30 junio 2017

la noche después de la noche que perdí a lúnula

se ha perdido la gata. lúnula. hacía calor. llegué a casa agotada, me rozaban las sandalias en los tobillos, me apretaba la falda, tenía mucha sed. había tenido un mal día en el trabajo. abrí la ventana del salón. tenía mucho calor. quería quitarme la falda, ducharme, beber agua fría. me tumbé en la cama un segundo, con los ojos cerrados y los brazos en cruz. ni un poco de aire fresco. las sandalias, la falda. un vaso de agua. de repente pensé en lúnula. me levanté y corrí al salón. la ventana abierta de par en par. llamé a la gata. dos, tres, cinco veces. cerré la ventana y fui a la cocina. miré debajo de la mesa, dentro de la lavadora, en la esquina de la calefacción. la volví a llamar. lúnula, bonita. luego miré en el baño, dentro de la ducha, en la cesta de las revistas, en el armario de los zapatos, del arroz y la pasta, detrás del portátil, de la bicicleta de santi, del perchero. grité un poco. lúnula, ¿dónde te has metido? saqué una lata de su comida preferida y la dejé en medio de la cocina. joder, lúnula. me planté delante de la ventana cerrada y miré los tejados altos, los balcones, los barrotes, las plantas secas. lúnula, venga, va. sentí la camisa empapada de sudor, pero ya no me molestaba la falda, la sed, las sandalias. abrí la ventana. lúnula, grité. me senté y esperé un rato. volví a la cocina, al dormitorio y al baño. la lata de comida seguía intacta. se ha perdido, pienso. lo he perdido, vuelvo a pensar cuando oigo la puerta y el saludo alegre de santi que aparece y me pregunta, nada más verme, qué ha pasado. sonrío. nada, le digo. parece que hayas visto un fantasma, responde. creo que se ha perdido la gata, murmuro. él se queda plantado delante de mí. a contraluz. tiene una silueta alta y delgada. le diría que no se moviera y le sacaría una foto bien bonita de no ser porque me pregunta que qué ha pasado, que dónde está la gata, que cómo puede ser que se haya perdido e inmediatamente ve la ventana abierta de par en par y me pregunta, o más bien afirma, que cómo se me ha ocurrido abrir la ventana, que por qué he abierto la ventana sabiendo que lúnula se escaparía, que no soy nada responsable, qué vaya puta mierda, que espera que aparezca pronto, que qué cabeza tengo, que espera que no le pase nada a la gata y que si le pasa algo, que si le pasa algo, que si llega a ocurrirle algo, repite apuntándome con el índice, y luego se calla, baja el dedo, el brazo y sale en busca del animal por toda la casa, tal y como he hecho yo hace menos de diez minutos. no me muevo. me quedo sentada, bien erguida, escuchando cómo santi pasa por todas las habitaciones, abre puertas y luego las cierra de golpe, farfulla, llama mil veces a la gata. nada. dice joder y dice mecagoenlaputa y dice que no lo entiende, que no comprende cómo se puede ser así. así, sin especificar, aunque queda claro que se refiere a mí y a esta forma de ser de mí que ha perdido la gata. me levanto y voy a la cocina. él está sentado, con las manos sujetándose la cabeza. me coloco detrás y le toco el hombro. se aparta bruscamente. le digo que lo siento, que no fue adrede, que hacía mucho calor y que quería airear un poco la casa. que no pensé en lúnula. y ahí es cuando estalla. que no pensé, claro que no pensé, que no pienso nada, que sólo tengo la cabeza para adornar. y ahí estallo yo también. que quién se ha creído que es, le suelto. que lo hice sin querer, que no me di cuenta pero que no hace falta ponerse así, como un puto imbécil. se levanta de la silla. la silla cae al suelo y me asusto un poco. ¿así? ¿así cómo? grita. tiene los ojos abiertos de par en par y la camisa azul manchada de sudor. no voy a contestar. no voy a contestar porque si contesto le diré algo peor que puto imbécil. me doy la vuelta y voy al salón. él me sigue. si le pasa algo al gata, dice, si le pasa algo, repite. siento que voy a llorar de rabia. corro al baño. él se queda en el salón y llama a lúnula desde la ventana varias veces. corro el pestillo y lloro mientras me quito las sandalias y la falda que cae al suelo. joder, lúnula.
cenamos por separado. santi ha preparado una ensalada y pescado a la plancha. ha dejado mi porción en la mesa y se ha llevado la suya al salón. come delante del televisor y mira un programa de deportes que nunca había visto que mirara antes. el presentador recuerda los mejores goles de un jugador famoso que acaba de anunciar su retirada. desde la cocina se escuchan los aplausos de la afición con cada gol que marcó el jugador. el pescado está frío y reseco. lo aparto y como la ensalada, sin ganas. la lata de comida de lúnula sigue en medio de la cocina. me digo que aparecerá. que tiene que aparecer como sea. es sólo cuestión de tiempo. los gatos suelen hacer esto: van y desaparecen unas horas. luego regresan como si nada, tal vez un poco más sucios y hambrientos, pero regresan. me gustaría levantarme y decirle exactamente esto a santi, pero temo que vuelva a enfurecerse. y yo también sigo enfadada. tiro los restos de pescado a la basura y lavo mi plato. santi sigue mirando la televisión. le deseo buenas noches desde la puerta. se ha estirado en el sofá y se había quedado adormilado, con el mando a distancia entre las manos, sobre el pecho. la ventana sigue abierta y se cuelan los ruidos de los vecinos, las voces de otras televisiones, algunas sirenas lejanas. ni un poquito de aire. contesta, creo, pero no estoy muy segura. me meto en la cama y apago la luz, aunque sé que no voy a pegar ojo. doy vueltas de un lado a otro, pensando en si deberíamos salir a la calle a buscar a la gata o esperar unas horas más. calculo cuántas horas lleva fuera. tres o cuatro. no son tantas. puede regresar en cualquier momento. pero lúnula es una gata bien tonta. se desorienta, se cae, no sabe cazar ratones y le asustan las cucarachas. es torpe y lenta. de repente me acuerdo de esto. de lo torpe que es lúnula. nunca ha salido al rellano, mucho menos de casa. cómo va a sobrevivir ahí afuera. con esos ruidos. con ese calor. deberíamos salir a buscarla, me digo. y me incorporo y me levanto demasiado deprisa y me mareo y vuelo a sentarme para no caerme y lo pruebo de nuevo, esta vez con más lentitud, y voy a la cocina y veo la lata en medio de la cocina y en el salón veo a santi, de espaldas, apoyado en el alféizar, mirando por la ventana.
-¿quieres que salgamos a ver si la encontramos? –le pregunto.
santi se gira y responde que no. mejor esperar. si mañana… comienza a decir. pero se calla y no termina la frase. imagino que no quiere pensar en mañana todavía. o en la noche que nos espera. que le espera. aparecerá, le digo. no sueno convincente y sé que sabe que no sueno convincente, pero asiente. vuelvo a la cama y él se apoya de nuevo en el alféizar. medio cuerpo fuera, como si eso ayudara en algo. abro la ventana de la habitación. cualquier ruido me alerta y me desvela. no consigo dormirme hasta las dos de la madrugada cuando milagrosamente pasa un poco de aire de la calle y mueve las cortinas blancas. santi me despierta más tarde con su tos. creo que lo hace adrede. no tosía hace unas horas. me doy la vuelta y le pregunto si está bien. tiene los ojos humedecidos o quizá es que sigo demasiado dormida para ver todo lúcido. dice que no puede dormir y que hace nueve años que la tenía. me cuesta comprender qué está diciendo y durante un segundo pienso que está hablando en sueños. nueve años es mucho tiempo, dice. me viene todo de golpe. durante unos segundos, muy breves, todo iba bien, estaba dormida y pasaba un airecillo bien bueno a través de las cortinas. ahora vuelve todo a mi cabeza y los ojos de santi me miran esperando una respuesta. una respuesta a esos nueve años. cuánto hace que nos conocemos. tres. tres y medio. lúnula triplica la cifra. cuando murió mi abuelo, lúnula ya estaba ahí. cuando cambié de trabajo, lúnula ya estaba ahí. cuando santi conoció a lidia y a rebeca y susana le rompió el corazón, lúnula ya estaba ahí. cuando me conoció a mí, un lunes por la tarde, agosto, lúnula ya estaba ahí. nueve años. le digo que lo sé, que lo siento. que volverá. que fue sin querer. él no dice nada pero me sigue mirando de una forma extraña. como si no me conociera en absoluto. como si sobrara en esa cama que compramos hace poco porque el colchón era viejo y le dolía la espalda cuando se levantaba por las mañanas. me mira como si tres años y medio fueran un resquicio en comparación a los nueve que ha pasado con lúnula, a su lado, con sus historias y sus desencuentros. me mira y me dice que lo sabe, que sabe que no lo he hecho queriendo, pero que sigue siendo una irresponsabilidad muy grave. no puedo volver a dormirme. creo que él tampoco. uno al lado del otro, asegurándonos que ninguna parte de nuestro cuerpo toca con el otro, mirando el techo, las cortinas que se mueven ligeramente, ningún sonido discordante o esperanzador que cambie el rumbo de esta historia. 
me levanto a las seis. me ducho y escojo un vestido fresco y holgado, estampado con flores. santi siempre ha dicho que le gusta y que me queda bien. dudo que hoy comente algo. paso por todas las habitaciones sabiendo de antemano que lúnula no ha regresado. en la cocina preparo el café y con la punta del pie aparto la lata de comida hacia un rincón, menos visible. santi aparece poco después, con el pelo mojado, la camisa blanca y unos pantalones oscuros. saca el azúcar y las galletas del armario. nos sentamos uno enfrente del otro. lo miro de reojo. no hace falta que le pregunte si ha dormido algo.
-¿has podido dormir?
él niega con la cabeza. su mirada fija en la taza roja.
-imprimiré algunas fotos-continúo, sabiendo que nada de lo que diga va a ser suficiente- y podríamos colgarlas por el barrio esta tarde.
le doy un beso de despedida en la mejilla. no se mueve. le digo, otra vez, cuántas llevo, que lo siento mucho, que todo irá bien. adiós, contesta. cuando entro en el ascensor me aliso el vestido floreado y lo maldigo a él y a la gata y al dichoso día bochornoso en el que decidí abrir la ventana para que pasara un poco de aire. doy una vuelta a la manzana antes de coger el metro. susurro el nombre de lúnula, esperando que reconozca mi olor, mi voz, el vestido floreado. pregunto a la panadera a la que compramos los croissants los domingos. uy, me dice, mala señal si no ha vuelto ya. seguro que se lo ha quedado alguien. le agradezco mucho su ayuda y noto una lágrima resbalando por la cara. en el metro no disimulo. algunos me miran con pena y otros se apartan un poco, como si tuviera una enfermedad muy contagiosa y pudiera infectarlos. llego al trabajo con los ojos hinchados y las mejillas húmedas. he perdido a lúnula, confieso nada más sentarme. santi no me habla, detallo para que alguien –quien sea- se ponga de mi parte y me asegure que fue un accidente y que santi es un imbécil. paso la mañana mirando las fotos que tenemos de la gata. lúnula jugando con una pelota de tenis, acurrucada entre las sábanas, encima de mi cabeza, dormida, con su patita negra alzada. selecciono una de ellas en la que creo que es fácil identificarla: su mancha redondeada y blanca entre los dos ojos y se la envío a santi. espero tres horas –tres horas. no podía contestar antes, no-hasta saber que no, que él ha escogido otra y que saldrá antes del trabajo para empapelar el barrio. le contesto al momento, inquieta, con un nudo en la garganta, y le digo que intentaré hacer lo mismo para acompañarlo. ok, dice. un beso, contesto. nada más. paso el día mordiéndome pellejos secos del labio, rezando y haciendo promesas. si lo encontramos, seré más responsable. si regresa, nunca más abriré la ventana. si esto tiene un final feliz, dono un riñón. no consigo avanzar nada de trabajo ni comer al mediodía. ningún compañero logra hacerme sentir mejor, menos culpable, a pesar de sus intentos y bromas. uy, santi va a dejarte, dice uno con la boca llena de ensaladilla rusa. todos se ríen a carcajadas, incluso yo. gilipollas. a la cuatro recibo un mensaje de santi. salgo ya, dice. te veo en casa. quiero leer en este mensaje un tono menos bélico, más apaciguado y racional. cuenta conmigo, me digo. ¿cuenta conmigo? me pregunto. recojo el papeleo que he esparcido por la mesa para disimular que no he hecho nada de lo que me han pedido y me despido deprisa. si necesitas un sofá esta noche, ya sabes. suerte. ánimos. ya verás cómo lo encontráis, dicen. pienso que no lo piensan. que lo dicen como yo le dije ayer a santi, sin creerlo, sin convicción, sabiendo que la gata no va a volver. que la he fastidiado. llego a casa sudada, el vestido pegado a la espalda, las sandalias me siguen rozando el tobillo. en el rellano me encuentro a la vecina del séptimo con su perrita y pienso que esto es una señal. una buena señal. que lúnula ha vuelto a casa. no puede significar otra cosa. la perrita me ladra y saca la lengua y yo le acaricio la cabeza y miro de reojo el ascensor que tarda tanto en llegar, la llave en el fondo del bolso lleno de objetos inútiles, la luz del rellano fundida. me imagino a lúnula viniendo a recibirme al pasillo, como hacía, como hace algunos días. abro la puerta. nadie me recibe. ¿santi? lo encuentro en el salón con un centenar de impresiones y cuatro rollos de celo. durante un segundo me mira de arriba abajo, con mi vestido floreado que siempre ha dicho que le gustaba. me sonríe. ¿me sonríe? le sonrío y le pregunto si está listo. dice que sí y me da unas cuantas fotos y un par de rollos de celo. su dedo índice roza el dorso de mi mano y me estremezco, pero imagino que ha sido sólo un acto reflejo. no hay perdón, todavía. salimos y esperamos el ascensor que tarda tanto en llegar en el rellano, en penumbra. le preguntaría cómo ha sido su día, pero sé que contestará una mierda o algo mucho peor.
-¿cómo ha ido tu día?
antes de que tenga tiempo a contestar le cuento el mío. lo de la panadera de esta mañana, aunque cambio su opinión por otra más positiva y me callo lo de que he llorado en el metro porque me va a mirar como si yo no tuviera derecho a llorar porque no es mi gata y seguramente no me hago –aún- una idea lo terrible que es todo el asunto. cuando termino mi perorata santi no tiene nada que comentar. salimos. una bofetada de aire sofocante nos cae encima como una losa nada más pisar la calle. santi comienza a caminar hasta llegar a la primera farola y pega una foto de la gata. el celo se enrolla entre sus dedos y termina pegando la foto torcida y arrugada. para cuando lleva cuatro farolas ha perfeccionado todo el procedimiento y su velocidad de ejecución. de estar en otra situación comentaría su destreza, pero en vez de esto entro en un todo a cien y agradezco el aire acondicionado y pienso que me quedaría un rato allí, paseando por entre los pasillos y toqueteando los objetos suaves o de colores estridentes. en vez de eso le pregunto al chico que está en la caja mirando al móvil por lúnula. el chico niega con la cabeza antes de que termine mi frase. repetimos la acción a lo largo de toda la manzana. cuantas más fotos repartimos, más preguntamos, más farolas, menos ánimos. los dos sudamos a mares, el pelo se me pega a la frente y desearía estar metida en una piscina de agua helada y me siento mal por preferir estar en una piscina y no poner más atención a esta búsqueda que temo perdida. ando arrastrando los pies aunque santi, a mi lado, camina con aplomo y decisión. nada lo distrae de su, nuestra, misión. entramos en un taller mecánico. habla santi y yo observo la mugre y el desorden, aunque se está fresquito y eso me vale. el muchacho que nos atiende, joven, su ropa y manos manchadas de grasa negra, dice que no, que nada, no ha visto, pero nos invita a pasar y mirar. nos separamos, cada uno en una dirección. el chico se une a la causa. pregunta el nombre del animal. se lo repetimos cuatro veces hasta que consigue una correcta pronunciación. lúnula. la llamo sin mucho entusiasmo, tengo tanto calor, y al instante los tres escuchamos un maullido agudo y lejano. nos detenemos y nos miramos. es por allí, señala el muchacho con su dedo manchado y negro. santi se apresura hacia el rincón que apunta el muchacho y llama a lúnula otra vez. otro maullido. los tres sonreímos. los tres buscamos y gritamos y llamamos a la gata y nos arrodillamos en el suelo manchado y negro y me mancho las rodillas y ahí, en el fondo, entre cajas y herramientas y grasa, está un hocico manchado y negro y ahí sus ojos verduscos y ahí su mancha redondeada y blanca, que ya no es tan blanca, entre los ojos. santi la coge con cuidado. le dice hola, pequeña, hola, amor, hola, bonita. la gata se queda quieta entre sus manos y lame sus dedos. ronronea y maulla y mantiene los ojos cerrados mientras santi besa su cabecita. el muchacho dice que hemos tenido mucha suerte y algunas obviedades más, pero ni santi ni yo le prestamos atención. me acerco a la gata para decirle hola y noto, sí, puedo notarlo, cómo santi me observa con recelo, como si no mereciese acercarme ni mucho menos hablarle a la gata. hola, lúnula, digo. la gata no se inmuta. con sus ojillos cerrados sigue disfrutando de las caricias de santi. agradecemos al muchacho. santi dice algo de invitarlo a una cerveza. el chico dice que no puede mientras está en el trabajo, tal vez otro día. salimos del taller, ellos –santi y lúnula- delante, yo unos pasos más atrás, como si no formara parte de esa escena, como si desconociera quién es ese tipo que carga con una gata y sonríe y le habla y le hace promesas de una cena opípara y unos mimos exagerados. en el ascensor la gata me mira por primera vez y alarga su cabeza hacia mí. la acaricio y sonrío. santi sonríe. sí, esta vez no hay duda. sonríe y dice:
-bueno, ya está.
lúnula se come dos latas y luego juguetea entre las piernas de santi mientras él prepara la cena y canturrea una melodía que se ha puesto de moda este verano. me ducho y debajo del agua fría descubro que estoy aliviada, sí, ya está, pero no contenta. regreso a la cocina acalorada, a pesar de la ducha larga y el pelo mojado que humedece mis hombros. santi ha puesto la mesa con el mantel azul y copas en vez de vasos. platos humeantes de arroz con verduras al vapor y una botella de vino blanco. me sirve primero y sonríe. la gata no se separa de él. me cuenta de un proyecto nuevo, muy interesante, que le permitirá aprender mucho aunque también deberá pasar muchas horas, y quizá algún sábado, en la oficina. me cuenta que ha visto una bicicleta nueva, a muy buen precio, justo lo que andaba buscando. me cuenta que ha llamado su madre y que me manda un abrazo. le digo que qué bien, qué bueno, que gracias, sin apartar la vista del brócoli, la zanahoria y el puerro. lúnula corretea entre las patas de la mesa y nuestras piernas. su pelo suave roza mis piernas y las retiro hacia atrás. hace tanto calor. y las ventanas cerradas. santi recoge los platos y me pregunta si quiero helado. contesto que no. saca dos platos y dos cucharitas y las pone delante de mí. comemos helado de chocolate con pepitas de chocolate. se forma una papilla marrón y tibia en el fondo del plato que lúnula lamería con avidez, pero prefiero dejarlo en remojo, con el resto de platos de la cena. mañana los lavaré, digo. estoy cansada, digo. santi contesta que no me preocupe, que lo hará él esta noche, que no está tan cansado. sonríe. sonríe por todo. lo miro y me pregunto si me hubiera llegado a dejar. si hubiera podido perdonarme algún día y, de ser así, cómo habríamos seguido. con esa ausencia, esa pérdida, esa grave irresponsabilidad mía. le deseo buenas noches. él hace el gesto de levantarse para darme un beso pero me doy la vuelta antes de que se ponga en pie. la gata me sigue hasta medio pasillo y luego regresa a la cocina, con santi. me tumbo en el centro de la cama. ni un poquito de aire. la ventana bien cerrada. pienso en ese lunes de agosto. subí a su casa después de que pasáramos el día juntos. lúnula se acercó a mí y se dejó acariciar. santi dijo que yo le había gustado, amor a primera vista, que eso no era lo habitual en ella. luego, días más tarde, confesó que en esos momentos hubiera dicho cualquier cosa para bajarme las bragas. lúnula entró en la habitación varias veces. nos interrumpió y nos reímos después de que se subiera a la cama y nos lamiera los dedos de los pies. me quedé a dormir esa noche sólo porque él insistió. a la mañana siguiente me propuso que me mudara a su casa, que había superado todas las pruebas, que lúnula necesitaba una aliada. la gata se había acurrucado en mi regazo y se había dormido. dije que sí. escucho el canturreo incansable de santi. desearía que se callara. ha cambiado de melodía. me gustaría que cerrara la puta boca. el chapoteo del agua y los platos. hace tanto calor y el aire de la habitación es irrespirable. la cabecita de la gata asoma por la puerta. me mira unos instantes, ladea la cabeza y avanza unos pasos hasta esconderse debajo de la cama. nada de brisa. la llamo en voz baja. eh, lúnula, qué haces ahí metida, ven. ven aquí. me abanico inútilmente con la mano. sube. la gata sale de debajo de la cama y me mira de nuevo. sube, sube, sube aquí, gatita. salta con esa elegancia suya y se sube a la cama. qué lejos has ido hoy, ¿eh? mira mi mano moviéndose de un lado a otro. ¿qué te ha parecido el mundo exterior? vuelvo a preguntar ¿te ha gustado? la gata, aburrida, pega otro salto y baja. tantísimo calor. espera, espera, le ordeno como si pudiera entenderme cuando le hablo. espera, bonita. miro hacia la ventana de la habitación, aquí al lado, cerrada. sellada. ella, delante del cristal, hace lo mismo. mi mano en el pomo dorado. un poquito de aire fresco. 

3 comentarios:

  1. Hilia, mi gata se llamaba Luna y también se me fue, el año pasado se me fueron tantos quereres...

    Me ha emocionado leer este texto tan lleno de culpabilidades que no lo son; de dudas, de aires, pero denso Hilia, muy denso. La puerta casi siempre se abre al final.

    Y entonces... corre el aire.

    Abrazo fuerte

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