11 febrero 2013

una judith (parte I de III)

cuando leí el anuncio en el periódico supe de inmediato que quería ese puesto de trabajo. lo leí durante mi descanso al mediodía mientras tomaba un sandwich de pepino con mantequilla. lo recorté deprisa y lo guardé en mi bolso antes de que viniera jane, la supervisora, y me preguntara qué estaba haciendo y por qué tardaba tanto en volver a la barra. estaba harta de ese bar, de los horarios intempestivos, de mi jefe soplapollas e intransigente y sobre todo de la clientela, siempre pidiendo, reclamando, exigiendo: “chica, eh, eh, tú, te dije un café corto de café. corto de café, ¿recuerdas? aquí hay demasiado café y yo lo quería corto de café. corto de café. además… ¿estás segura que es descafeinado? no puedo tomar cafeína. mi salud depende de ello. no es tan difícil de entender. tráeme otro y que sea rápido. y asegúrate de que esa vez sea descafeinado”. oh, los hubiera fusilado a todos, pero claro, de algún modo tenía que pagar el alquiler, así que siguiendo las instrucciones que jane nos repetía cada mañana, sonreía mansamente y les servía otro maldito capuccino, esperando que se largaran del establecimiento y no volvieran jamás. 
de vuelta a casa ese mismo día, pasé por el museo y pedí una solicitud que rellené nada más llegar al piso de finchley park. pedían lo de siempre: estudios, experiencia laboral anterior, idiomas y antecedentes penales. en realidad era la primera vez que en un trabajo se interesaban por este último aspecto, y orgullosa por mi intachable currículum criminal, marqué en la casilla del “no”. estaba convencida de que el trabajo sería mío. cuando ya habían pasado más de cuatro semanas y casi me había olvidado de ellos y había aprendido a hacer los capuccinos cortos de café y descafeinados, recibí su llamada. querían verme cuanto antes y les propuse de quedar al día siguiente. ellos estuvieron de acuerdo y yo tuve que improvisar una repentina indisposición para no ir al trabajo ese día, a pesar de las quejas de jane que iba corta de personal. 
me entrevistaron cuatro personas y mentiría si dijera que tanta audiencia no me impresionó. en un extremo de la mesa estaba el señor patel, que era el jefe del equipo de seguridad, y por tanto, mi futuro jefe directo. era un señor mayor, bajito, con el semblante muy serio y con mucho pelo. tenía un acento raro, que por su tez morena y sus ojos negros, deduje que era de la índia o del pakistan. también estaba el señor campbell, mucho más distendido y amable. fue él quien alabó mi buen nivel de inglés y le dio un buen repaso a mi culo cuando me di la vuelta para marcharme. también estaba el señor cole, que no me quedó muy claro quién era porque se presentó muy rápidamente, y la señora reid, que era la ayudante del señor patel y bajo mi punto de vista, necesitaba un corte de pelo urgente. la entrevista duró casi una hora en la que hablamos de arte, de mis trabajos anteriores, de mi vida en londres, de la comida inglesa y del pésimo clima del país. al salir me invitaron a visitar las instalaciones de la galería, para ir habituándome a mi nuevo espacio laboral. creí que era una bonita forma de notificarme que el puesto era mío, pero en realidad era sólo una invitación que hacían a todos los candidatos para que gastaran algo en la tienda o en el bar. como tenía el resto del día libre decidí quedarme un rato y pasearme por las salas del museo. había estado otras veces, claro. de hecho, había entrado en un par de ocasiones, mientras estaba esperando a algún amigo y fuera llovía o hacía mucho frío, y creo que en alguna otra también entré para usar los servicios en la planta baja. recorrí unas seis o siete salas y observé con detenimiento los que, tal vez, serían mis nuevos compañeros de trabajo. la mayoría eran hombres mayores, que sentados en sillas tapizadas de plástico granate que parecían bastante incómodas, cabeceaban o bien cuchicheaban con otros vigilantes o con los turistas que como yo, paseaban por las salas. cuando me cansé de caminar, me senté en uno de los bancos, justo el que estaba colocado delante de “la venus del espejo” de velázquez. siempre me había gustado mucho ese cuadro. tal vez porque me recordaba mis años de universidad, cuando en clase de pintura barroca española, impartida por maría dolores de biesca, una eminencia en andarse por las ramas y en ponernos más tareas que el resto de profesores, nos mandaron hacer el estudio de una obra y yo escogí esa. al poco rato de estar sentada se acercó el guarda de seguridad. primero pasó por delante, un par de veces, como queriendo asegurarse de que todo estaba en orden en su sala, pero después se detuvo a mi lado y me miró. 
-bonito cuadro, ¿eh? 
enseguida reconocí el acento familiar. 
-¿eres español? - pregunté. 
-anda, ¿tú también? 
-de madrid. 
-vaya, yo de salamanca. 
hablando con alberto, que así se llamaba el chico, me enteré de que llevaba siete años trabajando en el museo y de que a pesar de ser un trabajo aburrido y tedioso, estaba bien pagado y no requería grandes esfuerzos. también me dijo que la mayoría de los que trabajaban allí más de diez años terminaban un poco locos y hablando solos, así que a él le quedaba poco para buscarse otra cosa antes de convertirse en uno de ellos. 
-ese de ahí, por ejemplo – dijo señalando a un señor calvo y regordete con la corbata manchada – lleva más de treinta años vigilando salas. te puedes imaginar. cada día, ocho horas en completo silencio, andando por entre estas cuatro paredes, dándole a la cabeza, sin poder hablar, ni leer, ni escribir, ni nada de nada. sólo vigilando y pensando. imagínate, cómo para no volverse loco. 
-ya, claro, pues tal vez no sea tan buena idea el que haya hecho la entrevista.
-no mujer – me animó – ¡también hay gente normal! ¡yo soy normal! y además, pagan bien. 
intercambiamos los teléfonos y me deseó suerte con la selección. cuando me marché vi cómo se acercaba a otra visitante y le hacía la misma pregunta que me había hecho a mí, aunque ella no le entendió y se apartó un poco, molesta por haber sido abordada de esa forma. 

en el bar las cosas iban a peor. jane había ideado una especie de competición entre los trabajadores para motivarnos y vender más y más rápido. quien consiguiera más ventas, obtenía un bonus al final de la semana, así que el poco compañerismo que había entre nosotros quedó anulado en cuestión de horas. ahora todo el mundo quería servir más mesas, cobrar cuanto antes y ofrecer a los clientes el tamaño extra de mocca y convencerles de que debían probar la tarta del día. al ver que yo no mostraba ningún interés por conseguir el ansiado bonus, jane tuvo una charla conmigo en la despensa sobre lo fácil que podría ser encontrar a una sustituta para mi puesto. estuve a punto de decirle que en breve se vería obligada a hacerlo, pero preferí callarme y contestarle que intentaría esforzarme más, cosa que tampoco hice. 
finalmente me llamó la señorita bossom, de recursos humanos, para anunciarme con su vocecilla alegre y estridente que había conseguido el trabajo y que podía empezar cuando quisiera. esa misma tarde telefoneé a jane para comunicarle que no volvía al bar y que podía meterse su bonus por el culo. bueno, no, en realidad sólo le dije que mi abuelo había enfermado gravemente y que volvía a madrid un tiempo para despedirme de él y estar con mi familia durante ese doloroso momento. ella pareció conmovida y contestó que esperaba que fuera todo bien, que prepararía mis papeles y me los enviaría. también dijo que si volvía, tenía las puertas abiertas. le agradecí su oferta y colgamos las dos sintiéndonos dos perfectas hipócritas. 

en mi primer día de mi nuevo trabajo en el museo llegué puntual, ilusionada y nerviosa. la señora reid me esperaba en la recepción. me saludó muy efusivamente y me hizo una visita rápida a las instalaciones. me enseñó los vestuarios, el comedor, el despacho del señor patel y la sala de descanso, donde un grupo de señores sentados en los sofás, se tomaban su dosis de café en absoluto silencio. también me entregó mi nuevo uniforme que consisitía en una falda larga sin ningún tipo de gracia, una chaqueta azul marino de tela gruesa y un par de camisas azul celeste. me sobraba ropa por todos lados. al verme hizo una mueca de desapruebo, pero no había tallas menores, así que tuve que arremangarme las mangas y subirme un poco la falda que casi me llegaba a los tobillos. al señor patel tampoco pareció gustarle demasiado mi atuendo cuando unos minutos después fui de nuevo presentada en su despacho. él mismo me entregó el horario de la semana y me dio la bienvenida con un saludo frío y protocolario. a continuación la señora reid, que había esperado fuera, me acompañó a lo que sería mi primera sala para vigilar el resto del día y de la semana. estaba realmente animada y no podía esperar. tal vez estaría rodeada de velázquez. tal vez podría pasar el día maravillada ante mi adorada "venus del espejo". o quizá me tocaría cuidar de los van gogh, o de los caravaggio, o de los turner, o los vermeer. pasábamos las salas, una tras otra, tranquilas y vacías, ya que el museo hacía pocos minutos que había abierto, repletas de obras de arte, de siglos de historia, de retratos de personajes que cambiaron el rumbo de las civilizaciones, de héroes, de luchadores, de reyes y príncipes, de grandes filósofos y pensadores, de artistas que se convirtieron en genios inmortales y cuyas obras pasaron a ser consideradas excepcionales, cuando por fin la señora reid se paró y anunció: 
-tu puesto para esta semana es este. 
habíamos llegado a la planta baja. vi mi silla tapizada de plástico granate y toda mi ilusión y ganas se desvanecieron de inmediato. 
-¿aquí? – dije sin poder disimular mi decepción. 
-sí, para empezar es un buen puesto. si tienes cualquier duda, al final del pasillo hay un telefonillo para llamar a la oficina. de todas formas, este puesto suele ser tranquilo y no creo que haya demasiados problemas y además, hay cámaras. – contestó señalando con el dedo un par de cámaras que nos apuntaban directamente – en fin, que vaya muy bien el día y bienvenida al equipo, almudeno. 
no me atreví a corregirla para con mi nombre y la vi alejarse con rapidez mientras yo me sentaba en mi silla dura e incómoda, delante de una pared blanca que daba a los servicios bajo la atenta mirada de dos cámaras de seguridad. 

probablemente fue el día más largo de toda mi vida. me entretuve contando los turistas que entraban en el baño. luego conté el número de mujeres rubias que entraban en el baño. a continuación el número de veces que me preguntaban dónde estaba la cafetería. después el número de hombres que salía con los pantalones salpicados de orina. más tarde el número de veces que las cámaras ladeaban sus posiciones por minuto y al final me harté de contar e intenté no pensar en nada, dejar la mente en blanco y esperar que de esta manera pasara el tiempo más rápido. no funcionó, pero de una forma u otra llegaron las seis de la tarde y por fin pude salir y escuchar ruido, tráfico, voces y hablar con personas. me sentía una persona de nuevo.

-¡eh, almudena, eh! 
me giré. alberto, el chico que había conocido el día de la entrevista, corrió hasta alcanzarme. 
-¡hola! – saludé – nos volvemos a encontrar. 
-hoy me han dicho – dijo resoplando debido a la carrera - que había empezado una chica española y enseguida pensé en ti. al final lo conseguiste, bien hecho. ¿cómo ha ido tu primer día? 
-bueno… 
-¿en qué sala te han puesto? 
-estoy vigilando los baños de abajo - contesté un poco abochornada. 
-ah, pues perfecto. estarás super tranquila. ya verás cuando te toque en la sala de da vinci o gauguin o alguno de estos. es para volverse loco de gente y de follón. todo el rato avisando de que no toquen, que no se acerquen y que no hagan fotos. es agotador. los servicios en cambio, están muy bien. 
-no sé qué decirte. preferiría un poco más de acción. 
-bueno, no te preocupes, ya tendrás tiempo para esto. 
-sí... supongo... espero. 
-¿vas a buscar el metro? te acompaño. 

el resto de semana estuve contando cosas que ignoraba que se pudieran contar. también me llevé conmigo un folleto del museo para leer algo, pero después de haberlo leído veinte veces me lo sabía de memoria y me dediqué a hacer barquitos de papel con él. afortunadamente, cuando el viernes por la tarde la señora reid me dio mi nuevo horario para la siguiente semana y vi que me trasladaban arriba, en salas, me animé y deseé que llegara el lunes. pero mi entusiasmo también fue temporal. al cabo de unas horas de ese lunes, ya había contemplado todas las pinturas, me conocía al dedillo los rostros, las expresiones, el color del pelo, los paisajes, los vestidos, los bodegones, los títulos de las obras, los autores, la fecha en la que habían sido pintadas y el color y material de los marcos. rápidamente me di cuenta de que alberto tenía razón cuando me avisó de que uno podía volverse loco si trabajaba allí durante muchos años, aunque yo empecé a sospechar que no hacía falta llegar a los años, bastaba con un par de semanas. no había nada que hacer y este era el verdadero problema: que esto era precisamente lo que se esperaba de nosotros, que no hiciéramos nada. estuve tentada de hablar con alberto para que me aconsejara cómo pasar los días sin volverme loca. también reflexioné que quizá, con el tiempo, terminaría acostumbrándome, pero luego pensé que no estaba muy segura de si quería o no aclimatarme a ese tedio diario, a esas jornadas lánguidas y anodinas, a ese silencio mortal, a ese tapizado arcaico y casposo de las sillas, a esos ronquidos de fondo que de vez en cuando se escuchaban en la sala contigua. y así pasé un par o tres de semanas, que se convirtieron en un par o tres de meses. no me había habituado, ni mucho menos, pero necesitaba tiempo para meditar sobre qué hacer: volver a un bar con sus clientes arrogantes o quedarme en ese cementerio viviente. 
y luego pasó ese incidente lamentable y bochornoso. 

3 comentarios:

  1. Pues sí me ha quedado transmitida la sensación de aburrimiento de un vigilante de museo(o de cualquier sitio). Alguna vez la he vivido y es de pesadilla. Y si son trabajos que vuelven loco al personal. Pero no digo más porque quedan dos entregas...

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  2. ¿De "echo"? ¿Y las mayúsculas? Por mucho que me guste la historia, no puedo leer con faltas de ortografía.

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  3. Sigue Hilia, con pequeños errores o sin ellos, tú eres mayúscula, inmensa, admirable en tu capacidad de contar y describir, imaginar y plasmar, única.

    Te beso

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