11 enero 2014

Es una mañana fresca de septiembre, el comienzo de otro curso. El profesor -canoso, rostro curtido, un aire a lo Lincoln que quizá resulte premeditado- entra en la pequeña clase donde sus estudiantes le esperan. Reina un silencio absoluto mientras se sienta tras la mesa de roble de principios de siglo y dispone sus lápices afilados, la lista de las alumnas matriculadas a su asignatura, sus dos delgados volúmenes de esto o lo otro; el último grito en crítica literaria, sin duda. Intimidades desde hace ya rato, las alumnas estudian los seductores rasgos de este hombre -puritanos, severos, tremendamente americanos- a la caza de humor o compasión. ¿Podrán engatusarlo? Las juzgará este profesor X, el pez gordo de un estanque bastante pequeño, el del Departamento de Inglés de Barnard.
Imaginaos a este hombre de mediana edad que, sin duda, desearía estar en una aula de Harvard; eso sí que tendría mérito. No serán grandes satisfacciones para el espíritu, y no digamos para la vista, las que le depare enseñar a esta pandilla de chicas sin gracia alguna, pálidas y amorfas, que habrán escarbado en la bolsa de la ropa sucia en busca de algo que ponerse para ir a clase. Sólo una lánguida belleza de cabello rojizo y pecas deliciosas -y rodillas sensacionales, acaba de darse cuenta- podrá, quizá, salvar el semestre.
Desvía la vista de su objetivo y comienza. ¡Ajá! A ver si esto lo responden, piensa. Se levanta; su metro ochenta añadirá más dramatismo al momento.
-Bien. - Su tono es tan árido como el semillero cultural estadounidense-. ¿Cuántas de ustedes quieren ser escritoras?
Observa, entre sardónico y divertido, mientras una mano se levanta, vergonzosa, y luego otra, hasta que ondean quince. Aquí y allá refulge algún que otro anillo de compromiso. 
En el aire flota la incomodidad de las alumnas. ¿Por qué les preguntará esto el profesor X? Sabe que su asignatura es obligatoria para todas las estudiantes que han escogido la especialización de Escritura Creativa.
-Lo siento mucho por ustedes -dice el profesor X, el experto en Melville y Hawthorne-. Muchísimo, porque, para empezar -ahora hay un destello de acero en sus ojos-, si quisieran ser escritoras no se habrían matriculado en esta asignatura. Ni siquiera se habrían matriculado en la universidad. Estarían viajando en trenes de carga, recorriendo el país.
El dogma de fe de 1953.
Las jóvenes aspirantes a escritora del aula acaban de entender que, por supuesto, no tienen nada que hacer. Una a una, todas las manos han ido bajando.
Yo era una de las que la habían levantado.

Personajes secundarios, J. Joyce

3 comentarios:

  1. Creo que solo funciona con un tipo de escritor. Te aseguro que he conocido muchos que han cogido trenes de carga y tienen mucho que contar pero lo hacen francamente mal. A escribir se aprende escribiendo. Que se junte un escritor vital y erudito es difícil y siempre se decantará más de un lado o de otro. Aún así el texto es más que interesante para los que nos interesan estos temas y sí, está bien escrito. No sé qué hizo J. Joyce para aprender a escribir.

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  2. Estoy con S, como casi siempre, el viaje te puede ampliar horizontes y llenar la musa, pero escribir, o bien es dado o se aprende leyendo mucho y se perfecciona, quien así lo deseo, haciendo algún tipo de curso de esos, yo lo veo así.
    Interesante como siempre Hilia, hacernos pensar te gusta barbaridad :-).

    Besos preciosa flor

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  3. Escribir bien nunca es dado, se tiene la inquietud, las palabras se atropellan por salir a llenar páginas y más páginas pero solo la abundante lectura y la técnica de saber relacionarlas convenientemente consigue forjar un buen escritor...al menos así pienso yo...

    Beso.

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