27 julio 2015

el despachito de al lado

miércoles por la noche. han cenado tortilla y una ensalada. yolanda ha recogido su vaso y su plato antes de que daniel terminara de comer. siempre lo hace. daniel tarda bastante más porque come el doble y porque una vez acabado lo del plato siempre abre la nevera y encuentra alguna cosa más con que saciar su apetito. su tripa le recuerda, de tanto en tanto, que debería comenzar a vigilar su peso. yolanda también se lo recuerda alguna vez. incluso le ha propuesto de ir al gimnasio juntos, pero daniel suele decir que no, que cuando realmente quiera perder peso lo hará sin problema, en un par de semanas como mucho, pero que de momento no se ve tan mal. 
hoy están de buen humor los dos. daniel le ha contado un par de chistes que escuchó en la oficina y yolanda ha negado con la cabeza porque eran de muy mal gusto, aunque ha sonreído y su marido ha aprovechado para tocarle el culo cuando ella salía de la cocina. 
-ay, daniel, qué pesado eres –protesta, sin mucha convicción. 
-¿vas a dormir o verás un rato la tele? 
-todavía es temprano. supongo que veré que echan, pero si lo que quieres es ver fútbol entonces ni lo sueñes. 
-no mujer, hoy no hay fútbol. vendré en un rato. 
ella no contesta. tiene previsto decirle, algún día no muy lejano, que preferiría dormir sola porque le molestan sus ronquidos. esa será su justificación: se levanta cansada, duerme poco y a intervalos cortos que provocan que esté de mal humor durante todo el día. se callará, eso sí, que le fastidia que su tripa ocupe cada vez más espacio en la cama, que la abrace y siente que se ahoga, que su cuerpo le dé un calor insoportable y que a veces incluso le molesta el olor que desprende, a pesar de estar recién duchado. piensa habilitar el despachito que tienen al lado de su habitación. en un principio era una habitación para que daniel pudiera trabajar desde casa, pero al final la empresa de él se decidió por otro candidato y el cuarto se ha convertido en una especie de trastero donde guardan todo lo que les sobra pero que no se atreven a tirar, más por pereza que por cualquier otro motivo. es una habitación pequeña y alargada, con una ventana grande que da a una calle tranquila. el espacio justo para meter una cama individual, un armario mediano y una mesilla de noche donde yolanda podrá guardar la lencería que sigue comprándose a pesar de no compartirla con su esposo. “la semana que viene, sin falta, se lo digo” se dice muchas veces, cuando pasa por delante de la habitación desordenada antes de meterse en la cama de matrimonio. 
daniel termina de cenar quince minutos después. en silencio, para no despertar a yolanda que suele quedarse dormida rápidamente, limpia las cuatro sartenes que se han ido acumulando en los últimos días y pone los platos en el lavavajillas. abre la nevera y se queda unos instantes delante del agradable frescor que ésta desprende y de los alimentos expuestos delante de él. se decide por un trozo de queso fresco que no sabe a nada pero que es bajo en calorías y lo hace sentir menos culpable. luego entra al baño, se cepilla los dientes, se pone el pijama y se dirige a la habitación, de puntillas. la luz de la mesilla está encendida y también la televisión, aunque apenas puede escucharse nada del programa que empieza justo ahora. daniel coge el mando y va pulsando los diferentes canales que no ofrecen nada que llame su atención hasta quedarse con el que había puesto en un principio. es un programa que ya había visto alguna otra vez, un par de minutos como mucho por recomendación de una de sus compañeras de trabajo que no para de hablar de él y de lo mucho que se ríe cuando lo echan. a él no le había hecho mucha gracia en su momento pero, vistas las pocas opciones que tiene ahora, decide darle una segunda oportunidad. sube un poco el volumen y comprueba que yolanda sigue durmiendo. hay un cocinero nervioso y desbordado por la cantidad de pedidos acumulados en la cocina que culpa la dudosa profesionalidad de los camareros que, recíprocamente, acusan al cocinero de ser demasiado lento en su trabajo. hay gritos, quejas y todos los trabajadores del restaurante, un restaurante con las paredes repletas de bodegones y fotos viejas de gente importante que un día comieron en ese mismo lugar, parecen estar sumidos en el más absoluto caos. los pocos clientes niegan con la cabeza y se lamentan de haber escogido semejante sitio para cenar. algunos, los menos pacientes, deciden irse y ya en la calle repiten que no hay derecho, que han tenido que esperar mucho tiempo, que la comida olía mal y que se quedaron con hambre. su enfado suena poco creíble, aunque lo intentan con esmero. un voz en off les pregunta si recomendarían el restaurante a alguno de sus amigos y todos ellos son rotundos con su no, informan que bajo ningún concepto y se alejan riéndose, satisfechos porque van a salir por la tele. daniel sigue sin encontrarle la gracia al asunto y piensa que mañana le preguntará a su compañera de trabajo qué es exactamente lo que le hace reír tanto a ella para saber si es que tal vez no está comprendiendo algo. sube un poco más el volumen. puede que se haya perdido algún chiste ingenioso. ahora una de las camareras llora en una cámara donde guardan los alimentos en mal estado y asegura que antes las cosas iban bien. antes, puntualiza, cuando el dueño estaba motivado y no tenía deudas. el cámara hace un zoom de su cara hinchada. daniel coloca su almohada a la altura de los riñones y considera la posibilidad de apagar el televisor y llegar mañana descansado al trabajo, pero algo hace detener su acción: 
-¿te he despertado, cariño? 
yolanda calla y observa la pantalla. su pequeña cabeza asoma por encima del edredón y con los ojos muy abiertos no pierde detalle de lo que está ocurriendo. si por cosas del destino, o por ser una noche especialmente fría de invierno, su marido tirara un poco del edredón descubriría que su esposa está temblando. sin embargo, lo único que hace él al verla tan sumida en el programa es subir un poco más el volumen y acurrucarse a su lado esperando que ella agradezca esa muestra inesperada de cariño. 


“es una sorpresa, así que no puedo decirte nada” había escrito a media tarde julián. ella había insistido: “dime al menos si debo ir vestida o desnuda. jajaja”, pero julián no contestó y yolanda estuvo el resto del día yendo del baño a su mesa de trabajo, retocándose el maquillaje y bajando a fumar con una de sus compañera que estaba al corriente de todo y que le había asegurado que la sorpresa consistiría en una escapada de fin de semana. 
-no puede ser. no entra en nuestros planes. siempre dijimos que nada de complicaciones. no puede decirme que nos vamos mañana porque a ver qué le digo yo a daniel, ¿sabes? él no tiene estos problemas, es libre y no tiene que dar explicaciones a nadie, pero sabe que ese no es mi caso y que ante todo debo ser discreta. 
-pero, mujer… –contestó la compañera- siempre puedes ponerme a mí como excusa. dile que me dejó el novio y que necesitaba un poco de compañía, que te pedí que vinieras unos días a casa. ya sabes, lo que suele decirse en estos casos. o que tu prima está enferma o que necesitas un poco de tiempo libre para ti. 
-¿lo dices en serio? daniel no es tan tonto. eso no colaría. 
-bueno, pues de momento no se ha enterado de nada y lleváis, ya… ¿cuánto lleváis julián y tú? 
yolanda dio una última calada antes de apagar el cigarrillo y tirarlo al suelo a pesar de que había un cenicero a su lado. 
-casi un año. 
la compañera soltó una carcajada que alargó unos segundos más de la cuenta para que yolanda advirtiera lo absurdo de su repentino sentido del decoro. 
-¡pues claro que colaría! –exclamó más alto de lo debido-¡cómo no iba a colar! si no ha notado nada raro a estas alturas de la película es que tal vez sí sea un poco tonto o es que le da absolutamente igual lo que hagas o dejes de hacer. 
las dos subieron en el ascensor en silencio, incómodas. yolanda pasó el resto de la tarde escondida detrás de la pantalla de su ordenador, dándole vueltas a las palabras de su amiga y pensando que tal vez ésta tenía razón y que daniel sí sabía de su aventura con julián. durante unas horas se sentió avergonzada, ridícula y estuvo tentada de llamar a su amante y contarle lo que creía haber acabado de descubrir, pero advirtió que eso no iba a solucionar nada. como mucho iba a inquietar a julián, poco amigo de escenas innecesarias, y, por supuesto, su sorpresa habría quedado empañada por la sombra de sus sospechas. por ese motivo no hizo nada y permaneció oculta detrás del ordenador, intentando rememorar la reacción de su marido las veces que ella había cancelado alguna cena para estar más horas con su amante o los días que había llegado tarde a casa, despeinada, acalorada, oliendo a sudor y a sexo y daniel, ya en la cama, adormilado, sólo se había limitado a preguntar qué tal su día antes de darse la vuelta y seguir durmiendo. 
“voy a llegar un poco tarde hoy. a lidia le ha dejado el novio y me ha pedido si puedo hacerle compañía un rato”, le escribió a su marido a media tarde. “ok. pobrecilla” contestó él unos segundos después. yolanda borró el mensaje y miró el reloj. faltaba una hora para salir de la oficina. fue al baño y se miró al espejo. llevaba un bonito vestido de flores y un conjunto de lencería blanco, el color preferido de julián. quizá, al fin y al cabo, lidia tuviera razón y su marido era tonto. 


-¿lo escuchas bien? –pregunta daniel. 
yolanda asiente sin mirar a su marido.
-en realidad es una chorrada de programa –se excusa a pesar de que nadie le haya preguntado-. llevo un rato mirándolo y no le veo el qué, la verdad. me lo recomendó maricruz, la de administración. ya te he contado de ella alguna vez. dijo que a le hacía reír mucho, pero siempre he pensado que esa mujer es un poco rara y esto no hace más que confirmar mis sospechas. vamos, que a mí este programa me da más pena que otra cosa. míralos, todos estresados, gritando y lloriqueando. ya me dirás tú qué tiene eso de bonito. de hecho, iba a apagarlo ya, pero si quieres… 
daniel no termina la frase y espera que su mujer le diga lo que debe hacer pero ésta sigue callada, sin apartar la vista del televisor. termina por suponer que su silencio significa que está verdaderamente interesada en el desenlace del programa y deja el mando a distancia en medio de los dos. 
-bueno… puede que sí tenga su gracia –suspira él. yolanda asiente otra vez, sólo para que daniel deje de hablar. ahí está julián. en la pantalla del televisor de su habitación de matrimonio. sentado en la mesa del fondo, al lado de la ventana. lleva el pelo corto y unos pantalones grises que le sentaban muy bien, según ella. gesticula, mueve los labios y cuando parece que ya no tiene nada más que decir alarga su mano por encima de la mesa esperando que el gesto sirva para algo. en primer plano a uno de los camareros, el más joven, se le cae el plato que iba a servir y la comida, algo blanquecino que más bien parece vómito, queda esparcida por el suelo. yolanda podría reproducir palabra por la palabra lo que julián le estaba explicando. lo recuerda perfectamente. ella estaba delante. no alargó su mano por encima de la mesa, tal y como su amante esperaba, y él terminó por apartar la suya. 


julián era un hombre divertido, inteligente, dedicado prácticamente a su trabajo, una tienda de antigüedades especializada en objetos asiáticos, y bastante desordenado, lo cual casaba muy bien con los muebles, jarrones, tejidos y espejos que se amontonaban en el local de su exitoso negocio. había estado casado dos veces y después de su último divorcio había jurado no volver a pasar por el altar por muy enamorado que estuviera. la suerte de haber conocido a yolanda hacía que no tuviera porqué plantearse semejante situación, no porque ella ya estuviera casada y ni se le pasara por la cabeza dejar a su marido, sino porque nunca tuvo la sensación de estar completamente enamorado de ella. no cabía duda de que era una mujer guapa, muy guapa, y una amante excelente, pero siempre le dio la sensación de que su aventura iba a durar poco tiempo, que yolanda no aguantaría esa doble vida y que, por lo tanto, era mejor guardar cierta distancia de seguridad. después de casi un año juntos, sin embargo, las cosas habían cambiado y, no sin cierto temor por los problemas que esto podría acarrearles a los dos, reconocía a los pocos que sabían de su relación que había bajado la guardia y que ahora le apetecía hacer algo más con ella que acostarse en hoteles de las afueras dos veces por semana. tal vez por eso había preparado esa sorpresa. nada espectacular, por supuesto. no pretendía asustarla y no quería, todavía, que ella sospechara que iba a pedirle un poco más de tiempo juntos, una escapada de fin de semana o bien, siendo muy optimista, cinco días en alguna capital europea. 
había hecho la reserva por recomendación de un amigo con quien solía jugar al tenis los sábados por la mañana. le extrañó que, de ser un lugar tan popular tal y como aseguraba su contrincante, nunca hubiera oído hablar de él, pero inmediatamente tuvo que admitir que desde que se había divorciado de su última esposa –una mujer muy aficionada a salir a comer, a bailar, a inauguraciones de exposiciones de arte contemporáneo y demás eventos por los cuales él no tenía el menor interés- a penas pisaba otro lugar que no fuera su tienda, su casa y los hoteles con los que se veía con yolanda. perdido como estaba en materia de restauración hizo caso a los comentarios del amigo y poco después le envió un mensaje a yolanda para hacerle saber sobre su sorpresa. 
quedaron, como siempre, en un hotel en el que habían estado alguna otra vez. ella llegó antes, dejó el bolso en una de las sillas, se quitó los zapatos y se estiró en la cama, más cómoda que la de su propia casa, había recalcado la primera vez, dándose cuenta al momento de que su amante no deseaba saber este tipo de detalles de su vida matrimonial. pensó en esperar a julián desnuda o sumergida en un baño espumoso, pero era ella quien iba a ser sorprendida, pensó, así que permaneció tumbada con los brazos en cruz y los ojos cerrados hasta que poco después escuchó los tres toquecitos suaves a la puerta que identificaban al hombre que esperaba. nada más abrir la puerta se dio cuenta de que él se había cortado el pelo y estrenaba pantalones. también sonreía mucho. 
-vamos –le dijo cogiéndola de la muñeca y tirando de ella hacia el pasillo. 
-¿no vamos a aprovechar la habitación? 
-quizá luego. ahora tenemos que irnos –respondió tirando un poco más. a ella no le gustó la respuesta. salir a la calle, exponerse de esa forma con lo cautelosos que habían sido siempre. cualquiera podía verles y aunque estaban en los suburbios y probablemente nadie podía reconocerlos tampoco había necesidad de arriesgarse a ser pillados y arruinar su aventura y su matrimonio. 
-espera. voy a por el bolso –dijo ella para ganar un poco de tiempo e intentar convencer a julián para permanecer en la habitación a pesar de quedarse sin sorpresa. 
-no, no hay tiempo. vamos. 
julián tiró un poco más de la mujer. parecía divertirse mucho con la turbación de ella. 
-ay, julián –protestó yolanda de mala gana –suéltame, que me haces daño.
-lo siento. 
él la dejó ir y ella entró en la habitación a por su bolso. había anochecido y yolanda tuvo el presentimiento de que fuera lo que fuera lo que la esperaba allí afuera no iba a ser agradable. 


-¿podrías quitar eso, por favor? 
daniel mira a su esposa con sorpresa. 
-creía que te gustaba. 
-es una mierda de programa. 
-ya, eso dije antes, que no le veía la gracia, pero pensaba que tú estabas… 
-¡joder, daniel, qué complicado lo haces todo siempre, por dios! 
yolanda resopla y niega con la cabeza, aparta el edredón de un manotazo y sale de la cama y de la habitación a paso rápido. para que daniel no la siga se asegura de dar un portazo antes. él coge el mando, pero no apaga el televisor. el camarero al que se le ha caído la comida al suelo se disculpa con el cliente a quien ha manchado los pantalones. el cliente se queja de una forma un tanto teatral y parece muy molesto con el servicio. daniel ha dejado de mirar la bronca que transcurre en un primer plano y mira a la pareja de la mesa del rincón. él bebe vino tinto de una copa casi vacía y ella tiene la cara pixelada. 


caminaban deprisa. julián, unos pasos más adelante, hablaba de la última venta que había hecho en la tienda: un biombo japonés de seis hojas que le permitiría hacer una escapada de cuatro o cinco días a algún sitio tranquilo. miró a yolanda de reojo y estuvo a punto de preguntarle si le acompañaría, pero prefirió esperar. ella apenas lo escuchaba. sólo deseaba llegar adonde fuera y dejar de ver a conocidos que luego, una vez se cruzaban con ella, resultaban ser caras anónimas que sólo la miraban por lo llamativo del vestido. 
-es aquí –dijo él cuando llegaron al lugar. ella levantó la mirada para leer el cartel: “restaurante las mil y una noches”. 
-¿un restaurante? ¿vamos a cenar? 
hubiera querido preguntarle también si en eso consistía toda la sorpresa, si para eso habían abandonado la habitación del hotel, pero cuando julián le abrió la puerta y le cedió el paso para que entrara primero, ella se quedó paralizada y muda. 
una chica joven que se identificó como la asistenta de dirección se les acercó rápidamente y les saludó con una alegría desmesurada.
-pasen por por aquí, por favor –les dijo-. ¿ustedes no son secundarios, verdad? 
la chica repasó una lista que sujetaba en la mano antes de que ellos pudieran responder. todos los nombres que aparecían en ella estaban ya tachados y dedujo que la pareja eran clientes de verdad. 
-bueno, en ese caso avisaré al camarero. ustedes hagan como si nada, como si no nosotros no estuviéramos aquí y hubieran hecho la reserva sin saber nada de todo esto. de hecho, ni les molestaremos porque ya tenemos al grupo de participantes escogido. bueno… tal vez los focos y los cables, les molesten un poco, pero intentaremos que sea lo menos posible. ah, y una cosa más: por favor, si quieren ir al servicio avísenme primero. si ven que estamos grabando puede que deban esperar un poco. de hecho, casi sería mejor que fueran ahora, por si acaso, antes de que empecemos a grabar. les indicaré por donde pasar para que no entren en el plano. espero que no les importe la mesa del rincón –dijo señalando una mesita redonda un poco apartada del resto -. es la que va a salir menos. las centrales las ocuparán los demás, el grupo… en fin, verán como lo pasarán bien. estar en un rodaje tan de cerca es siempre interesante, ¿verdad? mañana se lo podrán contar a todos sus amigos. siéntense, por favor. 
julián y yolanda se sentaron sin mediar palabra. ella miró a su alrededor. estaba pálida y seria. 
-¿qué coño es todo esto? 
julián intentaba sonreír. 
-en realidad no lo sé. 
-vamos a salir por la tele, ¿te has dado cuenta? 
-te aseguro que no sabía nada de esto. hice la reserva y no me contaron nada. no sabía nada, tienes que creerme pero, tranquilízate, por favor. la chica ha dicho que en esta mesa no van a… 
-julián, por favor, no sigas. esto es una puta locura. yo estoy casada, ¿lo recuerdas? mi marido… daniel… nosotros… voy a salir en la puta tele contigo. ¿qué coño estabas pensando? 
-sólo quería sorprenderte. quería hacer algo diferente. quería pedirte de irnos unos días a parís o a londres o donde tú quisieras. solos tú y yo. me pareció una buena idea. 
ella lo miró incrédula y él se arrepintió inmediatamente de haber escogido tan mal momento para darle a conocer sus planes. uno de los camareros se acercó a la mesa. 
-les traigo estos papeles que deben firmar. para los derechos de imagen y todo eso, aunque creo que esta mesa no va a salir en la grabación, es sólo por si acaso. justo ahí abajo donde pone “firma”. la fecha ya la pondrán ellos, los de la tele. aunque si quisieran salir en el programa yo les podría conseguir una mesa más céntrica. 
-no queremos salir en ninguna parte –lo cortó yolanda sin dejar de mirar a julián. 
-ah, bueno. en ese caso ¿saben ya lo que van a tomar? 
-¿puedes darnos cinco minutos, por favor? 
-claro, señor. vuelvo enseguida. 


daniel no sabe cómo han llegado a esta situación. sabe que yolanda está siempre de mal humor, cansada y que no hacen el amor desde hace tres semanas. la última vez que lo hicieron las cosas no fueron bien: él se corrió demasiado pronto y se disculpó. ella se apartó sin mirarlo y fue al baño a limpiarse. cuando regresó al dormitorio se había puesto una camiseta larga y descolorida y daniel se sintió avergonzado de su propia desnudez y de su torpeza en la cama. a él le hubiera gustado poder preguntarle si estaba bien, si había alguna cosa que la preocupara o simplemente quedarse tumbado uno junto al otro, en silencio, sintiendo que todavía formaban una pareja, pero yolanda le deseó las buenas noches de una forma mecánica, repetitiva, como hacía alguna noche por educación y apagó todas las luces. 
tampoco ahora sabe muy bien qué ha sucedido ni qué debería hacer. sólo estaban mirando un programa de televisión. el cliente de los pantalones manchados está montando un verdadero escándalo en el local. el dueño ha tenido que intervenir prometiéndole que él mismo se hará cargo de devolverle la prenda limpia y planchada, pero el hombre no está contento con la solución y sigue vociferando. la pareja de la mesa del rincón parece no darse cuenta del revuelo que hay montado un poco más allá y daniel piensa, con pena, que algún día también uno de ellos se adelantará respecto al otro y llegará a ese estado de desgana y hastío que ha alcanzado ya su mujer. tampoco mañana conseguirá hacerla reír y puede que ni a él mismo le apetezca llegar a casa después del trabajo. a eso han llegado, piensa antes de apagar la tele y quedarse a oscuras en la cama. 


-podríamos pixelarle la cara –dijo la asistente de dirección. julián había ido a buscarla y le había comentado, un poco apartados del resto del equipo, que había algo que necesitaba discutir con ella o con el responsable del programa. algo un poco delicado, había comentado, ruborizado. la chica lo había escuchado sin pestañear, regocijándose en silencio del secreto del que acababa de ser partícipe. sin duda era lo más destacado de ese bullicioso día en el que la grabación se iba a alargar tontamente porque el director había decidido hacer un par de cambios de última hora. 
-es algo que hacemos a menudo –continuó la chica, sintiéndose realmente importante ante la preocupación de julián-. para los menores de edad, sobre todo, o los agentes secretos o las víctimas de maltrato que no quieren que se les identifique. no lo veo ningún problema. tomaré nota para edición y se lo diré. si ella no quiere salir, qué le vamos a hacer. 
-¿y nadie la reconocería? 
la chica sonrió. parecía estar en su salsa ayudando a esa pareja a mantener su relación extra oficial. 
-no, claro. nadie la va a reconocer. para eso se pixelan las caras o se distorsiona la voz, ¿sabe? para que nadie, nadie, nadie pueda reconocerlos. 
-eso sería estupendo. te lo agradezco. 
la asistenta le guiñó un ojo. julián hizo como que no lo había visto y se dio la vuelta. yolanda se estaba sirviendo la tercera copa de vino. 
-no debes preocuparte por nada. la chica me ha asegurado que ella se encargará de todo. relajémonos y disfrutemos de este momento, ¿de acuerdo? comeremos bien y nos reiremos y luego podemos volver al hotel. todo irá bien. 
yolanda dio un sorbo y dejó la copa en la mesa. empezaba a sentirse mareada. 
-hoy estás muy guapa, ¿te lo había dicho ya? 
ella negó con la cabeza. no tenía apetito ni ganas de conversar. sólo deseaba terminar la botella de vino que habían pedido y pedir otra más, aunque sabía que no podía llegar a casa ni muy borracha ni muy tarde. julián sonreía. había alargado su mano para que ella hiciera lo mismo y por fin pudieran tocarse. 
-lo que dije antes… lo de pasar unos días fuera, juntos… lo decía en serio, ¿sabes? 
los focos se encendieron y la pareja quedó cegada momentáneamente. alguien ordenó silencio y el ruido sordo de las cámaras grabando se puso en marcha. 


yolanda se sienta en uno de los sofás del salón, a oscuras. ya no tiembla de frío, sino de rabia. se coge las rodillas con los brazos y forma un ovillo con su cuerpo. permanece en esta posición hasta que que consigue controlar su respiración. julián le había pedido más tiempo para ellos dos y ella había dicho que no. no quería complicaciones. no entendía a qué venían esos cambios en las normas del juego. no pretendía dejar a su marido. no de momento, al menos, aunque ahora ya no estaba tan segura. julián había insistido. había descrito minuciosamente cómo sería su hipotético fin de semana en la montaña, levantándose con los rayos de sol entrando por la habitación, haciendo excursiones a lugares recónditos y follando en refugios abandonados. pidieron otra botella de tinto. yolanda bebió mucho y vomitó en el baño mientras julián pagaba la cuenta. la grabación terminó y los camareros se abrazaron con los dueños y los clientes que minutos antes les habían gritado sin miramientos. el programa iba a ser un éxito, repetía el director, mientras brindaba con la asistenta que iba a pixelar la cara de yolanda. regresaron al hotel en silencio. julián había fracasado. en la penumbra se desnudaron mutuamente y él apreció el conjunto blanco de ella cuando desabrochó su vestido. luego le besó el cuello tal y como ella le había dicho que le gustaba, pero esta vez ella se impacientó. no tenían mucho tiempo, le informó, y debía regresar a su casa. él esperó a que ella saliera primero del hotel y ella lloró en su coche antes de llegar a casa. 
daniel está apoyado en el umbral de la puerta. el pijama le viene pequeño y su tripa sobresale por debajo de la camiseta. 
-¿estás bien? –le pregunta él. 
en la casa sólo se escucha el tic tac del reloj del horno, en la cocina, que funciona con veinte minutos de retraso. ella piensa que debería decirle que hay algo que debe saber. te fui infiel casi un año. luego recapacita y piensa que no, que en realidad sólo debería decirle que ya no lo quiere, no entrar en detalles. no hay necesidad. antes de pronunciar la primera frase piensa que lo mejor sería empezar por el principio, por contarle su intención de dormir en el despachito de al lado de la habitación de matrimonio, al menos esta noche, y todo lo demás vendrá después. 

06 julio 2015

no se portó bien

-marina parece buena persona –dice mi madre en la cocina. le sirvo más agua, aunque puede que le viniera mejor cualquier otra bebida, más fuerte, con más graduación, algo que la deje amodorrada en la cama unas horas, pero ella me ha dicho que no dos veces. asegura estar bien y prefiere agua. puede que tema la mezcla del alcohol con las pastillas que he visto en su mesilla de noche cuando fui a guardar su jersey y de las que no me ha hablado en ningún momento. también podría ser que con el revuelo que hay en casa se haya despistado. hay otros temas más importantes y nadie podría culparla por tomar pastillas en esta situación. también el médico me las quiso recetar a mí a pesar de mi insistencia en asegurar, como mi madre cuando le doy el vaso de agua, que me encontraba bien. 
-no he hablado mucho con ella, la verdad –contesto yo, un tanto seco. no es la respuesta que ella quisiera escuchar. no hoy. hoy tendría que estar todo en orden. todos tendríamos que llevarnos bien, saludar a los parientes lejanos, ofrecerles más bebida y comida y, una vez solos, quedarnos un rato en el salón, viendo cómo anochece, sin hablar mucho, lo justo, de temas banales como que la prima olivia está cada vez más gorda o el tío rafael ha bebido más de la cuenta. luego prepararíamos una cena ligera aunque a ninguno de los cuatro nos apetezca comer y, finalmente, más temprano que tarde, acompañaríamos a nuestra madre a la cama y le susurraríamos al oído las cosas que se suelen susurrar en estos casos. eso de que estamos aquí para lo que necesite y que no debe preocuparse por nada. sin embargo yo le contesto que no he hablado mucho con marina, indicando explícitamente, y así espero que lo entienda mi madre, a pesar de ser consciente de que hoy no es el día, que no voy a afirmar, así, sin más, que me parece una buena persona. 
-pues deberías –dice ella, dando por finalizado el tema y tragando un sorbo del vaso de agua. luego vuelve al salón, aunque sólo es capaz de dar una decena de pasos hasta el pasillo. marina consigue abrazarla antes de que se caiga al suelo sin hacer casi ruido. mis primas y tíos, los primeros en darse cuenta, se arremolinan alrededor de las dos mujeres que parecen estar bailando un vals y la vecina de delante grita que se aparten todos, que dejen espacio para que mi madre pueda respirar y que le lleven una silla para poder sentarla. mi hermano y yo corremos a ayudar a marina que, tambaleándose, apenas es capaz de soportar el poco peso de mi madre. yo llego antes y sujeto a marina por la cintura. mi hermano, a escasos pasos, se queda parado unos instantes sin saber qué hacer. termina por dejar que sea yo quien dirija la operación y obedece cuando le digo que vaya a por agua. poco a poco mi madre recupera su color y consigue murmurar que está bien, que no ha sido nada, una bajada de presión sin importancia. los invitados aprovechan para decidir que es mejor dejarla reposar e irse a sus casas. al fin y al cabo las bandejas de comida están vacías y hay un partido de fútbol que empieza en una hora. 
-le conviene descansar –aconsejan los más expertos, ya en la puerta, dándome un abrazo, una palmadita en la espalda o un beso en la mejilla. 
-es una suerte que estéis todos con ella. en momentos así la familia es lo que cuenta. es lo más importante de todo –dicen otros y miran hacia el interior de la casa donde se supone que está lo que queda de mi familia. yo asiento, digo que sí cuando hay que decir que sí y no cuando esperan un no, devuelvo los abrazos, las palmaditas y repito una veintena de veces que muchas gracias por venir y por las flores. cuando cierro la puerta por última vez veo a marina y a mi madre sentadas en el sofá, en silencio, cogidas de la mano. mi hermano ha empezado a recoger los vasos y las bandejas que lleva a la cocina a paso rápido, como si después de terminar esta tarea tuviera una larga lista de otras tareas domésticas por hacer. puedo adivinar, sólo con mirarle de reojo, que está nervioso y deseando salir de esta casa. puedo adivinar también que cuando termine de amontonar bandejas en la cocina, mal puestas, una encima de la otra, a punto de caerse, sin saber dónde guardamos los vasos ni donde está el lavavajillas, cogerá su chaqueta y nos dirá que sale a tomar algo. pienso si marina lo acompañará y si mi madre, justo en ese momento, rememorará las disputas entre mi padre y él cada vez que éste anunciaba que salía a tomar algo con sus amigos. me siento al lado de las dos mujeres y le pregunto a mi madre cómo está y si necesita algo. 
-estoy bien. lo que necesitaría es que dejarais de preocuparos –dice lo suficientemente alto como para que mi hermano, aún en la cocina, escuche su ruego. 
-en ese caso –salta él desde la habitación de al lado, dándose por enterado y no desaprovechando la ocasión que buscaba- no te importará si marina y yo salimos un rato para que nos dé el aire. 
-no, claro que no me importa. 
-yo prefiero quedarme –dice marina. 
-no mujer, sal un rato. has estado todo el día encerrada, primero en la iglesia, luego aquí. te vendrá bien distraerte y así ves la ciudad donde nació y creció miguel. 
-prefiero quedarme –repite marina- en serio. no me apetece salir. 
-ya ves qué poco interés tiene, mamá, en saber de dónde salí –dice mi hermano con un trapo húmedo que cuelga de su hombro y que me pregunto si sabe para qué usarlo 
-¿te apetece a ti? 
-no creo que sea buena idea dejar aquí a solas a mamá y a… pero mi madre no deja que termine la frase. 
-por el amor de dios, ya está bien. soy viuda pero no una inválida. además, así aprovecharé para conocer un poco a marina y saber qué vio en ti. 
marina sonríe, mi madre también y miguel me mira esperando mi respuesta.
salimos diez minutos después. mi hermano enciende un cigarrillo antes de salir del portal y me ofrece uno. niego con la cabeza. me dice que hago bien, que él quiere dejarlo y que de hecho lo intentó un par de veces antes de conocer a marina, pero que por un tema u otro siempre acaba recayendo. los nervios y el estrés, se justifica sin mucha convicción, como si fuera a juzgarlo o a recriminarle su poca falta de voluntad. pero no digo nada. me limito a asentir, sonreír, decir sí o no cuando él espera que yo diga sí o no. él va de un tema a otro, todos ellos sin demasiada importancia para mí, aunque me pregunto si a estas alturas, después de tanto tiempo sin saber de él, hay algún tema que me interese. me informa que se cambió el coche y que cuando vuelvan a casa le pedirá a marina que se mude con él. un año y medio juntos, ya va siendo hora de sentar la cabeza, dice. la conoció a través de un amigo en común y para esos entonces ella estaba casada con un comercial que se pasaba el tiempo viajando. puedo imaginarme el resto de la historia y él tampoco se aventura en contarme nada más, no sé si por pudor, por ser algo entre marina y él, o porque se da cuenta de que no me importa en absoluto. tal vez por eso me invita a entrar al primer bar que encontramos. es preferible beber que hablar. en esto estoy seguro que coincidimos los dos. pedimos dos cervezas y nos sentamos en la barra, en silencio. pasa apenas un minuto hasta que él saca su paquete de cigarros, extrae uno y dice que vuelve enseguida. me da una palmadita en el hombro antes de levantarse del taburete e imagino que apenas le da cuatro caladas porque vuelve rápido y cuando se sienta, como si la nicotina le hubiera dado el valor suficiente, se atreve a preguntar: 
-bueno, y tú qué. no me has contado nada de tu vida. ¿cómo va todo? 
ha envejecido mal. es cuatro años mayor y sin embargo parece que tenga diez más. tiene entradas y más canas que el pelo negro que solía lucir, la piel demasiado quemada por el sol y cuando sonríe, como ahora, esperando mi respuesta, deja ver sus dientes torcidos y amarillentos, probablemente de tanto fumar. él espera y yo lo miro sin decir nada. él se cansa de esperar y mira su botella de cerveza. la coge con sus grandes manos, las mismas que podrían romperme la nariz si él quisiera, y la hace girar un par de veces, sorbe y la vuelve a dejar en la barra. luego tose, sólo para que su pregunta no quede sin contestar. 
-toda va bien. tengo un buen trabajo y un buen coche –digo. 
él se ríe estrepitosamente. se echa hacia atrás y casi se cae del taburete. 
-muy bueno, sí señor. así que mi hermanito pequeño tiene un buen trabajo y un buen coche, ¿eh? bueno, eso está bien. muy pero que muy bien. quien lo iba a decir, ¿eh? un coche y un trabajo. 
se está burlando. sé que se está burlando y que podría seguir así un buen rato más. algunos clientes nos miran. yo bajo un poco la cabeza. él decide callarse y no pregunta nada más ni yo tampoco. bebemos sin mediar palabra, despacio. él pide otra ronda cuando terminamos la primera y yo una tercera. después digo que deberíamos volver. en otros tiempos se hubiera asegurado de hacer saber a los demás clientes que su hermano es un aguafiestas que siempre le jode los planes y la diversión, hubiera pedido dos rondas más para luego ir a otro bar, sin mí, pero hoy contesta que sí, que mejor será volver a casa. insiste en pagar. vuelve a hacer alusión a su hermanito pequeño cuando deja un billete de cincuenta en la barra y me dice que me espera fuera, fumando. yo recojo el cambio que me guardo en el bolsillo del pantalón, voy al baño y me miro al espejo. tengo ojeras y siento que necesito dormir diez horas seguidas para recomponerme de las últimas noches en el hospital, pero que tampoco esta noche voy a poder descansar lo suficiente. 

-¿cuántos años tenía? –pregunta miguel antes de llegar a casa. 
-¿quién? 
-papá. 
pienso que muy pocas veces lo había llamado papá. tenía un gran repertorio de motes y apodos, pero casi nunca papá. y casi nunca agradables. 
-sesenta y nueve. 
-¿sufrió mucho? 
-los médicos dijeron que no, que no se dio cuenta de nada. 
-eso es lo que dicen siempre. nunca sufren. casi dan ganas de morirse. 
yo no digo nada. él enciende el último cigarrillo antes de entrar en casa y, negando con la cabeza, repite: 
-sesenta y nueve años… vaya con el viejo. 

marina se levanta del sofá al vernos y nos saluda. paso por su lado y puedo oler el mismo perfume que usa mi madre para ocasiones especiales como bodas y funerales. imagino que habrá estado abrazándola durante un buen rato y se le habrá pegado el olor o bien que habrá husmeado en el baño y el resto de habitaciones mientras ella dormía y nosotros estábamos fuera. puede incluso que haya entrado en mi habitación y se haya parado a ver los posters descoloridos que aún cuelgan en la pared. ella besa a miguel, lo coge de la mano y lo conduce hacia el sofá. le acaricia el pelo y le pregunta cómo está. él no contesta, pero pregunta por nuestra madre. 
-está durmiendo ya. estaba cansada. tomó una pastilla antes de meterse en la cama. no cenó nada –dice, y me mira esperando, tal vez, mi aprobación. yo sonrío aunque me quedo callado delante de los dos, sin saber si debo sentarme con ellos, si quieren hablar de lo que va a pasar a partir de ahora, si es que se han parado a pensarlo en algún momento, o bien si debo dejarlos solos. tampoco ellos parecen saber cómo actuar. 
-bueno, -dice finalmente mi hermano- yo no sé vosotros, pero ha sido un día larguísimo y estoy agotado. me voy a dormir. ¿nos veremos mañana? 
-claro. me gustaría despedirme de vosotros –respondo sin mucha convicción. 
-y nosotros de ti -dice marina. 
-nos levantaremos pronto. queremos marcharnos temprano –avisa mi hermano. 
-claro, sin problema. yo tampoco creo que vaya a poder dormir mucho–digo, imaginando que nuestros motivos para dormir poco van a ser muy distintos.
los dos suben a la antigua habitación de miguel, justo al lado de la mía porque en algún momento a mis padres les pareció que teniendo las habitaciones contiguas íbamos a pasar más tiempo juntos jugando. puede que no pensaran que en vez de jugar prefiriéramos pelear. oigo como los dos cuchichean en la escalera, marina ahoga su risa y manda a callar a mi hermano, que se ríe con menos disimulo. luego cierran la puerta y sólo se escucha el tráfico, lejano y escaso, típico de un vecindario tranquilo y residencial. me quito los zapatos y me tumbo en el sofá. contemplo las sombras alargadas del salón y pienso en el tiempo que tardará mi madre en recuperarse, en acostumbrarse a estar sola en esta casa, ahora más grande aún de lo que era hace una semana. pienso que tendré que hablar con ella, más adelante, sobre la posibilidad de venderla, de tirar cosas y empaquetar otras y mudarse a un piso más pequeño, en el centro. un sitio sin escaleras ni bañera ni recuerdos. también pienso en mi hermano, ahora abrazado a marina en una cama individual de colchón viejo y gastado, esperando que marina le diga que sí, que se va a vivir con él cuando éste le pregunte y celebrándolo en algún restaurante de esa ciudad donde viven y a la que no me ha invitado nunca. 
me quedo adormilado entre un pensamiento y otro sin haber resuelto nada. no sé cuantos minutos o horas han transcurrido cuando me despierta la luz de la cocina. pienso en mi madre y me apresuro hacia allí pero no es ella sino marina que bebe un vaso de agua. está despeinada y lleva una camiseta grande que le llega hasta las rodillas. imagino que la habrá rescatado del armario de miguel, de cuando todavía usaba este tipo de prendas, grandes y oscuras y con extraños nombres de música que sólo escuchaba él y sus desconocidos amigos. 
-perdona, pensaba que eras mamá –digo fijándome en las uñas de sus pies, pintadas de rojo y redondeadas. 
-lo siento. ¿te he despertado? no sabía que estabas aquí abajo todavía. de saberlo hubiera tenido más cuidado. 
-no pasa nada. estaba tumbado en el sofá. no podía dormir. 
-es normal. miguel tampoco puede. ¿quieres agua? 
digo que sí. ella continúa: 
-siento mucho lo de tu… lo de vuestro padre. no lo conocí, pero a veces miguel hablaba de él. 
me sorprende escuchar esto y le preguntaría qué le ha contado exactamente mi hermano sobre papá, si alguna vez le dedico algún comentario medianamente bueno, pero ella sigue hablando y prefiero no interrumpirla ahora. 
-de ti me habla mucho. 
-¿de mí? 
-sí, de ti. 
-vaya… 
-no se portó bien contigo y lo sabe. 
-bueno, de eso hace ya mucho tiempo. 
-él sigue acordándose. 
ella calla y yo bebo más agua. 
-bueno... creo que voy a subir, ya. mañana nos toca madrugar. 
tiene los ojos grises, los hombros caídos y a través de la camiseta se le adivina un poco de tripa que sobresale. 
-¿vais a tener un hijo? –le pregunto sin pensar. ella baja la mirada hasta la tripa abultada y coloca sus manos sobre ella. 
-no, que yo sepa. 
intenta sonreír. 
-lo siento –digo al tiempo que siento que me estoy ruborizando -qué torpe soy. lo siento de verdad. no quería ofenderte. 
marina sigue sonriendo y niega con la cabeza, dando a entender que no pasa nada, que puede incluso que sea culpa suya por haberse descuidado un poco en los últimos meses. luego se da la vuelta y abre un par de armarios buscando algo, no sé si para mí o para ella. yo me acerco hasta el punto de volver a oler el perfume suave de mi madre en ella. la rodeo con mis brazos y reposo mis manos en su tripa, imitando su posición de hace unos segundos. su cuerpo se tensa, pero no se mueve ni tampoco dice nada. decido avanzar un poco más y beso su nuca, su cuello y sus hombros y presiono más fuerte su cuerpo contra el mío. es entonces cuando empieza a moverse, primero suavemente, luego forcejea y dice que no, que la suelte, que pare, pero yo no oigo nada, no comprendo sus quejas, la aprisiono entre mi cuerpo y los muebles de la cocina y mis manos se deslizan hacia sus pechos. ella cocea inútilmente y lloriquea hasta que logra bajar su cabeza hasta mi brazo y morderlo con fuerza. gritaría, pero eso despertaría a todos. suelto mis brazos de su cuerpo, la dejo ir y doy un paso hacia atrás. me miro el brazo, con la marca ensangrentada de sus dientes en la piel. ella aprovecha para apartarse con rapidez, se estira la camiseta hacia abajo y se aparta el pelo de la cara. me mira un solo instante con una mezcla de terror, incredulidad y asco. pienso que va a decir algo, que me insultará o me dará una bofetada, pero no hace nada de esto. sólo respira agitadamente y me mira hasta que se da la vuelta y sube corriendo las escaleras de dos en dos y la pierdo de vista. mientras intento recuperar un ritmo de respiración pausado observo que también tengo un arañazo largo y fino en el otro brazo. abro el grifo, coloco mi cara debajo y dejo que el agua helada me tranquilice. en mi cabeza repito una y otra vez, como un eco, la frase que ella ha pronunciando hace apenas unos instantes, cuando todo lo que sabía de mi era a través de miguel: “no se portó bien contigo y lo sabe”. 

me despierto muy tarde, a pesar de que antes de acostarme puse el despertador que he terminado por ignorar un par de veces esta mañana. estoy empapado en sudor, la almohada está en el suelo y las sábanas arrugadas a mis pies, pero por fin me siento descansado, como si hubiera estado durmiendo muchos días seguidos en medio de unas placenteras vacaciones. mi estómago ruge de hambre y pienso en que llevo unos días sin casi comer y en que voy a prepararme un desayuno abundante. inmediatamente después me viene a la cabeza el episodio de hace unas horas en la cocina con marina y me levanto deprisa, sobresaltado, con el corazón disparado y el temor de que alguien más se haya enterado. me mareo al levantarme y debo apoyarme a la pared unos segundos para evitar caerme al suelo. cuando consigo fijar la vista avanzo unos pasos, abro la puerta de mi habitación y voy hacia el pasillo. estoy atontado y me cuesta identificar los sonidos que vienen de la planta de abajo. primero pienso en un niño pequeño o en un gato perdido maullando por la casa, pero no, los gemidos son de un adulto. entro rápido en la habitación y me pongo los pantalones que llevaba en el funeral. quisiera que se me ocurriera alguna idea sobre qué debería hacer o qué ocurrirá cuando baje, pero lo único que hago es ponerme más nervioso y termino tropezando con la silla del escritorio. maldigo la puñetera silla y el resto de mobiliario de la casa hasta que salgo de nuevo al pasillo. bajo las escaleras deprisa, de dos en dos. me cuesta poco vislumbrar a mi madre, en un rincón, de pie, al lado de la ventana que da a la calle. 
-buenos días –le digo. ella se gira hacia mí, sonríe y se seca rápidamente las lágrimas. 
-¿has dormido bien? –pregunta. 
-¿y tú? 
contesta que sí, aunque imagino que es mentira y que sólo lo dice para tranquilizarme. me acerco a ella y la abrazo hasta que siento la humedad de sus lágrimas en mi pecho. sé que por mucho que la consuele su pena no va a desaparecer y sin embargo le susurro que está bien y que pronto estará mucho mejor. ella asiente con la cabeza aún escondida entre mis brazos. 
-¿te apetece comer algo? 
le digo que sí y vamos los dos a la cocina, ella delante, a paso lento, casi titubeante, como si hubiera olvidado dónde está cada habitación en la casa. sé que es imposible, que en una noche no ha cambiado nada, pero la veo más pequeña, encorvada y encogida y pienso que voy a tener que quedarme un par o tres de días más ya que una visita por la tarde, al salir del trabajo, ni que sea cada día, no va a ser suficiente. 
en la pila del fregadero veo dos tazas sucias con restos de café. marina y miguel han desayunado antes e intentando escoger bien las palabras para que suenen casuales le pregunto a mi madre si han salido. evito usar sus nombres. evito rememorar sus caras y sus gestos. 
-se han marchado –responde ella. sus ojos vuelven a humedecerse pero esta vez no se esconde cuando la primera lágrima resbala por su mejilla. 
-¿no van a volver? –me atrevo a preguntar de nuevo, pero ahora fijo la mirada en las dos tazas para no tener que verla llorar. 
-ni tan siquiera pude despedirme de ellos –gime ella. no soy capaz de abrazarla ni mucho menos consolarla. me limito a ir hacia la mesa, apartar una de las sillas ruidosamente y dejarme caer, aliviado y hambriento. 
-bueno… - es lo único que digo, en forma de susurro. un “bueno” alargando las vocales, agradecido, tajante, como un punto y final a los días de hospital, a la espera, a saber el diagnóstico, a la llamada a mi hermano para avisarle de la gravedad del asunto, el encuentro seco e incómodo, después de tantos años, a la presentación escueta de marina en la iglesia, a su mirada aterrorizada y a su marcha, por no llamarlo huida, precipitada de esta mañana. 
aparto otra silla para que mi madre se siente a mi lado. ella obedece sin dejar de llorar. pongo mi mano encima de su hombro huesudo. es lo único que me atrevo a hacer. poco a pocos sus sollozos son cada vez más pausados y pienso que deberíamos salir a dar un paseo o a comer algo juntos en algún lugar tranquilo. me digo que cuando se calme se lo propondré y ella dirá que sí. mientras tanto pienso en los dos, en marina y miguel, en su coche, de camino a casa, a toda velocidad, callados y tensos. o tal vez todo lo contrario. me pregunto qué le habrá contado ella a él. qué habrá estado pensando toda la noche para conseguir que mi hermano haya decidido largarse y no haya venido a mi habitación de madrugada a partirme las piernas. me pregunto si habrá tenido que rogarle y si lo ocurrido anoche va a cambiar algo en sus planes para vivir juntos. y sin sorprenderme en absoluto ante mi reacción pienso que me da exactamente igual marina y miguel, lo que hagan, lo que se hayan dicho, la mentira que se irá haciendo grande y con la que tendrán que vivir los dos a partir de ahora. y puede incluso que mientras esté fantaseando con sus futuras disputas, silencios o portazos y lloros tenga una sonrisa discreta en mi cara, la primera en muchos días, aquí, en la cocina, donde empezó todo, al lado de mi madre que, con las mejillas húmedas y los párpados hinchados, me mira atenta e intenta también sonreír.