura este magnífico relato alrededor de un simple vermut y tercero pero no último, el uso del adjetivo "insultante" junto "belleza". Porque todos hemos visto alguna vez esa clase de belleza y John la personifica con pulcritud.

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  7. Escribes muy bien, es un verdadero placer leerte. Has creado una atmósfera densa y nitida entre los personajes. Sí, un verdadero placer.

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