24 marzo 2013

-diga treinta y tres – dice el doctor mientras la ausculta. 
-treinta y tres. 
-repita otra vez, por favor. 
-treinta y tres. 
-y otra. 
-treinta y tres. 
-bien, esto está perfecto. puede usted vestirse. 
ella se pone de pie, coge la blusa blanca que había dejado en el respaldo de la silla y la abrocha con rapidez. el doctor la espera, sentado en su escritorio, anotando algo en su historial médico. cuando ha terminado levanta la vista y sonríe. 
-bueno, pues no debe preocuparse de nada – asegura, con voz firme y segura. 
ella se muerde el labio y mira al suelo. no quiere parecer una entendida delante de un profesional, pero sabe que lo que acaba de decir el hombre de bata blanca no es cierto. 
-pero yo no me siento bien – quisiera decir. 
él le da una copia de los análisis y mira impaciente la puerta. una decena de pacientes esperan todavía su turno. ella agradece la visita, dobla los papeles sin tan siquiera mirarlos y los guarda en su bolso. 

de lunes a viernes despierta todas las mañanas con una melodía diferente que escupe su pequeño despertador cuando el día todavía es noche. notas al azar, conocidas o extrañas, de cuando era una niña o recién estrenadas, lentas o estridentes. siempre con el mismo resultado: cinco minutos más, por favor. abrir los ojos resulta difícil últimamente, mucho más salir de la cama, poner los pies en el suelo helado, atreverse a dar un primer paso que no va a conducir a ninguna parte. abre el grifo y espera a que el agua salga caliente. rellena una taza y espera a que el café se enfríe. se viste con ropa que compró hace años y que todavía le sirve y se abriga antes de salir a la calle. camina rápido, con la cabeza escondida entre sus hombros, la manos en los bolsillos y tiembla como una hoja hasta que se mete en la boca del metro. 

-¿qué te ha dicho el médico? – le pregunta su compañera a media tarde. 
-que estoy bien. 
-¿lo ves? ya te lo dije yo. imaginaciones tuyas. 
ella vuelve a la pantalla. hay casillas y gráficos y números que no entiende. teclea durante horas con palabras que ha usado toda la vida y que sin embargo no sabría escribir en un papel. de vez en cuando levanta la cabeza y mira por la ventana que tiene a su derecha. desde allí ve la azotea de los edificios vecinos y un poco de cielo. una vez a la semana, una mujer sale a regar las plantas de su balcón y ella no puede evitar mirarla embobada. las riega de forma mecánica y con prisas. el agua inunda las flores, se sale de los tiestos y resbala por la cerámica hasta la calle. a esas horas, sin embargo, metida en su pecera, algo tan trivial le parece especial y hermoso. cuando la mujer entra de nuevo a su casa, con las misma prisas, ella vuelve a teclear. es ahí cuando le duele. 
-hoy es el cumpleaños de r. – continúa hablando su compañera al otro lado de la mesa. 
-ah. 
-¿vas a venir? 
-no lo creo. tengo que… 
en realidad no tiene que hacer nada, pero inventa una excusa poco creíble y vuelve a mirar el trozo de cielo que cada vez es más oscuro. -vente mujer, nos lo pasaremos bien y nos reiremos un rato. su excusa no ha servido de nada, piensa. es como si hablara con un muro. es más fácil decir que sí. dejarse llevar. seguir la corriente. al fin y al cabo, se dice, van a reírse un rato. pero ella no se ríe. no se ríe en absoluto. no se ríe ni cuando ha bebido más de la cuenta. ni cuando le recuerdan esa anécdota que ha escuchado una veintena de veces. ni cuando uno de los compañeros, bebido y sobón, le sugiere continuar la fiesta en su casa. no se ríe ni cuando por fin, después de dos horas eternas, logra escabullirse y salir a la calle y respirar el aire gélido y andar hacia, supone, su propia casa. y ahí también le duele. un poco menos, quizá, pero duele. 

llega cansada. es más tarde de lo habitual. el ascensor tarda en aparecer y una vez dentro apoya su espalda en el cristal ahumado. si se diera la vuelta vería la cara de alguien sano y que no sabe reír. sonríe. eso sí sabe hacerlo. lo aprendió un día que no tuvo más remedio que alegrarse por algo que ya ni recuerda. ahora lo usa en situaciones similares y parece ser que funciona. nadie ha reparado aún en que no es una sonrisa. es sólo una mueca. tiene muchas otras. abre la puerta. la casa huele a ella, una mezcla de perfume regalado en las pasadas navidades y vacío. enciende todas las luces y también la televisión. un señor le grita a otro mientras un tercero les insta a los dos a que hablen de uno en uno porque no se les entiende. ella decide ponerles a los tres en silencio y durante un segundo, enmudecidos, se cree un poco un dios severo y castigador. su tripa ruge. hace más de ocho horas que no ha comido nada, pero es demasiado tarde para preparar una cena decente, de esas que recomiendan los médicos expertos. opta por dos yogures y un caramelo de menta para la tos. 
en el baño se quita las horquillas del pelo y se lava los dientes. no detecta ninguna nueva arruga, pero tampoco se ve más guapa que cualquier otro día. se desnuda rápido, dejando la ropa tirada por el suelo, coge una camiseta grande que le hace de pijama y se mete en la cama. las sábanas todavía heladas le producen escalofríos. se encoje y, hecha un ovillo, cierra los ojos, los abre, los cierra y los vuelve a abrir. imposible distinguir una visión de la otra y ve otra señal. ella, que jamás había creído en las señales y ahora las busca en todas partes y se asusta cuando las interpreta a su gusto y deseo. no, déjate de señales. lo importante es no contar las horas que faltan para levantarse otra vez. y una punzada en el costado. y los cierra de nuevo. 
a medida que las ropas van calentándose con el calorcillo tibio de su propio cuerpo, se relaja y se estira. con lentitud y sin otra intención que entretenerse hasta coger el sueño desliza su dedo hasta el vientre y dibuja formas serpenteantes y estrambóticas. con más lentitud aún, llega hasta su coño y juguetea con los pelos que están creciendo después de rasurarlos ya no recuerda para quién. crece un cosquilleo y una urgencia que no tarda en satisfacer. con un dedo, con movimientos circulares, con dos, con una fricción rítmica que conoce bien. se corre rápido, en silencio, con el cuerpo retorcido y la cara aplastada en la almohada. cuando remiten los temblores retira los dedos y se los lleva a la boca. justo antes de quedarse dormida en medio de la cama, con un hilillo de voz y muy despacio, susurra para sí misma: “treinta y tres”. 

5 comentarios:

  1. Espera, que lo acabo de releer una vez más.

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  2. Que a esa mujer le duele algo son sólo imaginaciones de la escritora. El médico tiene razón, se encuentra perfectamente. Y es mucho más feliz de lo que su autora quiere concederle.

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  3. Pues para mí que lo que le duele es la soledad o el deseo de estar con por ejemplo ese médico del 33. La frase de los pelos que no recuerda para quién se rasuró dice y resume mucho. Me encanta como arrastras a tu personaje por toda la historia y puedes sentir esa falta de ganas de vivir. Y cómo le resbalan los buenos consejos y las sugerencias de todo el mundo. Otro pedazo de vida verosímil creado por ti. Saludos.

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  4. Lo que ella tiene no es precisamente algo que un médico pueda solucionar. El dolor no siempre es una situación física; a veces simplemente vives y hay algo que no está bien. Tú estás bien, pero está esa sensación. Vacío, quizás. De algo, lo que sea.
    Y 33 puede ser perfectamente el número de veces que al día pienses en ello.

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  5. Buahhh... apoteósico, qué final més collonut, de verdad Hilia, aún sigo sonriendo...

    Esta claro que es un drama, total y absoluto, la historia de una soledad brutal, narrada con todo tipo de detalles donde se mastica, esa depresión, esa dejadez, es que no quiero decir más, porque es tan obvio, que sobra, tú lo has descrito con brillantez, como siempre, pero de verdad, el final... es que es cojonudo, en realidad, más que el final, la tremenda ironía de esa última línea.

    Mis besos preciosa

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