13 marzo 2011

El señor Spitzweg no es un gran aficionado a los museos. Aun así, "se patea" todas las exposiciones. Tanto dan estilos o épocas, Toulouse-Lautrec, Chagall, Sisley, Corot, Bacon o Picasso. Por lo demás, la pintura ocupa en su biblioteca y en su vida un espacio sumamente modesto. Pero lo importante no acaba de ser la pintura. Es más bien una especie de rito que ha venido imponiéndose en los últimos años. Incluso entre las mentes más televisualmente primitivas de la oficina de Correos de la Rue des Saints-Pères, la pregunta es casi obligada:
-¿Ha visto usted lo de Bacon?

- Pues no, aún no he tenido tiempo. Pero bueno, todavía queda un mes.
Es un deber, y el señor Spitzweg disfruta con el deber.
Además, está lo de hacer cola. A veces uno puede pasarse más de tres horas esperando en la acera. Resulta muy tranquilizador. Si la gente espera, será porque hay algo que ver. En los países del Este la gente aguarda pacientemente ante las tiendas de alimentación. En París se hace cola para ver a Bacon. Y, siempre, esa pequeña mirada de asombro cuando se descubre la amplitud de la catástrofe, la serpiente humana que se estira a lo largo de trescientos metros. Pero uno se integra en ella. La cortés sumisión de la multitud parece de lo más reconfortante. Tras permanecer inmóvil durante media hora, es delicioso sentir que una onda de esperanza se pone en movimiento, acaricia la columna vertebral del rebaño: como quien no quiere la cosa, con la mirada ausente, avanza unos tres metros, a pasos casi laterales. Allí sólo hay gente civilizada, no se producen excesivos apretones. Cada hombre es una isla, mientras espera a Bacon.

El señor Spitzweg conserva un recuerdo un tanto vago de las distintas exposiciones que se ha ganado a pulso. Pero en su memoria puede hacer desfilar al detalle cada una de las colas de espera, esas colas que jamás se ponen en movimiento de manera idéntica. Una vez se llega al museo, las cosas se trivializan y se precipitan. La gente se aglomera desagradablemente ante los lienzos. Además, el señor Spitzweg no lo niega: es un deplorable alumno de museo. El cuadro que acaba siempre prefiriendo es ese rinconcillo de jardín recortado por una ventana alta, entre dos salas. Ciertamente, podría argumentársele que, para ver ese tipo de cuadros, basta y sobra un museo desierto. Pero cuando el gentío se apretuja alrededor de uno, el goce de mirar por la ventana es de índole totalmente distinta, y, después de tanta procesión servil, se siente uno de pronto libre, diferente.

Llovió todo el domingo, P. Delerm

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