19 marzo 2013

un juego

la ventana de mi habitación da a un patio interior. no es un patio muy grande, tiene un par de columpios y un tobogán para los niños, una fuente que hace años dejó de funcionar y está rodeado de árboles de hoja caduca y bancos con nombres y corazones grabados en la madera. por la mañana está prácticamente desierto. al estar cercado de edificios altos no da mucho el sol y no es un lugar donde apetezca bajar a leer o a jugar, sobre todo en invierno donde además las corrientes de viento soplan por los cuatro costados. por la tarde sin embargo, a partir de las cinco, coincidiendo con el fin del día escolar, a los niños se les permite bajar y corretear un rato. el alboroto resuena entre las paredes de los pisos y durante una horas es imposible realizar cualquier tarea que requiera un mínimo de concentración. madres y abuelos, un poco más apartados, intercambian consejos y opiniones mientras de reojo vigilan a sus hijos y nietos para que no se rompan la cabeza, algo que pasó no hace mucho. por suerte sólo fue un susto y ahora el chiquillo que se cayó luce orgulloso una pequeña cicatriz en la frente que enseña a cada nuevo amigo que hace. 
a partir de las ocho, un poco más tarde si es verano y el tiempo acompaña, aparecen los chavales que aguantan la tos tras encender el primer cigarro, comen pipas y simulan ser adultos. son un grupo de siete u ocho. algunas veces pueden llegar a ser doce, según estén o no en época de exámenes. deben rondar los catorce o quince años. es difícil precisar su edad en esta época. algunos, los más desarrollados o los que han empezado a entrenar en su habitación, parece que tengan diecisiete, mientras que los más aniñados parece que apenas tengan diez. está blas, por ejemplo, el vecino de arriba. él sé seguro que ya cumplió los dieciséis. lo sé porque su madre no para de hablarme de él cada vez que nos encontramos en el ascensor. dice que es un tesoro, muy buen estudiante y que siempre la ayuda a recoger la mesa después de comer, aunque un día yo lo vi pegándole una paliza a otro muchacho que no le llegaba ni a la cintura. blas nunca me saluda. cuando nos cruzamos en la portería, él baja la cabeza y sube los seis pisos andando. también hay algunas chicas. la mayoría de veces se sientan en el banco contiguo al de los chicos, lo suficientemente lejos como para poder hablar de ellos sin que estos las escuchen, pero no tanto como para poder intervenir en sus conversaciones cuando el tema lo requiere. les gusta pintarse las uñas, cambiarse la ropa y teñirse el pelo de colores chillones. suelen hablar muy alto, de hecho, suelen chillar más que hablar. yo creo que es para que los ellos se fijen en ellas. siempre funciona. desde hace poco hay dos chicos nuevos en el grupo. uno es alto y desgarbado, de pelo rubio y piel pecosa, como su madre. el otro, un poco más bajito, tiene el pelo negro como el carbón y los ojos oscuros y hundidos. no sé sus nombres, pero hace poco me enteré de que son gemelos. se mudaron al barrio hace pocos meses y viven con su madre en el tercero b. según dicen ella se separó de su marido después de unos años de matrimonio infernales en los que a él le dio por beber y le carcomían los celos. algunos más atrevidos, y más dados a la rumorología, comentan que hubo algún golpe alguna que otra vez, pero no sé si creérmelo. a la gente le gusta hablar. 
todas las mañanas, los tres salen de casa a las ocho y diez, ella siempre vestida con colores pálidos y un poco de colorete en las mejillas, los niños con las mochilas cargadas y cara de sueño. no regresan hasta las siete. la madre sube sin pararse a charlar con los vecinos, pero deja que los niños se queden un rato en el patio. a menudo los chicos juegan al fútbol hasta que llega el resto del grupo y luego se unen a él, dejando la pelota para los más pequeños. otras, sin embargo, continúan su juego hasta que uno de los dos mira el reloj, avisa a su hermano y se despiden de los otros muchachos sin ni tan siquiera haber cruzado palabra con ellos. 

hoy por ejemplo han llegado un poco más tarde. es porque es jueves. los jueves deben de tener alguna actividad extra escolar porque suelen aparecer más tarde de lo habitual, con bolsas de deporte, el pelo sudado y las caras enrojecidas. al llegar han saludado a un par de chicos que fumaban y miraban algo en la pantalla de un móvil. los cuatro han estado riéndose y señalándose hasta que el hermano de pelo claro ha sacado la pelota de su bolsa y ha comenzado a juguetear con ella, tirándola hacia arriba, cada vez más alto, y recogiéndola hábilmente con las dos manos. en uno de los lanzamientos, su hermano la ha cazado al vuelo y ha iniciado una carrera con el balón escondido debajo de su camiseta. el otro lo ha perseguido hasta alcanzarlo. sus piernas son más largas y con dos zancadas ha conseguido atraparlo. los dos han caído al suelo. se han empujado y, entre carcajadas, se han pegado sin hacerse daño. se reían a gusto y sus amigos del banco, todavía embobados con el móvil, apenas han reparado en su griterío. al levantarse se han limpiado el polvo de los pantalones y han comenzado a intercambiar chutes a escasos centímetros entre ellos, con pasadas cortas y ágiles, con giros divertidos y payasadas que arrancaban risas del uno y del otro. así han pasado unos minutos. me he divertido viéndolos y aunque desde mi habitación no pueda oírles, he imaginado los motes cariñosos que el aventajado ganador iba dedicándole a su contrincante. “a ver si te esfuerzas más”, “espera y verás”, “¿eso es lo mejor que puedes hacer?”. 
luego ha bajado blas. venía con un par de amigos que le acompañan a todas partes, y de maría. me sorprendió verles juntos al principio. nunca les había visto juntos antes. de hecho, nunca les había visto ni tan siquiera hablar, aunque estoy segura de que se conocían porque los dos han vivido siempre en el barrio. en realidad tampoco sé si están juntos. jamás van cogidos de la mano y ni mucho menos les he visto besarse, así que no sé muy bien qué hay entre los dos. maría vive en el segundo c, pero del bloque de en medio. siempre ha sido una chica guapa, incluso cuando era pequeña ya hacía ladear cabezas y generaba comentarios del tipo “qué preciosidad de niña”. ahora los vecinos opinan lo mismo, pero han variado el tono, mucho menos tierno, y ya no le pellizcan los mofletes. ella, conocedora de su belleza, se pasea por el parque ufana, casi a cámara lenta, asegurándose de que todas las miradas se centran en su pelo lacio y largo, sus curvas perfectas, su ropa apretada al cuerpo, sus gestos perfectamente estudiados y su escote generoso. a todos les gusta maría, a todos. 

los recién llegados se han unido al grupo y han sacado compartido más cigarrillos. hablaban, gesticulaban teatralmente y se reían. los gemelos han continuado con su juego, pero algo ha cambiado. algo que al principio sólo ellos y yo hemos podido notar. su expresión era distinta. ya no sonreían, ya no se hablaban, ya no se miraban a los ojos. se han alejado un poco más el uno del otro. el chico de piel pecosa ha lanzado un poco más fuerte. el otro ha respondido molesto con una patada demasiado enérgica que ha forzado a su hermano desviarse del campo de fútbol imaginario para atrapar la pelota. 
-¿qué haces? – imagino que le habrá dicho, apuntando hacia el espacio imaginario reglamentado. 
el otro se ha encogido de hombros. 
-deja de perder el tiempo – le habrá contestado. 
han reiniciado el juego. el balón ha sido lanzado con más furia aún. ha volado por los aires, por encima de la copa de los árboles. no ha habido forma de cogerlo a tiempo y ha rebotado cerca del parque donde juegan los niños. uno de los abuelos al cuidado de sus nietos les ha reprendido. 
-¿es que estáis locos o qué? aquí hay niños jugando, a ver si vigiláis. 
el muchacho de ojos oscuros ha llegado resoplando, ha cogido el esférico de debajo de los columpios y se habrá disculpado tartamudeando algo incomprensible. su hermano, a distancia, secándose el sudor de la frente, sonreía. 
-¿qué les pasa a esos dos? – ha preguntado blas. 
el grupo ha parado su conversación. incluso maría ha levantado la vista del móvil y arreglándose un mechón de pelo, les ha observado con curiosidad. bajo la atenta mirada del resto, las normas se han vuelto más difusas aún. la pelota rodaba a más velocidad, las patadas eran más rabiosas, las paradas se celebraban con gestos ofensivos, los motes se han convertido en insultos groseros. ya no era un simple juego, pero maría se divertía viendo cómo los dos hermanos festejaban sus goles. ellos, de reojo, se aseguraban de que la chica les había visto. la partida plácida, convertida ahora en una batalla disimulada, ha continuado diez minutos más sin que nadie haya intervenido y los dos hermanos hayan casi llegado a las manos. pasados los diez minutos, blas, aburrido del espectáculo, se ha levantado del banco y ha tirado la colilla al suelo. maría se ha levantado también. los dos han intercambiado algunas palabras con el grupo y sin despedirse de los gemelos, se han marchado. ellos, sudados y sin apenas poder respirar por el esfuerzo, les han seguido con la mirada. maría, a unos pasos de blas, ha desparecido detrás de unos de los portales. 
-¿tiras o qué? – le ha retado un hermano al otro. el chico de ojos oscuros ha pateado el balón desganado, sin fuerza, ni intención de alcanzar a su hermano. la pelota ha llegado a los pies del otro chaval girando lentamente y éste ha respondido de la misma forma, con la misma indolencia. el grupo ha vuelto a sus pantallas. han encendido más cigarrillos y han escupido más pipas al suelo. ha anochecido y he mirado el reloj. dentro de unos minutos, los gemelos recogerán sus bolsas y subirán a su casa. me los imagino en el ascensor, en silencio, escuchando sólo sus respiraciones todavía agitadas, un poco incómodos, disimulando, tal vez, como si en realidad sólo hubieran estado jugando un rato. 

2 comentarios:

  1. Magnífico reportaje para el National Geographic sobre los cachorros humanos en el peor momento de su desarrollo, ese en el que las hormonas dictan todo tipo de payasadas y pruebas de fuerza y dónde una cachorro hembra ejerce su máximo poder sobre el macho. Cuidado hasta detalles pequeños pero no nimios de los cachorros mirando tonterías en los móviles y riéndose por cualquier gilipollez. Mi mayor pesadilla es sentarme a leer cerca de estos grupitos y acabar pasándome en algún cabreo mío y cargarme a alguno. Pero leídos en tu relato me ha resultado divertidos.

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  2. No sólo se trata de escribir bien, como tú lo haces, bueno bien... con maestría, es el adjetivo que califica tus letras, es, saber ver, sí, observar, captar, para después, crear, plasmar y compartir, lo bordas Hília, bordas las cosas más sencillas, como esta situación, que es la vida misma, en mi caso, vivida no hace tanto, aunque el tiempo, vuele.

    Mis besos a montón

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