06 febrero 2012

una fiesta. o algo.

no nos apetecía ir ni tampoco era uno de nuestros mejores amigos. de hecho hacía poco que lo habíamos conocido, pero teníamos dos horas antes del concierto y sabíamos que solía comprar buen material y sobre todo, compartirlo. bueno, en realidad, regalarlo porque boris, aparte de fumar canutos uno detrás de otro, hacía tiempo que había dejado todo lo demás. justo lo contrario que nosotros, que nos metíamos de todo en cantidades indecentes y nos levantábamos a las cuatro de la tarde sin recordar qué había sucedido la noche anterior. por este motivo fuimos a su fiesta de cumpleaños, para cargarnos bien en el menor tiempo posible. al fin y al cabo, pensamos, ¿qué son un par de horas comparadas con un par de gramos? 
hacía una tarde calurosa típica de mediados de agosto, de esas en las que al salir de casa ya se te ha pegado la ropa al cuerpo y sientes el sol quemando cada minúscula parte de la piel y se hace difícil respirar. ian y erik habían estado bebiendo toda la tarde y les costaba caminar en línea recta; el hecho de que no pararan de manosearse el uno al otro, no ayudaba en absoluto. casi tropezaron con una anciana que les dedicó un par de insultos, pero ellos ni se enteraron y siguieron a lo suyo. afortunadamente, yo había pasado la tarde durmiendo y al menos podía leer la dirección en el papelito que boris nos había dado dos días antes cuando nos aseguró que sería una fiesta salvaje. sabíamos de antemano que no lo sería. él no era del tipo de personas al que se le fueran de las manos los asuntos serios, y mucho menos los referidos a celebraciones. y además, estaba lo de la silla de ruedas… aunque se espabilaba asombrosamente bien. llevaba diez años postrado en la silla y para algunas tareas todavía necesitaba el doble de tiempo o simplemente, no podía hacerlas; como ese día que fuimos a la playa en agosto y ian y erik tuvieron que llevarlo en brazos hasta el agua unas siete veces y aunque pareció que a ninguno de los dos les importó en absoluto, ese verano y los siguientes, evitaron volver a la playa con él. boris además, conocedor de sus incapacidades y frustrado por no poder llevar una vida totalmente normal, podía ser bastante brusco a veces con exigencias y comentarios que no facilitaban la relación con los demás. poco a poco ian y erik se desentendieron de él y aunque yo seguía llamándole de vez en cuando, también es cierto que nuestros encuentros se fueron distanciando.
al llegar al portal les pedí que se comportaran. ian tenía poca paciencia y cuando iba borracho podía ser bastante grosero. me prometió que se comportaría si yo dejaba de tratar a boris como si fuera un enfermo terminal. erik intervino y dijo que nos relajáramos los dos y disfrutásemos de la jodida fiesta y en pillar la mejor mierda de nuestra vida. metidos en un ascensor minúsculo, aprovecharon para darse otro morreo y arreglarme el pelo, que como siempre, caía desordenado y se pegaba a mi cara sudada. boris nos esperaba en la puerta, sonriente, con una camiseta negra de tiras que dejaba ver sus musculados brazos. vivía en un piso pequeño pero bonito. había derribado algunas paredes para hacer los pasillos más amplios y había tenido que reformar el baño y la cocina para llegar a los armarios y a los fuegos, aunque raramente cocinaba y siempre tiraba de bocadillos, pizzas congeladas y cerveza. cuando pasamos al comedor nos dimos cuenta de que habíamos olvidado comprarle un regalo y que la sala estaba vacía. boris dijo que habíamos llegado muy temprano e inmediatamente sacó copas y hielo y nos preguntó qué queríamos beber. ian y erik continuaron con el vino, yo pedí vodka y boris me acompañó aunque virtió el doble en su vaso. erik inició una conversación superficial sobre lo bonito que le había quedado el color de pintura del comedor y luego pasaron a cómo iban los respectivos trabajo y luego al calor que hacía.
habían pasado cuarenta minutos, habíamos rellenado las copas dos veces y nadie más se había presentado a la fiesta. advertí que ian empezaba a impacientarse moviendo su pie rítmicamente y apagando los cigarrillos a la mitad. 
-boris, - preguntó cuando ya no pudo aguantarse más - ¿no tendrás nada para fumar, no? ¿o algo más? 
en realidad todos estábamos pensando en lo mismo, pero no me gustaron sus formas, ni su risa nerviosa. boris contestó que sólo le quedaba marihuana, pero que podría llamar a alguno de sus contactos por si nos apetecía algo más. antes de que ian dijera que sí, yo afirmé que no era necesario y tanto ian como erik me fulminaron con la mirada. boris apartó un par de sillas que había en medio de la sala y fue hacia su habitación. 
-¿por qué has dicho que no? ¿eres tonta o qué te pasa? !o saca algo o yo me largo! esta fiesta es una puta mierda y si erik sigue hablando de pinturas con él creo que incluso se me pasará la borrachera. 
-joder ian, ¿no puedes aguantar ni un par de horas? – repliqué – al menos tiene para fumar. algo es algo, ¿no? 
-¿maría? ¿nos vamos a colocar con un par de porros de mierda? !perfecto! te la puedes meter por el culo. no teníamos que haber venido, está claro. si al menos llegara algún otro puto invitado… 
-cariño, - dijo erik con seguridad burlona – vete mentalizando: aquí no aparecerá ni dios. seremos los únicos invitados de esta fiesta “salvaje”… espero que al menos tenga diez botellas más de vino. ¿a qué hora empieza el concierto? 
-¿vais a un concierto? – preguntó boris entrando en el salón con una cajita de madera en el regazo y con cara de sorpresa. 
-boris, cariño, tienes más vino, ¿no? 
sacamos dos botellas más y boris empezó a liar los porros. los hacía con una rapidez asombrosa y le quedaban casi perfectos, finos, alargados y muy, muy cargados. nos avisó que era maría de la buena, de la que pega fuerte, y nos dio uno a cada uno. ian y erik sonrieron y se acomodaron en el sofá. fuera había empezado a nublarse. eran nubarrones negros y pesados, de esos que anuncian una tormenta típica de verano, de las que descargan litros de agua en un minuto, desbordan los canales e inundan las alcantarillas y que, minutos después, se esfuman y dejan el cielo despejado y radiante de nuevo. por la puerta del balcón pasaba una brisa sofocante y molesta y una luz apagada y grisácea nos envolvió lentamente. la casa comenzó a llenarse de un humo denso y no tardamos en notar los primeros efectos del porro. habíamos dejado de hablar y cada uno divagaba en su propio universo. ian tenía los ojos cerrados y los brazos extendidos, erik apoyaba su cabeza rubia en el respaldo del sofá y yo tenía la mirada puesta en una esquina de la mesa y sentía los primeros escalofríos. 

no sé cómo sucedió. ninguno de nosotros se dio cuenta. no sé si había transcurrido un minuto o una hora, pero me desveló una voz familiar, unas risas, un bullicio lejano. abrí los ojos. me pesaba la cabeza y tenía la garganta seca y la boca pastosa. boris aparecía en la pantalla del televisor. tendría diecisiete o dieciocho años y estaba delante de una enorme tarta de cumpleaños, con las velas encendidas y algunos familiares y amigos a su alrededor. sonreía y se preparaba para soplar las velas. no le costó apagarlas y cuando terminó todos aplaudieron, cortaron el pastel y lo repartieron en platos de plástico con dibujos infantiles. descorcharon una botella de champán y la espuma se desparramó por el mantel blanco. habían paquetes envueltos con papel de regalo brillante y colorido y todos parecían divertirse. 

miré a ian y a erik. estaban tan absortos en la pantalla como yo. luego miré a boris. tenía el canuto en la mano, casi quemándole los dedos, imperturbable, con la espalda recta y un ligero temblor en los labios. 

el joven boris daba las gracias a todos por la fiesta y los regalos. besaba a su madre emocionada y le decía que ahora que ya era mayor de edad podría llegar a casa a la hora que quisiera. luego se levantaba, cogía su chaqueta y se dirigía hacia la calle con el resto de sus amigos, que se reían de sus andares de chico malo. la cámara le seguía hasta que se metía en un coche rojo, abría la ventanilla y lanzaba besos al aire. una voz desconocida les pidió que tuvieran cuidado, pero los chicos habían subido el volumen de la música y el ruego quedó ahogado con el sonido de una batería repetitiva y ensordecedora. finalmente, la cámara descendía y enfocaba el pavimento gris y la punta de zapato marrón de quien estaba grabando. 

había oscurecido y el aire seguía siendo asfixiante. me levanté del sofá. necesitaba salir al balcón y comprobar que fuera, en la calle, seguían existiendo vidas ajenas que no conocería jamás, pero boris se adelantó, cogió mi mano y me condujo hacia su falda. me senté encima de sus piernas flacas y endebles, con cuidado, temiendo dañar algo que hacía tiempo que estaba roto. la silla crujió y noté sus rodillas huesudas clavándose en mi muslo. un relámpago iluminó apenas unos segundos la habitación y después nos quedamos sólo con el opaco reflejo de la pantalla negra. con voz firme y serena, boris preguntó si nos apetecía tomar más vino, pero nadie contestó. 

1 comentario:

  1. Qué historias tan originales. Qué poco sé de loq ue me voy a encontrar cuando entro en este universo tuyo. Y qué bien mantienes el tipo aún aportando uno por semana (yo estoy vago y además plagio la realidad). Una vez más me gsuta ese detallismo que me hace ver la imagen, esos huesos que da miedo romper y que se le clavan a la protagonista, los cigarrillos tensos apagados a la mitad, la anciana que ve lo que no está hecho para sus ojos... Todo da ambiente y lo hace creíble. Saludos.

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