08 diciembre 2015

Ahora. Bien. El punto.
Lo de Ezequiel no encaja en las categorías previstas en la industria del porno. Lo suyo es algo distinto. A él le gustan los granos. Los talones sucios. Los movimientos de la celulitis. Los pelos en todas partes. como esos que se encarnan en las ingles, parecidos a cabeza de alfileres. Hasta los pedos, le gustan. Es algo extraordinario. Todo lo que se pueda oler, sorber, apretar o morder intensamente, a él le parece digno de la mayor admiración. Me mastica las axilas. Me lame las piernas sin depilar. Me chupa los pies con heridas de las sandalias. Respira en mi ano. Se frota la verga con las asperezas de mis codos. Eyacula en mis estrías. Dice que todo eso, la abundancia de mis imperfecciones, proviene de la salud.
Hoy, en su casa, me explicó que cada día ve tantos cuerpos secándose, perdiendo brillo, degradándose poro a poro, que ha terminado por excitarse con lo más vivo, todo aquello que rebosa del cuerpo con entusiasmo. Que para él la belleza era eso. 
Mientras hablábamos me puse en pie, desnuda, frente al espejo del armario. Ezequiel, un poco sudoroso todavía, seguía acostado con las manos por detrás de la nuca. Tenía los pies en cruz y me miraba mientras yo me miraba. Repasé los detalles que más odio de mi cuerpo. La orientación asimétrica de los pezones. La cicatriz de la cesárea. Esa flacidez en la cara interna de los muslos. Ese odioso bultito encima de las rodillas. Las pantorrillas demasiado anchas. Los callos perennes en los dedos meñiques. Después me observé de perfil. Me fijé en los pliegues del vientre. En la atenuación de las nalgas, como si les hubieran absorbido la musculatura a los costados. En la pérdida de redondez de los pechos, cada vez más largos y huecos. Tetas de calcetín, las llamábamos con mi hermana cuando nos burlábamos de las señoras mayores. Me vi bastante horrible. Y esta vez no me importó.
Le confesé a Ezequiel que, desde hace un par de años, tiendo a mirarme demasiado en el espejo. Que he vuelto a prestarle tanta atención como cuando era adolescente. Que con frecuencia me sorprendo examinando mi desnudo, evaluando si podría seguir considerándome deseable. Le pregunté si creía que hacía mal. Él me respondió que al contrario. Que hay que mirarse todos los días. Y comprobar cómo perdemos formas, cómo nuestra piel se va volviendo áspera. Que sólo así podemos comprender y aceptar el paso del tiempo.
A mí me pareció que su respuesta era más bien desagradable. Y nada seductora. Y que en el fondo, haciéndose el científico, estaba llamándome vieja. Me ofendí. Lo insulté. Me excité. Después me insultó él. Después me penetró contra el espejo del armario. Después lloré. Después le di las gracias. 

Hablar solos, A. Neuman

5 comentarios:

  1. Andrés Neuman estaba en mi radar porque me lo han recomendado pero seguía sin leerlo (y sigo hasta que encuentre el momento y el libro). Este fragmento me ha recordado la intención de "Zonas húmedas" de Charlotte Rose. Aunque "Zonas húmedas" es así todo el tiempo, no sé cómo será "Hablar solos". Del texto me gusta ese mirarnos cada día para aceptar el paso del tiempo. La transgresión aquí es buscar lo imperfecto en un mundo que quiere lo contrario.

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  2. Me gusta tu intensidad con la cual escribes tendrias que poner tu cara para saber que te importa un bledo lo que piensen los demás
    Me ha encantado conocerte
    Mucho gusto
    me llamo Mucha
    ¿ y vos?

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  3. Me gusta tu intensidad con la cual escribes tendrias que poner tu cara para saber que te importa un bledo lo que piensen los demás
    Me ha encantado conocerte
    Mucho gusto
    me llamo Mucha
    ¿ y vos?

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  4. Ohh Neuman, tan genial como de costumbre.

    En su libro "El viajero del siglo" ya tiene una escena parecida, en la que el protagonista ama las imperfecciones del cuerpo de ella y no la "redondez de sus senos".

    P.S.: Me he extrañado de primeras encontrando mayúsculas por ahí escritas. Pero claro, esto es lo que es, y no otra cosa.

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