14 marzo 2011

el conejo de mona

mona lleva unos días un poco rara, piensa raymond, de camino a casa mientras conduce su audi a8 por la autopista y escucha las noticias de las seis. catorce de marzo. no, no es problema de cumpleaños olvidado o de menstruación, aunque con las mujeres nunca se puede saber con certeza. decide que antes de llegar a casa, le comprará un ramo de flores. además esta noche está lo de la cena y la necesita al doscientos por cien. preferiría haber quedado más temprano con los bottazzi. él y mona suelen cenar a las siete y media, pero esos latinos, como suele llamarlos familiarmente, tienen costumbres diferentes y las cosas no están como para hacerles cambiar sus horarios. el señor bottazzi, un tipo astuto en los negocios y con apetito a todas horas, prometió llevarles al mejor restaurante italiano de la ciudad y aunque él no sea muy fan de la comida italiana, sabe que al menos mona disfrutará. 
raymond se detiene en la floristería y compra un bonito ramo de tulipanes. las mismas flores que lucía el día de la boda, hace ya… ¿diez, trece, quince años?

cuando llega a casa no oye el saludo habitual de su esposa y se extraña. dijo que terminaría pronto en el trabajo para poder arreglarse para la cena y comprueba en su reloj que en menos de dos horas deberían estar listos. -mona, cariño, ¿estás en casa? 
desde las habitaciones de arriba, ella le grita: 
-!raymond! sube por favor. 
se la encuentra sentada en la cama, con los ojos hinchados de tanto llorar y con tres o cuatro pañuelos arrugados y húmedos encima del edredón de seda con estampado floral. en un rincón de la habitación está oscar, el conejo que le regaló el año pasado, hecho un ovillo. podría parecer una pelusilla si no fuera por sus pequeñas orejas puntiagudas y porque mona es una obsesiva de la limpieza. 
-¿qué pasa cariño? – pregunta él plantado en medio de la habitación sin atreverse a sentarse a su lado. 
-raymond, gracias a dios que has venido. lleva toda la tarde así. – dice señalando a oscar 
-sin hacer nada. no come, no se mueve, apenas respira y casi no tiene pulso. ay raymond, yo creo que se va a morir, !oh, por favor haz algo! 
-¿yo? 
se siente un poco idiota, con los tulipanes en la mano y no sabiendo muy bien si su esposa se refiere a hacerle un boca a boca al pequeño conejo o bien a enterrarlo en la parte posterior del jardín, junto a los abedules. lo único que raymond sabe de los animales es que son animales y este único dato ya le parece más que suficiente. 
-¿qué puedo hacer yo? – exclama a modo de justificación. 
mona le mira furiosa. a veces se pregunta qué vio en él. 
-!llévalo al veterinario, por el amor de dios! 
claro, el veterinario, a eso se refería. raymond respira aliviado aunque piensa que no es el mejor momento para visitas al veterinario. las colas allí suelen ser interminables y llegar tarde a la cena supondría una pésima carta de presentación. maldita sea, piensa, maldito, maldito conejo. 
-está bien, está bien... pero mientras, mona, cariño… - titubea. no quiere parecer un insensible sin escrúpulos ni compasión – acuérdate, esta noche está lo de la cena de esta noche con los bottazzi… 
-¿la cena? ¿me ves a mí con ganas de ir a ninguna cena? 
-oh, mona, por favor – está a punto de decir que oscar es sólo un conejo, pero se calla justo a tiempo y decide cambiar de táctica 
-cariño, está bien, no te preocupes. seguro que oscar está sólo acatarrado o lo que sea que tengan estos bichos. estos animales, quiero decir. lo llevaré al veterinario, le darán alguna cosa y en media hora estaré de vuelta en casa con el pequeño. tú tranquila, ¿de acuerdo? mona cede. 
-oh, raymond. ¿tú crees? 
-estoy seguro. no te preocupes de nada. raymond se encarga. 
-está bien. ¿qué me pongo? 
su táctica ha funcionado y respira triunfante. -estarás perfecta con cualquier cosa, cariño, pero date prisa. se acerca a su esposa y le da un beso en la mejilla. después recoge a oscar con cuidado, lo envuelve en un pañuelo y sale disparado hacia la consulta del veterinario, que se encuentra al otro lado de la ciudad. 
al cabo de cuarenta y cinco minutos de espera, en los que raymond ha escuchado pacientemente las explicaciones de su vecina sobre el por qué es mejor que los canarios vuelen por la casa al menos dos horas al día, el diagnóstico del veterinario es categórico. 
-a este conejo hay que sacrificarlo. 
-¿no hay otra solución? 
-¿cree que si la hubiera no se lo habría dicho ya? 
-mierda. ¿tiene que ser hoy? 
-no claro que no. puede usted volver mañana y dejar al animal agonizando toda una noche más. 
raymond mira su reloj. 
-esto es rápido, ¿no? 
el veterinario no se molesta en mirarle a los ojos y ni mucho menos en contestarle. 
-puede quedarse si lo desea. – sugiera la asistente, que hasta ahora había estado sujetando a oscar por las patas delanteras. 
-¿quedarme a verlo? no gracias. haga lo que tenga que hacer y quédese con el bicho. 
el veterinario niega con la cabeza y raymond sale de nuevo disparado sin dar un último vistazo a su pequeña mascota. son las ocho y cuarto. mientras se quita los pelos de la chaqueta, que oscar ha dejado a modo de recuerdo póstumo, llama a mona. 
-raymond, ¿por qué no has llamado antes? estaba realmente preocupada. 
-perdona, cariño, no he podido hasta ahora. 
-¿qué ha pasado? 
 -todo bien, mona. oscar está bien, pero el veterinario se lo ha quedado esta noche en observación… 
-¿en observación? ¿pero está bien? 
-sí, sí, no te preocupes. es el procedimiento habitual, ¿sabes? le dio una inyección de no sé qué y tendrías que haberlo visto, !revivió! 
-oh raymond, ¿de verdad? !cómo me alegro! 
-sí cariño, yo también. mañana lo tendremos en casa de nuevo. oye, umm.. ¿estás a punto? vamos realmente mal de tiempo. 
-en cinco minutos estoy lista, cielo. 
-fantástico. te quiero. 
-yo más. 

la señora bottazzi es una mujer encantadora: halaga el vestido de mona, su peinado y los zapatos a juego con el bolso y ríe todas las gracias de raymond. el señor bottazzi, sin embargo, es bastante más serio. se nota que esta cena es tan importante para él como lo es para raymond y no está de humor para muchas bromas. 
en el primer plato los cuatro hablan de trivialidades. raymond no quiere precipitarse y espera que sea el sr. bottazzi quien inicie la conversación que les ha llevado a los cuatro a este restaurante, que, para su gusto, deja bastante que desear; el carpaccio que pidió de primero no sabía a nada y mona dejó la mitad de la lasaña vegetal. entre plato y plato, las señoras se disculpan y se dirigen al baño y los caballeros aprovechan para recordales que ya están suficientemente hermosas, pero ellas insisten y les dejan solos. cuando están fuera del alcance de la conversación el señor botazzi deja la cuchara en la mesa y mira a raymond. 
-bueno, – por fin parece que dirá algo interesante – he estado mirando las propuestas que me pasaste y debo admitir que estoy impresionado. 
raymond sonríe humildemente, aunque por dentro se siente un eufórico. parece que tantos esfuerzos van a ver la luz, al fin. 
-hemos trabajado muy duro para conseguir el proyecto, señor botazzi. 
-por favor, llámame fabrizio. 
-de acuero, fabrizio. mi socio, el sr. breisley, que creo que ya conoces y yo estaríamos realmente encantados de poder cerrar el trato cuanto antes. no quiero presionarte y sé que las prisas no son buenas consejeras, pero si esperamos más es posible que alguien se nos adelante y después de tanto tiempo trabajando en esto sería una verdadera pena. 
-entiendo. ¿cuándo sugieres? 
-¿el lunes a primera hora? 
-el lunes a primera hora, pues. 
-fantástico. 
-bien, me gustaría advertirte, sin embargo que… 
el camarero interrumpe a los dos hombres justo cuando las señoras vuelven del servicio, con los labios ligeramente más coloreados. se sientan ruidosamente y esperan que el chico, un joven moreno con modales exquisitos, les sirva el segundo plato: pescado a la plancha con verduras al vapor para ellas, filete crudo para raymond y conejo a las finas hierbas para el sr. bottazzi. raymond clava la mirada en el plato del sr. bottazi y observa las patas del animal, ligeramente chamuscadas. se afloja la corbata y toma un sorbo largo de su copa. el sr. bottazzi, con el tenedor y el cuchillo en mano, aprovecha para explicar a los comensales cómo su madre preparaba la misma receta pero con ajo y cebolla cuando era apenas un niño y lo mucho que le gustaba. mona, con la mirada clavada en el plato del señor bottazi, comienza a sollozar tímidamente y raymond nota las primeras arcadas subiendo con fuerza por la garganta y teme no llegar al baño con suficiente rapidez. los bottazzi se miran entre ellos buscando algún tipo de explicación a semejante comportamiento; ella, en su fuero interno, refuerza su teoría de que vivirían mucho mejor en italia, rodeada de los suyos, con dramas con sentido que pudiera entender y en los que pudiera participar. él, después de masticar a conciencia el primer trozo de conejo, decide que la preparación del plato no está tan mal del todo, aunque tiene poco que ver con el que hacía su santa madre. maldito conejo. 

1 comentario:

  1. Muy bueno, me ha encantado. Describe muy bien las paranoias femeninas en una relación. Bs

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