23 febrero 2010

podrían dar una nota, una señal, un aviso, al menos; como la madre que, viendo jugar a su hijo al borde de una escalera, le advierte con la seguridad de quien sabe más y conoce mejor: “ten cuidado o vas a caerte”. probablemente termine sucediendo: el niño se caerá porque el juego es demasiado divertido como para pararse a pensar, sospesar las consecuencias y, disciplinado y obediente, volver a la silla. a salvo, achantado, aburrido. a mí también me hubiera gustado que alguien, una madre protectora, una ventisca helada, una bofetada en la mejilla, me hubiese avisado no sólo de la caída, sino también del prolongado dolor por la herida abierta. del hormigueo de la costra seca y tirante que deseas arrancar con las uñas aunque vuelva a sangrar. de una nueva cicatriz mal desinfectada, invisible en la piel, imborrable en la memoria. y del abismal hueco que vino después de ese día que pensé, ilusionada y crédula, que tal vez serías un jugador honesto.

al final, una partida sorda y ciega, tu victorioso triunfo y mi profetizada derrota. otra losa de mármol negra, pesada y abrumadora, como la nada.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario