12 febrero 2013

una judith (parte II de III)

estábamos a mediados de semana y por lo tanto ya había tenido el tiempo suficiente de aprenderme de memoria los detalles de la sala. según el plano que daban a la entrada, era la sala número 21 y estaba situada en un extremo del edificio, al final del pasillo, a la izquierda. era una sala relativamente grande, de techos altos con dos claraboyas inmensas que aun así dejaban pasar poca luz, paredes oscuras y dedicada a la pintura holandesa desde 1660 a 1800. a pesar de mis estudios relacionados con la materia y mis lecturas a lo largo de los años, cuando revisé los cuadros y los nombres de los autores, no reconocí a ninguno de ellos y supuse, también por el poco tránsito de personas que se detenían en ella, que no se trataba de una de las salas más relevantes de la galería. también comprobé con cierto desencanto que el compañero que había en la sala de al lado era un tipo callado, taciturno y lunático con quien jamás nos habíamos saludado, así que quedaba descartado todo tipo conversación, por trivial que fuera. me esperaba una semana de total aislamiento, para variar. 
ese día en concreto había dado treinta vueltas a la sala, me había sentado, había jugado a contar los turistas que venían con sandalias y calcetines, luego los de pelo rizado, más tarde los de complexión generosa, luego había dado diez vueltas más y de nuevo me había sentado. también me dolía un poco la cabeza y estaba cansada. nuestros vecinos del piso de debajo, un grupo de chavales jóvenes de nueva zelanda que se acababan de mudar, habían estado celebrando la victoria de su equipo de rugby hasta bien entrada la madrugada y a pesar de mis reiteradas quejas primero con golpes con una escoba y luego en persona, habían continuado con el jolgorio y apenas había podido pegar ojo. eran las doce del mediodía y con el calorcillo, la calma y el silencio noté los primeros síntomas de somnolencia. intenté mantenerme despierta moviendo la pierna derecha rítmicamente, pero en algún momento de descuido se me cerraron los párpados. suelo ser de las que necesitan oscuridad absoluta, silencio total y mi pijama para quedarme totalmente dormida, así que pondría la mano en el fuego si aseguro que fueron sólo dos o tres segundos, pero fueron suficientes. me despertó el zarandeo brusco y la voz extraña de un individuo que no reconocí cuando abrí los ojos. era un hombre de unos sesenta años, alto y delgaducho, que me miraba alarmado y nervioso y del que apenas pude entender nada de su tartamudeo exaltado. sin tener tiempo para preguntar qué le sucedía me señaló un cuadro y exclamó: 
-¡es un chicle! 
seguía sin comprender nada, hasta que vi que se dirigía a la judith de eglon hendrick van der neer y me indicaba que le siguiera. me levanté como un rayo y me planté a su lado en cuestión de segundos. 
era una obra realmente fea. desde la primera vez que la vi, hacía tres días, no lograba comprender cómo alguien podía pintar tan mal, con ese trazo basto y descuidado y esa composición tan poco armoniosa, ni cómo los conservadores habían decidido colgar semejante despropósito en una galería de tanto renombre en vez de dejarlo en la bodega, junto a otros centenares más que aguardaban en la penumbra. en el cuadro, donde se representaba el momento en el que la viuda judith acababa de cortarle la cabeza al general holofernes, aparecía una mujer anodina e inexpresiva, vestida con un pomposo traje plateado impoluto de palabra de honor e incrustaciones de pedrería, de manga ancha y una capa de color carmín, empuñando un cuchillo brillante con su mano derecha y cubriéndose su generoso busto con la izquierda. su cabeza, ligeramente ladeada hacia la derecha, estaba adornada con unos delicados rizos dorados y su mirada, perdida al infinito, parecía estar diciendo al espectador: “vaya... ¿he sido yo?”. en un segundo plano, casi invisible, se divisaba la cabeza recién cortada del desdichado holofernes y la criada de judith sujetándola por los pelos e intentando meterla dentro de un saco. había visto muchas réplicas de este sangriento episodio en los libros de arte y en directo, en otros museos, pero ninguna me parecía tan horrenda como ésta. por no hablar del marco. el típico marco excesivo, florido y dorado que sólo acrecentaba esa sensación de barroquismo forzado y de mal gusto. y todo parecía indicar que alguien más estaba de acuerdo conmigo porque justo en medio del escote de la mujer, entre la brillante pedrería del vestido y su cuello rechoncho y pálido, había dejado constancia de su opinión pegando un chicle rosa y mascado. 
-lo ve – repitió el hombre, aún más exaltado - ¡es un chicle! 
sin duda alguna me había metido en un lío terrible. miré al hombre con rabia y nerviosismo. él esperaba que yo hiciera algo, pero yo estaba demasiado asustada como para pensar y mucho menos para actuar. miraba el chicle y después al hombre, que estupefacto, me miraba a mí y después al chicle. los curiosos no tardaron en llegar y en pocos segundos se arremolinaron tres o cuatro visitantes que prontamente sacaron sus móviles y se encargaron de inmortalizar la nueva versión de "judith con chicle" para la posteridad. tuve que acudir a mi compañero de trabajo de la sala de al lado. él llevaba muchos más años trabajando en la galería y pensé que sabría qué hacer. era lo único que se me ocurrió y en su momento me pareció una idea acertada. me alejé del cuadro temiendo alguna otra desgracia y desde el pasillo que separaba una sala de la otra susurré su nombre para no armar más escándalo. como era de prever él también se había quedado traspuesto y no me escuchó hasta que le llamé por tercera vez. 
-ben, eh, ben. ¿puedes venir un momento, por favor? 
ben resopló molesto y con mucha parsimonia se levantó de su silla y se dirigió hacia mí. 
-¿qué pasa ahí? – preguntó al ver el tumulto de gente tan poco habitual en mi sala. 
-por esto te he llamado. tengo un problema. resulta que… que, bueno… hay un chicle pegado en ese cuadro. 
-¿qué? 
-sí, no sé cómo ha ocurrido, la cuestión es que… 
-déjame ver. vigila mi sala un momento, haz el favor. 
-claro, claro…
me apartó de su camino y fue hacia la nueva judith con chicle. 
-señores, por favor, apártense de este cuadro y dejen de hacer fotos. esto no es un circo – ordenó al grupo. 
el grupo le hizo caso omiso y tuvo que repetir la orden con palabras más groseras, que, sorprendentemente esta vez sí funcionaron. volvió a los pocos segundos. 
-es un chicle – sentenció seguro de su deducción. 
por un momento pensé que iba a abofetearle por la lucidez de su mente y de sus palabras, pero me contuve porque en ese instante era el único que podía ayudarme y porque eso no hubiera calmado en absoluto mi estado de nervios.
-¿qué debo hacer, ben? 
-quédate aquí. vigila bien. iré a buscar al señor patel. debe ser informado de este accidente. 
al escuchar la palabra accidente noté que mis piernas iban a dejar de soportar mi peso de un momento a otro. me apoye a la pared e intenté concentrarme en respirar lentamente. 
-está bien – asentí – muchas gracias, ben. 
-no me las des todavía. al señor patel esto no le va a hacer ninguna gracia. ya puedes estar inventándote una buena excusa- soltó antes de largarse y dejarme con las pulsaciones disparadas y la cabeza a punto de estallar. 

ben regresó al cabo de algunos minutos que a mí me parecieron lustros. iba acompañado del señor patel, la señora reid y dos hombres que no había visto en mi vida y que imaginé serían conservadores, ya que no llevaban los uniformes típicos de los guardas de seguridad y sus rostros expresaban pánico y enfado a partes iguales. ben me apuntó con el dedo y se sentó de nuevo en su silla mientras el séquito continuaba su camino. cuando llegaron a mi sala ninguno me saludó, lo cual entendí y pensé que era lo que me merecía. 
-¿qué cuadro es? – preguntó el señor patel escrutándome con la mirada como si hubiera sido yo misma quien hubiera pegado el maldito chicle. 
-es la judith – contesté señalando hacia el grupo que tapaba la tela. 
-oh, no, por el amor de dios – exclamó uno de los conservadores – la judith de eglon van der nees, ¡no! ¡qué fatalidad, cómo puede haber ocurrido!
-eso mismo me pregunto yo – bramó el señor patel antes de encaminar sus pasos hacia la nueva judith. 
la comitiva le siguió y yo, un poco más apartada, hice lo mismo. inmediatamente los fisgones se retiraron y dejaron espacio para que el grupo de eruditos diera su veredicto. mis piernas seguían temblando. estaba convencida de que afirmarían que el daño era irreparable y que debían retirar la obra y tomar medidas en lo que se refería a la persona que, supuestamente, tenía que haber estado al cuidado de ella, o sea yo. me preguntaba si en algún momento permitirían que me defendiera y si era así, qué podría contarles a mi favor. ben me había avisado ya, pero en esos momentos era incapaz de pensar en algo lógico y creíble para que me dejaran ir sin cargos ni penalizaciones. creo que fue entonces, mientras esperaba que alguno de los cuatro se pronunciara sobre el tema y yo pudiera dejar de contener la respiración, cuando caí en la cuenta de que esa obra seguramente tendría un valor incalculable. yo no hubiera pagado más de cinco cochinas libras pero ese, desde luego, no era el asunto que nos ocupaba. seguramente valía lo que yo jamás sería capaz de ganar en toda la vida. ni yo ni mi familia entera. tal vez, ni yo, ni mi familia, ni el señor patel juntos, aunque estaba segura de que mi superior se ganaba muy bien la vida, a pesar de su cara de perro. 
-bien – dijo el mismo conservador que había hecho manifiesto su sentido lamento unos minutos antes – parece ser que es un chicle.
les miré a todos, con los ojos abiertos como platos, empezando a sospechar que alguien me estaba gastando una broma de muy mal gusto, pero ellos permanecían muy serios y me contuve de ponerme a reír de forma histérica. 
-¿qué debemos hacer? – intervino la señora reid con voz compungida. 
-lo primero es evacuar la sala y a continuación cerrarla hasta nuevo aviso. en el taller tenemos algunas herramientas imprescindibles para poder resolver el incidente de forma temporal, aunque evidentemente esta obra necesitará ser examinada de manera minuciosa y me atrevería a decir que será un proceso largo y costoso – contestó el mismo conservador, que se había aproximado más a la tela y estaba a punto de tocar el chicle con la punta de su nariz picuda. 
-qué tragedia – dijo la señora reid, llevándose la mano a la boca – empezaré a evacuar ahora mismo – continuó, siempre dispuesta a cumplir las órdenes y a punto de coordinar, posiblemente, la operación más importante que había vivido desde que había comenzado a trabajar en el museo, hacía veinticinco años. 
-un momento, señora reid. un momento todos - la voz grave y severa del señor patel nos puso firmes y en alerta. yo estaba al borde de un ataque de ansiedad y parecía que no era la única. la señora reid empalideció de golpe, los dos conservadores dieron un brinco hacia atrás hasta colocarse detrás del cordón de seguridad y los curiosos cesaron con los flashes y el cuchicheo. incluso ben, a unos cuantos metros de distancia, se sobresaltó y despertó de su letargo. – todo esto es ridículo. apártense, hagan el favor. 
todos nos retiramos unos pasos y el señor patel quedó en medio del círculo, justo delante de la nueva judith. su mirada impávida y penetrante observaba el busto nacarado de la mujer. una gota de sudor resbaló a lo largo de su frente ancha y despejada y murió en la solapa de su chaqueta azul marino. dio un paso y después otro y a continuación pisó el cordón de seguridad y se colocó a escasos milímetros de la obra. 
-¿alguien tiene un pañuelo? – preguntó con el mismo tono de voz inflexible, sin perder de vista el busto de judith. 
-de papel le va bien, ¿señor patel? 
-de lo que sea, señora reid, de lo que sea. 
la señora reid se acercó, le entregó un kleenex y se apartó inmediatamente como si su jefe estuviera a punto de desactivar una bomba. el señor patel lo cogió y con cuidado lo acercó al chicle pegado. 
-¿está usted loco, señor patel? ¡va a arrancar la pintura y así no habrá forma de arreglarlo! ¡esto es una auténtica salvajada! 
-haga el favor de callarse, james. 
-no quiero mirar. no puedo a mirar. esto es un gravísimo error, señor patel y que conste que lo que va a hacer está bajo su única y plena responsabilidad – susurró con su mano encima de los ojos dejando un espacio entre sus dedos para poder visualizar bien el desastre que estaba a punto de suceder. 
el señor patel envolvió el chicle con el pañuelo y cuando se hubo asegurado de que estaba cubierto por el papel empezó a tirar con suavidad. la operación duró apenas unos segundos, aunque creo que hablo en boca de todos los que estábamos allí si digo que fueron los segundos más interminables y agónicos de nuestras vidas. milagrosamente, quizá por el poco tiempo que hacía que el chicle estaba incrustado a la tela, se despegó con facilidad y sin dejar ningún resto. los dos conservadores se acercaron al instante a inspeccionar la operación, deseando encontrar alguna marca grave e irreparable, pero con cierto resquemor tuvieron que admitir que la obra estaba bien. el señor patel retrocedió y entregó el envoltorio a la señora reid, que, eufórica, se puso a aplaudir. el corrillo de visitantes la imitó de inmediato. 
-señora reid, haga el favor. esto es un museo serio y respetable. 
-disculpe señor patel, ha sido la emoción. 
-está bien, disuélvanse y que cada uno vuelva a su puesto de trabajo ahora mismo. 
fui la primera en volver a mi silla, aunque temía que había llegado el momento de mi interrogatorio, seguido de mi despido. sorprendentemente no fue así y la comitiva desapareció por el mismo lugar por donde había aparecido sin ni tan siquiera despedirse, ni mirarme. estuve unos segundos inmóvil en mi silla, con la mente en blanco y los ojos puestos en la cabeza cortada de holofernes. cuando quise levantarme para recorrer la sala y tranquilizarme, noté un mareo y la camisa empapada de sudor. comencé a tiritar y decidí no moverme de la silla hasta que volviera a mi estado natural, si es que algún día era capaz de hacerlo. 
el resto de día estuve esperando. no podía ser que las cosas se quedaran tal cual y cuando mi compañero vino a sustituirme a la hora de comer estaba convencida de que me diría que el señor patel me esperaba en su despacho, pero en cambio sólo me miró divertido y dijo: 
-hora de comer. te he traído un chicle, para después. 
no me hizo ninguna gracia y decidí salir fuera para no tener que aguantar ni bromas ni miradas impertinentes. por la tarde seguí esperando. no entendía por qué tardaban tanto en avisarme y acabar por fin con todo el asunto. pensé que tal vez lo hacían adrede, para hacerme sufrir, para hacerme pagar mi terrible negligencia y para que me diera cuenta de mi poca profesionalidad. les había fallado como empleada, como cuidadora de una obra de valor incalculable y como persona de confianza. mis nervios fueron sustituidos por una sensación de rabia, enfado y frustración. en realidad todo había sido culpa del rugby y de mis vecinos, pero sabía de sobras que con esa excusa no llegaría muy lejos. ben se molestó en visitarme cuando estábamos a punto de cerrar. se acercó y me hizo señas para que hiciera lo mismo. 
-en menudo lío te has metido, almudeno. 
evidentemente tampoco le corregí. ya me daba igual cómo me llamaran. 
-¿qué crees que va a pasarme? 
-no lo sé. dependerá de la luna en la que esté patel. pero… ¿cómo ocurrió? ¿no viste quien lo hizo? ¿no te diste cuenta de que alguien estaba pegando un chicle a la tía esa? 
-no, no me di cuenta. esta sala es muy grande y no tengo ojos para todo el mundo. 
-¡pero si nunca hay nadie! 
-pues a esa hora había mucha gente. muchísima. estaba lleno hasta arriba – grité, incapaz de controlar los nervios que había acumulado en todo el día. 
ben regresó a su sala negando con la cabeza y sonriendo sin disimulo. ahora probablemente creería que además de torpe estaba loca, pero me daba igual lo que pensara de mí. yo sólo deseaba que me despidieran, poder salir de allí cuanto antes y dejar de ver a esa estúpida judith a la que detestaba profundamente. 
cuando por fin sonó la sirena indicando que la galería estaba vacía de visitantes y que podíamos ir a cambiarnos, noté que la noticia se había extendido como la pólvora y que todos estaban al corriente de mi gesta. nadie se atrevió a preguntarme, cosa que agradecí, pero por sus bisbiseos y sus guiños y sus gestos supe que me había convertido en la comidilla de todos ellos y que, a falta de otras noticias, lo seguiría siendo en los próximos días o tal vez meses. me escabullí en el vestuario y me cambié rápido. al salir a la calle vi que alberto me estaba esperando. no me apetecía hablar con él y sabía que si estaba ahí era sólo para sonsacarme más información y contársela al resto de compañeros al día siguiente. 
-ya me han contado lo que ha pasado – dijo yendo directo al asunto que le preocupaba. 
-¿en serio? 
no apreció mi sarcasmo, pero sí mi decaimiento. 
-no te preocupes, mujer. estas cosas pueden pasarle a cualquiera. 
-¿te ha pasado a ti alguna vez? 
-no, a mí no, pero eso no quiere decir que… 
-déjalo anda. 
 -venga, mujer, no te pongas así. 
-es que me da tanta rabia, ¡sólo llevaba cuatro meses! 
-¿llevabas? 
-bueno, es obvio que me despedirán. 
-¿por qué? ¿te lo han dicho? 
-no, pero está claro. quiero decir… ¿qué más esperan que haga? no hice bien mi trabajo. ¡algún imbécil pegó un chicle en el cuadro de una sala que estaba vigilando! cualquiera me deja al cargo de un rafael… el próximo ladrón que quiera robar en un museo, sólo necesita saber en qué sala estaré y así le facilitamos el trabajo y no tendrá ni que molestarse en idear un buen plan. 
-qué exagerada eres por dios. yo creo que no lo harán. al fin y al cabo no eres la primera que se queda dormida. 
noté como, a pesar del frío y la ventolera de esa tarde, me volvían a arder las mejillas y me podía la impotencia. 
-¿qué te hace pensar que me quedé dormida? 
-¿no me digas que nunca te has quedado dormida? 
-¡por supuesto que no! 
-ya. bueno en fin… da igual. 
 evidentemente no me creyó e imaginé que el señor patel y la señora reid reaccionarían del mismo modo si algún día me daban la oportunidad de poderme explicar. 
esa noche tampoco dormí, aunque los vecinos de abajo permanecieron en absoluto silencio. cada vez que cerraba los ojos veía a la judith, cubierta de chicles de todos los colores y tamaños y cuando por fin, a las cuatro de la madrugada, conseguí dormirme soñé que el señor patel me ordenaba que fuera yo quien tirara del chicle pegado. al hacerlo arrancaba toda la cara de la mujer, dejando en su lugar el hueco amarillento y emborronado de la tela. me desperté de repente, sudada y trastornada y opté por levantarme y no darle más oportunidades a mi subconsciente para atormentarme todavía más. 

2 comentarios:

  1. He sentido tanto la angustia de ese chicle en la Judith y las malas noches del personaje principal que me cuesta leer el cuento como si fuera solo ficción. Lo que más me gusta es cuando alguien consigue tensión y suspense sin que haya muertos ni amenazas de muerte. Y una espita para dejar escapar algo de la tensión con el humor, eso nunca te falta. Como sé que eres seria(a diferencia de mí) no te digo que te apures con el final de esta historia buenísima.

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  2. he leído los dos de tirón, ayer operaron a mi hija, y he llevado unos días complicados, pero todo ha ido muy bien, unas horas y a casa.

    Beso wapa

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