14 julio 2010

imaginemos a dos individuos. llamémosles a y b. imaginemos que los dos tienen una buena relación y aquí cada uno puede definir “buena relación” como más le complazca. sigamos imaginando. a acaba de saber que tiene un problema de salud. no es muy grave pero tampoco se trata de un simple resfriado. no sabe si debería decírselo a b. b se preocuparía demasiado, empezaría a organizar y planificar, a dramatizar y lloriquear y a no quiere ni cambios ni dramas. a quiere que todo siga igual, pero con su nueva enfermedad. así que de momento, no dice nada y las vidas de a y b parecen seguir igual.
un dia a se desmaya en presencia de b. b se alarma. a dice que no es nada. pone la eterna excusa del trabajo y el cansancio. b sospecha y a pesar de su insistencia para que a vaya al médico, al final a consigue convencer a b para que deje de preocuparse por un simple desmayo. pero a no mejora. al contrario. apenas come, pierde peso, duerme poco y tose sangre. cada vez le cuesta más mantener todo en secreto y cuando b le pregunta qué es lo que ocurre, a no se ve con ánimos para seguir ocultando la verdad. b escucha sin interrumpir, calmadamente y piensa que no es justo que a haya tenido que pasar por todo esto sin su ayuda. cuando a ha terminado, b se levanta de la silla y se abrazan. así permanecen un buen rato hasta que b siente las mejillas húmedas de a.
y a se siente mejor.

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