26 abril 2010

mi sombra


mi abuela, que ahora tiene alzheimer y apenas se acuerda de quien soy, solía contarme cuando era pequeña, el dia que descubrí que yo también tenía una sombra pegada al cuerpo.

era un dia soleado y caluroso y estábamos las dos en una plaza dando de comer a las palomas. yo no tendría más de dos años, y estaba enfrascada en el proceso de observación de una paloma comiendo una miga de pan. no creo que fuera suficientemente valiente como para sostener la miga en mi propia mano y esperar que el pajarillo se subiese y comiese allí. ni tampoco imagino a mi abuela alentándome para hacerlo, así que imagino que más bien tiraba la comida sin orden ni concierto, feliz de ser la nueva madre teresa de calcuta en versión aviar.

supongo que sin previo aviso, como suelen hacer los crios, pasé del éxtasis más sublime al pánico más incontrolable al ver una forma alargada, oscura y de aspecto humanoide adherida a mis pies. tiré el resto de comida e inicié una carrera desorientada a ninguna parte. cuanto más corría yo, más corría mi sombra. y no sólo esto, tan pronto estaba delante de mi, como a mi derecha como se alargaba el doble de mi altura real. imposible deshacerse de ella.
detrás de mi y de mi sombra se incorporó mi pobre abuela que ya no estaba para carreras. una de esas ocasiones en las que a uno solo le puede venir una palabra en la cabeza: vergüenza. o bien una frase: tierra trágame.
-tú chillabas como una condenada y la gente me miraba como si te hubiera dado la bofetada más sonora y dolorosa de la historia.

cuando consiguió alcanzarme, se sentó en el suelo y sin apenas respiración me preguntó qué bicho me había picado. le señalé mi sombra y justo entonces vi que ella también tenía una. de hecho, el resto de la plaza estaba llena de sombras!
-¿tu sombra? ¿te has asustado de tu propia sombra? - se rió aliviada.

así me fue presentada.

luego me dio un beso, me quitó los mocos y me compró un helado.

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