10 noviembre 2015

no sabía decir no 
decirte no; 
no quiero 
no me gusta 
no me apetece 
no lo lamento 
no te entiendo 
no discuto 
no sabía 
no 
y decía sí 
sin querer, sin saber, sin discutir, sin entender 
que así tampoco 
que así andábamos a tientas, en círculos incompletos 
funcionaba torcido 
nos hacía exiguos 
nos sabía a poco 
nos acercaba más al bucle, al montón, al final pronunciado 
que a la historia especial que confiábamos que era. 
pero entiéndeme 
míralo por este lado mío, absurdo, cobarde 
principiante: 
si decía sí en vez de no era para que durase
para que sirviera, para que escucháramos la misma canción cuando escaseaban las palabras, los tanteos 
la ilusión diluida en dudas 
y decía sí, repetía sí 
sí 
me limpiaba la boca con sí 
sosegaba la intuición con sí
amañaba las citas con sí 
evitaba la sentencia con sí 
no preguntabas y respondía que sí 
no me veías y murmuraba que sí 
no me abrazabas y sollozaba que sí 
sí 
ese era mi lado, mi deformada parte, mi particular forma de hacer rodar una rueda rota 
porque de lo contrario 
de lo contrario al sí 
¿cómo habernos bañado en esa playa sucia en las afueras? 
¿cómo haber viajado sin memoria sin cargos sin consciencia? 
¿cómo habernos visto desnudos, infantiles, perdidos, drogados? 
¿cómo alimentar la risa y el cuento? 
yo musitaba sí porque no sabía decirte no 
y para cuando un día, un límite, un giro, dije no 
no esperes 
no mires 
no me toques 
no te siento 
no lo intentes 
no fastidies 
no lo jodas más 
respirábamos más rencor que bálsamo
había más trinchera que playa sucia 
los cuerpo desnudos, a solas, a oscuras, temblaban de rabia 
y el cuento mudaba a drama. 
todo esto 
nada de esto 
por decir no. 
ahora callo, opino poco, escogen por mí cuando tengo hambre 
señalan por mí los guisos, los libros, los ruegos 
pronuncian sí sin titubeo 
proclaman no con rotundidad 
sus voces, bien altas 
sus juicios, bien firmes 
y cada vez que los escucho 
ahí afuera 
escupiendo saliva e inmutables discursos 
pienso en lo simple que les resulta a ellos 
y en la herida que se infectó en nosotros. 

04 noviembre 2015

cuarentena

-tu marido no tendría que hablarte así. 
-no, no estamos casa… está nervioso. y cansado. ha dormido muy poco estos últimos días. 
-igual que tú. 
-bueno… es que él es así. no lo ha dicho con mala intención. se preocupa por mí, pero a veces le pueden las formas.
la enfermera se acerca a lucía y retira la venda, en silencio. prefiere no contestar. 
-bueno, esto empieza a tener muy buena pinta. 
-¿sí? ¿crees que podremos irnos a casa pronto? 
-esto lo tendrá que decidir el médico. 
-ya tengo ganas. aunque no me quejo. aquí me cuidáis muy bien. 
la enfermera asiente y sonríe. vuelve a tapar la herida y se acerca a la cuna donde duerme el bebé. 
-qué bonito es –dice. 
-queda mal que lo diga yo, que soy la madre, pero sí, yo también lo creo. y se porta muy bien. 
-es una suerte. así te recuperarás antes. recuerda que has tenido un parto complicado y que en casa debes descansar mucho. deben ayudarte. en todo –dice, esperando que lucía se dé cuenta de que, de nuevo, se está refiriendo a héctor. luego sale de la habitación. 
lucía se queda unos instantes mirando la puerta entreabierta. piensa en héctor. se ha comportado como un auténtico energúmeno, con esos gritos que por pocas despiertan al pequeño. cierto que ella se había olvidado de tomar la pastilla y que en eso sí tiene la culpa. “es que eres un desastre, lucía, un puto desastre. siempre lo has sido, pero joder, ahora no, joder. no estás en lo que tienes que estar. ¿te has visto la cara? pareces una muerta, no te aguantas de pie. te han repetido mil veces que nada de visitas y ayer tus padres estuvieron aquí toda la tarde, que si esto que si lo otro, que si no hay prisa. toda la puta tarde. y luego que sí estás agotada y no te puedes ni mover de la cama. joder, pues claro, qué esperas. si no haces caso a los médicos no saldremos de aquí, joder, lucía. que a veces parece que tengas la cabeza en la luna y yo no puedo estar todo el puñetero día pendiente de las putas pastillas que debes tomarte y que al final no te tomas porque joder lucía, eres un puto desastre. y luego, ya para rematar, estas putas visitas y las putas enfermeras que no paran de entrar y salir a todas horas, sin llamar ni nada, y aquí no hay quien duerma ni descanse, joder. joder”. eso había dicho. más o menos. gritando, agitando los brazos y apuntándola con el índice de vez en cuando, yendo de un lado a otro de la habitación mientras esquivaba la enfermera que intentaba hacer su trabajo. lucía le rogaba que se callase y que estaba montando una escena, pero él no escuchaba más que sus propios berridos. cada quince días le monta alguna escena. es un hombre con carácter, siempre ha dicho a sus amigas cuando les comenta la última bronca que han tenido. ellas se asustan, pero a continuación la mujer les cuenta que también la mima y le prepara la cena cada día. sí que está harta. claro que lo está. también los vecinos, aunque nunca han llamado a la puerta a las tantas, cuando héctor suele explotar, ni le han comentado nada en el ascensor cuando se la han encontrado a solas. en esas ocasiones ella les rehúye la mirada y si cuenta con suficiente antelación prefiere subir los cinco pisos andando, aun estando de ocho meses y una semana.
lucía deja de pensar en héctor cuando su hijo gimotea desde la cuna. se levanta deprisa aunque no es lo aconsejable y lo coge con cuidado. a pesar de que su peso está dentro de la normalidad a ella el parece más pequeño y frágil que el resto de bebés que ha tenido oportunidad de abrazar antes. sin duda es un niño precioso y bueno. se pasa el día durmiendo, no le muerde los pezones cuando mama, come bien, eructa y se parece a ella cuando era pequeña, lo cual molesta a héctor aunque no se lo haya dicho. le hace gracia que, de repente, sin haberlo buscado demasiado, se haya convertido en mamá y que de ahora en adelante sea la responsable de esa criatura que pone caras extrañas a todas horas y la mira sin verla todavía. él hacía tiempo que insistía. 
-una pequeña lucía. sería como tú, pero en pequeño. 
-¿y si fuera un niño? –bromeaba ella, sin tomar demasiado en serio las palabras de su pareja. 
-no, tendríamos una niña, de esto estoy seguro. 
pero luego ella, justo cuando él ponía los ojos en blanco y comenzaba a susurrar “oh, dios, oh dios, oh dios” le recordaba que debía correrse fuera. el condón era una opción que sólo habían usado las primeras veces y ella era poco partidaria de tomar una pastilla cada día. poco partidaria y muy olvidadiza. él, muy a su pesar, más por comodidad que por el riesgo de un embarazo que no buscaban y no evitaban, la obedecía. sólo un par de veces no había podido aguantar y se había dejado caer encima de ella, disculpándose torpemente, sin llegar a ser creíble. en esas ocasiones ella le había echado una bronca también poco creíble. con el tiempo, viendo que la relación no se extinguía y que héctor dormía todas las noches en casa de ella, lucía dejó de recriminarle su falta de responsabilidad y él, feliz por no tener que controlar sus eyaculaciones fuera o dentro, se corría, la abrazaba y le aseguraba que había sido el polvo más maravilloso de su vida. poco después, cuando el test de embarazo dio positivo los dos lo celebraron. quizá el hombre lo hizo más efusivamente. como era costumbre en él gritó por el pequeño piso de la mujer, dio brincos y golpeó una puerta y cuando ella le dijo que se iban a enterar todos los vecinos salió al rellano y bramó: 
-¡voy a ser padre! ¿os habéis enterado bien? ¡padre! 
lucía lo arrastró hacia dentro, abochornada, pero sonriendo. luego ella bajó a por una botella de champán y se mojó los labios un par de veces mientras él rellenaba su copa hasta quedarse dormido en el sofá. 

héctor entra en la habitación. 
-hola, niña –susurra con voz melosa y tranquila. lucía lo mira, deja a su hijo en la cuna y niega con la cabeza. 
-te has pasado de la raya, en serio. he pasado una vergüenza increíble. ya está bien, hombre. ya está bien. 
-lo siento. estaba nervioso. 
-siempre lo sientes, siempre estás nervioso y siempre terminas montando una escena. y no lo soporto. no te aguanto cuando te pones como un cavernícola. te lo he dicho mil veces: no quiero que grites. no es tan difícil de entender. 
-no te tomaste la pastilla. estaba preocupado.
-joder con la pastilla. pues me la tomé un poco después y aquí sigo, sana y salva, como puedes ver. 
héctor mira a su hijo y sonríe. 
-qué bonito es, lucía –dice con un hilillo de voz- qué bien lo hemos hecho, ¿verdad? 
lucía pasa su brazo por la cintura de el hombre y él apoya su cabeza en el hombro de ella. los dos se quedan delante de la cuna un buen rato, contemplando al pequeño que se ha dormido. 

el médico no quiere arriesgarse y no le da el alta hasta que el corte comienza a cicatrizar. 
-esto no está al 100% todavía –avisa a lucía –lo cual quiere decir que nada de esfuerzos, nada de paseos largos o llevar un vida muy activa, al menos todavía. tú misma lo notarás, te cansarás con facilidad y es algo completamente normal de lo que no debes preocuparte. la tensión sigue estando alta y el hematoma tardará en desaparecer, pero lo hará, tranquila. sólo que debes vigilar. debes seguir con las pastillas para la tensión. es muy importante que las tomes cada día y también me gustaría que te viera un cardiólogo. asegúrate de que tu dieta es completa y rica en proteínas. esto facilitará tu recuperación, pero repito, ten paciencia. tuviste un parto largo y difícil y necesitarás unas semanas para que vuelva todo a su lugar. en fin, lucía, ha sido un placer conocerte y te deseo mucha suerte en esta aventura de ser madre. 
lucía se estremece ligeramente. le da la impresión que las voces y el comportamiento de su pareja han sido la comidilla estos días en los pasillos del hospital y que todos los trabajadores están al corriente de su genio, incluido su médico que, a consciencia o no, ya ha excluido a su pareja de llevar a cabo la importante tarea de ser padre de forma modélica y le pasa el papelón a la recién estrenada madre. héctor, sin llegar a tales sutilezas ni conclusiones, se acerca a estrecharle la mano al médico y sólo cuando éste les deja solos en la habitación suelta: 
-estos todo lo solucionan con descanso y paciencia. para decir eso yo también puedo decir que soy médico, joder.
ella niega con la cabeza. 
-¿qué pasa? ¿qué he dicho? ¿no te parece que es cierto? –pregunta él, un tanto molesto por la poca comprensión de la mujer. lucía le pide que cargue con las flores y las bolsas antes de que sus preguntas suban de tono. 

cuando abren la puerta del piso a ella le llega un hedor insoportable que viene de la cocina y sospecha que la última vez que héctor bajó la basura fue hace seis días. pero no dice nada. tampoco hace alusión a la tapa del wáter levantada ni al calcetín desparejado y arrinconado entre la mesa y una de las sillas, en el salón. héctor la apremia para que se siente en el sofá donde una manta arrugada cubre parte de la tapicería. imagina que fue aquí donde durmió esa noche que tuvieron bronca en el hospital y ella le mandó que se largara y la dejara en paz de una vez por todas. lucía aparta la manta y se sienta, resoplando por haber subido cinco pisos de un tirón. 
-ay, qué gusto estar de nuevo en casa –dice, aunque se calla que está aterrorizada porque ahora ya no cuenta con tres enfermeras pendientes de ella y del niño a todas horas. héctor deja las bolsas en el suelo, en medio del minúsculo salón, y se sienta a su lado, con el pequeño en sus brazos. 
-bueno, pues ya estamos todos aquí –dice. 
se quedan en silencio y en penumbra. afuera hace sol, pero el minúsculo salón no tiene ventanas exteriores y ninguno de los dos ha encendido la lamparita que les permite verse cuando están mirando algún programa de televisión. lucía tarda pocos minutos en quedarse dormida, con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, la boca entreabierta y los primeros botones de la camisa desabrochados. héctor la mira de reojo. sus pechos, enormes, hinchados de leche, ascienden y descienden al ritmo de una respiración casi imperceptible. al comprobar que está totalmente dormida alarga un brazo y coloca su mano encima de uno de ellos, casi sin tocarlo. ella no se mueve. no tarda en sentir la erección que le aprieta la tela de los pantalones. con cuidado para no despertar a nadie se levanta con el niño en brazos y lo deja en la cunita de la habitación, se estira en la cama de matrimonio, se baja los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos y ahoga un gemido de placer cuando el semen mancha varias prendas de ropa esparcidas por la cama. justo cuando él también comienza a adormilarse, su hijo reclama la comida en forma de llanto descontrolado. héctor se despereza, se apresura a cogerlo y lo lleva ante lucía que con el lloriqueo también se ha despertado. 
-¿dónde estabas? –pregunta. 
-enseñándole a nuestro hijo su nuevo hogar. 
-ay, héctor, cada día te quiero más. 
-qué tonta eres. anda toma. 
lucía se saca una teta que se desploma con gravedad y se la acerca al niño que con asombrosa facilidad se pega al pezón y comienza a succionar emitiendo unos ruiditos que hacen sonreír a la madre. 
-es tragón como su padre –se ríe el hombre-. es que somos igualitos, ¿lo ves, nena? igualitos. ay, menudo cabrón. 
-no lo llames así.
-es en plan cariñoso, joder, lucía. ya sabes que no… 
-me da igual. no me gusta. no lo hagas más. 
héctor se aparta unos pasos y mira la escena en silencio, temiendo que cualquier justificación por su parte pueda desembocar en otra discusión sin sentido. durante el tiempo que lucía le da el pecho se mantiene ahí, parado, delante de ellos, con los brazos pegados a la espalda y la mirada atenta a la boca de su hijo, en contacto con esas mamas descomunales. cuando el pequeño termina de comer le pide a la madre que se lo dé para que eructe. 
-a mí se me da mejor -sentencia

la recuperación de lucía es más lenta de lo que ella desearía. la mayoría de días desplazarse desde su habitación hasta la cocina, un recorrido de menos de seis metros, le supone un esfuerzo gigantesco. su tensión sigue alta y el hematoma tiene un aspecto repugnante que evita mirar a menudo. a veces también siente unas punzadas agudas en el vientre que le hacen doblegarse de dolor, pero esto ha preferido no hablarlo con nadie y espera que sea algo temporal y sin importancia. ha hecho caso a los médicos y les ha pedido a todos sus amigos y familiares que de momento eviten visitarlos. su madre la tildó de exagerada cuando la llamó inmediatamente después del anunciamiento y le informó de que su hermana no montó tanto drama cuando tuvo a los gemelos. un día la visita sin cita previa y al ver la cara demacrada de su hija, el pelo estropajoso y sucio, el pijama manchado de leche y los ojos llorosos, se disculpa y se hace cargo del niño durante tres horas para que ella pueda descansar. cuando lucía se despierta, más animada, la madre le pregunta si héctor la ayuda y ella asegura que sí, que mucho, pero reconoce que desde que ha vuelto al trabajo las dificultades se han multiplicado. la madre se ofrece para ir todos los días unas horas, pero lucía dice que no, que prefiere hacerse cargo ella sola de su familia y que es sólo cuestión de días, hasta que se acostumbre a las novedades. la madre cuenta mentalmente los veinte días que han transcurrido desde el parto, tiempo suficiente para que se haya habituado a ese nuevo ser diminuto que apenas reclama la atención de nadie. pero en vez de contradecirla, le acaricia el pelo sin lavar, besa a su nieto en la cabeza calva y se despide. 
esa misma noche héctor llega más tarde de la cuenta. lucía esperaba que llegara temprano y pudiese hacer algunos recados que ella no puede hacer, pero cuando héctor abre la puerta distingue los ojos rojizos y la mirada ausente. 
-¿has fumado? –le pregunta a modo de bienvenida. 
-pero qué dices. 
-tienes toda la cara. y apestas. 
-estás loca. 
-y tú tienes un problema con los porros. 
-no empecemos. 
-no estoy empezando nada, pero ya te dije en su momento que no quiero este tipo de padre para mi hijo. 
-¿mi hijo? ¿pero de qué vas? también es hijo mío. 
-lo hablamos y me prometiste que ibas a dejarlo. 
-lucía, ¿qué puta mosca te ha picado ahora? que no he fumado, joder, ya te lo he dicho. sólo estoy cansado y ahora mismo, después de un día de mierda, sólo quiero disfrutar del pequeño un rato, darle el biberón, cenar con tranquilidad e irme a dormir. 
lucía le quita al niño el biberón de la boca y se lo ofrece a héctor. el niño cierra y abre los labios y agita sus manos al aire como buscando algo a tientas. 
-aquí tienes. tú mismo. yo me voy a descansar un rato porque no eres el único que ha tenido un día de mierda, pero claro, tú no puedes darte cuenta de esto porque sólo piensas en ti y a los demás nos pueden dar por el… 
-lucía, por favor –interrumpe él -. déjalo. vete a la cama y vete ya. 
ella pone al niño encima del sofá y se levanta. héctor se sienta al lado del hijo y le acaricia la tripa. el niño estira los brazos y las piernas y comienza a lloriquear. 
-ya va, ya va –dice el padre mientras coge el biberón y se lo pone en la boca, pero el niño aparta la cara y comienza a retorcerse, molesto y gimiendo más enérgicamente.
-pero vamos a ver… ¿qué te pasa a ti ahora? ¿ya no quieres comer o qué? 
héctor intenta de nuevo meterle el biberón y el niño de nuevo retira su pequeña cabeza. 
-me cago en la hostia. mira –le dice al bebé, alzando la voz-, hasta que no te calles, no hay biberón ni carantoñas. ¿me entiendes? ya está bien, hombre, que parezco aquí el imbécil de turno y no, que aquí quien manda soy yo. 
los berridos del niño se convierten en un aullido constante e insoportable, pero el hombre se mantiene firme en su decisión. enciende la tele y sube el volumen, ignorando los reclamos del pequeño. 
-mando yo –repite una vez y otra-, que os quede claro a todos.
lucía sale disparada del cuarto. le gusta mirar a su pareja cuando cuida de su hijo y cuando éste no se da cuenta. le enternece ver a héctor desviviéndose por el pequeño, hablándole en susurros y besándole la planta de sus diminutos pies, pero la escena que acaba de presenciar desde detrás de la puerta entreabierta de la habitación la ha enfurecido. 
-¡qué coño estás haciendo! –le grita al padre que salta del sofá al verla aparecer de repente- ¿no te das cuenta de que es un bebé? ¿de que no entiende? ¿de que no es su intención putearte? ¿eres imbécil o qué cojones te pasa? 
la madre le arranca al niño de los brazos y lo mece demasiado deprisa. el pequeño, lejos de tranquilizarse, sigue llorando y el hombre brama que está harto de todo, que no puede más y que va a marcharse de casa. 
-pues lárgate. vete y déjanos en paz. estamos todos hartos de ti. 
-eso haré, no te preocupes. me voy a largar y así me pierdes de vista. y yo a ti. desde que eres madre estás insoportable, no te aguanto. siempre quejándote, siempre con esta cara de muerta. mira cómo está la casa. parece una puta leonera. ¡no hemos ni salido a dar un paseo desde que llegamos del hospital! 
-¡deja de chillar! los vecinos van a oírte. 
-los vecinos me importan una mierda. una puta mierda. por mi –dice, yendo hacia la ventana de la cocina, abriéndola de par en par y sacando la cabeza por ella- que se enteren todos los vecinos de que son todos unos capullos.
lucía se encierra en la habitación con el niño y llora. el pequeño también. héctor patea una silla que cae al suelo, coge su chaqueta y sale del piso dando un portazo y maldiciendo a gritos. 

lucía se mira al espejo por primera vez desde que parió. sus tobillos han vuelto a la normalidad y lucen finos y ligeramente bronceados. el hematoma apenas se nota y su tripa está casi plana. se ha cortado el pelo por encima de los hombros y está pensando en cambiarse el color y teñirse de rubio dorado. 
-y ahora tú y yo nos vamos al parque –le dice a su hijo que la mira y hace una mueca que ella interpreta como una sonrisa. 
en el portal se cruza con la vecina del tercero que la saluda y pregunta cómo va todo. 
-pues bien, bien –dice ella-, vamos tirando. esto de ser madre es algo único.
-y tanto. todos lo pintan como si fuera coser y cantar, pero nada de eso –responde la vecina que ha malinterpretado sus palabras y ha escuchado las broncas de la pareja. 
-sí, bueno… pues vamos al parque para aprovechar este solecito. 
-claro, claro. que vaya muy bien. 
todavía se cansa cuando anda mucho rato y el sorprendente peso que va ganando su hijo hace limitar sus salidas. a pesar de esto cada día consigue dar una vuelta más a la manzana sin quedarse sin aire. al niño le encanta salir. lo mira todo con curiosidad y sonríe más que cuando está en casa. algunas veces, cuando no puede dormir o está inquieto, la madre lo mete en el portabebés y lo lleva hasta el final de la calle. para cuando regresan, él duerme plácidamente con la cabeza apoyada en su pecho y las manitas entrelazadas. en el parque se encuentra con otras madres, la mayoría con hijos más crecidos que ya gatean, que la escuchan y la aconsejan con trucos que no salen en ninguna revista especializada y sin embargo funcionan. de ellas ha aprendido, por ejemplo, a bañarlo con un gel que sólo venden en un supermercado cercano y que es mano de santo para que el bebé duerma bien por las noches o usar una determinada crema que hidrata milagrosamente los pezones agrietados. ella habla poco. espera que un día aparezca una madre con un niño más pequeño y pueda lucirse con su experiencia y sabiduría, pero de momento permanece callada cuando las demás se quejan de que sus vástagos han pintado las paredes del salón con lápices rojos o de que van a apuntarlos a fútbol el año que viene. 
cuando regresa a casa héctor ya ha llegado y está en la cocina, preparando la comida. 
-qué bien huele –dice ella. 
-crema de calabaza casera –contesta él. 
lucía deja al pequeño en la cuna del dormitorio, baja un poco la persiana para que no le dé tanto el sol y se dirige a la cocina. 
-qué guapa estás hoy. 
-¿ah, sí? 
héctor la atrae hacía él y la besa. cuando ella intenta separarse nota que él la empuja de nuevo hacía su cuerpo con más firmeza. se besan unos segundos más. las manos de él se deslizan hacia su culo y lo acaricia en círculos, con suavidad. lucía se deja hacer, recreándose en las cálidas manos de su pareja y sintiendo un ligero cosquilleo en la tripa hasta que escucha el líquido de la olla verterse por encima de la vitro. abre los ojos y comprueba que la mitad del contenido se ha desperdiciado. esta vez consigue separarse de él y aparta el recipiente del fuego. héctor coge su mano antes de que ella vaya a por una bayeta húmeda y la vuelve a abrazar. 
-¿sabes qué día es hoy? –pregunta con voz melosa. lucía intenta hacer memoria de cumpleaños, santos y demás festejos. 
-¿hoy? –titubea. 
él asiente. sus manos vuelven a estar posadas en su culo.
-hoy. 
-no se me ocurre nada. 
-hoy pasamos la cuarentena, amor –dice sonriente. 
lucía se da cuenta por primera vez que desde que llegaron del hospital no sólo no ha pensado en el sexo, sino que las intenciones de héctor le producen cansancio y hastío. no siente todavía que su cuerpo esté preparado ni, lo que es más importante, su cabeza. 
-¿en serio? –pregunta de nuevo, sabiendo que su pareja habrá estado contando los días, las horas y los minutos hasta llegar al día de hoy y que es muy improbable que esté equivocado. el hombre no contesta, besa sus mejillas y después baja hacia el cuello. lucía siente su aliento cálido y la mata de cabello rizado y oscuro cosquilleándole la punta de la nariz. sin moverse ni un ápice, conteniendo la respiración, espera que héctor se dé cuenta de que ella no está participando de la celebración, pero él no percibe nada extraño y sus manos pasan de su culo a sus pechos y después al botón del pantalón que desabrocha con celeridad. 
-espera, espera, espera. 
-¿qué pasa? -él levanta la cabeza y la mira sorprendido- ¿qué te ocurre? 
-héctor, no sé… no sé si yo… 
él espera a que ella termine la frase, pero la mujer no lo hace, se aparta y se abrocha el pantalón sin mirarlo. él resopla. ella sabe perfectamente lo que va a ocurrir a continuación y se retira unos pasos más. 
-esto es increíble. increíble –estalla. 
-héctor. 
-no, ni héctor ni no héctor. el médico… el médico dijo… ¿sabes cuánto hace que no follo!?!? antes porque estabas embarazada y ahora porque no lo estás y yo ya no puedo más, estoy que me subo por las paredes, lucía. me mato a pajas en el sofá, a las tres de la mañana para no despertaros, porque sé que necesitas recuperarte y descansar, pero todo tiene un límite y joder, yo ya lo he superado. mírate, tú estás bien. el otro día me lo dijiste. me dijiste que te encontrabas estupenda y que te apetecía hacer todo lo que hacías antes. pensé que, de entre todas esas cosas, estaba lo de hacer el amor conmigo, pero ya veo que no. que yo he pasado a un segundo, que digo segundo… a tu jodido décimo plano. no te importo en absoluto. ya no soy nadie para ti. esto es insoportable, inaguantable, ningún hombre lo toleraría y, y, y… y mira, una cosa te voy a decir, lucía, y esto no es una amenaza ni nada de eso, es sólo un, un, un… hecho. algo que tú misma has provocado. mira, lucía, si tú no puedes darme lo que necesito, voy a ir a buscarme a… 
-¿otra? 
a héctor le asombra la expresión impasible de ella. incluso su tono de voz ha sido flemático y confiado. en ocasiones anteriores está seguro de que ella hubiera lanzado algo al suelo y le hubiera gritado hasta perder la voz y a continuación hubiera habido una reconciliación y, por lo tanto, el tan ansiado polvo, pero ahora no sabe qué hacer y se la queda mirando, esperando que reaccione y vaya a por un plato o un jarrón, pero ella no hace nada de esto. 
-me largo –dice finalmente, exasperado, dominado por la rabia y la impotencia. ella pasa por su lado y va la habitación donde su hijo sigue durmiendo, a pesar del escándalo que ha montado su padre. héctor da un puñetazo a la pared y sale de casa, pero esta vez el portazo que tenía intención de dar para demostrar más aún su cabreo queda reprimido por la presencia de la vecina que, en el rellano, estaba a punto de llamar al timbre.
-¿y usted qué coño quiere? –le espeta, sin esperar ninguna respuesta y bajando los escalones de dos en dos. 
la vecina acerca la oreja a la puerta. es incapaz de escuchar nada y, temiendo que le hombre regrese en cualquier momento y esta vez haga algo más que gritarle, decide volver a su casa y evitar meterse en problemas. 
lucía espera unos minutos. quiere asegurarse de que héctor se ha marchado y no va a volver a bramar en el caso de que la vea de nuevo. se recrea observando a su niño y de repente, viéndolo dormido, sano y al margen de las trifulcas de sus padres, se siente agradecida y privilegiada. a paso lento va a la cocina y limpia la crema de calabaza vertida, recoge los cacharros que ha limpiado héctor y los coloca en los cajones. abre la ventana y deja que la casa se aireé. comienza a atardecer y pronto el pequeño reclamará su comida, pero calcula que aún tiene unos diez minutos. tal vez veinte. se sienta encima de la encimera, se concentra en su respiración, apoya la cabeza en uno de los armarios y se abre ligeramente de piernas. la primera imagen que le viene a la cabeza son las manos de héctor en su culo. después se concentra en sus besos en la nuca y el cosquilleo que ha sentido durante unos instantes antes de que todo estallara. sonríe. siente que su cuerpo responde a sus estímulos y con más premura de la que se hubiera servido él, su mano derecha se abre paso entre el pantalón y las braguitas. se maravilla al comprobar lo húmeda que está y lo rápido que va a llegar al orgasmo pero en vez de retrasar el momento, como le hubiera pedido a héctor, y recrearse con movimientos lentos, decide hacer todo lo contrario y mueve los dedos agitadamente, casi con violencia hasta que nota los primeros espasmos y se corre dejando ir un suspiro en alto que está segura que a héctor le habría gustado escuchar. al abrir los ojos se pregunta si también este gemido habrá llegado a los oídos de los vecinos. cierra la ventana deprisa, más divertida que arrepentida, retira algunos mechones de su cara y comienza a preparar el biberón. 

héctor llega dos horas después. gira la llave despacio y con cuidado de no hacer ruido, cuelga su chaqueta en el perchero polvoriento, arrastra los pies hasta el salón y saluda a lucía que está en el sofá, viendo un programa de televisión donde todos lloran. ella le devuelve el saludo sin girarse y le pregunta si ha cenado. él contesta que no. le gustaría decirle que ha estado andando, que ha llegado al paseo marítimo y que ha seguido por ahí, que tal vez se ha pasado un poco antes, que no quería decir eso, que está cansado y tiene sed, pero solo le contesta que no. ella le dice que hay una ración de pescado en el horno, por si le apetece. él dice que gracias e, intuyendo que lucía no quiere verlo ni mucho menos hablar con él y que su enfado es monumental, va a la cocina y calienta el plato de pescado en el microondas. lucía entra un poco después y se sienta enfrente de él. el hombre nota su mirada, pero no se atreve a levantar la vista de su plato reseco. “te he hecho las maletas”, imagina que dirá lucía a continuación, pero lejos de esto, ella permanece callada, mirándolo hasta que él finalmente se decide a devolverle la mirada y, carraspeando primero, le dice que el pescado está muy rico. ella asiente y vuelven a quedarse en silencio. él termina su comida, deja el tenedor aceitoso encima de la mesa y es entonces cuando lucía se levanta. héctor levanta también la cabeza, en dirección a ella, a la expectativa de lo que va a ocurrir. ella se le acerca, aparta su silla y se sienta en su regazo. él sonríe tímidamente, temeroso de moverse o de hablar por si eso fuera a estropear el momento. 
-héctor –dice ella con voz tranquila-, eres muy tonto, héctor. muy tonto. pero que muy muy muy tonto. 
y mientras lo reitera una vez y otra y otra, coloca su mano en la entrepierna de él y presiona suavemente.