11 marzo 2012

en sueños

- ¿estás bien? 
- sí. 
- me has dado un susto de muerte. 
- lo siento, cielo. 
- ¿en qué estabas soñando? 
- oh, no me acuerdo. 
- no parabas de moverte. 
- ¿en serio? 
- en fin, es muy temprano todavía. volvamos a dormir.
mario se dio la vuelta y poco después empezaba su serenata de ronquidos a los que maribel dudaba que llegara a acostumbrarse nunca. cerró los ojos como si eso la fuera a aislar del ruido y estiró la mano hacia sus bragas húmedas. sí se acordaba de su sueño. perfectamente. aunque hubiera deseado no hacerlo.
hacía tres meses que se habían casado. había sido una bonita boda con muchos invitados y muchos langostinos y un maravilloso viaje de novios a punta cana donde mario buceó por primera vez en su vida mientras maribel participaba en las clases de aerobic acuático que organizaba el hotel junto a una veintena de jubiladas. hacía apenas dos meses que habían vuelto del viaje y se habían instalado en su piso recién pintado y amueblado. y aunque hacía ya años que se conocían, maribel tenía la impresión de estar viviendo un segundo noviazgo. estaba feliz y se le notaba en el brillo en los ojos, porque canturreaba a todas horas y porque estaba convencida de que mario era el mejor hombre del mundo. por este motivo se sintió incómoda con el sueño que acababa de tener. por supuesto que había tenido sueños eróticos en el pasado, pero los recordaba de cuando era una adolescente y se quedaba dormida pensando en ese chico que se paseaba por el vecindario sin camiseta y con el pitillo humeante en los labios. intentó recordar el nombre del chico, pero en vez de esto, recordó el del hombre que la acababa de desvelar en sueños: gonzalo. sintió que sus mejillas ardían ruborizadas y que el cosquilleo en su coño desaparecía de repente. 
el despertador les sobresaltó a los dos a las siete de la mañana. mario se dio la vuelta y la abrazó por detrás. maribel conocía bien el procedimiento y pegó su culo a la erección de su marido. marió deslizó su mano hacía la cintura de ella y la bajó poco a poco hasta penetrarla con el dedo. ella separó un poco las piernas y se dispuso a empezar bien el día. pero sucedió algo inesperado: mario terminó demasiado deprisa y ella se quedó con la misma sensación de cuando era pequeña y su madre le quitaba los juguetes porque tocaba cenar. se apartó y salió de la cama. notaba que le había cambiado el humor y se enfadó con mario por ser tan egoísta. aunque quizá la culpa había sido de ella por tener la cabeza en otra parte. encendió el grifo de la ducha y se metió sin esperar que saliera el agua caliente. 
- ¿estás bien cariño? 
maribel no contestó. 
- ¿nena? – insistió mario desde el otro lado de la puerta. 
- sí, estoy bien. 
- ah, es que te has ido tan de repente… 
- es que es tarde mario y hoy tengo mucho trabajo. 
- ah, de acuerdo. ¿seguro que va todo bien? 
- sí, claro. 
-¿te preparo un café? 
- no, ya me lo tomaré en el trabajo. 
no tenía quejas de su marido. el sexo con él estaba bien. de hecho, estaba muy bien, aunque también era cierto que hacía mucho tiempo que no probaba con otros y podría decirse que en este tema estaba un poco estancada. después de siete años juntos apenas recordaba cómo era acostarse con un hombre que no fuera mario, lo cual también podría considerarse una suerte ya que nunca había sentido ni ganas ni necesidad. hasta la pasada noche. gonzalo le había hecho cosas que ni tan siquiera sabía que podían hacerse y aunque no se consideraba una mojigata, había quedado claro que su subconsciente la ganaba en imaginación, posturas e innovación. pero con gonzalo… 
probablemente de todas las personas que conocía, gonzalo era la que más repelús le causaba. era uno de los abogados de la empresa y aunque era muy bueno en su trabajo, era un hombre tosco, malhumorado, feo y además, apestaba. las pocas veces que habían hablado en la sala del comedor, había notado que tartamudeaba ligeramente y que siempre acababa manchando sus camisas arrugadas con los guisos que le preparaba su madre. era la antítesis de mario, y sin embargo, ahí estaba, tocando las teclas adecuadas, cosa que esa mañana no había conseguido su marido. 
a pesar de ser lunes, el día pasó volando; maribel consiguió liquidar un par de temas que hacía semanas que estaban pendientes y al llegar a casa se sorprendió al ver la mesa puesta y a mario con el delantal y su habitual buen humor. cenaron con las noticias interrumpidas de vez en cuando por las anécdotas del día, recogieron la mesa y se sentaron en el sofá, ella con el mando a distancia y él con unos informes. esta vez fue maribel quien le buscó y quien, veinte minutos después tuvo la misma sensación que había sentido por la mañana. su desahogado marido reposaba en el sofá, con la mirada perdida, los calzoncillos en los tobillos y algunas gotas de semen manchando la tapicería floral del sofá. 
- carai, nena, si seguimos a este ritmo, me vas a matar. 
maribel calló y respiró profundamente. quizá estaba más estresada de lo normal aunque ella no lo advirtiera. o tal vez mario terminaba muy rápido, aunque no recordaba haber notado ningún cambio en sus formas. lo que sí quedaba claro era que dos fracasos en un mismo día no eran frecuentes en ella. 
- eh, ¿qué tienes? – preguntó al verla observar con cara de preocupación su miembro flácido y arrugado. 
- nada, nada. todo bien. ¿así que te ha gustado? 
- ¡pues claro! ¿a ti no? 
- a mí me ha encantado. como siempre. 

gonzalo apareció de nuevo esa noche. y la siguientes. en la primera la ató a la cama, la untó con chocolate y la lamió hasta dejarla seca. en la segunda la puso a cuatro patas y se armó con un vibrador para rellenar huecos. en la tercera la dejó probar con un pequeño látigo y un arnés de cuero bien dotado. en la cuarta probaron con una lluvia dorada y en la décima estaban acompañados de dos mujeres orientales, tres hombres con máscara de látex y un pastor alemán. maribel estaba alarmada. y eufórica. se despertaba a media noche, justo después del sueño, empapada de sudor y de flujos, incrédula al recordar lo que acababa de hacer mientras mario, a su lado, dormía plácidamente. y por las mañanas, por más que su marido lo intentara, ella seguía sin llegar al orgasmo, hasta que harta de su ineptitud, decidió levantarse más temprano y evitarlo. 
durante el día vagaba por los pasillos de la oficina como una sombra, recordando las gestas de gonzalo y deseando meterse en la cama de nuevo. hubo una tarde incluso en la que, simulando un terrible dolor de cabeza, se marchó a casa con la intención de echarse un rato y esperar a gonzalo, pero los vecinos estaban de obras en el piso de al lado y le fue imposible conciliar el sueño entre tanto martilleo. cuando marió llegó horas más tarde la encontró de mal humor y preparando litros de infusiones de valeriana. 
estaba claro que el asunto se le estaba yendo de las manos y temía que si continuaba comportándose de esa forma extraña, acabaría por perder a mario, lo cual, en ese momento, le parecía más bien una liberación. 

una tarde en la que había poco trabajo maribel bajó al comedor a tomarse un café. gonzalo estaba en una de las mesas y al verle sintió que las piernas le empezaban a temblar. le vinieron a la memoria las imágenes de la última noche en la que él le aplicaba breves descargas eléctricas delante de un público aún más excitado que ella. mientras esperaba que la máquina escupiera el líquido aguado se le ocurrió que tal vez, si hablaba con él, recuperaría el asco que había sentido en algún momento y así los sueños se detendrían. muy a su pesar, se convenció de que era la única forma de empezar a tomar el control en todo ese asunto y se dirigió hacia él a paso lento e inseguro. gonzalo no se percató de su presencia hasta que ella se plantó delante y le preguntó cómo estaba. el hombre se extrañó de su repentino interés y vaciló antes de contestar un bien breve y seco. 
- ¿te importa si me siento? 
maribel no espero a que contestara, apartó la silla y se sentó. le observó durante unos instantes: tenía el pelo grasiento, las uñas mordidas y le olía el aliento. se desanimó. no podía comprender por qué de todos los hombres que había en el planeta tenía que ser él. pensó que en sus sueños estaba exactamente igual, pero sus aptitudes sexuales compensaban con creces todo lo demás y de hecho, en ningún momento había quejas en referencia a su apariencia. es más, desnudo ganaba considerablemente y empalmado era casi sobrenatural. maribel sacudió la cabeza esperando ahuyentar ese último pensamiento y reconducir sus ideas. 
- parece que ya llega la primavera, ¿eh? 
- eso parece. 
- ya era hora. 
- sí. 
- bueno… pues… ummm… ¿cómo va todo? ¿mucho trabajo? 
- sí. 
- ya… nosotros estamos igual. bueno... ¿y tu madre? 
- bien. 
- !fantástico! en fin... pues... bien...
no era un buen inicio. en realidad, ya no creía ni que fuera una buena idea. ¿qué pretendía exactamente? ¿contarle lo bien que se lo pasaban de noche? ¿darle las gracias por todo lo que había experimentado en las últimas semanas? ¿suplicarle que desapareciera y le permitiera volver a su vida de antes?. se desesperó. mientras él seguía sorbiendo el café con un ruidito exasperante, pensó que jamás saldría de ese lío y que acabaría convertida en una degenerada, adicta al sexo en sueños, si es que existía esa modalidad.
se levantó de golpe, rabiosa por todo el sinsentido de la situación: 
- es todo culpa tuya, ¿sabes? – gritó. y corrió hacia los baños antes de romper a llorar. 
gonzalo la siguió con la mirada hasta que desapereció del comedor. sin duda alguna, pensó, las mujeres estaban completamente locas y se quitó un moco de la nariz que pegó debajo de la silla. 
maribel llegó a casa tarde. había estado dando vueltas sin rumbo, intentando no pensar en nada y retardar el momento de ver a mario y confesarle la verdad. era la única solución que tenía. esperaba que mario entendiese la magnitud del problema y no le montara una escena de celos o peor aún, pidiera el divorcio alegando locura permanente. a las diez de la noche, fatigada de tanto andar, abrió la puerta de casa. las luces estaban apagadas y se extrañó. llamó a su marido, pero nadie contestó. se quitó el abrigo y dejó el bolso encima de la mesa. volvió a llamar a mario y esta vez escuchó su voz. 
- estoy aquí, cariño. 
entró en el dormitorio. mario había puesto velas aromáticas en las esquinas de la habitación, había esparcido pétalos de rosa por encima de la cama y en sus manos sostenía una botellita de aceite de vainilla. 
- espera, no digas nada. – dijo antes de que ella tuviera tiempo a preguntar a qué venía todo eso. – me he dado cuenta de que últimamente nuestras relaciones no van del todo bien. hace diez días que no hacemos el amor y no, no te estoy recriminando nada, cielo, sé que tienes mucho trabajo y eso..., pero es que creo que me evitas... y puede que me equivoque, pero las últimas veces estabas como distante, ausente y pensé que tal vez necesitábamos hacer algo nuevo… - y agitó la botella con una sonrisa inocente en la cara. 
- ¿algo nuevo? 
- un masaje. aceite. ya sabes… ¡no lo hemos probado nunca! 
- ¿un masaje con aceite? 
- ¡sí!
- ¿es lo único que se te ha ocurrido?
- bueno, cielo... no te pongas así. pensaba que te gustaría… ¿quizá tenía que haberte consultado antes? 
maribel negó con la cabeza, apenada, y se sentó al borde de la cama, de espaldas a él. se desnudó mecánicamente, se puso el pijama de nubecillas y ositos que le había regalado su suegra, apartó los pétalos de rosa y se metió en la cama. 
- buenas noches, mario. – sentenció, deseando que gonzalo no la hiciera esperar demasiado esa noche. 

2 comentarios:

  1. Una historia maliciosa sobre la trastienda de nuestro cerebro y de nuestras relaciones. Soñar es tan importante en el sexo que puede ser más que el estímulo real externo. Y esta relación de la protagonista me engancha porque me ha tocado de cerca. Hace poco vi un reportaje sobre los hombres japoneses que prefieren la masturbación por encima de las relaciones reales. Cada vez más. Así que tu relato es potmoderno. Y como siempre buenísimo. Por cierto, me gusta cómo el Gonzalo real contrasta tanto con el de sus sueños. Se puede reflexionar mucho sobre eso.

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  2. Es nuestro lado oscuro, sólo hay que aceptarlo.

    Buenísimo Hilia, genial.

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