29 marzo 2016

un señor con barba

nada puede salir mal. es un plan sencillo. y rápido. debe ser rápido, eso lo acordaron desde que se les ocurrió la idea, una noche, en un bar vacío debajo de la casa del bizco, después de haber tomado unos tequilas de más. los dos convinieron que diez minutos, ni uno más, era el tiempo exacto que tenían desde que aparcaban delante del museo hasta que se marchaban con los cuadros. por si la sencillez y la brevedad de su plan se complicaba en el último momento, cosa que no quieren ni pensar, cuentan con la ayuda del vigilante, primo del gordo. 
-¿es de fiar? –le preguntó el bizco esa noche. 
-¿crees que me metería en algo así si no fuera de fiar? –contestó el gordo, mirándolo fijamente y molesto por la pregunta. el bizco dudó unos instantes.
-¿se lo has contado a él? 
-fue él quien me dio la idea. 
el bizco asintió con la cabeza y se tranquilizó: algo así no podía salir de la mente del gordo. sin duda tenía que haber sido alguien mucho más astuto que él. 
-me contó –continuó el gordo- que los miércoles es el día perfecto. el museo cierra a las nueve y a esas horas no hay casi nadie. es un museo pequeño, poco conocido. los turistas prefieren tumbarse en la playa y ahora, en esta época del año, apenas van una decena al día. imagínate. 
-¿y estás seguro que vale la pena? quiero decir… 
-sí, sí, estoy seguro. él lo ha leído por ahí. se ha informado. es su trabajo, ¿sabes? 
-¿pero no es guardia de seguridad? 
-ya, sí, pero le gusta saber estas cosas. los precios y tal. 
-no lo sé, no lo veo claro. tendría que pensarlo. 
el gordo lo miró incrédulo. 
-¿tienes que pensártelo? ¿en serio? en tu puñetera vida vas a ver tanto dinero junto. el plan es perfecto y mi primo está dentro, ¿te das cuenta de la ventaja que nos da esto? él sabe todos los detalles: los pasillos, los cuadros que hay que coger, las salas donde están, la orientación de las cámaras. no entiendo qué tienes que pensarte, la verdad. 
el bizco pidió al camarero otra ronda de tequilas. 

conduce el gordo. ha conseguido el coche del amigo de un sobrino que no hace preguntas. conduce muy lento y va tarareando una canción que suena en la radio. a pesar de que al bizco le molesta no dice nada. cree que es una buena señal, indicadora de que su compañero está tranquilo y confiado. él, por el contrario, lleva tres noches sin poder dormir y se ha levantado con un nudo en el estómago que le ha impedido comer en todo el día. son las ocho y cuarto de la tarde y todavía hace un calor bochornoso y agobiante. el bizco mira su reloj de pulsera, regalo de su mujer. 
-vamos con retraso –dice.
el gordo mira el reloj del bizco. 
-¿es bueno? 
-qué va ser bueno, ¡hombre! 
-no te preocupes. vamos bien. de hecho, vamos perfecto. 
el bizco mira por la ventana y respira hondo con disimulo. no quiere que sus nervios contagien al otro. pasan por delante de la farmacia dónde la semana pasada compró los antibióticos que el médico le recetó para esa infección de oído que le sigue molestando y luego por delante de una comisaría de policía, pero ahí gira la cabeza hacia el otro lado, por si acaso. 
-bueno –dice el gordo, cuando se desvían a la derecha –ya casi estamos, ¿preparado? 
el otro asiente y se pone el pasamontañas. 
-¿qué coño haces? –grita el gordo –¡todavía no! espérate a que lleguemos, tal y como dijimos, ¿no te acuerdas o qué cojones te pasa? si alguien te ve ahora, con esto puesto, se nos va el plan a tomar por culo. 
el bizco se arranca el pasamontañas de la cabeza. 
-joder, estoy muy nervioso –admite, acalorado. 
-tranquilo. está todo bajo control, pero no la jodas, anda. 
 el gordo detiene el coche delante del museo. 
-ahora –dice antes de abrir la puerta del coche. los dos van vestidos de negro, con pantalones largos y jersey de cuello alto. entran deprisa, decididos, el gordo delante, jadeando. el bizco se sorprende de lo bien que su compañero se orienta cruzando las salas, ligeramente iluminadas, totalmente vacías. agradece la temperatura fresca de todas ellas. el gordo se para delante de la número nueve y señala con el dedo el número que cuelga torcido encima del arco de entrada. tiene los ojos brillantes. 
-es esta –susurra. 
al bizco le tiembla el pulso y las piernas. cree que no será capaz de recortar bien la tela con el cuchillo que compraron en el supermercado. el gordo entra a la sala y va directo al guardia de seguridad que simula estar medio dormido en la silla, entre un parmigianino y un bassano. al ver al gordo y a su socio, cubiertos con los pasamontañas, se levanta de su silla, pone cara de sorpresa, luego de pánico y agita los brazos al aire, como para avisar a alguien, pero el gordo lo empuja y lo hace caer al suelo. enseguida se acerca el bizco que le da un puñetazo en la cara y lo deja medio inconsciente. el gordo lo mira, desconcertado. nadie habló de puñetazos. un reguero de sangre oscura cae de la nariz del guarda. le atan las manos con una cuerda vieja y le tapan la boca con cinta adhesiva por si se despertara y le diera por gritar, aunque saben que no va a gritar. a continuación lo arrastran hacia un rincón de la sala. 
-esos dos –apunta el bizco en dirección a dos obras. una es el retrato de cuerpo entero de un señor con barba, vestido de negro que posa muy serio. otro una naturaleza muerta con vasos, frutas y moscas. 
-¿estás seguro? –pregunta el gordo. el bizco vuelve a mirar los cuadros. son horribles los dos y duda de si alguien va a querer comprarlos por la cifra que el guardia de seguridad ha leído en algún panfleto. justo delante del retrato del señor con barba hay un caballete. el bizco se acerca. el caballete sostiene una copia pequeña del señor con barba, más colorida y vívida que el cuadro original. 
-¿se puede saber qué cojones estás mirando? ¿son estos dos o no? –pregunta el gordo, al lado del bodegón, con la mano alzada y el cuchillo en una de las esquinas del óleo. el bizco asiente, sin moverse de delante de la copia del señor con barba. le gustan los dedos del retratado, alargados y pálidos, que asoman por debajo de una manga amplia. también le gusta la capa negra que le llega hasta los pies y le da un aire de solemnidad, pero sobre todo le gusta su rostro: sereno y bondadoso. le da paz, cierta sensación de seguridad, de que todo saldrá bien. imagina ese rostro apacible mirándolo todas la mañanas cuando se levante, después del mediodía, en su nueva casa en algún lugar cerca de la costa. 
-tío, ¿vas a ayudarme con esto? –le abronca el gordo que ha cortado el lado derecho del bodegón y va por el extremo superior. el bizco saca su cuchillo del bolsillo del pantalón, se acerca al cuadro original del señor con barba, de rostro triste y anodino, dedos rechonchos y capa almidonada, y clava la punta de la herramienta en la tela blanda que se desliza con facilidad hacia abajo. en pocos minutos consiguen separar los tejidos de sus marcos dorados y los enrollan con destreza. el gordo estuvo practicando en casa con sábanas viejas para no fallar en ese momento crucial y termina antes. 
-joder, date prisa. vamos, más rápido –le apremia a su compañero. el bizco está sudado de pies a cabeza. la tela está muy acartonada y le cuesta enrollarla. debe desplegarla para volver a empezar hasta que el gordo se la arranca de las manos y lo consigue en menos de cinco segundos mientras niega con la cabeza y reniega algo incomprensible. los gimoteos del guardia que se ha desvelado y se retuerce lastimosamente por el suelo hacen que sus miradas se desvíen hacia él. el primo del gordo, con los ojos muy abiertos, los mira y mueve la cabeza. 
-¿qué coño quiere éste? –pregunta el bizco- dile que se calle de una puta vez o le arrearé otra hostia.
el gordo le ordena callar con el dedo índice encima de sus labios finos, pero el hombre sigue señalando con la cabeza, cada vez con más contundencia. el bizco se gira. hay una virgen rubia y pálida sosteniendo a un niño jesús desnudo detrás de ellos, justo en la dirección que parece apuntar el primo del gordo. 
-creo que nos hemos equivocado –se atreve a formular en voz baja. 
-¿qué? 
-el cuadro. la virgen. 
-¿qué? –repite el gordo, agitando el cuchillo. 
-teníamos que haber cogido la puta virgen. 
el gordo mira al guardia que asiente con los ojos muy abiertos y luego al bizco que tiembla. 
-joder, joder, joder. me cago en mis santos muertos, joder. 
los dos hombres se quedan parados en medio de la sala, con los lienzos colgando de sus manos. el guardia de seguridad se ha callado por fin y se escuchan varias sirenas a lo lejos. el gordo comienza a correr. el bizco mira a su alrededor y su mirada se topa con la copia del señor con barba. se acerca y sin perder más tiempo coge el caballete con la tela y sigue al gordo que está gritando a pleno pulmón: “hijos de puta”. el gordo salta los escalones de la entrada, entra en el coche, lo arranca y abre la puerta del copiloto. el bizco llega justo después, tira el lienzo enrollado en los asientos traseros e intenta tirar también el caballete. 
-¿qué coño haces? esto no cabe ¡nos van a pillar por tu jodida culpa y te voy a matar, joder! ¡tira esa puta mierda y entra en el jodido coche, gilipollas! 
el bizco intenta de nuevo meter el caballete, sin prestar atención al gordo, y le da un golpe en el brazo con una de las patas. 
-¡ahí te quedas! –le grita el gordo y mete primera. el coche comienza a avanzar. el bizco corre a su lado, sujetando la puerta abierta con una mano y el caballete con la copia del señor con barba en la otra. el gordo mete segunda y acelera. 
-¡suéltate, imbécil! –le chilla y da un golpe de volante hacia la izquierda. el bizco cae al suelo con el caballete encima. 
-¡maldita sea! –vocifera. 
cuando se levanta y recoge el caballete descubre que tiene la pernera derecha rota y su rodilla sangra. en la puerta principal del museo el guardia de seguridad ha visto toda la escena y observa al bizco. el bizco traga saliva y se seca el sudor de la frente con el pasamontañas que a continuación guarda en un bolsillo. el guarda baja un par de escalones, aunque inmediatamente se arrepiente, los vuelve a subir y se queda inmóvil delante de la entrada. el sol se ha puesto, pero todavía hace un calor tórrido y abrasador. el bizco está empapado de sudor. le duele la rodilla y no sabe qué hacer. aparecen cuatro coches de policía. los dos primeros se paran delante del museo y los otros dos siguen por la carretera por donde se ha ido el gordo. seis agentes salen de los dos primeros automóviles. gritan, agitan las manos, hablan por la radio y piden refuerzos urgentes. el sonido de las sirenas es atronador. el guarda señala hacia dentro y los hombres corren hacia el interior del museo. 
-¡apártese! ¡eh, usted! ¡señor! ¡apártese de aquí inmediatamente! 
los primeros vecinos se asoman por las ventanas de sus casas. algunos salen hasta la puerta.
-¡señor, por favor, no se quede aquí en medio! 
uno de los agentes empuja al bizco hacia un grupo de personas que se ha reunido al otro lado de la calle, esperando escuchar los primeros disparos y ver a los primeros rehenes saliendo del museo con las manos detrás de la cabeza. aparcan dos ambulancias. uno de los observadores asegura que es un ataque terrorista. aparecen algunos bañistas tardíos que han escuchado las sirenas desde la playa, envueltos en sus toallas coloridas y estivales. el bizco queda relegado a una segunda fila de curiosos y un par de minutos después a una tercera. poco a poco va tomando consciencia de lo que ha ocurrido y cuando una señora que tiene al lado se queda mirando su jersey negro de cuello alto, extrañada por la invernal indumentaria del hombre, decide alejarse con rapidez con el cuadro del señor con barba en su mano. llega a casa, evitando pasar por las calles más transitadas, cuarenta minutos después, agotado y febril. 
-¿hola? –dice al llegar a casa. 
-¿dónde has estado? –le pregunta su mujer. el bizco carraspea y asoma la cabeza por el salón. ella, de espaldas, está viendo las imágenes en directo del edificio del museo donde ahora apenas hay policía ni público. 
-ha habido un robo –le informa sin girarse. el bizco va hacia el baño, se desnuda y se moja la cara y el pelo. la mujer abre la puerta. 
-¿qué haces? –le pregunta. 
-me estaba refrescando un poco. hoy hace un calor insoportable. 
ella asiente, mira la ropa negra amontonada en el suelo y luego la rodilla ensangrentada. 
-¿qué te ha pasado? 
-ah, esto. no es nada. me caí de la forma más tonta. voy a curármelo ahora mismo. 
la mujer vuelve a mirar la ropa. 
-¿qué decías de un robo? –le pregunta él, simulando una sonrisa. la mujer vuelve al salón y se sienta delante de la pantalla. 
-un robo en el museo, aquí al lado –grita para que él se entere bien. 
el bizco sale desnudo del baño y se queda plantado detrás de ella. en el televisor están entrevistando a un joven pecoso que asegura haber visto a dos hombres fornidos y a una rubia que huían a toda velocidad en una furgoneta verde. la mujer se gira y observa el cuerpo pálido de él. 
-¿qué haces así? te van a ver todos los vecinos. 
el bizco da un par de pasos y se sienta en el sofá. 
-¿estás seguro de que no te pasa nada? –pregunta la mujer- estás muy pálido. y muy callado. 
el hombre menea la cabeza y susurra que no le sucede nada, sólo que tiene mucho calor. 
-traeré unas cervezas –dice la mujer. se levanta con dificultad y arrastra los pies hasta la cocina, abanicándose con una mano. el bizco resopla, presiona sus sienes con los pulgares y mira de nuevo la pantalla cuando la reportera informa sobre la identificación del coche con el que el gordo ha huido, sin rastro del ladrón ni mucho menos de los lienzos. el bizco apaga el aparato y comienza a temblar, más que de frío de rabia y miedo. 
-¿qué coño es esto? 
la mujer, que no ha llegado a la cocina, sostiene en alto el cuadro del señor con barba. la pintura, fresca todavía, no ha aguantado tan bien como los originales y los ojos del señor con barba están desfigurados, la nariz torcida, la boca se extiende hasta la oreja derecha y la capa negra se confunde con el cuerpo emborronado. 
-¿qué coño es esto? –repite la mujer más alto. el bizco, sin quitar la vista del óleo, ahora abstracto, comienza a balbucear: 
-lo… lo… encontré en… -pero no termina la frase. la mujer se ha dado la vuelta, farfullando, y pocos segundos después escucha cómo tira el cuadro dentro del cubo de la basura. 

esa noche, mientras ella ronca, no puede dejar de pensar en el gordo y en su primo. según el último informativo de las nueve su socio sigue en busca y captura. un desplegamiento policial lo está buscando por los bosques de los alrededores donde se cree que puede estar escondido. han enseñado un retrato robot de su aspecto que no tiene nada que ver con el gordo, pero sí con un joven alto y fornido. del guardia sólo se ha dicho que estaba recuperándose de la terrible paliza recibida y que pronto será interrogado por los agentes. el director del museo, un hombre con acento extranjero, ha declarado, enfrente del edificio, que espera y desea recuperar las dos telas por su alto valor cultural pero no ha mencionado el alto valor, si lo tuvieran, económico. el bizco se levanta de la cama. tiene la piel húmeda de sudor y le duele la rodilla. deambula por el salón sin atreverse a encender el televisor y descubrir, quizá, que el gordo ha sido capturado con los dos cuadros y que el guarda ha desvelado la identidad del segundo asaltante. piensa en la cerveza que al final no ha tomado y cojea hasta la cocina donde lo primero que ve al dar la luz del fluorescente es el señor deformado con barba en la basura. lo saca del cubo, le quita algunas migas de pan que tenía por encima, lo coloca en la encimera y se sienta delante de él. pasan unos minutos y luego unas horas y, sin darse cuenta, los primeros rayos de luz dorada se cuelan por la ventana de la cocina. cuando escucha el despertador que suena para que la mujer se despierte, se levanta de la silla y prepara café para los dos. la mujer entra en la cocina poco después. dice que ha dormido fatal por culpa del calor pero no pregunta qué hace él ya levantado cuando lo normal es que lo haga a media mañana. pone el televisor, pero el bizco le pide que lo apague, que no quiere escuchar más noticias sobre el robo en el museo ni sobre el último caso de corrupción ni sobre el equipo que ganó ayer el partido. la mujer lo mira unos segundos y luego mira al cuadro deforme del señor con barba en la encimera. 
-¿no vas a tirar eso? –pregunta. 
él le repite que por favor apague el televisor. ella obedece y desayunan en silencio. media hora más tarde la mujer se marcha al trabajo, arrastrando los pies y abanicándose con una mano. el bizco se viste con una camisa fina de manga corta, unos pantalones beige y unas chancletas de plástico gastado. coge el cuadro del señor deforme con barba y recorre el trayecto inverso que hizo el día anterior hasta llegar a casa. en el museo ya han abierto las puertas cuando él llega y nada parece indicar que, unas horas antes, hubiera habido un robo, ambulancias, patrullas de policía y dos furgonetas de cadenas de televisión emitiendo en directo. sube las escaleras despacio y titubeante. está nervioso y, a pesar de la indumentaria fresca, está sudando. la oscuridad y la temperatura fresca de la primera sala lo sorprenden otra vez. una familia de cuatro miembros observa embelesada un tapiz enorme de un ciervo y un puerco espín. en la siguiente habitación una pareja alaba una copa de oro con incrustaciones de esmeraldas del siglo quince. en la otra una guía explica a un grupo de veinte personas la historia de un busto manierista esculpido en mármol blanco. en cada una de las salas hay visitantes sacando fotos a todo aquello que les llama la atención. se pierde varias veces hasta dar con la sala nueve, hoy cerrada al público con una enorme sábana blanca que impide ver dentro y dos policías flanqueando la puerta. el bizco se acerca. 
-no se puede pasar, señor –dice uno de los hombres. 
-ya, claro, lo entiendo. sólo quería devolver esto –explica levantando el cuadro del señor deforme con barba. los guardias observan la mancha de pintura y se miran entre ellos. 
-¿cómo dice? 
-devolver este cuadro. 
-señor, por favor, no nos haga perder el tiempo. estamos trabajando. 
-lo siento, no pretendía molestarles ni mucho menos, pero quiero devolver… 
-en ese caso, lárguese de aquí ahora mismo si no quiere meterse en problemas. 
el bizco asiente y da un paso hacia atrás. 
-sólo quería devolverlo –murmura, mirando al suelo. 
-señor, no lo volveré a repetir. márchese ahora o va a pasar la noche en comisaría. 
el bizco se retira con el cuadro en la mano. recorre media docena de salas, cada vez más llenas, hasta dar con la salida. en la entrada un guardia de seguridad debe poner orden a una cola de una treintena de personas para que respeten el turno de admisión. anda despacio hasta llegar a la playa. le gustaría poder refrescarse los pies en el agua, un rato sólo, pero las varias filas de sombrillas que llegan hasta el paseo marítimo le hacen cambiar de idea y sigue andando hasta llegar a casa. recorre todas las habitaciones a pesar de saber que todavía es temprano y la mujer no habrá llegado del trabajo. cuando se ha asegurado de que no está se dirige al armario del recibidor y busca en su minúscula caja de herramientas. enseguida encuentra el martillo, pero el clavo le cuesta un rato más. consigue uno, oxidado y pequeño. a continuación se desabrocha la camisa fina y se sienta unos minutos en el sofá, buscando con la mirada el mejor lugar. no le cuesta encontrarlo: justo encima del televisor, entre el mueble de estanterías y la ventana alargada que da a la calle. con el primer golpe seco el clavo se tuerce. maldice su mala suerte un par de veces, arranca el clavo de la pared con sus propios dedos y lo enderezar a martillazos. su camisa fina se mancha de sudor por la espalda. en el segundo intento consigue que el clavo se mantenga recto y cuelga el lienzo. tira el martillo al suelo, se distancia unos pasos y mira al señor deformado con barba, sin cara y sin cuerpo, presidiendo la pared amarillenta de su sala de estar. no es, sin duda, lo que había imaginado en un principio, pero decide que allí se quedará el retrato hasta que una patrulla de policía estacione debajo de su casa, la mujer grite su nombre al abrir la puerta, haga preguntas, suelte su lata de cerveza y deje de abanicarse con la mano, chille, pataleé, los vecinos salgan a la puerta, rumoreen y, finalmente, él salga esposado, con la cabeza gacha, si es que todo esto llega nunca a ocurrir.