07 noviembre 2011

Semejante perspectiva no es muy reconfortante. Nadie la acepta sin echar pestes. !Cómo!, se dice el joven licenciado, ¿voy a tener que pasarme los días detrás de esos despachos acristalados en vez de ir a pasear por los prados floridos? ¿Voy a descubrirme lleno de esperanzas en vísperas de ascensos? ¿Voy a calcular, intrigar, tascar el freno, yo que soñaba con poesía, con trenes nocturnos, con arenas cálidas? Y, creyendo consolarse, cae en la trampa de las ventas a plazo. Entonces, queda atrapado, y muy atrapado: no tiene otro remedio que armarse de paciencia. Pero, !ay!, al llegar al final de sus penas, el joven ya no es tan joven, y, para colmo de desgracias, podrá incluso percatarse de que su vida ya está pasada, de que no era más que su esfuerzo y no su meta y, hasta, si es demasiado sensato, demasiado prudente -pues su lenta ascensión le habrá dado una sana experiencia- para decirse tales cosas, no por ello será menos cierto que habrá llegado a la edad de cuarenta años, y que la instalación de sus residencias principal y segunda, y la educación de sus hijos, habrán bastado para llenar las pocas horas que no habrá dedicado al trabajo...

Las cosas, G. Perec

2 comentarios:

  1. Pero señora! 40 años no son nada! Por Diós este post no tocaba ahora. No señora!!!

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  2. Es usted mala, pero me consta que eso ya lo sabe. Aun así se le aprecia por aquí.
    MUAC!

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