17 mayo 2011

Todos estaban vestidos de mujer, menos yo y un corpulento hombre de mediana edad, que llevaba un jersey terrible y hablaba animadamente con dos chicas de lo más exóticas. El jersey era naranja, con un gato rojo de dibujo animado que sonreía con todos sus dientes en la pechera. Parecía de diseño, y probablemente había costado más que mi traje. Confía en mí, decía el jersey, estoy hecho de lana. Mira, tengo sentido del humor, y no temo burlarme de mí mismo. La persona que me lleve no puede ser peligrosa.
A mi lado se sentó una chica corpulenta, con un vestido de terciopelo rojo, que posiblemente trabajaba durante el día de albañil. Su peluca era un casco de rizos castaños.

- ¿Es la primera vez que vienes?

Respondí que sí.

- Me acuerdo muy bien de mi primera noche.

Abrió el bolso y sacó un pequeño tubo. Desenroscó la tapa, extrajo un tampón húmedo y empezó a pasárselo sobre las uñas. El esmalte rosado comenzó a borrarse.

- Estaba aterrorizada. Pero había venido vestida de chica. - Levantó los ojos de su tarea y me dio una palmadita amistosa en la rodilla -. Cuando sientes que estás preparada, tienes que lanzarte. Ya sabes cómo es esto, las cosas nunca son tan terribles como una había pensado.
Le dije que sí, que yo también me había dado cuenta de eso.

- Pues ya lo ves. -Sonrió con dulzura-. Y espero que no te moleste que te lo diga, pero estarías mucho más guapa con un poco de maquillaje.

Le dije que me lo pensaría, y le pregunté por qué se quitaba el esmalte de las uñas.
- Mi mujer lo odia -respondió con un suspiro-. Dice que en una época tenía miedo de que me fuera con otra mujer, pero que jamás se le ocurrió que la otra mujer sería yo.


El cuarto oscuro, L. Welsh

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