16 diciembre 2015

flores blancas

tú le regalarás flores blancas 
sus preferidas
ridículamente caras 
no tendrá jarrón 
pero se abrirá de piernas, dócilmente 
pendiente de tu mirada, de tus manos 
de las nuevas preferencias que aprendiste del porno, de anteriores
con algo de imaginación
que ejecutas con precisión, sin amor 
con la camiseta puesta 
por si hay que irse deprisa y prometerle que volverás mañana.
pero mañana no será. 
la llamarás, eso sí 
te interesarás por sus miedos 
sabrás comprenderla, apiadarte 
pronunciar las palabras que se esperan de ti
educadas, fieles 
artimañas 
y ella te dirá que nadie como tú 
nadie 
tú le pedirás tiempo, espacio
que entienda 
que se joda (no, no se lo dirás así. no, no lo entenderá así) 
que has pasado por 
que has sufrido hasta
que has llorado tanto 
ofrecerás más flores, más halagos, más citas egoístas
ella se abrirá, se abrirá, se abrirá 
comprará dos jarrones 
secará los pétalos entre hojas de libros que no ha leído
te pedirá que te quedes y te enviará canciones dedicadas que escucharás hasta el segundo diez y luego borrarás. 
accederás: te quedarás y la despertarás a media noche montado encima
a oscuras 
tirarás de su pelo, mordisquearás su piel fina 
te correrás antes que ella, sin preguntar
antes de marcharte le pedirás tiempo, espacio 
que entienda. 
aprenderá rápido 
se echará novio, luego novia 
coincidiréis en fiestas, en la calle, en la cama cuando te llame alguna noche que no tiene compañía
te follará sin preámbulos ni promesas 
sus pechos más llenos, su saliva más densa
y al despediros, en el rellano, pedirá que te apresures por si acaso, divertida, con la mirada viva, la mente en otro.
llegarás a tu casa de madrugada 
no tendrás alimento que vomitar 
bebida que desborde las horas 
recuerdo que deformar 
la pensarás cuando conozcas a las demás 
le escribirás cuando te tiemble el pulso de insomnio y pasado 
repetirás palabras que un día te murmuró y aún recuerdas de noche, sentado delante de una carta sin enviar. 
sabrás que está bien 
que no se esconde 
que te echa de menos algunos días alegres 
que sigue aprendiendo rápido, mucho, por fin. 
te parecerá que creces, rápido
que sabes, mucho
que vives
por fin. 
te invitarán a cenas, a tríos, a nueva música, a casas extrañas
dirás sí, no, sí, no, tal vez, sí 
te gritarán hijodeputa, miamor, llámame, ven, lárgate 
llegarás a tu cama de madrugada 
buscarás alguien con quien hablar 
quien sea 
de lo que sea
teclearás nombres que te maldicen que te olvidaron que te hacen avergonzar y terminarás, aún con el abrigo puesto, acurrucado en un rincón de la cama manchada de vino rancio, semen, restos de cuerpos invisibles. 
no soñarás con tu abuela enferma 
no soñarás con tu madre triste
no soñarás con viajes ni fortuna. tampoco con ella. al despertar te parecerá que ha transcurrido una década, pero no. apenas habrán sido unas horas luminosas de un día que no valdrá la pena contar 
desayunarás migajas y esperarás, esperarás, esperarás que algo cambie que algo estalle que algo se rompa dentro, fuera, que sepas cómo, por dónde, cuándo, para quién. 
te olvidarás de comprar comida y beberás demasiado antes de pensar 
te ilusionarás con un inicio que se quedará en inicio
torcido. minúsculo. penoso
trabajarás deseando que el metro te devuelva a casa 
a qué casa, te preguntarás cuando compres un espejo nuevo para mirarte de reojo, sin afeitar, sin intención 
reconocerás que está siendo diferente. una mierda. nada se rompe. nada cambia. nadie te recogerá cuando temas que estás cayendo. aunque no estarás cayendo, sólo acostumbrándote. 
la llamarás: no estará 
la llamarás: tendrá poco tiempo 
la llamarás: te mandará un beso que sentirás hielo 
la llamarás: he conocido a alguien, le anunciarás. 
tú 
me 
conocerás.
llegaré 
como todas, sin carruaje, sin adiestrar 
despertaré tu curiosidad tu sexo 
los poemas que tenías comenzados 
otro cuento 
querrás demostrarme, esforzarte, intentarlo de verdad 
esta vez será distinto 
prometerás lo mismo, pronunciarás igual 
me regalarás flores blancas 
esas flores blancas
la llamarás: sólo quería decirte 
te llamará: llamaba para saber
te llamará: no te olvido, nadie como tú, para siempre, pase lo que pase, siempre, siempre, gemelas, almas, nadie. 
esas flores blancas
que creerás son mis preferidas. 

08 diciembre 2015

Ahora. Bien. El punto.
Lo de Ezequiel no encaja en las categorías previstas en la industria del porno. Lo suyo es algo distinto. A él le gustan los granos. Los talones sucios. Los movimientos de la celulitis. Los pelos en todas partes. como esos que se encarnan en las ingles, parecidos a cabeza de alfileres. Hasta los pedos, le gustan. Es algo extraordinario. Todo lo que se pueda oler, sorber, apretar o morder intensamente, a él le parece digno de la mayor admiración. Me mastica las axilas. Me lame las piernas sin depilar. Me chupa los pies con heridas de las sandalias. Respira en mi ano. Se frota la verga con las asperezas de mis codos. Eyacula en mis estrías. Dice que todo eso, la abundancia de mis imperfecciones, proviene de la salud.
Hoy, en su casa, me explicó que cada día ve tantos cuerpos secándose, perdiendo brillo, degradándose poro a poro, que ha terminado por excitarse con lo más vivo, todo aquello que rebosa del cuerpo con entusiasmo. Que para él la belleza era eso. 
Mientras hablábamos me puse en pie, desnuda, frente al espejo del armario. Ezequiel, un poco sudoroso todavía, seguía acostado con las manos por detrás de la nuca. Tenía los pies en cruz y me miraba mientras yo me miraba. Repasé los detalles que más odio de mi cuerpo. La orientación asimétrica de los pezones. La cicatriz de la cesárea. Esa flacidez en la cara interna de los muslos. Ese odioso bultito encima de las rodillas. Las pantorrillas demasiado anchas. Los callos perennes en los dedos meñiques. Después me observé de perfil. Me fijé en los pliegues del vientre. En la atenuación de las nalgas, como si les hubieran absorbido la musculatura a los costados. En la pérdida de redondez de los pechos, cada vez más largos y huecos. Tetas de calcetín, las llamábamos con mi hermana cuando nos burlábamos de las señoras mayores. Me vi bastante horrible. Y esta vez no me importó.
Le confesé a Ezequiel que, desde hace un par de años, tiendo a mirarme demasiado en el espejo. Que he vuelto a prestarle tanta atención como cuando era adolescente. Que con frecuencia me sorprendo examinando mi desnudo, evaluando si podría seguir considerándome deseable. Le pregunté si creía que hacía mal. Él me respondió que al contrario. Que hay que mirarse todos los días. Y comprobar cómo perdemos formas, cómo nuestra piel se va volviendo áspera. Que sólo así podemos comprender y aceptar el paso del tiempo.
A mí me pareció que su respuesta era más bien desagradable. Y nada seductora. Y que en el fondo, haciéndose el científico, estaba llamándome vieja. Me ofendí. Lo insulté. Me excité. Después me insultó él. Después me penetró contra el espejo del armario. Después lloré. Después le di las gracias. 

Hablar solos, A. Neuman