04 abril 2012

de muerte natural

el día del funeral hacía una temperatura cálida y agradable. estábamos a principios de abril pero las temperaturas eran más similares a las de principio de junio. se congregaron bastantes amigos y familiares, muchos de los cuales, de la misma edad, hubieran preferido estar en cualquier otro sitio y no tener que presenciar lo que les esperaba a ellos también dentro de poco tiempo. la ceremonia fue bonita y emotiva. mi madre, su hija, lloró calladamente y mi padre la consoló con caricias en las mejillas para secarle las lágrimas. algunos de mis primos y tíos también se mostraban afligidos por la pérdida. mi abuelo era un hombre querido, tal vez un poco cascarrabias cuando armábamos mucho alboroto en las fiestas familiares, cuando éramos más pequeños, pero siempre acababa dándonos relojes, monedas viejas o fotos que había ido guardando a lo largo de su vida. mi abuela, menos desprendida, le regañaba por regalar recuerdos que a ella también le pertenecían, pero él la ignoraba y seguía sacando objetos antiguos de su cajonera. en los últimos años los visitaba poco. yo tenía dieciséis años y estaba ocupado en otros temas, como quedar con mis amigos y con sara en la plaza los sábados por la tarde, fumando y bebiendo a escondidas, comiendo pipas y tirando las cáscaras al suelo. 
fue allí donde le vi la primera vez. andaba a paso rápido, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. no tuve ninguna tentación de llamarlo y de hecho, giré la cabeza por si él me veía y me reconocía. pensé que a ninguno de mis amigos les interesaría conocer a mi abuelo, por muy buena persona que fuera. cuando se alejó de la plaza le seguí con la mirada hasta que torció por una callejuela y le perdí el rastro. me extraño verlo ahí, a esas horas y sin la abuela. pensé que tal vez fuera a ver a alguno de sus amigos, al fin y al cabo desconocía por completo sus rutinas cotidianas y no le di más importancia. una semana después repetía la misma ruta. esta vez, un poco más temprano que la anterior. serían las cuatro de la tarde y en esta ocasión no temí ser visto porque él estaba demasiado concentrado en llegar a donde fuera cuanto antes. de hecho me sorprendió que a su edad, fuera capaz de mantener ese ritmo sin pararse un momento a respirar y sentí deseos de saber a dónde se dirigiría con tanto afán. lo descubrí pocas semanas después. le dije a sara que me esperara y me separé del grupo sin dar ninguna explicación. dejé cierta distancia de prudencia. el hombre mantenía su buen ritmo, torció en la misma callejuela y se paró en un portal viejo con una puertucha que uno podría haber derrumbado con una patada. tocó el timbre y casi inmediatamente empujó la puerta y subió. me detuve enfrente del portal una vez me hube asegurado de que él ya estaba dentro. parecía un edificio de viviendas normal y corriente, de esos típicos de los cascos antiguos cuyos inquilinos tienden la ropa en los balcones exteriores y guardan los trastos también en ellos a falta de espacio interior. leí unos cuantos nombres mal pegados con cinta adhesiva al lado de cada timbre, por si me sonaba alguno, aunque esto era improbable ya que nunca me había molestado en conocer a sus amigos. como era de esperar no reconocí ninguno, pero me sorprendió leer “hostal estrella” en el tercero primera. yo tenía dieciséis años, un niño, pero no era tonto. al fin y al cabo por esa plaza las veíamos pasar continuamente, con sus faldas cortas, sus pechos al aire, su actitud amorosa con los transeúntes masculinos y sus continuas peleas con la competencia. alguna incluso se había acercado y nos había pedido fuego, o un par de caladas al canuto que fumábamos, según el humor que tenían ese día. mi abuelo iba de putas, no había mucho más que decir del tema. 
volví con mis amigos y durante el resto de la tarde, cada vez que alguna pasaba por delante nuestro, arreglándose la peluca o retocando su maquillaje, me preguntaba si sería ella la que se la acababa de mamar a mi abuelo. de camino a casa sara me preguntó qué me sucedía. 
-nada, no me pasa nada. 
-no es verdad. estás raro, más serio. 
-imaginaciones tuyas. 
-¿es por mí? 
-¿el qué? 
-¿estás así por mí? 
-¡no! menuda chorrada. 
-todavía te gusto, ¿no? 
-qué sí, sara. no es nada. 
hacía poco que sara y yo estábamos medio saliendo, así que todavía me creía a pies juntillas cuando le decía que me gustaba y que todo iba bien. y era cierto, al menos en esa época. 
al llegar a casa llamé a mis abuelos. hacía años que no les llamaba yo, si es que lo había llegado a hacer alguna vez obligado por mi madre cuando era el cumpleaños de alguno de los dos. solían ser ellos quienes se interesaban por nosotros y nos avisaban de los acontecimientos familiares que consideraban importantes, tales como comuniones, bautizos, bodas, divorcios, enfermedades y funerales. el teléfono sonó un buen rato y cuando estaba a punto de colgar, escuché la soñolienta voz de mi abuela. 
-¿diga? 
-hola abuela, soy yo. – inmediatamente pensé que con esa información tan poco precisa no iba a reconocerme. 
-ah. – contestó ella confundida. 
-dani. 
-ah, ¡dani! hola hijo. ¿cómo estás? ¿ha pasado algo? 
-no, no. todo va bien. solamente os llamaba para decir hola y saber cómo estábais.
-tirando, hijo, tirando. 
-ya… ¿y el abuelo? 
-pues igual. a nuestra edad, ya es mucho que sigamos aquí. 
mi abuela tenía el don del positivismo. siempre tenía alguna que otra dolencia y cuando no la tenía se inventaba alguna terrible enfermedad para competir con sus vecinas o amigas. era su aliciente en la vida. 
-¿no está aquí? 
-¿quién? 
-el abuelo… 
-ah, sí, sí. acaba de llegar. te lo paso. 
escuché como le llamaba y los pasos de éste acercándose lentamente. 
-es tu nieto. – le avisó ella. 
-¿mi nieto? ¿dígame? 
-abuelo, soy dani. 
-dani, qué sorpresa y qué alegría. cómo va todo, muchachote. nunca te vemos por aquí. ¿cuándo vendrás a ver a tus pobres abuelos? 
su voz era relajada y cariñosa, como siempre, como cuando era pequeño y nos descubría algún tesoro secreto en el jardín trasero de la casa. me pregunté a quién afectaba realmente lo que acababa de descubrir. tal vez a mi abuela, o tal vez a ella le traía ya sin cuidado lo que hacía mi abuelo, siempre y cuando ella tuviera nuevas dolencias para comentar con sus conocidos. 
-pronto, de verdad. llamaba para saber cómo os encontrábais. 
-bien. tu abuela siempre quejándose, está vieja ya la mujer y yo sigo con la petanca. 
-¿sigues jugando? 
-sí, claro. ¿cómo crees sino que me mantengo tan en forma? 

pasé un par de semanas sin verle cruzar la plaza. la abuela había tenido una gripe que acabó derivando en una gastroenteritis y había estado en cama todo ese tiempo. imaginé que con semejante panorama en casa el abuelo no había podido encontrar una excusa creíble para desaparecer un sábado por la tarde. en esos días mi madre fue a visitarles tres o cuatro veces y aunque estuve tentado de acompañarla, al final aproveché la ausencia de vigilancia paterna para invitar a sara a mi habitación. apareció de nuevo después de tres semanas. me alegró verle, con sus manos en los bolsillos, sus prisas y esta vez, incluso una sonrisa mal escondida debajo de su gorra de cuadros grises y verdes. esa tarde las putas del barrio estaban especialmente pesadas con los chicos y sara tenía ganas de marcharse y pasar un rato a solas conmigo. 
había pasado poco más de media hora cuando las sirenas de la ambulancia interrumpieron nuestra charla. el coche se detuvo a pocos metros de nosotros porque la callejuela era demasiado estrecha para su paso. dos tipos uniformados se bajaron rápidamente, abrieron las puertas traseras y sacaron una camilla. la policía llegó poco después. los chicos se congregaron alrededor y las putas desaparecieron del lugar. yo me quedé sentado en el banco, con la mirada clavada en el callejón del que, minutos después, sacaron a mi abuelo, ya muerto. los chicos vinieron poco después. 
-qué fuerte, tío. el abuelo la ha palmado follando. ya me gustaría a mí acabar así. seguro que el muy cabrón se puso de viagra hasta el culo y petó. joder, qué grande el tío. !qué grande!
sara se reía a gusto, llorando casi, y yo les escuchaba en silencio, con una falsa sonrisa congelada en la cara. 

fue mi padre quien llamó a la puerta de mi habitación esa noche. entró sin apenas hacer ruido y con sumo tacto me contó que el abuelo había fallecido de una parada cardíaca mientras estaba jugando a la petanca con sus amigos. se le notaba incómodo y sin experiencia para este tipo de trámites. me dijo que mamá se había quedado con la abuela, que no estaba muy bien, y que esa noche no vendría a casa. preguntó si me apetecía cenar algo o hablar o lo que fuera. negué con la cabeza sin dejar de mirar al suelo. antes de salir me acarició el pelo y lo despeinó, sin darse cuenta de que le había dicho mil veces que eso me molestaba. esta vez, sin embargo, no dije nada y me quedé unos minutos con la mirada clavada en el suelo. decidí que al día siguiente tendría que convencer a mis amigos para que cambiáramos el lugar de reunión de los sábados. estaba cansado de esa plaza, de las putas, de la ropa tendida en los balcones, de las sirenas y del griterío. luego me ordené el pelo, peiné mi flequillo largo con los dedos y abrí la ventana. hacía una bonita noche y la luna estaba minúscula, como un delgado trozo de melón. encendí un porro y lo fumé con la tranquilidad de saber que esa noche nadie me interrumpiría.

2 comentarios:

  1. Pensaba que en Semana Santa te ibas a rezagar o poner de vacaciones la creación de cuentos pero no pinchas, qué suerte. Este relato es tan verosímil y posible como los tuyos sin renunciar a ese creciente interés que se hace mayor a medida que lees. Hace poco leía en Auster que no es cómica una muerte follando a una puta. Aquí pareces seguir esa tesis sin haber leído lo mismo que yo, supongo. Aunque el protagonista es práctico ocmo todo adolescente y si no se ríe, sí le saca partido con ese cigarrillo permitido del final. Buenas vacaciones.

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  2. Llamando a tierra! Me recibes?
    Necesito respuesta!
    Señora mía, ha llegado la primavera. Podría usted estar un poquito más alegre? No es por nada.

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