19 abril 2012

aleatorio

hacía pocos días que dragan se había ido de casa, así es que no estaba en uno de mis mejores momentos. me había dejado cuando yo creía que las cosas iban sobre ruedas y el golpe fue todavía más duro e inesperado. tampoco existía una tercera persona o eso es lo que me aseguró él, y yo creí, lo cual, en mi opinión, empeoraba todavía más la situación porque significaba que se había cansado de mí, que no había tenido necesidad de conocer a otra para darse cuenta de que no quería estar conmigo. se dio cuenta sin la ayuda de nadie y prefirió estar solo antes que mal acompañado, apartarme, borrarme y seguir con su vida al margen de la mía. esos eran los pensamientos que me acompañaban todas las noches, durante horas antes de que las pastillas para dormir comenzaran a hacer el efecto deseado. luego tenía pesadillas y cómo no, soñaba con él. soñaba que me llamaba y me decía que se había equivocado y que quería volver y yo sonreía y bailaba por toda la casa y tiraba las flores marchitas del jarrón y compraba otras frescas. me despertaba temprano, pero no salía de la cama hasta tarde. hasta que me dolía la espalda y las ganas de mear se hacían insoportables, lo que solía ocurrir a las dos o a las tres de la tarde, hora de comer para el resto de personas que parecían sobrellevar sus cotidianidades mucho mejor que yo. después de mear volvía a la cama. 


** 

me despertaba temprano, pero no salía de la cama hasta tarde. era muy habitual que me sobresaltara el sonido de la sirena, fuera de la ambulancia o de la policía. vivíamos en un barrio donde las visitas de unos y otros eran habituales, aunque yo prefería las ambulancias porque comportaban menos riesgos. una vez desvelada me costaba volver a dormir. a mí, que en casa de mis padres había sido capaz de dormitar quince horas seguidas, pero de eso hacía ya muchos años, y aunque me acordaba de ellos muy menudo, intentaba no recordarlos demasiado. por la mañana no había mucho qué hacer. el negocio empezaba después de comer, aunque la mejor hora era a partir de las siete o las ocho de la tarde, cuando los camioneros paraban para cenar en algún bar de carretera y los oficinistas volvían a sus casas. cada una tenía un punto asignado. yo lo compartía con julienne, una senegalesa divertida y despreocupada que bebía vino y fumaba constantemente y gritaba a todo aquel que pasaba a demasiada velocidad. cuando algún coche se paraba delante nuestro y la elegían a ella, me pedía chicles para disimular el mal aliento y no ahuyentar a los clientes. ella había tenido suerte porque aunque era ya mayor y no aguantaba muchas horas de pie, había conseguido los papeles hacía tiempo. se había casado con uno de sus clientes y durante unos años la cosa les había funcionado bien. él no era celoso, decía ella, hasta que empezó a serlo y una noche en la que se llevó un cliente a casa, él, entre gritos, golpes y amenazas, la echó a la calle. julienne lo contaba con mucha gracia: 
-eres una puta – chillaba el imbécil de mi marido – escupiendo cerveza por la boca y apuntándome con su dedo rechoncho. 
y yo, decía entre risas, pensaba: “pues sí, soy una puta. a buenas horas te das cuenta, cabrón.” 

cada vez que nos explicaba su historia nos echábamos a reír y ella bebía más vino y me pedía más chicles y yo pensaba: “qué suerte tiene julienne” 

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“qué suerte tiene dragan”, me decía a menudo en esos días de pastillas, noches perpetuas y almohadas húmedas. qué suerte poder decir hasta aquí. se acabó. yo decido. yo me marcho. yo te dejo. yo puedo vivir sin ti. yo tengo planes que no te incluyen. yo prescindo de ti, de tu compañía, de tu risa, de tus manos, de tu cuerpo que ya conozco demasiado bien, de tus ideas que ya no me sorprenden. yo jamás había tenido tanta autonomía. no mientras estuve con él. quizá con otros hice lo mismo. sí, seguramente les había contado la misma historia que me contó él, con paciencia, sentado al borde del sofá, con la espalda erguida y la voz suave, aguantando mis lloros y mis reproches que ya no servían de nada. y es que dragan, una vez tomaba decisiones, no se echaba para atrás. era algo que siempre me había gustado de él, esa capacidad para decidir y no perder el tiempo barajando opciones y posibilidades que no conducían a ninguna parte. todo lo contrario a mí. por eso, cuando me dijo “tenemos que dejarlo” -“tenemos”, dijo, como si yo hubiera intervenido en su decisión- sabía que no había vuelta atrás y que por mucho que habláramos, por mucho que yo quisiera demostrarle el buen equipo que formábamos, ya me había dejado. sus maletas permanecían alineadas y dispuestas en la habitación contigua, por si me hacían falta más pruebas. lo vi cuando pasé por delante, corriendo, apresurada, para ir a al baño a vomitar. 


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la primera vez fue en la cabina de un camión. julienne estaba conmigo, limpiándose con unas toallitas húmedas y antes de subir me dijo: “esos serán los treinta euros más difíciles, pero luego verás como todo va rodado”. subí aterrada, no tanto por lo que me tocaba hacer, sino por si no lo hacía bien y el cliente se enfurecía conmigo y me quitaba el dinero. había escuchado historias de todo tipo y lo único que quería era cobrar, hacer mi trabajo y marcharme, sin complicaciones. él era un hombre cincuentón, gordo y calvo. me saludó y dijo que conduciría hasta encontrar una vía secundaria donde nadie nos molestara. asentí con la cabeza y con todo el desparpajo que pude le pregunté qué quería. él se rió estrepitosamente y contestó: 
 -pues qué va a ser, mujer, ¡follar! a ver si te crees que hemos venido a hablar del tiempo. 

pensé que había sido afortunada porque nunca me había gustado chuparla, ni cuando había tenido novios que tardaban lo justo en reconducir mi cabeza hasta sus genitales nada más empezar con los preliminares. cuando paró el camión me monté encima de él y me restregué hasta que me apartó de un manotazo, me subió la falda, ordenó que me quitara la blusa y me la metió sin haber tenido tiempo de sacar de mi bolso ni el lubricante ni el preservativo. duró apenas quince minutos. no fue agradable, pero tampoco fue terrible, y aunque al principio me dolió y quise decirle que fuera menos brusco, callé y me concentré en los detalles de una estampita de una virgen que tenía en la cabina. cuando terminamos él tenía la camisa sudada y yo las nalgas arañadas. abotoné mi blusa, me subí las bragas, guardé el dinero en el bolsillo y sin tener tiempo de bajar del camión, vomité. 

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mi estado oscilaba entre la pena y la ira. algunos días sentía tantísimo dolor en el pecho que no era capaz ni de tragar saliva. otros sentía un odio irracional hacia todas esas parejas que paseaban felices, cogidas de la mano, ajenas a mi tortura. internamente les deseaba lo peor. me reía por su candidez idiota, por su entusiasmo transitorio, por su estúpido enamoramiento. tarde o temprano alguno de los dos abandonaría la barca y el otro se quedaría remando solo, en círculos, a la deriva. como yo. sólo me interesaban las tragedias porque con ellas me sentía ligeramente aliviada. miraba las noticias y leía los periódicos en busca de rupturas, divorcios, dramas pasionales que me hicieran ver que en el fondo había sido una suerte que dragan me hubiera dejado y así ahorrarme el disgusto más adelante. después, cuando me había convencido de que sí, de que era una suerte que me hubiese dejado, releía todos los mensajes que habíamos intercambiado en tiempos pasados y volvía a derrumbarme. pasaron tres meses y veintitrés días. me había acostumbrado a mi propia miseria. sentirse desgraciada formaba parte de mi vida, como también lo era abrir los ojos para llorar y comprar comida para dejar que se pudriera en la nevera. llamó por la noche. me preguntó cómo estaba, cómo iban las cosas y si nos podíamos ver. 

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tres meses después me daba igual chupar que follar. lo único que me importaba era cobrar. y los papeles. julienne decía que estuviera tranquila, que la policía tenía cosas más importantes que hacer que perseguir a putas y echarlas del país, pero cada vez que veía un coche patrullando por nuestra zona, me escondía. no quería volver a mi país. no me apetecía volver a vender pescado en el tenderete de mi tía, vivir con mi familia en un cobertizo con goteras y cobrar una sexta parte de lo que conseguía con los clientes, trabajando el doble de horas a cuarenta grados bajo el sol. tal vez no había conseguido ser peluquera, como le contaba a mi madre cuando la llamaba una vez por semana, pero al menos ganaba lo suficiente como para que ellos se alimentaran todo el mes. también había empezado a salir con un chico y a tener clientes regulares, dos o tres, que esperaban su turno y que al subir a su coche me preguntaban cómo me iban las cosas, cuándo conseguiría los papeles y si no les haría ninguna rebaja en el precio. 

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no pensé en lo que podría salir mal. no en esos momentos. dragan quería verme y asumí que se trataba de una reconciliación. en mi cabeza no cabían más desgracias. creía tener el cupo completo. por teléfono su voz había sonado calmada y alegre. tal vez no dijo “quiero volver”, tal vez sólo dijo “podríamos vernos”, pero para mí era casi lo mismo, una cosa llevaba a la otra y me ilusioné como una niña pequeña en la mañana del día de reyes. me vestí deprisa, me peiné y me maquillé un poco para disimular mi palidez enfermiza. cogí el coche y puse música alegre. canturreaba e imaginaba cómo sería el encuentro, quién diría qué y cuánto tiempo tardaríamos en romper el hielo y reírnos de todo el malentendido. 

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-todo esto es un malentendido. – dijo el hombre. 
cuando levanté la cabeza de su entrepierna quedé cegada por unos focos apuntándome en los ojos. tardé unos segundos en comprender qué estaba sucediendo. miré la cara del hombre, asustado y repitiendo una y otra vez que no era lo que parecía. me aparté y él se subió los pantalones apresuradamente mientras el que sujetaba la linterna le pedía la documentación. miré a los dos policías que sonreían con cierta sorna. no disponía de mucho tiempo antes de que alguno de ellos se fijara en mí. abrí la puerta y eché a correr tan deprisa como pude. 

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nunca fui de correr mucho. siempre respetaba las señales de tráfico y me paraba en los pasos de cebra y no pasaba si el semáforo estaba en ámbar, cosa que a dragan parecía hacerle mucha gracia. decía que conducía como una anciana, tan prudente y cauta, pero ese día sí corría. tenía la cabeza en otro sitio. tenía ganas de verle. no me di cuenta. 

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no me di cuenta. tenía la cabeza en otro sitio. huir, escapar. no quería volver a mi país. 

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no la vi. cuando intenté frenar ya era demasiado tarde. 

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no lo vi. de nuevo los focos me deslumbraron y sólo pude ver algo borroso y oscuro acercándose a toda velocidad. paré en seco, cerré los ojos, me protegí la cara con los brazos y noté un terrible golpe en la cadera y otro de mi cráneo chocando contra el cemento. y después ya nada. 

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detuve el coche en medio de la carretera y salí temblando de frío y de pánico. el cuerpo de la chica yacía en la calzada, con las piernas separadas, los brazos extendidos y la cabeza ladeada. inerte. tenía el rostro ensangrentado, los ojos abiertos y una expresión de terror que no olvidaré jamás en la vida. no sabía qué hacer y me asusté. desde el coche todavía podía escuchar la música alegre que ahora sonaba discordante y me acordé de dragan, que seguía esperándome y se preguntaría por qué me estaba retrasando. me aparté de ella. primero poco a poco, sin hacer ruido ni apenas respirar y una vez dentro del coche, aceleré rápido, con la mirada clavada en el retrovisor. el cuerpo se convirtió en un bulto sin forma y un poco después en un minúsculo punto irreconocible. si conseguía calmarme un poco, si lograba acompasar la respiración, si dejaban de sudarme las manos y la frente, me repetía una y otra vez, todo saldría bien y dragan y yo volveríamos a estar juntos. en eso era en lo único en lo que debía pensar. y eso era lo único que debía importarme. 

5 comentarios:

  1. Pedazo de relato en el que una situación lleva a otra de forma tan lógica que no parece inverosímil en ningún momento. Aunque la protagonista se equivoque o no, puedes entender que haga lo que hace. Luego están los pequeños detalles que me suelen gustar y subrayo mentalmente como la virgen que mira mientras está por la faena, el cliente que dice que no es lo que parece antes de que veamos aparecer a la policía (sabemos que viene la poli por el punto de vista de la protagonista que la está chupando) y me gusta ese final en el que ella, con ese sentido de autodefensa que nos da la naturaleza, piensa en algo agradable y se engaña mientras está metida de lleno en un gran problema.

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  2. IMPRESIONANTE!!! BÁRBARO!!! De lo mejor que te he leído. Genial

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  3. Lo leí varias veces... impresionante, me dejas muda, lo sepas.

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  4. Increible... yo tampoco encuentro palabras, pero me ha gustado muchisimo. Vidas que se cruzan accidentalmente. Gracias.

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