13 mayo 2010

a la deriva

-la mayoría de niños que vienen a la piscina son gordos. 

lo dijo así, sin más, sin que viniera a cuento en medio del silencio que hacía ya un buen rato nos rodeaba, mientras tomábamos un café en el bar de siempre. era jueves por la tarde y fuera lloviznaba por tercer día consecutivo. siempre quedábamos los jueves porque era el día que a él le iba mejor. a mí me era indiferente; en los últimos meses me dedicaba a no hacer nada y me daba igual quedar un día u otro, una hora u otra. si oliver me hubiera dicho de quedar un lunes a las cinco de la mañana, allí me hubiera tenido, esperándole. él se dedicaba a vigilar en la piscina municipal del barrio. supongo que se podría decir que era socorrista pero no me gusta usar esta palabra a oliver porque cuando uno se imagina a un socorrista se imagina a una persona corpulenta, con los brazos fuertes, con las abdominales bien marcadas y espalda ancha y piernas musculadas y él no tenía nada de esto. tampoco es que fuera un palillo, ni feo. era más bien normal y corriente, del montón, de los que no te pararías en medio de la calle para admirar. era alto, eso sí, me sacaba dos cabezas, y tenía el pelo corto de color ceniza, una nariz puntiaguda, los ojos hundidos y la mirada apagada. últimamente se le habían acumulado unos kilos de más en la tripa y él lo disimulaba comprando camisetas dos tallas más grandes. cuando alguna vez yo había bromeado sobre su creciente tripa él contestaba, molesto, que yo tampoco era miss mundo. y tenía razón. tampoco nadie se hubiera girado en medio de la calle al verme pasar. de hecho, cuando nos desnudábamos en la habitación del hostal que alquilábamos los jueves, mirábamos de reojo como nuestros respectivos cuerpos se alejaban mucho de esa perfección con la que nos bombardeaban en la televisión y las revistas de cotilleos. a él le gustaba hojear revistas de moda, algo que siempre me extrañó porque pensaba que eso era más bien cosa de mujeres. pasaba las páginas observando esas bellezas perfectas e insuperables y cuando encontraba alguna que le llamaba especialmente la atención, se detenía, la señalaba y me la mostraba orgulloso, como si la conociera de toda la vida o se hubiera acostado con ella alguna vez: 
-mira, la angelina jolie, esta sí que es espectacular, no lo negarás. 
yo asentía, a su lado, desnuda, mirando por la ventana y fumando un último cigarrillo antes de dejar la habitación y él seguía pasando las páginas de la revista y admirando esos cuerpos magníficos. 

a veces me invitaba a la piscina donde trabajaba. no me gusta nadar ni tampoco sé hacerlo demasiado bien porque en el colegio nunca nos enseñaron y mis padres no creyeron que fuera importante para llegar a ser algo en la vida, así que pasaba las horas echada en los bancos de madera donde daba el sol, observando los precisos movimientos de los nadadores, cómo se deslizaban en el agua, cómo su piel brillaba con los reflejos del sol, o cómo oliver regañaba a los que no llevaban el gorro puesto o salpicaban a los demás. me gustaba verle en su trabajo porque parecía otro. más seguro, más estable. menos titubeante ante la vida. cuando me cansaba, regresaba a casa, sin prisa, y notaba como la piel me ardía con el contacto con la ropa. algunas veces esperaba a que él terminara su turno y nos íbamos los tres: yo, oliver y berta, su novia. íbamos a tomar unas cervezas en alguna terraza, si hacía buen tiempo, o al cine a ver algún clásico en blanco y negro. le gustaba sentarse en medio de las dos. decía que se sentía afortunado por estar rodeado de hermosas mujeres y sólo cuando la sala estaba totalmente oscura, notaba su mano subiendo por mis muslos y un agradable cosquilleo. nunca vi su otra mano en el muslo de su novia. 
berta y él vivían juntos desde hacía dos años y estaban ahorrando para casarse. oliver se lo había pedido justo el día de mi cumpleaños. ese año me regaló una botella de perfume barato que todavía tenía la etiqueta del precio y cuando ella dijo sí, los dos me llamaron ilusionados. yo escuché sus planes y por supuesto su invitación a la boda y cuando colgué me di cuenta de que necesitaría una buena excusa para no asistir. oliver decía que la quería mucho y que nunca encontraría a nadie como ella. le creía. pero al mismo tiempo, aseguraba, era incapaz de dejarme y creo que jamás se lo había ni tan siquiera planteado. cuando nos conocimos, en una de esas sesiones de cine de madrugada, hacía años que los dos salían juntos y una semana después de habernos acostado por primera vez, les ayudé a mudarse a su nuevo piso. era un apartamento pequeño, bonito y céntrico, pero muy ruidoso, especialmente en verano cuando las ventanas estaban abiertas de par en par y parecía que los coches pasaran por en medio del comedor. me invitaron varias veces a cenar o a tomar el café. “con lo que nos has ayudado, deberías tener pensión completa en casa”, decían, pero yo solía declinar sus ofertas hasta que ellos mismos se cansaron de mis negativas y dejaron de insistir. 
no me gustaba estar en ese piso porque me recordaba su vida en pareja y me sentía como una intrusa. nunca he sentido celos de berta, es buena persona, aunque también sé que a pesar de habernos visto varias veces, no somos amigas. y es evidente que no podremos serlo nunca mientras oliver y yo sigamos viéndonos. no podría ser tan hipócrita, ni con ella, ni conmigo misma. es posible que ella piense que soy esquiva, pero es casi mejor así, que tenga su propia versión, que viva tranquila, que no se moleste en indagar. 

miré a oliver un momento. estaba absorto en algún punto impreciso de la calle, mirando la lluvia y los viandantes. busqué con la mirada algún niño gordo que me conectase a su mente, a su última frase, pero no vi ninguno. en realidad, él tampoco esperaba ninguna respuesta, así que permanecí callada, a la espera de que continuara hablando con frases sueltas y sin sentido. pedí otro café. 
-no puedo quedarme mucho tiempo más, berta me espera. – dijo cuando el camarero se hubo ido. 
-pues vete. 
-no hace falta que te pongas así. era sólo un comentario. 
-nadie te retiene. puedes marcharte cuando quieras. 
me molestaba que a veces pudiera tener tan poco tacto y sacara el nombre de berta después de haber echado un polvo conmigo. no por mí, sino por ella. por hacerla parecer tan inocente y crédula. me fastidiaba en gran manera, aunque seguramente él veía unos celos mal gestionados, que por mi parte no existían. 
-tú y yo ya hemos cumplido. – añadí. 
-¿cumplido? ¿qué coño te ha picado ahora? 
-nada. 
 -a veces no hay quien te entienda. 
-ah, y el jueves que viene no podré quedar.
todavía no sé ni porque lo dije. supongo que quería castigarle un poco o ver una reacción, cualquiera que fuera, aunque era evidente que yo no tenía nada que hacer ni ese jueves en concreto, ni los venideros. dejó de mirar por la ventana y fijó sus ojos en mí. 
 -¿ah no? ¿por qué? – por el tono de su voz noté que se había molestado. una cosa era ser grosera y otra muy distinta cancelar nuestros encuentros. 
-no puedo, esto es todo. 
-¿desde cuándo haces planes los jueves? 
-desde hoy. 
hacía más de un año que quedábamos los jueves. siempre los jueves, los dos lo sabíamos bien. sólo cuando se habían ido algunos días de vacaciones en verano habíamos tenido que posponer las citas y jamás lo había sido por mi causa. era de esperar que la noticia le cogiese por sorpresa, y aunque eran evidentes sus ganas de largarse y dejarme con la palabra en la boca, mantuvo la mirada y se cuidó mucho de preguntarme qué planes tenía, con quién o si me estaba portando como una chiquilla malcriada. 
-está bien. disfruta de tus planes, pues. tengo que irme. ya nos veremos. 
se levantó, me dio un beso en la frente, pagó la cuenta y se marchó. la semana pasó tranquilamente. 

continuó lloviendo dos días más, luego salió el sol y empezó a hacer un calor pegajoso y sofocante. me quedé en casa la mayoría de los días. la lluvia me deprime y no soporto el calor. salía por las tardes, cuando hay menos gente por la calle y paseaba sin ningún rumbo en concreto hasta que me dolían las piernas y decidía regresar. oliver no se puso en contacto conmigo ninguno de los días, ni yo tampoco estuve pendiente de que sonara el teléfono. algunas veces hablábamos entre semana y otras no, pero los dos sabíamos el día, la hora y el lugar. no era necesario avisarnos previamente. ese jueves no me moví de la cama. las horas pasaban poco a poco y a medida que se acercaba el momento de encontrarme con él dudé de si ir al hostal y olvidar el mal entendido o quedarme y abrir una fisura entre nosotros. decidí quedarme en la cama, mirando el techo y leyendo páginas de un libro aburrido y mal redactado. más tarde me vestí y salí a caminar. pasé por delante de la catedral y me paré a observar las ancianas de pelo violáceo apresurándose para entrar a misa con sus viejos bolsos de plástico agarrados con firmeza. grupos de jóvenes se encontraban a la salida del metro y planeaban su noche de fiesta con botellas de alcohol en la mano y los turistas buscaban perdidos y desconcertados un buen restaurante donde poder cenar. 
sin saber cómo acabé delante del bar donde oliver y yo solíamos ir después del hostal. imaginó que fue la costumbre, la inercia o la casualidad. en la mesa del rincón, delante de la ventana, él y berta hablaban efusivamente y se reían. parecían felices, una verdadera pareja. él le acariciaba la rodilla y ella sorbía su té humeante, vigilando de no quemarse. berta me vio desde el otro lado del cristal y con una gran sonrisa me saludó e hizo un gesto con la mano para que me reuniera con ellos. le miré a él; tenía una expresión confusa, mezcla de temor y pena, rabia e incertidumbre. me quedé unos segundos ahí plantada, delante suyo, observando la escena y después reanudé mi paseo.

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