06 julio 2015

no se portó bien

-marina parece buena persona –dice mi madre en la cocina. le sirvo más agua, aunque puede que le viniera mejor cualquier otra bebida, más fuerte, con más graduación, algo que la deje amodorrada en la cama unas horas, pero ella me ha dicho que no dos veces. asegura estar bien y prefiere agua. puede que tema la mezcla del alcohol con las pastillas que he visto en su mesilla de noche cuando fui a guardar su jersey y de las que no me ha hablado en ningún momento. también podría ser que con el revuelo que hay en casa se haya despistado. hay otros temas más importantes y nadie podría culparla por tomar pastillas en esta situación. también el médico me las quiso recetar a mí a pesar de mi insistencia en asegurar, como mi madre cuando le doy el vaso de agua, que me encontraba bien. 
-no he hablado mucho con ella, la verdad –contesto yo, un tanto seco. no es la respuesta que ella quisiera escuchar. no hoy. hoy tendría que estar todo en orden. todos tendríamos que llevarnos bien, saludar a los parientes lejanos, ofrecerles más bebida y comida y, una vez solos, quedarnos un rato en el salón, viendo cómo anochece, sin hablar mucho, lo justo, de temas banales como que la prima olivia está cada vez más gorda o el tío rafael ha bebido más de la cuenta. luego prepararíamos una cena ligera aunque a ninguno de los cuatro nos apetezca comer y, finalmente, más temprano que tarde, acompañaríamos a nuestra madre a la cama y le susurraríamos al oído las cosas que se suelen susurrar en estos casos. eso de que estamos aquí para lo que necesite y que no debe preocuparse por nada. sin embargo yo le contesto que no he hablado mucho con marina, indicando explícitamente, y así espero que lo entienda mi madre, a pesar de ser consciente de que hoy no es el día, que no voy a afirmar, así, sin más, que me parece una buena persona. 
-pues deberías –dice ella, dando por finalizado el tema y tragando un sorbo del vaso de agua. luego vuelve al salón, aunque sólo es capaz de dar una decena de pasos hasta el pasillo. marina consigue abrazarla antes de que se caiga al suelo sin hacer casi ruido. mis primas y tíos, los primeros en darse cuenta, se arremolinan alrededor de las dos mujeres que parecen estar bailando un vals y la vecina de delante grita que se aparten todos, que dejen espacio para que mi madre pueda respirar y que le lleven una silla para poder sentarla. mi hermano y yo corremos a ayudar a marina que, tambaleándose, apenas es capaz de soportar el poco peso de mi madre. yo llego antes y sujeto a marina por la cintura. mi hermano, a escasos pasos, se queda parado unos instantes sin saber qué hacer. termina por dejar que sea yo quien dirija la operación y obedece cuando le digo que vaya a por agua. poco a poco mi madre recupera su color y consigue murmurar que está bien, que no ha sido nada, una bajada de presión sin importancia. los invitados aprovechan para decidir que es mejor dejarla reposar e irse a sus casas. al fin y al cabo las bandejas de comida están vacías y hay un partido de fútbol que empieza en una hora. 
-le conviene descansar –aconsejan los más expertos, ya en la puerta, dándome un abrazo, una palmadita en la espalda o un beso en la mejilla. 
-es una suerte que estéis todos con ella. en momentos así la familia es lo que cuenta. es lo más importante de todo –dicen otros y miran hacia el interior de la casa donde se supone que está lo que queda de mi familia. yo asiento, digo que sí cuando hay que decir que sí y no cuando esperan un no, devuelvo los abrazos, las palmaditas y repito una veintena de veces que muchas gracias por venir y por las flores. cuando cierro la puerta por última vez veo a marina y a mi madre sentadas en el sofá, en silencio, cogidas de la mano. mi hermano ha empezado a recoger los vasos y las bandejas que lleva a la cocina a paso rápido, como si después de terminar esta tarea tuviera una larga lista de otras tareas domésticas por hacer. puedo adivinar, sólo con mirarle de reojo, que está nervioso y deseando salir de esta casa. puedo adivinar también que cuando termine de amontonar bandejas en la cocina, mal puestas, una encima de la otra, a punto de caerse, sin saber dónde guardamos los vasos ni donde está el lavavajillas, cogerá su chaqueta y nos dirá que sale a tomar algo. pienso si marina lo acompañará y si mi madre, justo en ese momento, rememorará las disputas entre mi padre y él cada vez que éste anunciaba que salía a tomar algo con sus amigos. me siento al lado de las dos mujeres y le pregunto a mi madre cómo está y si necesita algo. 
-estoy bien. lo que necesitaría es que dejarais de preocuparos –dice lo suficientemente alto como para que mi hermano, aún en la cocina, escuche su ruego. 
-en ese caso –salta él desde la habitación de al lado, dándose por enterado y no desaprovechando la ocasión que buscaba- no te importará si marina y yo salimos un rato para que nos dé el aire. 
-no, claro que no me importa. 
-yo prefiero quedarme –dice marina. 
-no mujer, sal un rato. has estado todo el día encerrada, primero en la iglesia, luego aquí. te vendrá bien distraerte y así ves la ciudad donde nació y creció miguel. 
-prefiero quedarme –repite marina- en serio. no me apetece salir. 
-ya ves qué poco interés tiene, mamá, en saber de dónde salí –dice mi hermano con un trapo húmedo que cuelga de su hombro y que me pregunto si sabe para qué usarlo 
-¿te apetece a ti? 
-no creo que sea buena idea dejar aquí a solas a mamá y a… pero mi madre no deja que termine la frase. 
-por el amor de dios, ya está bien. soy viuda pero no una inválida. además, así aprovecharé para conocer un poco a marina y saber qué vio en ti. 
marina sonríe, mi madre también y miguel me mira esperando mi respuesta.
salimos diez minutos después. mi hermano enciende un cigarrillo antes de salir del portal y me ofrece uno. niego con la cabeza. me dice que hago bien, que él quiere dejarlo y que de hecho lo intentó un par de veces antes de conocer a marina, pero que por un tema u otro siempre acaba recayendo. los nervios y el estrés, se justifica sin mucha convicción, como si fuera a juzgarlo o a recriminarle su poca falta de voluntad. pero no digo nada. me limito a asentir, sonreír, decir sí o no cuando él espera que yo diga sí o no. él va de un tema a otro, todos ellos sin demasiada importancia para mí, aunque me pregunto si a estas alturas, después de tanto tiempo sin saber de él, hay algún tema que me interese. me informa que se cambió el coche y que cuando vuelvan a casa le pedirá a marina que se mude con él. un año y medio juntos, ya va siendo hora de sentar la cabeza, dice. la conoció a través de un amigo en común y para esos entonces ella estaba casada con un comercial que se pasaba el tiempo viajando. puedo imaginarme el resto de la historia y él tampoco se aventura en contarme nada más, no sé si por pudor, por ser algo entre marina y él, o porque se da cuenta de que no me importa en absoluto. tal vez por eso me invita a entrar al primer bar que encontramos. es preferible beber que hablar. en esto estoy seguro que coincidimos los dos. pedimos dos cervezas y nos sentamos en la barra, en silencio. pasa apenas un minuto hasta que él saca su paquete de cigarros, extrae uno y dice que vuelve enseguida. me da una palmadita en el hombro antes de levantarse del taburete e imagino que apenas le da cuatro caladas porque vuelve rápido y cuando se sienta, como si la nicotina le hubiera dado el valor suficiente, se atreve a preguntar: 
-bueno, y tú qué. no me has contado nada de tu vida. ¿cómo va todo? 
ha envejecido mal. es cuatro años mayor y sin embargo parece que tenga diez más. tiene entradas y más canas que el pelo negro que solía lucir, la piel demasiado quemada por el sol y cuando sonríe, como ahora, esperando mi respuesta, deja ver sus dientes torcidos y amarillentos, probablemente de tanto fumar. él espera y yo lo miro sin decir nada. él se cansa de esperar y mira su botella de cerveza. la coge con sus grandes manos, las mismas que podrían romperme la nariz si él quisiera, y la hace girar un par de veces, sorbe y la vuelve a dejar en la barra. luego tose, sólo para que su pregunta no quede sin contestar. 
-toda va bien. tengo un buen trabajo y un buen coche –digo. 
él se ríe estrepitosamente. se echa hacia atrás y casi se cae del taburete. 
-muy bueno, sí señor. así que mi hermanito pequeño tiene un buen trabajo y un buen coche, ¿eh? bueno, eso está bien. muy pero que muy bien. quien lo iba a decir, ¿eh? un coche y un trabajo. 
se está burlando. sé que se está burlando y que podría seguir así un buen rato más. algunos clientes nos miran. yo bajo un poco la cabeza. él decide callarse y no pregunta nada más ni yo tampoco. bebemos sin mediar palabra, despacio. él pide otra ronda cuando terminamos la primera y yo una tercera. después digo que deberíamos volver. en otros tiempos se hubiera asegurado de hacer saber a los demás clientes que su hermano es un aguafiestas que siempre le jode los planes y la diversión, hubiera pedido dos rondas más para luego ir a otro bar, sin mí, pero hoy contesta que sí, que mejor será volver a casa. insiste en pagar. vuelve a hacer alusión a su hermanito pequeño cuando deja un billete de cincuenta en la barra y me dice que me espera fuera, fumando. yo recojo el cambio que me guardo en el bolsillo del pantalón, voy al baño y me miro al espejo. tengo ojeras y siento que necesito dormir diez horas seguidas para recomponerme de las últimas noches en el hospital, pero que tampoco esta noche voy a poder descansar lo suficiente. 

-¿cuántos años tenía? –pregunta miguel antes de llegar a casa. 
-¿quién? 
-papá. 
pienso que muy pocas veces lo había llamado papá. tenía un gran repertorio de motes y apodos, pero casi nunca papá. y casi nunca agradables. 
-sesenta y nueve. 
-¿sufrió mucho? 
-los médicos dijeron que no, que no se dio cuenta de nada. 
-eso es lo que dicen siempre. nunca sufren. casi dan ganas de morirse. 
yo no digo nada. él enciende el último cigarrillo antes de entrar en casa y, negando con la cabeza, repite: 
-sesenta y nueve años… vaya con el viejo. 

marina se levanta del sofá al vernos y nos saluda. paso por su lado y puedo oler el mismo perfume que usa mi madre para ocasiones especiales como bodas y funerales. imagino que habrá estado abrazándola durante un buen rato y se le habrá pegado el olor o bien que habrá husmeado en el baño y el resto de habitaciones mientras ella dormía y nosotros estábamos fuera. puede incluso que haya entrado en mi habitación y se haya parado a ver los posters descoloridos que aún cuelgan en la pared. ella besa a miguel, lo coge de la mano y lo conduce hacia el sofá. le acaricia el pelo y le pregunta cómo está. él no contesta, pero pregunta por nuestra madre. 
-está durmiendo ya. estaba cansada. tomó una pastilla antes de meterse en la cama. no cenó nada –dice, y me mira esperando, tal vez, mi aprobación. yo sonrío aunque me quedo callado delante de los dos, sin saber si debo sentarme con ellos, si quieren hablar de lo que va a pasar a partir de ahora, si es que se han parado a pensarlo en algún momento, o bien si debo dejarlos solos. tampoco ellos parecen saber cómo actuar. 
-bueno, -dice finalmente mi hermano- yo no sé vosotros, pero ha sido un día larguísimo y estoy agotado. me voy a dormir. ¿nos veremos mañana? 
-claro. me gustaría despedirme de vosotros –respondo sin mucha convicción. 
-y nosotros de ti -dice marina. 
-nos levantaremos pronto. queremos marcharnos temprano –avisa mi hermano. 
-claro, sin problema. yo tampoco creo que vaya a poder dormir mucho–digo, imaginando que nuestros motivos para dormir poco van a ser muy distintos.
los dos suben a la antigua habitación de miguel, justo al lado de la mía porque en algún momento a mis padres les pareció que teniendo las habitaciones contiguas íbamos a pasar más tiempo juntos jugando. puede que no pensaran que en vez de jugar prefiriéramos pelear. oigo como los dos cuchichean en la escalera, marina ahoga su risa y manda a callar a mi hermano, que se ríe con menos disimulo. luego cierran la puerta y sólo se escucha el tráfico, lejano y escaso, típico de un vecindario tranquilo y residencial. me quito los zapatos y me tumbo en el sofá. contemplo las sombras alargadas del salón y pienso en el tiempo que tardará mi madre en recuperarse, en acostumbrarse a estar sola en esta casa, ahora más grande aún de lo que era hace una semana. pienso que tendré que hablar con ella, más adelante, sobre la posibilidad de venderla, de tirar cosas y empaquetar otras y mudarse a un piso más pequeño, en el centro. un sitio sin escaleras ni bañera ni recuerdos. también pienso en mi hermano, ahora abrazado a marina en una cama individual de colchón viejo y gastado, esperando que marina le diga que sí, que se va a vivir con él cuando éste le pregunte y celebrándolo en algún restaurante de esa ciudad donde viven y a la que no me ha invitado nunca. 
me quedo adormilado entre un pensamiento y otro sin haber resuelto nada. no sé cuantos minutos o horas han transcurrido cuando me despierta la luz de la cocina. pienso en mi madre y me apresuro hacia allí pero no es ella sino marina que bebe un vaso de agua. está despeinada y lleva una camiseta grande que le llega hasta las rodillas. imagino que la habrá rescatado del armario de miguel, de cuando todavía usaba este tipo de prendas, grandes y oscuras y con extraños nombres de música que sólo escuchaba él y sus desconocidos amigos. 
-perdona, pensaba que eras mamá –digo fijándome en las uñas de sus pies, pintadas de rojo y redondeadas. 
-lo siento. ¿te he despertado? no sabía que estabas aquí abajo todavía. de saberlo hubiera tenido más cuidado. 
-no pasa nada. estaba tumbado en el sofá. no podía dormir. 
-es normal. miguel tampoco puede. ¿quieres agua? 
digo que sí. ella continúa: 
-siento mucho lo de tu… lo de vuestro padre. no lo conocí, pero a veces miguel hablaba de él. 
me sorprende escuchar esto y le preguntaría qué le ha contado exactamente mi hermano sobre papá, si alguna vez le dedico algún comentario medianamente bueno, pero ella sigue hablando y prefiero no interrumpirla ahora. 
-de ti me habla mucho. 
-¿de mí? 
-sí, de ti. 
-vaya… 
-no se portó bien contigo y lo sabe. 
-bueno, de eso hace ya mucho tiempo. 
-él sigue acordándose. 
ella calla y yo bebo más agua. 
-bueno... creo que voy a subir, ya. mañana nos toca madrugar. 
tiene los ojos grises, los hombros caídos y a través de la camiseta se le adivina un poco de tripa que sobresale. 
-¿vais a tener un hijo? –le pregunto sin pensar. ella baja la mirada hasta la tripa abultada y coloca sus manos sobre ella. 
-no, que yo sepa. 
intenta sonreír. 
-lo siento –digo al tiempo que siento que me estoy ruborizando -qué torpe soy. lo siento de verdad. no quería ofenderte. 
marina sigue sonriendo y niega con la cabeza, dando a entender que no pasa nada, que puede incluso que sea culpa suya por haberse descuidado un poco en los últimos meses. luego se da la vuelta y abre un par de armarios buscando algo, no sé si para mí o para ella. yo me acerco hasta el punto de volver a oler el perfume suave de mi madre en ella. la rodeo con mis brazos y reposo mis manos en su tripa, imitando su posición de hace unos segundos. su cuerpo se tensa, pero no se mueve ni tampoco dice nada. decido avanzar un poco más y beso su nuca, su cuello y sus hombros y presiono más fuerte su cuerpo contra el mío. es entonces cuando empieza a moverse, primero suavemente, luego forcejea y dice que no, que la suelte, que pare, pero yo no oigo nada, no comprendo sus quejas, la aprisiono entre mi cuerpo y los muebles de la cocina y mis manos se deslizan hacia sus pechos. ella cocea inútilmente y lloriquea hasta que logra bajar su cabeza hasta mi brazo y morderlo con fuerza. gritaría, pero eso despertaría a todos. suelto mis brazos de su cuerpo, la dejo ir y doy un paso hacia atrás. me miro el brazo, con la marca ensangrentada de sus dientes en la piel. ella aprovecha para apartarse con rapidez, se estira la camiseta hacia abajo y se aparta el pelo de la cara. me mira un solo instante con una mezcla de terror, incredulidad y asco. pienso que va a decir algo, que me insultará o me dará una bofetada, pero no hace nada de esto. sólo respira agitadamente y me mira hasta que se da la vuelta y sube corriendo las escaleras de dos en dos y la pierdo de vista. mientras intento recuperar un ritmo de respiración pausado observo que también tengo un arañazo largo y fino en el otro brazo. abro el grifo, coloco mi cara debajo y dejo que el agua helada me tranquilice. en mi cabeza repito una y otra vez, como un eco, la frase que ella ha pronunciando hace apenas unos instantes, cuando todo lo que sabía de mi era a través de miguel: “no se portó bien contigo y lo sabe”. 

me despierto muy tarde, a pesar de que antes de acostarme puse el despertador que he terminado por ignorar un par de veces esta mañana. estoy empapado en sudor, la almohada está en el suelo y las sábanas arrugadas a mis pies, pero por fin me siento descansado, como si hubiera estado durmiendo muchos días seguidos en medio de unas placenteras vacaciones. mi estómago ruge de hambre y pienso en que llevo unos días sin casi comer y en que voy a prepararme un desayuno abundante. inmediatamente después me viene a la cabeza el episodio de hace unas horas en la cocina con marina y me levanto deprisa, sobresaltado, con el corazón disparado y el temor de que alguien más se haya enterado. me mareo al levantarme y debo apoyarme a la pared unos segundos para evitar caerme al suelo. cuando consigo fijar la vista avanzo unos pasos, abro la puerta de mi habitación y voy hacia el pasillo. estoy atontado y me cuesta identificar los sonidos que vienen de la planta de abajo. primero pienso en un niño pequeño o en un gato perdido maullando por la casa, pero no, los gemidos son de un adulto. entro rápido en la habitación y me pongo los pantalones que llevaba en el funeral. quisiera que se me ocurriera alguna idea sobre qué debería hacer o qué ocurrirá cuando baje, pero lo único que hago es ponerme más nervioso y termino tropezando con la silla del escritorio. maldigo la puñetera silla y el resto de mobiliario de la casa hasta que salgo de nuevo al pasillo. bajo las escaleras deprisa, de dos en dos. me cuesta poco vislumbrar a mi madre, en un rincón, de pie, al lado de la ventana que da a la calle. 
-buenos días –le digo. ella se gira hacia mí, sonríe y se seca rápidamente las lágrimas. 
-¿has dormido bien? –pregunta. 
-¿y tú? 
contesta que sí, aunque imagino que es mentira y que sólo lo dice para tranquilizarme. me acerco a ella y la abrazo hasta que siento la humedad de sus lágrimas en mi pecho. sé que por mucho que la consuele su pena no va a desaparecer y sin embargo le susurro que está bien y que pronto estará mucho mejor. ella asiente con la cabeza aún escondida entre mis brazos. 
-¿te apetece comer algo? 
le digo que sí y vamos los dos a la cocina, ella delante, a paso lento, casi titubeante, como si hubiera olvidado dónde está cada habitación en la casa. sé que es imposible, que en una noche no ha cambiado nada, pero la veo más pequeña, encorvada y encogida y pienso que voy a tener que quedarme un par o tres de días más ya que una visita por la tarde, al salir del trabajo, ni que sea cada día, no va a ser suficiente. 
en la pila del fregadero veo dos tazas sucias con restos de café. marina y miguel han desayunado antes e intentando escoger bien las palabras para que suenen casuales le pregunto a mi madre si han salido. evito usar sus nombres. evito rememorar sus caras y sus gestos. 
-se han marchado –responde ella. sus ojos vuelven a humedecerse pero esta vez no se esconde cuando la primera lágrima resbala por su mejilla. 
-¿no van a volver? –me atrevo a preguntar de nuevo, pero ahora fijo la mirada en las dos tazas para no tener que verla llorar. 
-ni tan siquiera pude despedirme de ellos –gime ella. no soy capaz de abrazarla ni mucho menos consolarla. me limito a ir hacia la mesa, apartar una de las sillas ruidosamente y dejarme caer, aliviado y hambriento. 
-bueno… - es lo único que digo, en forma de susurro. un “bueno” alargando las vocales, agradecido, tajante, como un punto y final a los días de hospital, a la espera, a saber el diagnóstico, a la llamada a mi hermano para avisarle de la gravedad del asunto, el encuentro seco e incómodo, después de tantos años, a la presentación escueta de marina en la iglesia, a su mirada aterrorizada y a su marcha, por no llamarlo huida, precipitada de esta mañana. 
aparto otra silla para que mi madre se siente a mi lado. ella obedece sin dejar de llorar. pongo mi mano encima de su hombro huesudo. es lo único que me atrevo a hacer. poco a pocos sus sollozos son cada vez más pausados y pienso que deberíamos salir a dar un paseo o a comer algo juntos en algún lugar tranquilo. me digo que cuando se calme se lo propondré y ella dirá que sí. mientras tanto pienso en los dos, en marina y miguel, en su coche, de camino a casa, a toda velocidad, callados y tensos. o tal vez todo lo contrario. me pregunto qué le habrá contado ella a él. qué habrá estado pensando toda la noche para conseguir que mi hermano haya decidido largarse y no haya venido a mi habitación de madrugada a partirme las piernas. me pregunto si habrá tenido que rogarle y si lo ocurrido anoche va a cambiar algo en sus planes para vivir juntos. y sin sorprenderme en absoluto ante mi reacción pienso que me da exactamente igual marina y miguel, lo que hagan, lo que se hayan dicho, la mentira que se irá haciendo grande y con la que tendrán que vivir los dos a partir de ahora. y puede incluso que mientras esté fantaseando con sus futuras disputas, silencios o portazos y lloros tenga una sonrisa discreta en mi cara, la primera en muchos días, aquí, en la cocina, donde empezó todo, al lado de mi madre que, con las mejillas húmedas y los párpados hinchados, me mira atenta e intenta también sonreír.

4 comentarios:

  1. Precisamente escuchaba ayer a un escritor hablar sobre lo inagotable que es el tema de la familia en la literatura. Que resume a la humanidad entera. Sus secretos, sus miserias, sus bondades, lo que quieras. Todo puede salir de una historia con una familia. Y este relato tiene ese secreto o secretos. A saber cómo de mal se portó el hermano mayor con el peque. Y a saber qué ha pasado para que la pareja salga así. Y qué maravillosa sonrisa malvada la del pequeño... Maravilloso, hilia, porque nunca caes en lo cursi.

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  2. Curioso, hasta la escena del bar he dado por sentado que el narrador era ella, no él. Inmediatamente, al leer hermanito pequeño, el protagonista ha rejuvenecido como unos 10 años y cambiado el estilo de ropa a algo más rockero. El semblante sereno y actitud solitaria han seguido siendo iguales, así como el tono de voz que resonaba en mi mente.
    Rompes con los prejuicios adquiridos en la lectura. Al menos con los míos en este caso.
    Pobre madre... pobre familia.

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  3. Me ha pasado lo mismo que ha Cobacho pensaba que era ella la que lo estaba narrando

    Eres versátil y haces que cada narración se convierta en un derroche de originalidad e imaginación sin límite. Eres la mejor Hilia, ojalá algún día te sea recompensado tanto que nos das a los que tenemos la suerte de saberte y leerte.

    Petó

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  4. Me queda ese regusto de sabor a venganza...
    y esa puerta abierta a poder imaginar muchísimas más cosas. Me gusta mucho...no sé cómo explicarlo...el tono como está escrito...al principio casi sin energía y poco a poco se va intensificando. Parecería como si nada hubiera de suceder...y el final, para mi, es como el estallido de todo ese secretismo y de todo ese ambiente extraño y triste.
    Me encantó!

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