23 abril 2010

viajes cotidianos

era una mujer tímida. se sonrojaba con asombrosa facilidad y a menudo repetía diálogos imaginarios con antelación para no quedar en rídiculo en conversaciones con los demás que, ya de por sí, evitaba a toda costa. reconocía que su retraimiento tenía más de inconveniente que de ventaja, y aunque era bien consciente de que se perdía mucho, demasiado, por su pánico al ridículo, había asumido que a su edad ya era tarde para cambiar ese lastre de personalidad; algunas personas eran optimistas, otras vengativas y ella era tímida, pero al menos no perjudicaba a nadie, aparte de a sí misma y en cualquier caso, tampoco había salvado muchas vidas, ni había ganado ningún premio nobel como para considerar su vida algo extraordinario. 
 ahora que había encontrado un trabajo en la otra punta de la ciudad, tenía otra dificultad añadida a su sigilosa vida: cuando cogía el autobús para ir o volver, era incapaz de solicitar su parada, y si nadie lo hacía por ella, sus viajes solían terminar una o dos paradas más allá de lo que le correspondía. no le molestaba demasiado. había contrariedades muchos peores que ésta y pensó que un poco de ejercicio diario tampoco le vendría mal, así que para asegurarse de no llegar tarde al trabajo, se levantaba más temprano y aunque por la noche llegara más cansada, al menos había conseguido pasar otro día más inadvertida.
un día salió tarde de su trabajo y en el autobús apenas había viajeros. la mayoría bajaron mucho antes, pero ella, absorta en un paisaje gris que veía cada día y sin embargo le agradaba, no se dio cuenta. el conductor, concentrado en la carretera, tampoco advirtió a la mujer y aunque lo hubiera hecho, hubiera pensado que vivía por la zona, a pesar de ser una área de naves industriales, prostitutas y bares de carretera. al llegar a la terminal, el hombre paró el autobús y al levantarse la vio sentada en un asiento de detrás, pálida, inquieta y avergonzada. se dirigió hacia ella. 
-final de trayecto, señora. ¿se encuentra usted bien? – preguntó al ver su palidez. 
ella afirmó con la cabeza con un movimiento casi invisible, recogió su abrigo, sus pequeños guantes de lana y su bolso lleno de tarjetas de autobus agotadas y se apresuró hacia la puerta. 
-gracias. – susurró al pasar por su lado y desapareció a paso vacilante, pero rápido. 
esa noche tardó casi una hora en llegar a su casa, tiritando de frío y con los tobillos hinchados, pero con una cohibida sonrisa en la cara. un par de días después, sucedió exactamente lo mismo, con la diferencia que esta vez ella no admiraba el paisaje, sino el perfil del conductor y cuando llegaron al final de la línea, no esperó a que él preguntara; no deseaba importunar pero se apeó del autobús con la misma sutil sonrisa que hacía unos pocos días. repitió la operación durante semanas. algunas veces terminaba el trayecto con otros pasajeros; en esas ocasiones llegaba a casa disgustada y sintiendo que la caminata de una hora no había valido la pena. otras, sin embargo, cuando coincidía que se quedaba a solas con él, miraba de reojo su espalda encorvada y se preguntaba si quizá, algún día, él volvería a preguntar si se encontraba bien. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario