08 julio 2014

imborrables noches de frenesí

¿no han fantaseado nunca con quedarse encerrados una noche entera dentro de un supermercado? no hablo de uno de esos supermercados locales donde venden cuatro cosas esenciales para sobrevivir un par de días, no. me refiero a uno de esos de dos o tres plantas donde tienen decenas de marcas para el producto más simple que se pueda uno imaginar. a eso me refiero. ¿lo han imaginado alguna vez, ni que fuera cuando eran pequeños y pasaban por el pasillo de las galletas y los bollos y los chocolates, babeando, y su madre les tenía que tirar del brazo e ignorar sus súplicas y berreos? pues yo, incluso ahora, pasada ya desde hace mucho tiempo, la infancia y la adolescencia seguía soñando con la idea. hasta que sucedió: 

no me extrañó que el guardia de seguridad me llamara. 
-¿podría acompañarme, por favor? – me dijo muy amablemente, como si fuera la clienta un millón y un importante premio me estuviera esperando, aunque sabía que no era por esa razón por la que me llamaba. 
-por favor - repitió esta vez de una forma más tajante. 
yo me levanté, estaba arrodillada, mirando los ingredientes de unos donuts que habían salido nuevos al mercado y que tenían un llamativo y artificial color anaranjado, cogí mi carrito y lo seguí, sin preguntar. cruzamos el pasillo de los desayunos, atravesamos el de las sopas de sobre y finalmente pasamos por las cajas. él delante y yo detrás, con mi carrito, intentando ignorar las miradas curiosas que despertábamos a los demás compradores de última hora. 
-pase y deje el carro aquí fuera – me ordenó al llegar a una portezuela pequeña y mal pintada. miré la caja de los helados que había depositado hacía unos pocos minutos en la cesta. 
-pero los helados van a estropearse - me quejé inútilmente. 
-no se preocupe ahora por los helados. – y a continuación me abrió la puerta. 

la escena ya me la conocía de sobras y también todo lo que venía una vez hube cerrado la puerta detrás de mí. no me malinterpreten: cometo hurtos sin importancia, pequeños objetos sin apenas valor. unas horquillas que acaban olvidadas y oxidadas en algún cajón del armario del baño, un pintalabios que no me atrevo a ponerme, unos calcetines de la talla equivocada. como digo, tonterías. pero no lo puedo evitar. me resulta divertido y excitante y qué sería de la vida sin su ápice de aventura, ¿verdad? 
-siéntese - me dijo un señor regordete y con gafas que me miraba con severidad detrás de una mesa de plástico blanca. 
yo hice lo que me pedía y, para no perder el tiempo, me saqué del bolsillo la libretita de tapa azul turquesa que había sustraído de la sección de material escolar. pero el hombre parecía que no tenía tanta prisa como yo y, sin hacerle el menor caso a la libreta de tapa azul turquesa, me escudriñó con sus ojos pequeños y me sometió a un interrogatorio que ni los asesinos en serie más temibles dudo que hayan sufrido alguna vez. y yo, que no quería problemas y nunca se me ha dado muy bien desobedecer a la autoridad, contesté a todo, sincera y medio arrepentida. después de lo que yo consideré una eternidad, el hombre me dejó salir diciéndome que no contactaría con la policía si yo le juraba que no iba a regresar al supermercado nunca más. a mí me pareció un castigo demasiado severo, teniendo en cuenta además que cuando no me daba por sisar, era una clienta bastante habitual y me dejaba una importante parte de mi escaso salario en sus productos y alimentos. pero como digo, no quería enfadarlo más y le prometí que haría tal y como él indicaba. salí mareada y muerta de hambre, pero esta sensación me duró un segundo porque había sucedido algo que era mucho más importante que mi mareo y mi hambre voraz. se había hecho tan tarde que habían apagado las luces y no quedaban ni clientes, ni cajeras, ni guardias de seguridad. mi carrito, sin embargo, seguía allí, al lado de la puerta. imaginé los helados completamente derretidos y despotriqué del guardia de seguridad por su poco sentido común, pero eso tampoco tenía importancia en ese momento. estaba a punto de darme la vuelta y llamar al despacho del hombre regordete para preguntarle cómo iba a poder salir de allí, cuando me di cuenta de que eso hubiera sido el mayor error que iba a cometer en la vida. por fin se me ofrecía la posibilidad de cumplir con una de mis fantasías y rechazar dicho ofrecimiento hubiera sido una auténtica locura por mi parte. y por si fuera poco, esa podía ser mi cura definitiva con el dichoso tema de los hurtos que siempre me hacían pasar algún que otro mal momento. es decir, esa noche estaba en pleno derecho para coger todo lo que me viniera en gana, al fin y al cabo nadie pretendería que me muriera de hambre, y tal vez a partir de ahí, abandonaría definitivamente toda actividad delictiva. y así fue cómo me alejé de puntillas del despacho y esperé a que mis ojos se adaptaran a la tenue luz de emergencia que se posaba delicadamente encima de las estanterías repletas de paquetes, envoltorios brillantes, sabores desconocidos y manjares exquisitos que iba a tener el inmenso placer de catar en las próximas doce horas, sin olvidarme, por supuesto, de la planta superior donde me esperaba el último grito en aparatos electrónicos, sofás que daban masajes, cremas de belleza reparadoras y rejuvenecedoras y colchones de látex reclinables. creo que en mi vida había sido tan feliz. aunque esta sensación fue rápidamente reemplazada por otra menos agradable cuando alargué la mano y me dispuse a coger la primera chocolatina de una caja de bombones belgas prohibitivos para mi bolsillo. ¿era esa la mejor forma de empezar? ¿no sería mejor echar una ojeada a la sección gourmet primero? ¿o tal vez subir a la planta dos y probarme algunos zapatos de tacón de esos que jamás me pondría porque soy incapaz de mantener el equilibrio? de forma que empecé a deambular sin rumbo, de un sitio para otro, evitando la sección de congelados porque empezaba a tener frío, dubitativa, estresada y angustiada, haciendo caso omiso al rugido de mis tripas, esperando encontrar eso, eso que no sabía lo que era pero que estaba convencida de que reconocería tan pronto como lo viera. 
“imborrables noches de frenesí”, eso fue lo que dio por finalizada mi abrumadora e infructuosa búsqueda. sucedió una hora después, cuando en el segundo piso, con los pies reventados de tanto andar y la cabeza a punto de estallar por haber memorizado las ofertas especiales de cada sección, me detuve delante del libro y decidí sentarme y darme un respiro. supongo que había títulos mucho más estimulantes intelectualmente, pero estaba tan agotada, tan harta de indagar, que no me planteé seguir buscando. nada más. y con el libro ya en mis manos, ayudada por una linterna que cogí prestada de la sección de bricolaje y observando la portada en la que una pareja se besaba apasionadamente enfrente de una puesta de sol en lo que parecía ser una isla paradisíaca pensé que, ya que estaba siendo una noche extraordinaria y puestos a hacer cosas fuera de lo común, bien podría darle una oportunidad a una lectura que en circunstancias normales hubiera descartado. pero cuando la protagonista, mary elizabeth kate, huérfana, amnésica, antropóloga y rubia despampanante, subía al avión rumbo a parís y se sentaba al lado de edward collingwood, joven, atlético, con ascendencia real y terriblemente seductor, empecé a sentir tantísimo sueño que no fui capaz ni tan siquiera de llegar a la sección de jardinería, que estaba a escasos metros, para tumbarme en una de sus tumbonas de resina trenzada. y así me encontró un reponedor a las nueve y media de la mañana: en el suelo, en posición fetal y abrazada a “imborrables noches de frenesí” que permanecía abierto por la página diez. 
-¡por el amor de dios! ¿está usted bien? ¿qué hace aquí? ¿cómo ha entrado? – me despertó el joven, más asustado que yo. 
intenté levantarme pero me dolía tanto la espalda que desistí de inmediato y me quedé tendida en el suelo, lo cual asustó aún más al muchacho. 
-creo que no me puedo levantar – conseguí decir entre gemidos y bufidos. 
él se agachó y me sujetó por las axilas con cuidado hasta lograr que me sentara. inmediatamente vi el libro y me acordé de mary elisabeth kate y edward collingwood y no pude reprimir asociar su encuentro en el avión que tanto prometía con el que estábamos teniendo el reponedor y yo, en las frías baldosas del supermercado, pero me dolía tanto la espalda que tampoco me pude reír. 
-¿qué hace aquí? – me preguntó de nuevo el chico, esta vez esperando que le contestara y como no tenía la cabeza para urdir ninguna explicación, le conté la verdad, obviando, claro está, la parte del robo y el interrogatorio de tercer grado. 
-qué barbaridad. ¿y ha pasado aquí toda la noche? esto es imperdonable. ahora mismo llamo a mi jefe y le… 
-déjalo, si ya estoy bien – dije haciendo un segundo intento para ponerme en pie y apartando un poco el libro con disimulo para que no me vinculara con él. – en realidad estoy segura de que fue culpa mía. creo que me despisté y no hice caso a los avisos de megafonía. a veces puedo ser tan despistada, pero bueno, ahora ya me puedo ir. 
y la verdad es que comenzaba a tener muchas ganas de marcharme, pero el empleado insistió una vez más. 
-es que creo que deberíamos compensarla de alguna forma. nosotros, bueno, la compañía, la ha encerrado aquí, en contra de su voluntad. es algo inadmisible. déjeme al menos que lo consulte con mi jefe. él sabrá qué hacer. 
al escuchar la palabra “compensación” mis ganas de marcharme se disiparon con una rapidez pasmosa y la versión del chico cobraba más sentido cada vez que abría la boca. al fin y al cabo, pensé: ¿quién querría pasar toda una noche encerrada en un supermercado? 
-tienes toda la razón. – me oí decirle al muchacho - consulta con él. 
-ahora mismo vuelvo. no se mueva usted de aquí. 
-claro. 
el chico se alejó corriendo y cuando lo perdí de vista, me apresuré (es un decir, claro, ya que mi espalda seguía dolorida por todas partes) a coger el libro del suelo y a meterlo dentro del bolso. luego repasé los demás títulos sin encontrar ninguno que me llamara la atención. pasaron unos diez minutos cuando reapareció el reponedor acompañado de otro hombre, quien supuse que era el encargado. 
-buenos días. rodrigo me acaba de contar lo que ha ocurrido - dijo con voz grave - y lo siento mucho. no entiendo cómo ha podido pasar, con el sistema de videovigilancia que tenemos y las alarmas y... en fin, ¿necesita usted algo? 
-no se preocupe, estoy bien
-en ese caso, por favor, acompáñeme. gracias, rodrigo, puedes volver a tu trabajo – le ordenó al reponedor que me había descubierto. 
el chico pareció desilusionado por no poder saber cómo iba a terminar todo aquello y la verdad es que a mí también me hubiera gustado que nos acompañara puesto que él parecía tener mucho más claras las razones por las cuales yo debía mostrarme furiosa y ofendida. 
de nuevo cruzamos pasillos y secciones que ya formaban parte de mi entorno familiar. el local había abierto hacía pocos minutos y los primeros clientes que habían llegado me miraban, otra vez, con curiosidad y recelo. comenzaba a estar cansada de dar tantas vueltas y echaba de menos mi cama y un café con leche con galletas en mi taza preferida, usurpada de una cafetería  en el aeropuerto de helsinki, pero finalmente llegamos a la misma portezuela donde la noche anterior me había interrogado el jefe regordete de ojos pequeños. me entró el pánico. ¿qué probabilidades había de que el hombre doblara el turno y me lo encontrara sentado al otro lado de la mesa, más sorprendido que yo al verme allí pocas horas después de nuestro primer encuentro? ¿valía la pena una recompensa, si es que llegaba a haberla, con otro interrogatorio minucioso y eterno cuando lo único que yo quería era largarme a mi casa? 
-si no le importa – dije al encargado que había ya llamado a la puerta – creo que prefiero irme. 
-¿cómo? será sólo un segundo, créame. 
no le dije que de estar el hombre que temía que estuviera ahí metido, iba a ser mucho más que un segundo, sin embargo sí le expliqué que ya había perdido mucho tiempo, que llegaba tarde a no sé dónde y que no me encontraba bien. pero no fue hasta que le aseguré que no iba a denunciarlos cuando pareció estar más conforme y dispuesto a dejarme ir. 
-está bien, como usted prefiera – afirmó finalmente. 
yo me di la vuelta antes de que llamara de nuevo a la puerta de su jefe y a paso rápido me dirigí hacia los rótulos luminosos que indicaban la salida. al pasar por el detector antirrobo se activó la alarma y empalidecí. había olvidado el libro por completo y sentía que de esa ya no iba a salir indemne. me detuve y miré al encargado que, sonriendo detrás de mí, miró al guardia de seguridad y le hizo una señal con la mano para que me dejara pasar. 
-no se preocupe – dijo el guarda – estas máquinas pitan cuando les da la gana. puede usted pasar. 
-muchas gracias – logré musitar sin levantar la vista del suelo, agarrando el bolso con fuerza. 
cuando por fin conseguí salir a la calle y gozar de la brisa fresca y los rayos de sol que calentaban mi cara, me maldije por no aprovechar la momentánea situación de amnistía, por una vez en la vida a mi favor, para ir a por la caja de bombones belgas, prohibitivos para mi bolsillo. 

4 comentarios:

  1. He soñado tanto con estas circunstancias... he podido identificarme con la protagonista perfectamente. Como siempre, Hilia, me fascinas con tus relatos.♡

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  2. Escribes tan bien que te confundo con la cleptómana de hoy como te confundí con la escritora de hace unas semanas como con la gorda acomplejada de hace unos meses como... Es que te confundo tanto que me meto en el papel. No sólo ves al personaje sino que empatizas con él. al igual que Cristina, yo(y puede que todos) hemos querido estar en un supermercado en esas circunstancias. Lo que no veo venir nunca son todos los giros del relato. Yo pienso que va a empezaqr a comer y (ojo, Spoiler) se pone a leer y se duerme. Yo creo que la pararán porque pita la máquina y la dejan pasar(en las bibliotecas hemos hecho eso muy a menudo, que pase porque las máquinas son tontas y pitan porque sí, je,je). Disfrutable cien por cien.

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  3. Uy, yo no hubiera dejado ninguna caja de bombones entera. Y de la estantería de literatura ni hablemos =p

    Es increíble cómo consigues que nos introduzcamos tan dentro de tus personajes hasta el punto de acelerarse el pulso cuando suenan pitidos de alarma o vergüenza al encontrarnos durmiendo a baba caída frente a un reponedor tempranero.

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  4. Eres una monstrua nena, me lo he pasado como los indios, además lo he vivido con mucha curiosidad porque nunca he tenido ese pensamiento, ese. sueño; es curioso

    Te beso preciosa Hilia

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